repetiré que algo se está rompiendo
dentro mío, un muro de cristal
cuyas astillas se empeñan en morderme,
que algo se está rompiendo dentro mío,
que hay un niño que solloza mientras juega
a inundar el mar, que me pesa en el lomo
el peso de un jinete, la tristeza, que me hunde
el costillar con su espuela, y no hago otra cosa
que bufar, a medias aterrado, a medias sudoroso
de excitación, hacia el desfiladero;
que hay un dique dolido en sus maderos
que trata de sostener la rabia de un río
largamente apaciguado, que es menester
sajar un labio, el corazón, para salvarse;
y no escribo por doliente o quejumbroso:
este es mi modo de sangrar cuando parezco
un toro en medio de la plaza pública,
henchido de dolor y miedo del dolor,
y rabia ante el dolor que ya no sé
de dónde llega a destrozar mi carne;
este que soy, para no aullar, muerde su brazo,
incendia el pedestal donde se empolva
la esperanza, el tedio, lo bello y lo terrible,
este que soy, agónico, montaraz y oscuro
tambalea y ruge pero sabe que es todo inútil,
que algo se ha roto dentro mío,
un madero que se astilla y delicado
coloca sus astillas, que me espolea
un imperator mundi, la tristeza, y estoy a punto
28 feb 2020
He de cantar una copla
que diga lo que tu fuiste,
verso y cuchillo en ristre,
canto que sabe a derrota,
fuego que ruge y se agota.
Pudiendo decir que fuiste
pintor, cantor y un amigo,
te acuso de ser mi hermano;
ya sabes, no será en vano
alzar la copa: contigo
en el firmamento; ayer caí
en la cuenta que era tu día,
pero ya era tarde. Hoy leía
un libro que perseguí
pa recordarte: es mi elegía.
Tres años se dice fácil,
treinta y cinco poco menos,
pero alzo mi copa al viento
por la amistad, y por el frágil
hilo de la vida, Fuiste ágil,
pendenciero y buen cantor,
que no cantante. Bebamos,
pues, la memoria, volvamos
a cerrar bares, valedor,
que se nos vaya el dolor.
Huyamos de los hospitales,
que nos revuelque el alcohol,
que vuelva ese rockanrol
y los pecados veniales:
yo no tengo de otra flor.
que diga lo que tu fuiste,
verso y cuchillo en ristre,
canto que sabe a derrota,
fuego que ruge y se agota.
Pudiendo decir que fuiste
pintor, cantor y un amigo,
te acuso de ser mi hermano;
ya sabes, no será en vano
alzar la copa: contigo
en el firmamento; ayer caí
en la cuenta que era tu día,
pero ya era tarde. Hoy leía
un libro que perseguí
pa recordarte: es mi elegía.
Tres años se dice fácil,
treinta y cinco poco menos,
pero alzo mi copa al viento
por la amistad, y por el frágil
hilo de la vida, Fuiste ágil,
pendenciero y buen cantor,
que no cantante. Bebamos,
pues, la memoria, volvamos
a cerrar bares, valedor,
que se nos vaya el dolor.
Huyamos de los hospitales,
que nos revuelque el alcohol,
que vuelva ese rockanrol
y los pecados veniales:
yo no tengo de otra flor.
Hemos llegado tarde. Víctimas de la distracción, hemos llegado al
precipicio donde antes se sostuvo un puente. Fuimos hijos bastardos de
la locura. Hemos comenzado la caída, apesadumbrados pero pacientes
recorremos los insondables pasos que nos lleven a despedazarnos contra
el suelo, sea roca o limo. No es preciso nombrar la música, el ruido, el
silencio. Todo es en vano ahora. Sólo queda esperar al estrépito de los
huesos resquebrajándose. Pero antes debemos dejar sembrada una certeza:
la caída ha comenzado mucho antes. Acaso un instante previo a nuestro
encuentro. Acaso en el momento de estrechar la mano, al destapar la
primer cerveza, comenzamos el largo peregrinaje de esta caída. Lobos que
se desgarran a dentelladas para no morir de hambre.
Apenas mencionar tu nombre, siento la garra
del dolor sobre mi carne, abriéndola
como quien rasga una bolsa de plástico
en un parque a las diez de la mañana.
del dolor sobre mi carne, abriéndola
como quien rasga una bolsa de plástico
en un parque a las diez de la mañana.
