Chilapa es el nombre del municipio donde por azar nací. Bautizada como la Atenas del sur por sus habitantes más cursis y pomposos, carecía de una casa de la cultura, y de una biblioteca pública municipal; esta vagó de un local rentado a otro sin que a la fecha tenga un espacio propio.
En mi época de secundaria, la casa de pasillos oscuros y amplios patios con jardines descuidados donde se alojaba la biblioteca estaba en un sitio estratégico entre la parada del transporte público, los billares, la estación de policía y la secundaria técnica número 9.
El bibliotecario, un hombre de carácter agrio que a todos trataba con desdén, supe después, se llamaba Héctor Cárdenas. Por ese tiempo si me hubieran preguntado, seguramente habría dicho de él que era un personaje sombrío y detestable, y por eso hurtaba libros de poesía que luego leía en voz alta a media noche plantado a en el centro solitario de la calle principal de mi pueblo.
Algunos años después, recorrí sin saber y a desordenados intervalos un circuito de cantinas de mala nota que compartían dos cosas: primero, estaban situadas en los márgenes del río Ajolotero, un vertedero de aguas negras, y que él, Héctor, las había bautizado: El convento de la bilis, La cueva del ermitaño, El descanso de las aves, y un par más de las que me he olvidado el nombre. Allí solía pasar algunas tardes bebiendo mezcal, en un tiempo en que el mezcal era bebida de parias, tocando su guitarra, componiendo sus canciones, estampas costumbristas.
Habrá compuesto unas quinientas canciones, algunas de ellas integradas por completo al folclor musical guerrerense, como El zopilotito, muy socorrido para el baile en la fiesta y en los eventos de cultura oficiales.
Moro solía hablar de él con frecuencia, con devota admiración y mal fingida indiferencia; es probable que alguna vez coincidiéramos en la misma cantina, pero de esos días me queda un recuerdo con los contornos difuminados.
En fin que un día su muerte fue noticia. La biblioteca estaba en otro sitio y él seguía siendo el encargado, seguramente igual de agrio que en otros tiempos aunque la nueva casa en renta fuera un poco más luminosa y ya no ocupara un sitio estratégico en mi entorno inmediato.
Murió sin familia, y la cofradía intelectual del municipio se lamentó largamente por su pérdida. Por las canciones que no terminó de escribir, por las que no llevó al estudio, por los pocos discos que grabó en vida, por su talento desperdiciado, lo que se estila. Ahí comenzó la fundación local del mito llamado Héctor Cárdenas. Nacido en Chilpancingo, vivió sus últimas décadas como funcionario gris de un espacio público sin espacio propio, y cuyo responsable directo, Juan Sánchez Andraka, un escritor muy menor, sostiene o sostenía como la desidia le daba a entender. La cultura difícilmente llega a ser una prioridad incluso para quienes se benefician de ella.
Parte del mito cardenesco pone a Sánchez Andraka como benefactor de este compositor bohemio casi paria, que según la versión oficial renunció a todo reconocimiento para pasar sus horas lidiando con estudiantes obtusos -como fui yo-, ruidosos y desconsiderados a cambio de una vivienda y un sueldo apenas por encima de lo miserable.
A mí me gusta imaginar una historia turbia de secretos inconfesables en las que sin ser el villano, Héctor tampoco alcanza a ser el héroe de su propia historia; de personajes que no alcanzan a redimirse nunca y de hombres que aprovechan la situación para ponerse el antifaz del héroe.
Creo que Héctor Cárdenas decidió en parte ser un marginal en la farándula de la música tradicional, pero creo que la marginación se vio profundizada por el olvido en que lo dejaron los que luego se llamaron sus amigos y benefactores: un suicidio intelectual asistido.
Ojalá un día se le de el espacio que merece ocupar en la historia local del estado de Guerrero, más allá de los sentidos homenajes donde priva la lisonja y el lamento estériles.

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