27 jul 2020

Deja que todo transcurra, que el miedo ladre desde su azotea, que la angustia te obstruya como un río de sangre la garganta: deja que la vida se te escurra entre los dedos atrofiados de pergeñar manuscritos apenas legibles, apenas valederos.
Deja a las hienas blancas del insomnio destrozar tus huesos, que cada golpe de deseo insatisfecho, que cada anhelo frustrado te haga jirones el maltrecho lienzo de la piel.
No te opongas. Nada hay para ti allá afuera. Nadie.
Olvida la imposible necesidad del otro. Arroja tus anclas a mitad del océano y luego incendia tus naves, que no haya tierra de por medio que te permita la mínima esperanza de supervivencia: enloquece de rabia y desesperación.
Arrójate entonces contra los acantilados del olvido. Y destrózalos.

Notas simples para el anhelo


Apenas desconocida, sólo sé de ti el tono de la voz, los juegos con que tratas de seducir al azar, un par de guiños cómplices y la cereza de tu nombre.
Nada tengo que me lleve a ti sino el anhelo, el riel difuso del deseo; nada, apenas una sucesión de números, y el caballo desbocado de la imaginación cabalgando ciego hacia tu sueño.

Canciones malas que recuerdan buenos tiempos


No hizo falta mucho, entender que en cualquier parte del mundo, una brasa lleva tu nombre, que basta la brisa más suave para reiniciar el incendio; saber que cualquier paisaje guardaría las aves de tu recuerdo, y en su gorjeo matutino izaría sus velas el deseo. Subir a las azoteas y saber que cada ciudad, cada ranchería recién descubierta es anclar de nuevo en el mundo, hacer un hueco donde quepan la maravilla y la sospecha de un terror futuro donde la última calle se bifurca hacia la noche y hacia tu ausencia.
Mirar las fotografías tomadas en otro tiempo, antes del cataclismo, y aspirar el olor añejo de un paisaje urbano, de luces parpadeando en el horizonte, de vías abandonadas, de hoteles en mitad de la nada donde trasvestis buscaban el amor traducido en algunos pesos, de la noche vista desde almenas parecidas a tanques de agua universitarios, fumando el desasosiego, y entre todo ello, el otoño y su tapicería de hojas, tu labio por fin anclado en mi labio. Llegar siempre al mismo punto, anhelar la inexistencia del quiebre, inútilmente.
Recorrer, de memoria, los teatros donde tomaste su mano, aspirar el olor a cuerpo recién salido de la ducha, sentir en el bajo vientre crecer las ganas por enfrentar a sus demonios, salir derrotado. Esuchar, entrecortado, lejanísimo, un saxofón en mitad de la noche, vernos a ambos en un auditorio a cielo abierto, ambos tratando de asir la eternidad en una fotografía, en breves recados escritos espontáneamente, ambos mordiendo los frutos del incipiente invierno, el saxofón excitado resonando, entrecortado, en la lejanía, insistente aunque vago, una guitarra que evocaba las fluctuaciones violentas del agua a la orilla del mar, ambos sentados al borde de la cama como si estuviéramos al borde de un acantilado, leyendo los panfletos cristianos que la dueña de la casa comenzó a obsequiarnos cuando nos vio salir a su patio por tercera ocasión.
No hizo falta mucho, descender de un auto varios años después en el mismo sitio donde se fraguó el preludio de aquel primer beso en un puerto que desconocíamos y trató de engullirnos, guardar las fotografías de esa noche, inocentes, como la mala música de las estaciones radiofónicas, como la nostalgia.

13 10 2019

Hoy, ayer, vi quebrarse a dos personas, una de ellas muy estimada; poco alcanzamos a hacer, poco pudimos o quisimos hacer; porque traemos, creo, el mismo luto y a veces uno se para como en el borde de un precipicio y sabe que la más mínima brisa nos puede arrastrar al fondo del desfiladero; en nuestro caso el desfiladero es el resquebrajamiento de una corteza que a algunos sostiene a penas; recordé la carta de Walsh a sus amigos con motivo de la muerte de su hija a manos de los militares y la línea donde dice que muchos de sus amigos (amigos de ella) habían sido asesinados sin que le diera tiempo llorarlos; hace un par de días tuve un ataque de ansiedad, había estado bebiendo un poco, jugando un poco con una chica con la que a veces comparto el lecho y algunas risas, y al entrar en la ducha una sensación de abandono y desamparo llegó a oprimir mi pecho y me dejó en la lona por largas horas; debo decir que no es este el primer luto que atravieso, pero acaso sea de los más desoladores que me tocan; más, porque potencia la pérdida que en enero dejó la muerte de un compañero con quién compartí largas caminatas e interminables disertaciones sobre el movimiento; entonces, hoy conduje poco más de cien kilómetros con la vista empañada, con esa sensación de impotencia que deja la muerte ajena pero cercana, tan cercana que pareciera echarnos encima el aliento y la sonrisa socarrona; creo que no tendremos tiempo de llorar lo suficiente a nuestros compañeros ahora que han partido, porque hay tareas urgentes, porque la vida sigue vertiginosa y no habra chanza de pararse a respirar, mucho menos a lamentarse; que en estos menesteres uno debe continuar el camino con la herida a cuestas y esperar a que sola cierre

el regreso de la inmovilidad

anoche dormí mal
estaba casi ebrio
y no planeaba pensar
en viejas amistades perdidas
venía de un paisaje lluvioso y frío
neblinoso y peligroso y frío
llegué a un paisaje cálido
soleado y caótico pero cálido
toda la noche la pasé girando
de un lado a otro del suelo
a ratos gritaban las dislocaduras
de la espalda, como advirtiendo
el regreso de la inmovilidad
pero yo soñaba con la adolescencia
y la jauría de perros dónde finqué
la lealtad aullándole a la nada
mezcal y esperanza en mano
porque era joven y tenía la rabia
guardada en el bolsillo izquierdo
y habría sido capaz de hundirme
en el vértigo con la misma facilidad
de un colmillar al hundirse en la carne
pero soñé la van de Mayonesa Marcony
surcando los pliegues de la noche
con rumbo incierto
a Tony plantado en el centro de la calle
aullando por pelea
y mi espalda susurraba como advirtiendo
el retorno inminente del dolor

he puesto a un lado toda esperanza

he puesto a un lado toda esperanza
con la indiferencia de quien aparta
las vísceras de la carne que será cocinada,
como quien aparta la semilla rota
por las dentelladas de una trilladora despiadada

porque rehuí a la herida, a probar
el sabor metálico de la sangre
la carne abriéndose como un surco
y en esa apertura sentir la ardedura del músculo
el hueso del deseo acaso fracturado
en sus astillas, cercano a la molienda

pero no solo de sajaduras muere el hombre,
también se despeñan las aves de su sueño,
se ahogan los frutos del desierto
y hay luto por las cosas que ha perdido
por los simples objetos en que ha depositado
como en un banco, importantes fragmentos de sí mismo

pero hay que desangrarse sin aspavientos
porque la vida sigue y es menester
haber dejado grietas y resquicios
por donde asome su hocico la nostalgia
de qué otro modo se da fe de haber vivido
de esta angustiosa muerte cotidiana
si no es con la dolencia a cuestas
y esta presunción de inocencia a toda costa

mira esta herida en el costado del delirio:
un lobo aúlla entre sus pliegues adormecidos

aquí tienes la dentellada primordial,
el signo confuso que señala el terrible
sitio donde se derrama el cáliz del deseo

¿qué agua emana esta sensación amarga
en el lomo de mi lengua,
qué licor o qué veneno
cabalga hacia mi sangre desde el puente
carcomido de mi garganta, y se despeña?