He visto la ira en tu ojo, el llanto devenido
angustia, la seria fisonomía del encantador
de serpientes; de tu palabra abrevé el agua
empozada que me hizo hombre.
He atravesado la tiniebla solo empuñando
una frase que me dirigía a tu abrazo,
y para salir, he tomado el camino inverso.
Alguna vez tendí la mano para hallar la tuya,
abrí mi pecho para guarecerte, padre,
y sumido en el fango del espanto,
clamé tu nombre para fingir valor ante la muerte;
pero ya basta de lamer mi herida como ave
que extravió su nido, tu aliento me llevó
a surcar el aire, a lamer el fuego.
Ya basta de sangrar con mi corazón de utilería,
lo he manchado todo alrededor por desafiarte,
pero ya he firmado la paz con tu fantasma,
es la hora de encender hogueras para siempre,
de iluminar esta noche, este silencio
porque me resisto a decir que fui un niño feliz
y porque sería una exageración decir
que mi infancia fue un terrible vaivén de cuitas
y dolores; he vivido y fue tu sombra la que llenó
el verano y la calígine de los primeros días
angustia, la seria fisonomía del encantador
de serpientes; de tu palabra abrevé el agua
empozada que me hizo hombre.
He atravesado la tiniebla solo empuñando
una frase que me dirigía a tu abrazo,
y para salir, he tomado el camino inverso.
Alguna vez tendí la mano para hallar la tuya,
abrí mi pecho para guarecerte, padre,
y sumido en el fango del espanto,
clamé tu nombre para fingir valor ante la muerte;
pero ya basta de lamer mi herida como ave
que extravió su nido, tu aliento me llevó
a surcar el aire, a lamer el fuego.
Ya basta de sangrar con mi corazón de utilería,
lo he manchado todo alrededor por desafiarte,
pero ya he firmado la paz con tu fantasma,
es la hora de encender hogueras para siempre,
de iluminar esta noche, este silencio
porque me resisto a decir que fui un niño feliz
y porque sería una exageración decir
que mi infancia fue un terrible vaivén de cuitas
y dolores; he vivido y fue tu sombra la que llenó
el verano y la calígine de los primeros días
Los viejos escribas, al coger su pluma,
al buscar su tinta y su palabra,
ya sabían, oscura, terriblemente,
sabían que susurraban al futuro,
y no habría emperador o dios
tan poderoso que renegara de ellos;
así, parieron las ciudades por la punta de sus dedos,
redujeron a cenizas los castillos,
orlaron las frentes vencedoras
con odas, himnos y laureles,
embellecieron toda atrocidad:
no los dioses ni los insaciables césares:
fueron los escribas los que conquistaron
a sangre y fuego nuevos reinos,
susurrando con su pluma al oído
del futuro sus delirios
al buscar su tinta y su palabra,
ya sabían, oscura, terriblemente,
sabían que susurraban al futuro,
y no habría emperador o dios
tan poderoso que renegara de ellos;
así, parieron las ciudades por la punta de sus dedos,
redujeron a cenizas los castillos,
orlaron las frentes vencedoras
con odas, himnos y laureles,
embellecieron toda atrocidad:
no los dioses ni los insaciables césares:
fueron los escribas los que conquistaron
a sangre y fuego nuevos reinos,
susurrando con su pluma al oído
del futuro sus delirios
yo, al escribir de ti, susurro al vacío,
a la inexpugnable nada mi elegía;
tal es el cansado alcance de mi oficio,
hijo del silencio, ceniza que volverá al polvo
y al silencio para olvidarme
a la inexpugnable nada mi elegía;
tal es el cansado alcance de mi oficio,
hijo del silencio, ceniza que volverá al polvo
y al silencio para olvidarme
Por qué sangra mi costado
si no hay lanza, ni centurión,
ni cruz que me sostenga?
por qué, si hablo de amor, o de dolor,
presiento que te llamo, y peor aún,
que no vendrás a romper el hielo
de la noche con tu aliento,
que hundo mi barco en un mar
infestado de sirenas, de corsarios,
que aullo en islas taciturnas,
muerdo el fruto de las cosas olvidadas,
y vuelvo a pronunciar tu nombre,
a buscarte en el centro de la herida,
a mascullar en el espanto
que no habrá primavera sin tu otoño
si no hay lanza, ni centurión,
ni cruz que me sostenga?
