27 jul 2020
Deja a las hienas blancas del insomnio destrozar tus huesos, que cada golpe de deseo insatisfecho, que cada anhelo frustrado te haga jirones el maltrecho lienzo de la piel.
No te opongas. Nada hay para ti allá afuera. Nadie.
Olvida la imposible necesidad del otro. Arroja tus anclas a mitad del océano y luego incendia tus naves, que no haya tierra de por medio que te permita la mínima esperanza de supervivencia: enloquece de rabia y desesperación.
Arrójate entonces contra los acantilados del olvido. Y destrózalos.
Notas simples para el anhelo
Apenas desconocida, sólo sé de ti el tono de la voz, los juegos con que
tratas de seducir al azar, un par de guiños cómplices y la cereza de tu
nombre.
Nada tengo que me lleve a ti sino el anhelo, el riel
difuso del deseo; nada, apenas una sucesión de números, y el caballo
desbocado de la imaginación cabalgando ciego hacia tu sueño.
Canciones malas que recuerdan buenos tiempos
No hizo falta
mucho, entender que en cualquier parte del mundo, una brasa lleva tu
nombre, que basta la brisa más suave para reiniciar el incendio; saber
que cualquier paisaje guardaría las aves de tu recuerdo, y en su gorjeo
matutino izaría sus velas el deseo. Subir a las azoteas y saber que cada
ciudad, cada ranchería recién descubierta es anclar de nuevo en el
mundo, hacer un hueco donde quepan la maravilla y la sospecha de un terror futuro donde la última calle se bifurca hacia la noche y hacia tu ausencia.
Mirar las fotografías tomadas en otro tiempo, antes del cataclismo, y
aspirar el olor añejo de un paisaje urbano, de luces parpadeando en el
horizonte, de vías abandonadas, de hoteles en mitad de la nada donde
trasvestis buscaban el amor traducido en algunos pesos, de la noche
vista desde almenas parecidas a tanques de agua universitarios, fumando
el desasosiego, y entre todo ello, el otoño y su tapicería de hojas, tu
labio por fin anclado en mi labio. Llegar siempre al mismo punto,
anhelar la inexistencia del quiebre, inútilmente.
Recorrer, de
memoria, los teatros donde tomaste su mano, aspirar el olor a cuerpo
recién salido de la ducha, sentir en el bajo vientre crecer las ganas
por enfrentar a sus demonios, salir derrotado. Esuchar, entrecortado,
lejanísimo, un saxofón en mitad de la noche, vernos a ambos en un
auditorio a cielo abierto, ambos tratando de asir la eternidad en una
fotografía, en breves recados escritos espontáneamente, ambos mordiendo
los frutos del incipiente invierno, el saxofón excitado resonando,
entrecortado, en la lejanía, insistente aunque vago, una guitarra que
evocaba las fluctuaciones violentas del agua a la orilla del mar, ambos
sentados al borde de la cama como si estuviéramos al borde de un
acantilado, leyendo los panfletos cristianos que la dueña de la casa
comenzó a obsequiarnos cuando nos vio salir a su patio por tercera
ocasión.
No hizo falta mucho, descender de un auto varios años
después en el mismo sitio donde se fraguó el preludio de aquel primer
beso en un puerto que desconocíamos y trató de engullirnos, guardar las
fotografías de esa noche, inocentes, como la mala música de las
estaciones radiofónicas, como la nostalgia.