19 06 2019

Me quedé dormido leyendo Negra, de Wendy Guerra. He soñado la lectura de un episodio vudú bastante sombrío. Debo aclarar que dicho episodio no figura en el libro. Al despertar, descubro que no fui más allá de la última página que recuerdo haber leído. Leo, con desgana. Antes de ponerme en pie, al girar el torso, veo un libro en la parte más baja del librero. Debo aclarar que hace poco más de dos meses duermo en el suelo. Cosas de la evocación inherente a la nostalgia, creo. Un petate de palma que se parece mucho a los que acompañaron largas noches de mi infancia. Por eso vi el libro de la fotografía.
Lo compré en una librería de viejo hace varios meses ya, pero no había comenzado su lectura. Pereza, distracción, como gusten llamarle. Pero Silvia Tomasa Rivera es una poeta que sí o sí hay que leer. En algún momento de la vida. La encontré hace años, llameante -es una metáfora-, abandonada, en una biblioteca pública. Pero la leí muy por encima. Hoy, avanzo con fruición. Sus versos despiertan algo de bestia herida en mi interior. Llevo días, semanas, buscando algo que provoque un chispazo, y al parecer, esta mujer, con su escritura tan lejana lo consigue. Me identifico.
Cuando llego a la parte de Águila Arpía, pierdo toda defensa. Cualquier artilugio para soportar su embate se torna inválido. Y encuentro, además, versos como este que sirve de epígrafe a la imagen. Que son como metralla.
Sigo leyendo, como quien viaja a través de la noche, como quien sabe que debe seguir haciéndolo. Sé, como Silvia, que nadie habrá de esperarme, pues como ella, también 'he dicho que no es seguro mi retorno'.

¿Por qué tengo que andar en las ciudades
solo, como si no existieras?

Silvia Tomasa Rivera/ Águila Arpía


Quiero dormir cuando se empulque el día
en altamar y con la cuenta en ceros
cuando parezca un cuento la agonía
y la vida chela con un chingo 'e hielo

23 04 2019

Llevo un par de horas desempolvando viejas cuentas de correo. He hallado cosas de cuya existencia no tenía ni el más distraido registro en la memoria. Entre todo encontré este texto, cursi, torpe, que data de 2006 aproximadamente, y está precedido por un fin de año en el que los mejores festejos fueron a distancia.
Lo comparto a propósito de la tarde de ayer. Digamos que la tarde fue pródiga en breves manifestaciones de alegría.
(Digamos también lo obvio, que me doy pena ajena)

Para no aprehenderte

Te mastico siempre, aunque no te tenga en la boca.
Algunas veces creí ver tu cara en las fiestas de mi cabeza.
Algunas veces, sólo algunas.

Te mastico para no aprehenderte.
Te mastico para no desaprovechar la quijada.
Algunas veces me sorprendí puliendo tu nombre.

No te detallo en letras, saldría cualquier pendejada, excepto tu talle.
Eres una estatua de furia enternecida.
Te mastico y te me quedas en las muelas,
como una carie que después agradeceré

Piedras heridas es un poema de Eusebio Rubalcaba al que siempre trato de volver. Lo leí por primera vez en un soleado patio de Taxco de Alarcón, en las primeras horas de mi onomástico número 21, me parece. Tenía suficiente mezcal a la mano, en esos días en que beberlo era casi un sinónimo de aberrante indigencia, y yo le profesaba una devoción incuestionable a su fuego. Ana y Gilberto dormían en su habitación de jóvenes ansiosos de alcanzar el pináculo de sus respectivos oficios de artistas, y no sospechaban la borrachera monumental que se avecinaba.
Jesús, en el monte de los olvidos, recuerda el tacto del madero y de la espina, y suspira

Cantinas cerradas en el corazón


Será posible dejar de hablar de uno, poner a un lado lo subjetivo. Pensar en ti es pensar en mí a tu lado. Digo el sabor de tus cuatro labios y ya he invocado mi lengua paladeando tu cuerpo. Digo tu calidez y estoy diciendo la calidez que transmitiste a mi cuerpo en una noche de invierno.
Se habla para el otro, desde uno mismo, para convencerlo de volver a inundar una soledad mal planeada. Se tienden trampas, entonces.
Y a veces, uno mismo cae dentro de ellas.

17 02 2019

Huele a noviembre. El viento sacude las ramas de los árboles, inquieta a los perros callejeros. Me asomo a la ventana del segundo piso, veo el patio de mi casa con sus ficus llenos de zanates, su limonero y su bugambilia de colores; por la calle Álvarez, pasa un conocido.
Al cerrar la ventana, me percato que en la sala no hay muebles, en mi habitación el bochorno lo colma todo. La calle tiene otro nombre y es febrero en esta sierra veracruzana.

16 01 2019

La borrachera ya había durado varios días. Un fin de semana completo, al menos. Y era martes.
El Trino se casa mañana, y yo soy padrino, dijo Pollo, vamos, ¿no? Vamos respondió Chendo, el Gato no se opuso. Mota, preocupado se negó. Mi jefa me ha de andar buscando, mejor ya me voy.
Alguien puso esta canción en el reproductor, winamp, barrio de San Mateo, Chilpancingo, el avispero como le decíamos. El año, probablemente sea 2004 o 2005.
Mota, en la puerta, voltea a vernos. Desde el viernes, que fuimos a una tocada del Real, no hemos dejado de escuchar uno tras otro sus discos. Tampoco hemos parado de beber. Cierra la puerta. Ustedes no quieren que me vaya, dice el buen Mötley, mientras se destapa otra cerveza.

Pablo, resucitado, corrige una línea:

la misma bruma que hace tiritar los mismos amantes

nosotros, los de entonces, sólo somos abismos

Señor Guillermo Fadanelli:

Señor Guillermo Fadanelli: acabo de conocer a Eduarda; con la salvedad que es mayor que yo, y al parecer no ha asaltado ningún mini super, aún.