por qué, si hablo de amor, o de dolor,
presiento que te llamo, y peor aún,
que no vendrás a romper el hielo
de la noche con tu aliento,
que hundo mi barco en un mar
infestado de sirenas, de corsarios,
que aullo en islas taciturnas,
muerdo el fruto de las cosas olvidadas,
y vuelvo a pronunciar tu nombre,
a buscarte en el centro de la herida,
a mascullar en el espanto
que no habrá primavera sin tu otoño
Atado a ochenta estacas de desidia,
de pies y manos, rehén de mí, arrinconado,
amordazado de los ojos que al llamarte
impregnan el aire de tu aroma de sándalo
y comerciales, multiplicentes frutas,
vendado de la lengua, no me queda para mirar
sino el recuerdo, el viaje introspectivo
en que tu sonrisa aparece siempre para iluminar
la esfera simplona del universo,
ese viaje en que descubrí, a solas, la aromática
esencia del linaloe, el palpitar profundo de la tierra;
pero estaba solo, desordenado y feliz porque ignoraba
el timbre de tu voz, que al llamarme, salpicaba
con su aroma de cacao las paredes del deseo,
y ahora, atado con cien lazos de abúlica sonrisa,
me hundo y no me hundo en un agua clara
aunque no límpida, envenenada acaso por mi mismo,
me duelo y no me duelo de no verte, de no tener
dónde llamarte, de estar, ocioso, embrutecido,
afilando la navaja con mi carne o con mi hueso,
y al crujir de mi esqueleto vea como se desvanece
todo olor de tu madera, todo bálsamo de tu labio
huyendo como un gato por los entresijos de la casa,
y no tener, poco a poco, ya ni este viaje de la entraña
o del recuerdo, la bitácora lingual donde grabé con fuego
la noche en que robé tu beso, piedra filosofal de mi tristeza
de pies y manos, rehén de mí, arrinconado,
amordazado de los ojos que al llamarte
impregnan el aire de tu aroma de sándalo
y comerciales, multiplicentes frutas,
vendado de la lengua, no me queda para mirar
sino el recuerdo, el viaje introspectivo
en que tu sonrisa aparece siempre para iluminar
la esfera simplona del universo,
ese viaje en que descubrí, a solas, la aromática
esencia del linaloe, el palpitar profundo de la tierra;
pero estaba solo, desordenado y feliz porque ignoraba
el timbre de tu voz, que al llamarme, salpicaba
con su aroma de cacao las paredes del deseo,
y ahora, atado con cien lazos de abúlica sonrisa,
me hundo y no me hundo en un agua clara
aunque no límpida, envenenada acaso por mi mismo,
me duelo y no me duelo de no verte, de no tener
dónde llamarte, de estar, ocioso, embrutecido,
afilando la navaja con mi carne o con mi hueso,
y al crujir de mi esqueleto vea como se desvanece
todo olor de tu madera, todo bálsamo de tu labio
huyendo como un gato por los entresijos de la casa,
y no tener, poco a poco, ya ni este viaje de la entraña
o del recuerdo, la bitácora lingual donde grabé con fuego
la noche en que robé tu beso, piedra filosofal de mi tristeza
¿Dónde posar la mano, dónde el cuerpo
cuando ha caído todo, derruido, ceniza, polvo?
¿Dónde guarecer el alma, en qué rescoldo,
bajo qué techo? Ya todo páramo es desierto,
cuando ha caído todo, derruido, ceniza, polvo?
¿Dónde guarecer el alma, en qué rescoldo,
bajo qué techo? Ya todo páramo es desierto,
cada manantial, áspera roca; todo lago, hondo
vertedero; ya es naufragio seguro cada puerto.
Se fracturó la luz en su talón, todo es incierto:
el mínimo destello es hoja, es filo, acero romo.
Si toda partida es luto, cada llegada, corte.
Si toda carne y beso, es deseo que se avinagra
oscuro sobre la mesa, todo encuentro es llaga
abierta a la gangrena. si todo es semilla de muerte,
todo fruto sea sinónimo de hambre. Que valga
esta palabra en el silencio, mi simiente.
vertedero; ya es naufragio seguro cada puerto.
Se fracturó la luz en su talón, todo es incierto:
el mínimo destello es hoja, es filo, acero romo.
Si toda partida es luto, cada llegada, corte.