13 10 2019
el regreso de la inmovilidad
estaba casi ebrio
y no planeaba pensar
en viejas amistades perdidas
venía de un paisaje lluvioso y frío
neblinoso y peligroso y frío
llegué a un paisaje cálido
soleado y caótico pero cálido
toda la noche la pasé girando
de un lado a otro del suelo
a ratos gritaban las dislocaduras
de la espalda, como advirtiendo
el regreso de la inmovilidad
pero yo soñaba con la adolescencia
y la jauría de perros dónde finqué
la lealtad aullándole a la nada
mezcal y esperanza en mano
porque era joven y tenía la rabia
guardada en el bolsillo izquierdo
y habría sido capaz de hundirme
en el vértigo con la misma facilidad
de un colmillar al hundirse en la carne
pero soñé la van de Mayonesa Marcony
surcando los pliegues de la noche
con rumbo incierto
a Tony plantado en el centro de la calle
aullando por pelea
y mi espalda susurraba como advirtiendo
el retorno inminente del dolor
he puesto a un lado toda esperanza
he puesto a un lado toda esperanza
con la indiferencia de quien aparta
las vísceras de la carne que será cocinada,
como quien aparta la semilla rota
por las dentelladas de una trilladora despiadada
porque rehuí a la herida, a probar
el sabor metálico de la sangre
la carne abriéndose como un surco
y en esa apertura sentir la ardedura del músculo
el hueso del deseo acaso fracturado
en sus astillas, cercano a la molienda
pero no solo de sajaduras muere el hombre,
también se despeñan las aves de su sueño,
se ahogan los frutos del desierto
y hay luto por las cosas que ha perdido
por los simples objetos en que ha depositado
como en un banco, importantes fragmentos de sí mismo
pero hay que desangrarse sin aspavientos
porque la vida sigue y es menester
haber dejado grietas y resquicios
por donde asome su hocico la nostalgia
de qué otro modo se da fe de haber vivido
de esta angustiosa muerte cotidiana
si no es con la dolencia a cuestas
y esta presunción de inocencia a toda costa
mira esta herida en el costado del delirio:
un lobo aúlla entre sus pliegues adormecidos
aquí tienes la dentellada primordial,
el signo confuso que señala el terrible
sitio donde se derrama el cáliz del deseo
¿qué agua emana esta sensación amarga
en el lomo de mi lengua,
qué licor o qué veneno
cabalga hacia mi sangre desde el puente
carcomido de mi garganta, y se despeña?
19 06 2019
Me quedé dormido leyendo Negra, de Wendy Guerra. He soñado la
lectura de un episodio vudú bastante sombrío. Debo aclarar que dicho
episodio no figura en el libro. Al despertar, descubro que no fui más
allá de la última página que recuerdo haber leído. Leo, con desgana.
Antes de ponerme en pie, al girar el torso, veo un libro en la parte más
baja del librero. Debo aclarar que hace poco más de dos meses duermo en
el suelo. Cosas de la evocación inherente a la nostalgia, creo.
Un petate de palma que se parece mucho a los que acompañaron largas
noches de mi infancia. Por eso vi el libro de la fotografía.
Lo
compré en una librería de viejo hace varios meses ya, pero no había
comenzado su lectura. Pereza, distracción, como gusten llamarle. Pero
Silvia Tomasa Rivera es una poeta que sí o sí hay que leer. En algún
momento de la vida. La encontré hace años, llameante -es una metáfora-,
abandonada, en una biblioteca pública. Pero la leí muy por encima. Hoy,
avanzo con fruición. Sus versos despiertan algo de bestia herida en mi
interior. Llevo días, semanas, buscando algo que provoque un chispazo, y
al parecer, esta mujer, con su escritura tan lejana lo consigue. Me
identifico.
Cuando llego a la parte de Águila Arpía, pierdo toda
defensa. Cualquier artilugio para soportar su embate se torna inválido. Y
encuentro, además, versos como este que sirve de epígrafe a la imagen.
Que son como metralla.
Sigo leyendo, como quien viaja a través de
la noche, como quien sabe que debe seguir haciéndolo. Sé, como Silvia,
que nadie habrá de esperarme, pues como ella, también 'he dicho que no
es seguro mi retorno'.
¿Por qué tengo que andar en las ciudades
solo, como si no existieras?
Silvia Tomasa Rivera/ Águila Arpía

23 04 2019
Llevo un par de horas desempolvando viejas cuentas de correo. He
hallado cosas de cuya existencia no tenía ni el más distraido registro
en la memoria. Entre todo encontré este texto, cursi, torpe, que data de
2006 aproximadamente, y está precedido por un fin de año en el que los
mejores festejos fueron a distancia.
Lo comparto a propósito de la tarde de ayer. Digamos que la tarde fue pródiga en breves manifestaciones de alegría.
(Digamos también lo obvio, que me doy pena ajena)
Para no aprehenderte
Te mastico siempre, aunque no te tenga en la boca.
Algunas veces creí ver tu cara en las fiestas de mi cabeza.
Algunas veces, sólo algunas.Te mastico para no aprehenderte.
Te mastico para no desaprovechar la quijada.
Algunas veces me sorprendí puliendo tu nombre.No te detallo en letras, saldría cualquier pendejada, excepto tu talle.
Eres una estatua de furia enternecida.
Te mastico y te me quedas en las muelas,
como una carie que después agradeceré
Cantinas cerradas en el corazón
Será posible dejar de hablar de uno, poner a un lado lo subjetivo.