Señor Harry Haller: acabo de conocer a Armanda, con la salvedad que ella no sabe de ningún espectáculo solo para locos. La entrada a su vida me costará la razón.

Señor Pig: acabo de conocer a Violetta, con la salvedad de que ella no ha conocido Nueva York. Estoy seguro que no seré un mal diablo guardián: seré uno de los peores.

Y así podría seguir, señores...

nomás por no dejar
diré que soy
la decepción a la regla

03 01 2019

A principios del 2010, huyendo de mí mismo, encontré la vena policíaca de Taibo. Durante cuatro días se convirtió en mi lectura de las mañanas, que aderezaba con poesía que ya olvidé. Por las tardes el tiempo se me iba en buscar sitios altos para tomar fotografías, arrobarme ante el paisaje de Itzanktun y suspirar por el amor perdido.
También fue el mes de enero, poco más allá de la primera semana, y a todo momento sonaba en mi cabeza un bolero de La Sonora Santanera que dice '... yo sé que eras ajena, que sigues siendo ajena...' con el que mi desgracia inmediata se identificaba plenamente.
Y nada, hoy, 3 de enero de nueve años más tarde, acabo de leer la tercera entrega de Belascoarán Shayne, el detective tuerto que aquella vez me tendió la mano en medio del aguacero.
Leer. Que la lectura avance sin complicaciones, fluida. Que te tome de la mano. Que te lleve a los tortuosos meses de 2009 y 2010 en que el nombre de ella, de C... fue imperante.
Que vuelvas a ladrar como el más ferviente de sus amantes infelices.
Que vuelvas a labrar la más presente de tus cicatrices.
Salí sin demora de ese lugar. Estaba indignadísimo, cómo era posible. ¡Cuánta desfachatez, qué falta de respeto a la clientela!
¡Miren que recibir y atender, como a un buen cliente, a un tipo como yo!
¡Las cosas que tiene que ver uno!
Algunas veces uno se topa de frente con el pasado, sin advertirlo. Como una puerta de cristal que no vimos a tiempo.

28 10 2018

Es mejor arder que desvanecerse, decías y luego contabas chistes malos.
Voy a contarte un chiste negro y malo, carnalito: ¿En que se parecen Cobain, Hemingway y tú? Que los tres son proclives a perder la cabeza. Hahaha
Yo sé que tu humor extraño si te dejaría reírte, pinche vato.
Salud pues, y saludos. Ahí luego nos topamos en los autobuses que atraviesan la noche de Chilapa con mezcal a bordo, en la horrorosa simetría de dios caminando por las cañadas rumbo a Acatlán, en las intrincadas calles de Taxco, en Morelia con cigarros alas extra, en tu casa sin patio. Salud, pues, sigue con tu ruido eterno, no recobres la cordura

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10 06 2018 / Sobre la lengua y la memoria

El yo pasado, lo que ayer sentimos y pensamos vivo, perdura en una existencia subterránea del espíritu. Basta con que nos desentendamos de la urgente actualidad para que ascienda a flor de alma todo ese pasado nuestro y se ponga de nuevo a resonar. Con una palabra de bellos contornos etimológicos decimos que lo recordamos —esto es, que lo volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón—. Dante diría per il lago del cor [José Ortega y Gasset: El espectador, II, “Azorín: primores de lo vulgar”].


Seguramente estoy equivocado. Hace bastante tiempo que no lo practico, y es muy probable que algún vocablo, al evocarlo, se me extravíe o se me confunda.
Pero venía conduciendo y de pronto recordé la última ocasión en que pude hablar con mi abuela, acaso unos meses antes de que falleciera. El Alzheimer la mantenía en un mar picado de recuerdos en el que ella confundía con facilidad los nombres, los rostros, y las épocas. Podía sostener una charla en apariencia lúcida, y al momento siguiente preguntar por alguno de sus hermanos muertos, cuando la orfandad los acunaba en una infancia poco más que trágica. Hacía tiempo que había dejado de fumar sus cigarros gratos en el breve patio de su casa tal como era su costumbre: a solas, casi a escondidas, acaso en la complicidad de algún nieto.
Era diciembre y llegué al pueblo el veinticuatro. Ese mismo día, en la cena, la vi. Le pregunté por las ferias a donde íbamos a vender velas de parafina, por las largas procesiones que habíamos presenciado cada año, en cada feria, las largas horas despachando las mercancías y las interminables noches en que la lluvia amenazaba con destrozar nuestros puestos hechos con horcones, tablas y enormes manteados. De todo me dio constancia, y agregó muchos detalles.
Seguramente la plática se hubiera prolongado mucho más tiempo, pero un detalle vino a sembrar el fin de la plática, a saber: tanto platicar le despertó la curiosidad y me preguntó, en náhuatl, en su lengua, en la lengua que siempre usamos para comunicarnos con ella, quién era yo, y si acaso había trabajado en algún momento con su marido. Le respondí afirmativamente, y estaba por retomar la charla cuando una de sus hijas le llamó la atención y quiso decirle quién era yo.
Haré un paréntesis para abundar en lo siguiente: aunque no es grato ver el olvido en los ojos de alguien tan querido, me pareció superfluo obligarla a recordar, perdida como estaba, o divagando en un oleaje de recuerdos que la perseguían desde hace una vida, y no por decisión propia, sino por una enfermedad que le arrebataba la lucidez y el sosiego. Sé por las charlas que sostengo con mi hermana, que le era difícil conseguir la calma, y por lo general su estado era de permanente angustia. Agregarle la exigencia de recordar a cada persona, en su época correspondiente, en un momento en que parecía gozar de tranquilidad, aunque no estuviera en el mismo momento en que estábamos los demás, se me figuró un ejercicio de tortura terrible, y por ello me excusé de emplearlo.
Tratamos de seguir con el diálogo interrumpido, pero ya su paz se había quebrado y comenzaba a exigir el retorno a su casa. Alcancé a notar que mi tía la llamaba aparte, y algo le decía. Acto seguido, la pequeña figura de doña Ana volvió a donde yo estaba sentado, y me llamó por mi nombre. ¿Eres tú? me dijo. Xnetsjiove, se disculpó, xotimitz elnamik.
Perdóname, no te recordé, fue lo que dijo, y se dirigió a la salida, a la calle, para volver a su hogar. Mi hermana y mi madre la siguieron para acompañarla.
Hasta ahí el recuerdo. Sin embargo la evocación de esa noche me llevó a pensar en el significado de esa palabra, elnamikilis, recordar. Cualquiera sabe que la palabra en castellano se refiere a reconectar algo con el corazón, aunque Ortega y Gasset da una definición sublime, que he puesto al inicio de este amasijo de palabras.
En nahuatl, eltepan, elpantli se refiere al pecho como tal, aunque ambas son palabras compuestas. Eltepan, va conformada de 'el' y 'tepan'. Pecho y muro, respectivamente. para Elpantli, casi diríamos lo mismo, pues pantli es otra forma de nombrar un muro. Entonces al decir eltepan, o elpantli, decimos 'el muro del pecho', casi como si el 'el' se refiriera a una cuestión metafísica.
Ahora, volviendo a la palabra que me llevó a divagar, Elnamikilis, lleva el mismo radical 'El', que se refiere al pecho, y el verbo 'namikilis' que se refiere a un encuentro, a encontrarse con algo,o con alguien. Quien recuerda, en náhuatl, y lo hace patente en la palabra, dice que se produce un reencuentro en su pecho, en ese sitio donde se guarda el corazón con todo su simbolismo y su semiótica. Entonces, mi abuela, al final de esa última plática que tuvimos, alcanzó a decirme que no me encontró dentro de su pecho, que al interior de su pecho no supo ir a mi encuentro, y que por ello se disculpaba.
Hoy, que sin querer he salido a su encuentro, escribo estas líneas.