Si toda carne y beso, es deseo que se avinagra
oscuro sobre la mesa, todo encuentro es llaga
abierta a la gangrena. si todo es semilla de muerte,
todo fruto sea sinónimo de hambre. Que valga
esta palabra en el silencio, mi simiente.
luego está ese penoso asunto, envejecer,
hacer la colección propia de canas
arrancadas discretamente, con el afán
de detener el terrible avance de los años,
cosa vana; y peor aún, hacerse viejo pesa más
si a un costado crece robusta, lozana,
la sombra decadente del miedo;
uno debiera llegar a viejo libre de arrepentimientos,
dispuesto a soltar amarras, a destrozar
bajo la tormenta los acantilados con la barcaza
de la propia humanidad, pero me hago ilusiones,
ando a tientas en este umbral de oscuridad
que es hacerse mayor, que no me dieron un manual
para saber qué se hace en estos casos de duda,
cuando se es joven y se teme terriblemente
por nuestro yo futuro, senil, y acobardado,
o peor aún, senil y convencido de ondear la verdad
como bandera incuestionable, si ahora
lo hemos puesto en duda todo, o casi todo,
pero hemos querido arrebatar de nueva cuenta el fuego
a los viejos dioses, para alimentar nuestra locura
hacer la colección propia de canas
arrancadas discretamente, con el afán
de detener el terrible avance de los años,
cosa vana; y peor aún, hacerse viejo pesa más
si a un costado crece robusta, lozana,
la sombra decadente del miedo;
uno debiera llegar a viejo libre de arrepentimientos,
dispuesto a soltar amarras, a destrozar
bajo la tormenta los acantilados con la barcaza
de la propia humanidad, pero me hago ilusiones,
ando a tientas en este umbral de oscuridad
que es hacerse mayor, que no me dieron un manual
para saber qué se hace en estos casos de duda,
cuando se es joven y se teme terriblemente
por nuestro yo futuro, senil, y acobardado,
o peor aún, senil y convencido de ondear la verdad
como bandera incuestionable, si ahora
lo hemos puesto en duda todo, o casi todo,
pero hemos querido arrebatar de nueva cuenta el fuego
a los viejos dioses, para alimentar nuestra locura
perra la suerte me mordió el tendón del sosiego
estaba en el mercado, a la espera de dios o de mi madre,
que para esos años casi era decir lo mismo,
y no lo vi venir, en qué carnicería se le montó el hambre,
porque me clavó el arpón de sus colmillos con fe,
con la devoción que quien se sabe merecedor del paraíso,
o capaz de rajar la carne, esa delgada tela, irrisoria,
que nos cubre bajo la otra tela que confeccionó la moda
o el desgano. No alcanzó mi voz para los ayes de dolor,
ni el suelo para el retorcimiento y la gesticulación,
y así, entre cajas de verdura en pudrimento, ante la vista
divertida del marchantaje me ví herido y lloroso, y rengo;
y digo esto para dar fe que mi perra suerte, que entonces
no era mía, sino de un tal azar, para adoptarme marcó
mi carne infante, y esta herida, este anuncio de cicatriz
que porto cual tímido estandarte, es, sin fratricidio,
mi marca personal, que anuncia dejadle vivo, aunque sin hueso
sano en su haber, aunque la sangre apenas suficiente,
aunque el motor en su pecho sea apenas audible en su traqueteo,
dejadle vivo; por eso late desbocado el anfibio que vive en mi pecho,
que para esos años casi era decir lo mismo,
y no lo vi venir, en qué carnicería se le montó el hambre,
porque me clavó el arpón de sus colmillos con fe,
con la devoción que quien se sabe merecedor del paraíso,
o capaz de rajar la carne, esa delgada tela, irrisoria,
que nos cubre bajo la otra tela que confeccionó la moda
o el desgano. No alcanzó mi voz para los ayes de dolor,
ni el suelo para el retorcimiento y la gesticulación,
y así, entre cajas de verdura en pudrimento, ante la vista
divertida del marchantaje me ví herido y lloroso, y rengo;
y digo esto para dar fe que mi perra suerte, que entonces
no era mía, sino de un tal azar, para adoptarme marcó
mi carne infante, y esta herida, este anuncio de cicatriz
que porto cual tímido estandarte, es, sin fratricidio,
mi marca personal, que anuncia dejadle vivo, aunque sin hueso
sano en su haber, aunque la sangre apenas suficiente,
aunque el motor en su pecho sea apenas audible en su traqueteo,
dejadle vivo; por eso late desbocado el anfibio que vive en mi pecho,
Es hora de volver a hundir la garra en el espasmo,
de abrazar el lodo, de hacerse el loco,
romper amarras y olvidar anclas;
cómo decía, es hora de volver a hundirse
en la noche, en el lodo, en la incertidumbre
de todos tan temida, luminoso faro.