Pensar en ti es pensar en mí a tu lado. Digo el sabor de tus cuatro
labios y ya he invocado mi lengua paladeando tu cuerpo. Digo tu calidez y
estoy diciendo la calidez que transmitiste a mi cuerpo en una noche de
invierno.
Se habla para el otro, desde uno mismo, para convencerlo
de volver a inundar una soledad mal planeada. Se tienden trampas,
entonces.
Y a veces, uno mismo cae dentro de ellas.
17 02 2019
Al cerrar la ventana, me percato que en la sala no hay muebles, en mi habitación el bochorno lo colma todo. La calle tiene otro nombre y es febrero en esta sierra veracruzana.
16 01 2019
El Trino se casa mañana, y yo soy padrino, dijo Pollo, vamos, ¿no? Vamos respondió Chendo, el Gato no se opuso. Mota, preocupado se negó. Mi jefa me ha de andar buscando, mejor ya me voy.
Alguien puso esta canción en el reproductor, winamp, barrio de San Mateo, Chilpancingo, el avispero como le decíamos. El año, probablemente sea 2004 o 2005.
Señor Guillermo Fadanelli:
Señor Guillermo Fadanelli: acabo de conocer a Eduarda; con la salvedad que es mayor que yo, y al parecer no ha asaltado ningún mini super, aún.
Señor Harry Haller: acabo de conocer a Armanda, con la salvedad que ella no sabe de ningún espectáculo solo para locos. La entrada a su vida me costará la razón.
Señor Pig: acabo de conocer a Violetta, con la salvedad de que ella no ha conocido Nueva York. Estoy seguro que no seré un mal diablo guardián: seré uno de los peores.
Y así podría seguir, señores...
03 01 2019
También fue el mes de enero, poco más allá de la primera semana, y a todo momento sonaba en mi cabeza un bolero de La Sonora Santanera que dice '... yo sé que eras ajena, que sigues siendo ajena...' con el que mi desgracia inmediata se identificaba plenamente.
Y nada, hoy, 3 de enero de nueve años más tarde, acabo de leer la tercera entrega de Belascoarán Shayne, el detective tuerto que aquella vez me tendió la mano en medio del aguacero.
Que vuelvas a ladrar como el más ferviente de sus amantes infelices.
Que vuelvas a labrar la más presente de tus cicatrices.
28 10 2018
Voy a contarte un chiste negro y malo, carnalito: ¿En que se parecen Cobain, Hemingway y tú? Que los tres son proclives a perder la cabeza. Hahaha
Yo sé que tu humor extraño si te dejaría reírte, pinche vato.

10 06 2018 / Sobre la lengua y la memoria
El yo pasado, lo que ayer sentimos y pensamos vivo, perdura en una existencia subterránea del espíritu. Basta con que nos desentendamos de la urgente actualidad para que ascienda a flor de alma todo ese pasado nuestro y se ponga de nuevo a resonar. Con una palabra de bellos contornos etimológicos decimos que lo recordamos —esto es, que lo volvemos a pasar por el estuario de nuestro corazón—. Dante diría per il lago del cor [José Ortega y Gasset: El espectador, II, “Azorín: primores de lo vulgar”].
Seguramente estoy equivocado. Hace
bastante tiempo que no lo practico, y es muy probable que algún vocablo,
al evocarlo, se me extravíe o se me confunda.
Pero venía
conduciendo y de pronto recordé la última ocasión en que pude hablar con
mi abuela, acaso unos meses antes de que falleciera. El Alzheimer la
mantenía en un mar picado de recuerdos en el que ella confundía con
facilidad los nombres, los rostros, y las épocas. Podía sostener una
charla en apariencia lúcida, y al momento siguiente preguntar por alguno
de sus hermanos muertos, cuando la orfandad los acunaba en una infancia
poco más que trágica. Hacía tiempo que había dejado de fumar sus
cigarros gratos en el breve patio de su casa tal como era su costumbre: a
solas, casi a escondidas, acaso en la complicidad de algún nieto.
Era diciembre y llegué al pueblo el veinticuatro. Ese mismo día, en la
cena, la vi. Le pregunté por las ferias a donde íbamos a vender velas de
parafina, por las largas procesiones que habíamos presenciado cada año,
en cada feria, las largas horas despachando las mercancías y las
interminables noches en que la lluvia amenazaba con destrozar nuestros
puestos hechos con horcones, tablas y enormes manteados. De todo me dio
constancia, y agregó muchos detalles.