20 04 2018

Hay ratos, mi buen Gilberto, que llegas, no al recuerdo, más bien como una presencia viva, como si estuvieras en Morelia tal vez, o en tu casa de patio minúsculo en la Apenas del Sur que tanto querías y despreciabas.
Ahora mismo, he buscado esta canción, y justo al pegarla aquí, he estado a punto de llamarte. Un impulso, tú sabes. Uno se distrae escuchando los primeros acordes de la rola y ya está echando la imaginación a volar. Pienso en una chica que me gusta sobremanera, en los buenos tragos que compartimos en los cuartos mal construidos de Taxco, en los pulques sabatinos de los tianguis de la periferia de Texcoco, de los fantasmas que te recibieron siempre de buen modo en la casa de Acatlán. Una distracción imperdonable, hermano.
Apenas se había generado la intención y ya estaba recordando que a estas alturas no he tenido la entereza de ir a despedirte.
Piérdanle el respeto a la literatura, chingada madre!
Dejen de mirarla como si mirasen a un santo en el retablo, hipócritas. No miren a otro lado, como si vieran de pronto las bragas de vuestra madre en un lugar inesperado, sosténganle la mirada, no agachen la cabeza.
Basta! Le rinden pleitesía a un cuerpo que quieren devorar, pues devórenlo, sin miedo, dejen a un lado la vergüenza, arrójense a su fauce abierta...
Vine a decirle que un día me desperté y me dije a mi mismo, hey carnal, tienes que escribir para que te publiquen y seas famoso (aquí me interrumpí para decirme eh aguanta carnalito, no será más fácil hacerse famoso tocando en un grupo de música tropical, o ya de plano si no hay de otra, de rockero? -pero maldita la rebeldía, ni yo me hago caso) y deja de interrumpirme, mira hay talento sólo falta ganarse una beca, fácil, y luego los premios literarios men, hay que escribir para ganar un premio literario, simón justo como los perritos que mueven el rabo para ganar una croqueta, a huevo, y van a caer las pompis vato. Porque para eso se escirbe, no? para ganar premios literarios que digan buen muchacho, ahora haz el muertito, bien bien, ve por la pelota, ahora a chingar a tu madre, muy bien muchacho, muy bien, tienes un gran futuro, tienes talento, solo hace falta empinarte

Hablo de la herida que orla mi costado,

Hablo de la herida que orla mi costado,
de la sangre, la escandalosa, turbia sangre
que pone su dedo en la blancura del lecho.
En la quebratura de mi ala, sostengo el vuelo.
Corazón ajeno, ajena curvatura de felicidad:
en este siglo ennegrecido por la carne,
cada paso tuyo es un susurro de relojería
que avanza amenazante, fiera hambrienta,
hacia la cruz abierta de mi abrazo.
En el ojo que se cierra, busco el faro y la costa.
Lengua extraña, ajena humedad de tu saliva:
este calendario de cuchillas me ha tocado.
Mi garra se ha cansado de rasgar la noche,
toda hora, cada sigiloso instante, para llamarte.
Hablo del cuerpo que en su responso grita tu nombre.
Del enhiesto deseo que sostengo como un cetro
en esta mano que sostuvo como un óbolo tu beso.
Entonces, abro la puerta, me abraza la hembra desolación, se alimenta de mi carne, finge que me besa apasionada

30 jun 2020

Puertos que daban cara al amanecer

Huí del asfalto, de los grandes edificios cerniéndose sobre nuestras humanidades como dioses obtusos, ciegos, largamente entorpecidos en el ejercicio de su inamovible eternidad. Después de ti, evité los puertos que daban cara al amanecer y las puestas de sol a bordo del transporte público para evitar la llegada del anhelo.
Aquí, ahora, digo: fue todo inútil. Aquí, ahora, cito a un poeta al que siempre vuelvo cuando se me empaña la paciencia y me arrojo al acantilado indiferente de la nostalgia: no olvida el corazón cuando se ha dado.
Aquí, ahora, vuelvo a dejar la vista al pie de ese paso peatonal mientras el pesero se aleja conmigo dentro, que se ha ido alejando por años y esa imagen de ruptura es todo lo que resta para abordar el autobús del pasado.
yo arrojé una roca al foso de la noche
para despertar las bestias del olvido
que vinieran a desgarrar la herida
esperaba que hicieran guarida de mis huesos

y en este grito demencial que me carcome
labré la flor enrojecida del silencio

para incendiar las cuatro esquinas de la aurora
llené de rocas el buche de la gaviota noche
me estrellé contra acantilados de ebria cólera

no hubo torturador: la mordaza me la ajustó
el miedo y la nostalgia, y cada cuerda que me retuvo, cada golpe dado
por el látigo y el delirio, tuvo en mi mano un ayudante

para romper los cristales del insomnio
arrojé una roca, húmeda tras el diluvio,
a los balcones empolvados de la noche

luego llegó el silicio, la impertinente llaga
la lúcida dolencia a todas horas
la enroquecida arritmia de mi corazón
al destrozar los ventanales podridos de la noche
eres la trampa, el foso ciego
donde se ahogan mis ganas

cómo llamarte, amor, si los corceles
del deseo se han marchado en estampida,
con qué llama iluminar la oscuridad
donde te pierdo, enfebrecido

aquí tienes la herida primordial,
mi pecho sofocado ante tu sombra
Se encendió por fin
la veta del deseo

fue mirarte y arder
dejar a la imaginación
hervir como un agua
donde infusionar el sueño

fue arder y deslumbrarse
con la lúbrica imagen
de tu cuerpo dispuesto
como una playa antes
del desembarco de los bárbaros

fue deslumbrarse y asumir
la oscuridad para adivinarte,
darle a la lengua tiempo
de tornear el perfil de mi lascivia

arrójame a la superficie afilada
de tu labio, dame la dentellada
déjame agonizar a la orilla de este río

El carterista ciego

Borges, nacido en los eriales de lo que después sería Ciudad Neza, vaga sin rumbo entre el polvo y el disperso caserío. La resaca le muerde las sienes, lo persigue bajo el inclemente sol del verano. Hace dos noches ha terminado de redactar la Fundación mística de Ciudad Neza, que cierra con dos versos que nadie publicará (A mí se me hace cuento que existe Ciudad Neza: / La juzgo imaginaria como el sueño y como la virgen).
Con la boca reseca, antes de caer por enésima vez, se santigua y pronuncia una frase inmortal, que nadie recordará:
"La cerveza es la única venganza y el único perdón".