He vuelto a recoger lo que de bestia en mi se guarda,
lo que aulla desconfiado, lo que acecha
tras los arbustos de la calma.
Es hora, como dije, de incendiar el musgo, de hacer que arda
la orgullosa carne de lo inconsumible,
de abrazar el lodo, de hacerse el loco,
romper amarras y olvidar anclas;
cómo decía, es hora de volver a hundirse
en la noche, en el lodo, en la incertidumbre
de todos tan temida, luminoso faro.
He vuelto a recoger lo que de bestia en mi se guarda,
lo que aulla desconfiado, lo que acecha
tras los arbustos de la calma.
Es hora, como dije, de incendiar el musgo, de hacer que arda
la orgullosa carne de lo inconsumible,
Te deseaba incontables noches antes a la colisión de nuestros labios.
Recuerdas? El pretexto de buscar un ciber café a las nueve de la noche,
llegar a una plaza, el mar siempre mirándonos desde la izquierda -su
mirar serio desde la derecha, cuando volvimos, extraviados,a buscar el
hotel donde nos hospedábamos con la jauría. Luego tu mano al tomar mi
mano mientras rodábamos cuesta abajo -rodar es una exageración,
bajábamos- por unas escaleras eléctricas. No hubo palabras, sólo
un par de manos entrelazadas, en un porfiado aunque luminoso silencio.
¿Y el puerto, su marea sin tempestad, las esculturas que daban cuenta de
los hombres y mujeres que deambulaban en torno suyo?
Desesperados, descendimos del microbús que a cada momento se internaba más en la ciudad y se alejaba del puerto que apenas conocíamos. ¿Recuerdas? Un par de tardes antes casi nos inundamos en un salón de usos múltiples. Pasamos buena parte de la noche sacando el agua que insistia en colarse por las inexistentes paredes, apenas escuetos muros que no rebasaban el metro y medio. Cuando volví a buscarte, ya sentía el punzón en el bajo vientre, pero no alcancé a llamarte. Comenzaba la madrugada y todos estábamos exhaustos.
A la mañana siguiente desayunamos. Mi absurda vocación de improvisado fotógrafo me llevó a capturar la carretera que atravesaba la pequeña comunidad cacahuatera y que sin saberlo en ese momento, volvería a cruzar durante mucho tiempo algunos años más tarde. También te fotografié mientras nos columpiábamos en la pequeña hamaca. Luego salimos a caminar, a hacer reportes de un trabajo de campo que nunca supimos qué nos enseñó. Y en un huerto arranqué unas matas de cacahuate de la que tú cogiste un par de semillas para usarlas como aretes. Aún guardo, aunque no sé dónde, la fotografía que te hice en esa playa solitaria. Tu blusa oscura, la arena, el mar, tu mano recogiendo el pelo para hacer notar el detalle del día anterior.
¿Te acuerdas, la misma noche que llegamos al puerto caminé kilómetros para alcanzarte, para huir de una absurda borrachera, sólo para llegar a contarte historias que ahuyentaran tu miedo a la oscuridad, recuerdas? A oscuras toqué por primera vez tu rostro y luego, cuando volvieron tus amigas, salí a la azotea a admirar el amanecer.
Bajamos del microbús, ¿recuerdas? Luego, en el taxi, nos besamos. Amanecimos abrazados, pero nada más pasó entre nosotros. Por la mañana nos asaltaron en una playa cercana al acuario y el autobús estuvo a punto de dejarnos abandonados. Volvimos abrazados. ¿Recuerdas las fotografías tomadas al pie de las esculturas, en las barcazas que parecían olvidadas a merced de las olas, en la playa?
Dos días después del regreso, nos vimos al pie de un puente peatonal, llovía y sólo alcancé a abrazarte mientras me besabas.
