1 may 2023

 

Ya sembré un árbol
(era un manzano
que desterrado a un verano ardiente
extendió su enflaquecida raíz
como una mano que se aferra
al borde indiferente del acantilado
sin agua sin frío
y en manos inexpertas
se marchitó de a poco
al ritmo que le marcaba
el avemaría de la radio local
de mis ocho años en la tierra)
 
escribí un libro
(o soñé que lo escribía
delirante por la tifoidea
ya adulto y a punto siempre de ser derrotado;
en él se conjugaba mi palabra
una palabra enrevesada y triste
en una lengua cuyo sonido
chapotea como una lluvia esperada
largamente, como una selva que se abre
para mostrar florituras y sortilegios;
también hablaba de la sangre
y de los años de juventud, los juramentos
que luego desgastó como a moneda antigua
el tiempo y las minucias propias de hacerse mayor;
luego desperté, sudoroso:
estaba vivo pero el libro se había perdido
en los entresijos del azar y del delirio)
 
no tuve un hijo
(tal vez me acobardó la idea
de echarlo a andar por la tierra
camino de su angustia y de su furia,
que el perro rabioso del calendario
lo revolcara como a un pajarillo hambriento;
que, desterrado a un verano inextricable,
no alcanzara el deshielo la semilla de su corazón
y por eso desperté un día, atardecido
como quien vuelve de la locura
y salí a mirar la calle y la tormenta
con una lengua cuyo sonido
se parece al trueno cuando llega desde muy lejos
y la noche parece una fiera en calma
que sueña consigo misma
con el acantilado y con la presa)
 
y me pregunto si algo de eso acaso vale
si debo plantar el hijo, escribir el árbol, engendrar un libro
 
2021/03/26

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