Edipo en las costas mexicanas del siglo 21

Edipo, después de darle en la madre al rey del barrio, conoce a su madre y sin saberlo le invita unas fichas en un bar de muy mala nota en Coatzacoalcos.
No bailan, porque Edipo cojea, aunque ello no le impide tirar mota por los barrios bien de la ciudad. Ustedes no lo saben, pero tiene pacto con la esfinge del crimen organizado desde aquella tarde de sol plomizo en que supo responder al enigma por ella planteado: ¿cuál es la última letra del alfabeto, que es sinónimo de plomo y muerte?

Urvans y tamales de chipilin en Sancris


Mi mano sobre tu mano sobre mi deseo. La vorágine de las horas, que apenas alcanzaban. Las avenidas diluyéndose. Nuestros pasos por el parque central, el recorrido por Santo Domingo. Tu mano sobre mi mano bajo la lluvia.
Evitamos las postales. Las polaroids. La repetitiva fotografía del turista. Bastaba sabernos vivos y al borde del majestuoso incendio.
Evitamos las aglomeraciones, aunque con frecuencia las encontrábamos. Mi mano bajo tu mano iluminada por una sonrisa siamesa entre la niebla. El futuro era una palabra inexacta, casi imposible.
Los andadores, el frío, el deseo creciendo como la hierba en los caminos. Nosotros sin saberlo sin tomar precauciones a lomo de la felicidad. Las horas disolviéndose en nuestros labios, que en el oleaje de su saliva acrecentaban la marejada de las ganas. La urgencia por el otro cuerpo.
Esa noche cerraba los ojos y encontraba el pequeño lunar en el centro de tu espalda. Tu risa llegaba a mis oídos al más leve chasquido del agua.
Sudorosos incendiamos nuestro lecho. Mi cuerpo enlazado a tu cuerpo fuera del mundo fuera del mundo fuera del mundo...
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Xalapa, cerveza victoria y tlayudas


Atraviesa el parque hasta alcanzar el extremo donde el paisaje se muestra en toda su solemne nubosidad. Piensa en los días que pasaste en tierras extrañas, tan extrañas que incluso la idea del amor fue posible. Vuelve a otear el horizonte. En la biblioteca, hurga entre las maltratadas páginas de un libro que perdiste hace meses y aquí reencontraste. Lee poesía, tiembla de ansiedad por la falta de sueño y el exceso de café, por el ayuno, pero tiembla. Por la desesperación y por la duda. Termina de transcribir ese soneto que escribiste a una mujer que hace días no ves, imagínala perseguida por los perros de la fiebre, y siéntete miserable. No pongas punto final a esas catorce líneas. ¿Sientes ese aroma indefinible que acaricia tus cosas nasales? Recuerda entonces otra biblioteca, cercana al Grijalva, a dónde nunca volviste, recuerda también el dolor en la espalda que te inmovilizaba largas tardes.
Recorre las descuidadas galerías antes de volver a la calle. Entra a una fonda, y mientras esperas a que llegue tu platillo, pide una cerveza; deja a tu sed beberla con devoción y prisa, siente la embriaguez recorrer tu cuerpo, vuelve a pensar en ella. Escucha la música de percusión y metales rellenando suavemente las paredes de la fondita. Recuerda tus días en la otra provincia, la que alguna vez llamaste hogar.
Recuerda la última conversación a lomos de la madrugada, los noventa minutos de la llamada que estuvo llena de silencios que no sabes si llamar incómodos. A pesar de ello, deja bullir en tu pecho la esperanza y el deseo.
Pide otra cerveza. Pierde tu autobús. Busca una cantina para seguir bebiendo. Pierde los últimos pesos. Pierde la compostura y la conciencia. Piérdelo todo.
en esta abismal cercanía
el caos abre su fauce pero no me traga
yo pongo a macerar en una botella
los restos de la ternura
como si de un fruto se tratara

un fruto cuya pulpa manchó la barrera
de mis labios, el cristal helado del pecho
¡ah, otro deshielo así no habrá!

la noche se sienta como un viejo parroquiano
en una esquina del calendario
y pide un trago que no le será servido
pero qué importa: sólo le interesan los naufragios
Supongamos que habitamos un universo similar al nuestro, pero en este las artes no se han desarrollado en muchos sentidos, aunque hay maestros renombrados cuya impronta ha quedado grabada en la memoria colectiva. Que sin embargo, al no haber un registro esquemático de la historia del arte, sólo perduran los nombres, sin más elementos que el vago recuerdo. Que además, cada cierto tiempo, alguno de esos genios tiene la fortuna o la desdicha de reencarnar, conservando su potencial creador, y lo aplican a fines disímiles, que a nosotros nos parecerían absurdos, grotescos.
Supongamos entonces que Magritte ya ha existido, ya ha dado al mundo la imagen imperecedera aquí, pero ya desvanecida en aquella realidad, de Los amantes. Convidemos a la imaginación a asumir que su nombre ahora es Margarito, y fiel a los tiempos que corren, forma parte del hampa. Que es un jefe de plaza despiadado con sus enemigos y con sus deudores. Mucho más con quienes lo traicionan.
Que su sello de autor es la misma imagen que lo ha hecho inmortal en otro siglo, con otro nombre, con otra técnica: el beso antes mencionado, con la salvedad de la actualización. Horrorosa, grotesca, pero no carente de estética. Una estética de la violencia, desde luego.
Margarito, digamos, ha hecho de un país llamado México, o Colombia, o Sierra Leona, una galería de ensangrentados lienzos: en los últimos años han aparecido en calles, parques y museos, las cabezas decapitadas de sus enemigos emulando el gesto de un beso impedido por bolsas de plástico oscuras sobre un espeso fondo escarlata.

La última abuela del universo.