Ahí comenzó la belleza, lo terrible
Desesperados, descendimos del microbús que a cada momento se internaba más en la ciudad y se alejaba del puerto que apenas conocíamos. ¿Recuerdas? Un par de tardes antes casi nos inundamos en un salón de usos múltiples. Pasamos buena parte de la noche sacando el agua que insistia en colarse por las inexistentes paredes, apenas escuetos muros que no rebasaban el metro y medio. Cuando volví a buscarte, ya sentía el punzón en el bajo vientre, pero no alcancé a llamarte. Comenzaba la madrugada y todos estábamos exhaustos.
A la mañana siguiente desayunamos. Mi absurda vocación de improvisado fotógrafo me llevó a capturar la carretera que atravesaba la pequeña comunidad cacahuatera y que sin saberlo en ese momento, volvería a cruzar durante mucho tiempo algunos años más tarde. También te fotografié mientras nos columpiábamos en la pequeña hamaca. Luego salimos a caminar, a hacer reportes de un trabajo de campo que nunca supimos qué nos enseñó. Y en un huerto arranqué unas matas de cacahuate de la que tú cogiste un par de semillas para usarlas como aretes. Aún guardo, aunque no sé dónde, la fotografía que te hice en esa playa solitaria. Tu blusa oscura, la arena, el mar, tu mano recogiendo el pelo para hacer notar el detalle del día anterior.
¿Te acuerdas, la misma noche que llegamos al puerto caminé kilómetros para alcanzarte, para huir de una absurda borrachera, sólo para llegar a contarte historias que ahuyentaran tu miedo a la oscuridad, recuerdas? A oscuras toqué por primera vez tu rostro y luego, cuando volvieron tus amigas, salí a la azotea a admirar el amanecer.
Bajamos del microbús, ¿recuerdas? Luego, en el taxi, nos besamos. Amanecimos abrazados, pero nada más pasó entre nosotros. Por la mañana nos asaltaron en una playa cercana al acuario y el autobús estuvo a punto de dejarnos abandonados. Volvimos abrazados. ¿Recuerdas las fotografías tomadas al pie de las esculturas, en las barcazas que parecían olvidadas a merced de las olas, en la playa?
Dos días después del regreso, nos vimos al pie de un puente peatonal, llovía y sólo alcancé a abrazarte mientras me besabas.
Ahí comenzó la belleza, lo terrible
Guardo las palabras dichas como un tesoro envenenado.
Alcayatas, torres, fosos reales, puentes sumerios,
lejanas ciudades, insalvables mares de arena,
terribles ejércitos, míticas bestias al acecho, la marea
en el delirio, los vertiginosos ríos, su hambre de centurias.
Jamás hubo en la tierra hombre o mujer, o aliento
Alcayatas, torres, fosos reales, puentes sumerios,
lejanas ciudades, insalvables mares de arena,
terribles ejércitos, míticas bestias al acecho, la marea
en el delirio, los vertiginosos ríos, su hambre de centurias.
Jamás hubo en la tierra hombre o mujer, o aliento
Me despierto, pongo la voluntad en la calle,
rompo los espejos, me hago trizas el pañuelo
para bailar chilenas, olvido el naufragio en una esquina,
me arranco tiras de piel, pero resulta, después de todo,
que soy un monstruo, que he escupido mi flema
en el cuenco de lo sagrado, que marqué, bestia,
los intocables árboles de la virtud, con mi orina;
que, no conforme, lamí el coño de una vestal, lúbrico,
montaraz, lobuno, que nada queda para mí, ni las migas
del pan amargo de la duda, ni el ofuscado vino de venganza;
nada queda para nadie, ni esta tierra, ni el torvo canto fúnebre,
ni el más sencillo crepitar del fuego para apaciguar el miedo
rompo los espejos, me hago trizas el pañuelo
para bailar chilenas, olvido el naufragio en una esquina,
me arranco tiras de piel, pero resulta, después de todo,
que soy un monstruo, que he escupido mi flema
en el cuenco de lo sagrado, que marqué, bestia,
los intocables árboles de la virtud, con mi orina;
que, no conforme, lamí el coño de una vestal, lúbrico,
montaraz, lobuno, que nada queda para mí, ni las migas
del pan amargo de la duda, ni el ofuscado vino de venganza;
nada queda para nadie, ni esta tierra, ni el torvo canto fúnebre,
ni el más sencillo crepitar del fuego para apaciguar el miedo
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