(Ana Alonso Flores, In Memoriam)

Me pregunto si se acabaron con usted los Delicados
encendidos a hurtadillas en el patio, la feria, el regateo,
los manjares para el viaje, el dominical paseo,
las pocas frases robadas al 'castilla', los intrincados

silencios, y la risa coronada en sus holluelos; veo
la calle de su casa, y la avenida, los intrincados
laberintos que forjó su soledad, los complicados
pasillos y andamiajes de su noche; yo la creo

descomunal y perpetua, aunque otra cosa me digan
los llamados telefónicos, yo la veo atareada, seria,
cuidando su pequeño jardín, sus extraviadas palomas,

envolviendo, pesando velas en la sala. Ya no la signan
la juventud y sus denarios, pero no hay pizca de histeria
en su semblante. Así la miro, en la oscuridad, su voz es flama.

la trama del deseo

ojeroso, precipitado hacia ti va mi cuerpo
en su núcleo palpitan gavilanes:
son los bisontes de Atilas sanguinarios;
en la periferia de una ciudad imaginaria
derriban puentes, almenas y columnas vertebrales

largo ha sido su invierno, pero no habrá solsticio
en esta carne que me habita, hambrienta
dislocada en sus más frágiles tareas

a trompicones, embrutecido, salta la cuerda floja
manotea mi anhelo, escribe al aire
acaso tal vez un nombre pero no el tuyo
recuerda la tercera caída las fieras del asedio
tiembla el nudo en el corazón de mi corazón

arde en mí esta playa de fieros horizontes,
la abismal distancia entre uno y otro latido

La velocidad del deseo


heme aquí, absolutamente a solas, arrobado en el precipicio
otra vez puesta la correa, de nueva cuenta pertenencia tuya, perro
ya he ladrado a las puertas de la noche, ya he lamido
la mano que me envenena, ya he reclamado para ti cada fantasma
ya he cobrado cada pieza de cacería para tu espejo

pero déjame, ahora, abrirle las pestañas al vacío, que cada vendaval
sepa de tu orgasmo, que tiemble todo cataclismo ante la sospecha
más leve de tu sonrisa, que no haya el más mínimo oleaje
donde toda tú no te veas reflejada; ya he grabado con fuego
tus últimas palabras, ya ofrendé mi mejor verbo a tu pubis:
que arda pues, y desde ahora, el muslo mundo y me aprisione,

entonces, abrir las persianas, ahuyentar el invierno:
el viejo ritual para curar las llagas, nombrarte
y no querer que vengas, bufando dificultosamente
con el cadáver del pasado a cuestas, deshecho nudo
y después, reclamar toda azotea, aullar el desespero
otra vez encender una vela, invocar el fantasma de tu aroma
los cristales que rompió la piedra descuidada del deseo
sabes que vuelvo a oír tu taconeo en la lejanía, brotando
de la maraña del silencio como una raíz hacia la superficie
que navego a la deriva, como quien busca el naufragio
volver a poner mi apellido entre tus piernas
y remo a la velocidad del deseo mi lengua sedienta
chapotea en tu íntima agua ay el espejismo
digo que estoy tranquilo ante el incendio
que he robado los frutos del invierno
para endulzar la ausencia

que mi sangre hierve sosegada en la dolencia
que hay una fiesta en los eriales del olvido

y no he sido llamado, y estoy doliente
enfierecido
en el hombro de la noche escribo
nado a contracorriente del silencio
escondo mi palabra del ocaso, en la ceniza:
la herida de mi pecho se ha dormido,
recelosa, y en el sueño, mira a su presa, como un gato

aquí, en el fondo de este acantilado, vivo
me arrojan basura y algunas sobras tus fantasmas

He de repetirlo, por necesario, por urgente:

siento compasión por vosotros
que no probaréis este elixir
el sacro paladeo de este mezcal

estoy en el centro de la noche
y os compadezco

ojalá los tocare el privilegio que hoy,
en los meandros del azar, viene a mi encuentro

El soundtrack de las avenidas

Bailas, a solas, convencida del amor y sus fantasmas. Por callejones desolados pasas, rumbo al corazón de una ciudad que no supo amarte.
Los parques donde quedó tu adolescencia guardan el eco de tu primera carcajada, las aves trinan y al trinar invocan, en su minúsculo canto, aún en el invierno más crudo, a la primavera.
Yo sé que bailas. Que pasan los días, atávicos, brumosos, y no hay nada que detenga el vaivén de tus caderas, que se mueven mientras escuchan el soundtrack de las avenidas.
alguna vez te habré contado de la niebla en estas tierras
cómo avanza por las calles envolviéndolo todo a su paso
inadvertida, impredecible:
algunas tardes basta un parpadeo
para que el paisaje alrededor se desvanezca
como si el mundo hubiera desaparecido
bajo tus pies, y no hay ya horizonte
y la oscuridad es más densa que otras noches

así llegó la gripe hoy: sin invitación alguna;
bastó un parpadeo, un descuido
al otear los últimos pliegues del ocaso;
consigo traía una sed terrible, las ganas
de saltar a la boca hambrienta de la embriaguez
de rasgar con el colmillo la carne del silencio
que entre nosotros ha engrosado irremediablemente

me hubiera gustado salir, como un perro,
a perseguir los autos de la melancolía
al atravesar mi noche
pero mis ojos arden sin metáfora:
no hay más incendio que la fiebre,
ni más carne que este fardo donde guardo
impaciente mi cadáver

estoy varado en una habitación que me es ajena
apabullado por la sobria tristeza de estar vivo
por esta lúcida capacidad de hablar de la miseria
mientras la ansiedad me espolea
(debo decir que sus espuelas están bien afiladas)
y deja crecer un páramo desierto en mi garganta

pero ya me quité las botas, corazón:
ya empuño la sed contra las paredes blancas
de este manicomio provisional;
no he de ir descalzo al encuentro
de la nostalgia y de esta herida donde se levanta el espejismo de tu nombre

29 jun 2020

he corrido con suerte, he tocado el pelo ensortijado
de la noche, y en un espasmo,
enfebrecido, he alcanzado a adivinar el vuelo
en la falda del crepúsculo, como quien adivina
en el vuelo errático de las aves el porvenir;
si escalando cumbres donde la sangre se apacigua mortalmente,
he dejado relinchar a los potros del deseo,
si, perdido en atávicos laberintos, me he topado de frente
con el hambre de su último habitante,
si la más breve brizna ha sido, un día, afilado pedernal
sobre mi osario, entonces, ahora, pongo sobre la mesa
mi palabra, deslustrada, taciturna, mellada en su filo,
inútilmente ofrecida al óxido, acero inerte, enceguecida cosa

para volver es que se parte, para desgarrarse en el aullido es que se calla

porque, ateridos, como sostenidos de una viga robusta
en pudrición, hemos visto a la perra desesperación
lamiéndonos el pecho, infestando cada herida con su viscosa baba,
y en el espanto hemos guardado el mendrugo de voz
que nos sostiene el hilo de la cordura,
ese murmullo apenas perceptible bajo el ruido
de las piedras, del relámpago cuando la tormenta
llega, festiva, enrojecida, y pronuncia nuestros nombres;

porque hay heridas que crecen y se ensanchan,
y secretamente arden como ciudades de madera
o desamparada paja,
y apenas calladamente nos dan tregua

porque en el sueño, en las paredes
repta el polvo del rencor, y se hace viejo
y se fermenta como un vino
que ha de santificar la pérdida

porque la luz se posa en los ojos como una cuchilla,
y hay que salir a la intemperie, enceguecidos,
allá la lluvia cabalga a hombros de antiguos jinetes,
y en todo deja su mordedura, pero no es eso lo que mata,
es la jauría, el miedo, la deplorable situación
del llanto,
es otra cosa la que hiende su carne con afilados cuchillos
cada noche,

Primera derrota, 1991


A solas, angustiado, me adentro en la multitud. Alguna baratija atrapó mis pupilas un instante, pero ha bastado para soltar la mano de mi madre, para vislumbrar el insospechado tamaño de este laberinto dominical de gritos, y coloridas formas.
Judas Iscariote, inconmensurablemente solo, termina el nudo, pero duda, y suspira: padre, ¿por qué me has abandonado?
hablo de ti, raspadura en el antebrazo
de otras horas, hueso roto en el salto suicida
a ti, que eres, en mi boca efervescente fuego
indomeñado potro en las llanuras del deseo,
te nombro cuando, antes de arrojarme al vacío
del sueño, murmuro la oración del desamparo
y pido, a cada inexistente dios un respiro
a esta danza de tropiezos entre las rocas;

a ti te nombro cuando al abrir las puertas
de mi celda busco el resplandor del alba
en ti dejé la flor de mi inocencia, floreciente,
en tus ojos me ahogué, y no hay ruido
en la noche que se asemeje a tu voz

en ti nació mi herida mayor, mi cruda lengua:
no hay verbo que describa la devastación
y el germen del dolor al abrigo de tu cadera
esta sed vertiginosa
de tu voz
al caer,
sonoro manantial
sobre mi erizada
piel

tú no sabes
este ayuno feroz
de tu risa
desnuda

tú, síndrome
de abstinencia carnal

incendio forestal
en mi pecho
bíblica inundación
de mi ojo diestro
parábola del deseo

tú que llenaste
mi sangre
de corsarios

aquí tienes mi cuerpo,
botín de guerra,
desvalido espantapájaros,
mi ofrenda floral
mi sangre hirviente

este beso gorrión
donde haga falta
aquí lo tienes

también la afilada obsidiana
hemos de honrar
a los dioses
por su fuego
siempre ha estado ahí
la sombra
esa silueta que a todos persigue

ya no recuerdas el día
que la viste por primera vez
es decir la ocasión angustiosa
en que tomaste conciencia
de su inamovible compañía

lo has olvidado
un día cerraste los ojos
aterrado
la fuiste olvidando

ahí sigue, sin embargo:
fiel y abnegada

si pudiera hablar,
¿qué diría de ti, al morir,
tu sombra?
se me ha hecho nudo la dolencia
y cómo ladra en su oscuridad
de trastos viejos, resquebrajada
en su osamenta, apenas sostenida
sobre el pie llagado de la rabia

pues bien que todo me fue robado,
el filo de la ternura, el cristalino verbo
y sus mascotas fieras, horda feral
este traquetear de motor o corazón alguno

porque me fueron arrebatados el tañido
de la flauta y la quietud del bosque,
y no hay sino cascabeles en el bolsillo
de mi angustia, y fui vencido, y angustiosamente
sigo vivo, y está la herida, como un pulmón
ofensivo, trepidante, hecho nudo
como el nudo de mi dolencia
en el patio de mi vértebra lumbar
a mi cuello encaminado, tenaz, preciso,
reloj sincronizado al beso, el único, el primero último

EL AUTOR


Yermos los brazos, arrugado el párpado,
el luengo cordón del alma mira lejos.
En otro sitio y otra hora los aparejos
dejó olvidados. Implacable su pecado

lo persigue en el sueño y los espejos,
ajadas copias en que mira al obcecado
producto de la ruta que ha trazado
su linaje, podre, estirpe, sus perplejos

y nunca bien trazados gestos. El proyecto
mayor que lo desvela, el viento mismo
que lo empuja lo envenena, un abyecto,

turbio esquema lo atormenta: cataclismo.
Asombrado autor, arrepentido, el recto
esqueleto dobla, se mira repetido él mismo.
angustia, dame tu largo beso
dame, en tu prosa salival
el nudo que invoque la ceguera
rompe la clara superficie del deshielo

arde, angustia, sobre el basural de mi deseo
muerde mi talón desnudo, serpiente
unce bajo esta piel la yunta del veneno
hiende el primer colmillo de tu ocaso
estoy
a lomos de la perra en brama de la confusión
hecho nudo en la garganta del deseo,
y espoleo despiadado su salto hacia la embriaguez

qué ocaso, qué aurora vendrán a ofrecerse en sacrificio,
qué lengua acariciará el rugido feral del pecho

estoy
así, múltiplemente asaeteado por la noche
aquí, desconsolado ante la roca ciega de la carne
cabalmente distendido sobre nada, como un pez al sol

nada quiero que no sea la arteria viva de su voz,
nada que no sea la implacable primavera de su regazo

estoy, insisto,
anudándome, demudándome, pero a solas
esta hendidura en las vértebras, esta sangre
este aullido de celoso amante, todo apunta en dirección suya

26 may 2020

Estaba comiendo frío
en una ciudad ajena
lo mismo cual un navío
encalla sobre la arena

silencio había, calle serena
y nadie entre aquel gentío;
oí a lo lejos "tuyo es lo mío"
y sospeché a la gangrena

pero estaba mal, equivocado
era mi muerte con fiebre
y maneras finas de abogado

corrí, pues, cual una liebre
en páramo despoblado
pero a salvo, ebrio, alegre

hemos ejercido, supinos, indolentes
con la más soberbia abyección
nuestro triste derecho a la idiotez
en su nombre saltamos precipicios
ondeando su bandera de papel
nos internamos en la oscura fauce
del delirio, a tientas recorrimos
cuerpos ajenos, naufragamos cada noche
cuánto hemos vertido en su nombre,
disfrazándolo con palabras elegantes,
colocando en su testa oropeles
nuestras acciones no han sido sino
fastuosos cuervos con alas doradas

El otro (otro fragmento)


en el patio de la casa recoge perdigones
o semillas de una guerra pasada;
asombrado desentraña el vuelo de los cuervos
y huye cuando el horizonte ofrece nubes de tormenta

viejo enemigo, ronda los pasillos abandonados
con el cansancio a cuestas
¿qué ha sido de él, en ese porfiado laberinto?

algo mío se quedó con él en esa casa:
el vago horror a la oscuridad,
la angustia plena de estar envejecido,
y dos o tres certezas sobre la angustia

Que sea posible el mar, que venga su ola.

Que sea posible el mar, que venga su ola.
Que llueva y la suave margarita me deshoje.
No tengo abril perdido, o invierno mi voz recoge.
Sostengo apenas, viva, mi palabra: caracola.

Yo he buscado la fragua que en mí forje
el hierro del dolor, la cicatriz, la herida sola:
un anhelado nombre de mujer (Fabiola),
su beso frutal, la gracia de su larga noche.

No bastan parques, tardes, avenidas, ni el oleaje
de su risa: en cada encuentro yo crepito
como brasa final, y soy hielo, y me derrito

sin más defensa que la voz y que el paisaje.
Ya he rendido mis armas todas, sin saberlo.
Ya he soñado este incendio, y he de arderlo.

me pregunto
si he de volver a verte
enarbolando tu sonrisa
-frontera del ensueño,
guiño a la incompleta
eternidad-
en aquel parque imaginado

si bajo la sombra de sus árboles
[del trueno
ha de brotar la luz
y de ella tu silueta

qué silencio ha de rodear tu aroma
en esta ausencia sobrepoblada
de nostalgias
en este obligado descanso de tu nombre
ahora que llueve con puntualidad
sobre esta tierra
y las águilas dormitan al abrigo de inalcanzables
[afiladas rocas
y la ajena piel se recoge
como un ejército vencido
a las afueras del invierno

El otro (un fragmento)


arrellanado en una banca de madera,
el otro mira caer la lluvia sobre el patio trasero de la casa
lo embelesa el sonido del agua al golpear
contra la gravilla del suelo y las tejas
que resguardan el lavadero y su tanque siempre sediento

alguien le ha hablado de los fantasmas
que rondan el espacio abierto de la calle,
del espíritu de un niño nonato que juega al escondite
entre los limoneros del vecino

pero él sólo ansía la floración de los dos guayabos japoneses
y la llegada de sus frutos rojos:
recuerda, salivante, la dulce acidez en el cielo del paladar

Abandonado hace siglos, se embelesa con el sonido de la lluvia
sobre los confines breves de su reino
luego cierra los ojos y atravesando
los recovecos del sueño y el delirio
me mira como quien ve a su verdugo y a su víctima
con la sobria indiferencia del que ha vencido a la desmemoria

Soneto XXVIII


¿dónde están mis fantasmas ciegos,
el otro, que me perseguía día a día,
el dolor de haber salido vivo -¿moría?-
pero a solas tras la trifulca del amor?

¿dónde quedaron las espuelas que
mi carne hendieron, ahora que la
carne sigue huyendo? ¿en qué agua
saciar la sed, en qué lejano estanque?

¿este caballo corazón ha de agotarse
como una flama vieja que se aquieta
o ha de buscar la roca, el acantilado

sobre el cual ofertar el holocausto pese
a sus huesos? ¿lo abrasará la inquieta
vida, o se llamará cobarde, humano?

Un epitafio para Macario


he sido yo, y nadie más
mi mandíbula hambrienta
mi paladar delirante
a la sombra de este bosque

no hubo dios menesteroso
que tendiera su mano enferma
en exigencia de una pretendida piedad
ni orgulloso, petulante demonio
que quisiera seducir mi hambre
mi obsesiva carga por décadas
tampoco la muerte y su sonrisa terca
llegó al festín con tiempo
nada le he ofrecido para sobornarla
nada me dió a cambio
ninguna maldición, ningún ensueño

a la sombra de este bosque
mi paladar delirante
mi mandíbula hambrienta

he sido yo, y nadie más

ya lo había dicho
este animal
que me persigue
que pasa su lengua
por el centro de la llaga
que en su fauce guarda
el recuerdo imperfecto
de cada herida acumulada
este animal
es todo lo que tengo
para herir al olvido
es mi acero mellado
mi única defensa
y mi único veneno
lo que recorre
y carcome
este enredo de sangre y desasosiego

este amasijo de palabras

este amasijo de palabras
bien podrían ser mi corazón
pero estoy lejos de la metáfora
y muy cerca del deseo
-peligrosamente cercano-

afuera el frente frío se empeña
en humedecer paredes y callejones
empaña cristales consigo trae el silencio
la placidez del entumecimiento muscular

yo trato de poner en palabras
una débil declaración de impuestos al fuego
pero soy cobarde
ardo en circunloquios
en cansinos preámbulos

he querido decir
"este amasijo de palabras
es mi corazón para el altar
de tu orgasmo y tu cinismo"

porque soy cobarde
vine a escribirlo
a echarle tierra encima

este amasijo de palabras
es una tumba recién cubierta

ahora saldré a la calle humedecida
que me bese la tormenta
que apague mi incendio y lo congele

no arder, evaporarse

las ratas del vecindario bailaron hasta el amanecer


pero tú no lo sabes ni lo sabrás
esa noche hubo fuego por doquier
carreteras devoradas por la velocidad
personajes apresurados por bailar un vals
con su propia muerte

las ratas del vecindario bailaron hasta desfallecer

pero qué importa
nosotros atravesamos el firmamento
hechos un poco polvo
un poco mierda
desvencijados
por la golpiza constante
del deseo sin correspondencia
-alguien echará un vistazo a su buzón, otro vacío-

qué importa, entonces
si ya nos bebimos la chicha amarga
del abandono
el lecho infame de los parques
el hospedaje compartido
en la jardinera vecina
follan dos homosexuales
muere un perro que te recuerda a tu primer mascota
alguien solloza
o inhala solventes
/ esto es, entonces, un bodegón
cuadro costumbrista
del siglo veintiuno

y por más que pretendamos
nos asoma un poco lo bestia feral
lo milenariamente hambrientos
/ay, hijos de Macario ensoñados
con un imposible pavo -uno, para sí-
pobres, babeantes, orgullosos/

las rosas del vecindario ardieron hasta fenecer

importa, a fin de cuentas,
llegar asi sea rengo
tuerto del corazón
a mirar las ruinas
las esmeradas cenizas
de tu juventud
de mi juventud
si estamos
ahora
cristal con película antiasalto
heridos de arteras rocas
quebrados
pero en pie
acaso importa
deshojar la margarita de la desesperación
a golpes de maza
asir el primer juego de labios
en la oscuridad
o dejarse llevar
hundir la triste humanidad
en cualesquier fango
estallar
a
ho
gar
se
con puntualidad inglesa

las lenguas del vecindario se retorcieron hasta enmudecer

pero tú no lo sabes
no lo sabrás

tú estás mirando
el firmamento
cuentas los claxonazos

te sueñas
arrojando migas de pan
envenenadas
a los pichones
del desencanto

tus cañones enfilados
a la cara de la eternidad
esperas
darle en la madre
rasgarle la camisa
pedalear luego hacia
la nada
o el olvido
o la casa donde creció tu padre
aprisa
que se llega la hora de la merienda

qué jodido

las güeras del vecindario
tarde a tarde
desde su balcón, etéreas
te han hecho suspirar hasta desfallecer