Seguramente la plática se
hubiera prolongado mucho más tiempo, pero un detalle vino a sembrar el
fin de la plática, a saber: tanto platicar le despertó la curiosidad y
me preguntó, en náhuatl, en su lengua, en la lengua que siempre usamos
para comunicarnos con ella, quién era yo, y si acaso había trabajado en
algún momento con su marido. Le respondí afirmativamente, y estaba por
retomar la charla cuando una de sus hijas le llamó la atención y quiso
decirle quién era yo.
Haré un paréntesis para abundar en lo
siguiente: aunque no es grato ver el olvido en los ojos de alguien tan
querido, me pareció superfluo obligarla a recordar, perdida como estaba,
o divagando en un oleaje de recuerdos que la perseguían desde hace una
vida, y no por decisión propia, sino por una enfermedad que le
arrebataba la lucidez y el sosiego. Sé por las charlas que sostengo con
mi hermana, que le era difícil conseguir la calma, y por lo general su
estado era de permanente angustia. Agregarle la exigencia de recordar a
cada persona, en su época correspondiente, en un momento en que parecía
gozar de tranquilidad, aunque no estuviera en el mismo momento en que
estábamos los demás, se me figuró un ejercicio de tortura terrible, y
por ello me excusé de emplearlo.
Tratamos de seguir con el diálogo
interrumpido, pero ya su paz se había quebrado y comenzaba a exigir el
retorno a su casa. Alcancé a notar que mi tía la llamaba aparte, y algo
le decía. Acto seguido, la pequeña figura de doña Ana volvió a donde yo
estaba sentado, y me llamó por mi nombre. ¿Eres tú? me dijo. Xnetsjiove,
se disculpó, xotimitz elnamik.
Perdóname, no te recordé, fue lo que
dijo, y se dirigió a la salida, a la calle, para volver a su hogar. Mi
hermana y mi madre la siguieron para acompañarla.
Hasta ahí el
recuerdo. Sin embargo la evocación de esa noche me llevó a pensar en el
significado de esa palabra, elnamikilis, recordar. Cualquiera sabe que
la palabra en castellano se refiere a reconectar algo con el corazón,
aunque Ortega y Gasset da una definición sublime, que he puesto al
inicio de este amasijo de palabras.
En nahuatl, eltepan, elpantli se
refiere al pecho como tal, aunque ambas son palabras compuestas.
Eltepan, va conformada de 'el' y 'tepan'. Pecho y muro, respectivamente.
para Elpantli, casi diríamos lo mismo, pues pantli es otra forma de
nombrar un muro. Entonces al decir eltepan, o elpantli, decimos 'el muro
del pecho', casi como si el 'el' se refiriera a una cuestión metafísica.
Ahora, volviendo a la palabra que me llevó a divagar, Elnamikilis,
lleva el mismo radical 'El', que se refiere al pecho, y el verbo
'namikilis' que se refiere a un encuentro, a encontrarse con algo,o con
alguien. Quien recuerda, en náhuatl, y lo hace patente en la palabra,
dice que se produce un reencuentro en su pecho, en ese sitio donde se
guarda el corazón con todo su simbolismo y su semiótica. Entonces, mi
abuela, al final de esa última plática que tuvimos, alcanzó a decirme
que no me encontró dentro de su pecho, que al interior de su pecho no supo ir a mi encuentro, y que por ello se disculpaba.
Hoy, que sin querer he salido a su encuentro, escribo estas líneas.
20 04 2018
Ahora mismo, he buscado esta canción, y justo al pegarla aquí, he estado a punto de llamarte. Un impulso, tú sabes. Uno se distrae escuchando los primeros acordes de la rola y ya está echando la imaginación a volar. Pienso en una chica que me gusta sobremanera, en los buenos tragos que compartimos en los cuartos mal construidos de Taxco, en los pulques sabatinos de los tianguis de la periferia de Texcoco, de los fantasmas que te recibieron siempre de buen modo en la casa de Acatlán. Una distracción imperdonable, hermano.
Apenas se había generado la intención y ya estaba recordando que a estas alturas no he tenido la entereza de ir a despedirte.
Dejen de mirarla como si mirasen a un santo en el retablo, hipócritas. No miren a otro lado, como si vieran de pronto las bragas de vuestra madre en un lugar inesperado, sosténganle la mirada, no agachen la cabeza.
Basta! Le rinden pleitesía a un cuerpo que quieren devorar, pues devórenlo, sin miedo, dejen a un lado la vergüenza, arrójense a su fauce abierta...
Hablo de la herida que orla mi costado,
de la sangre, la escandalosa, turbia sangre
que pone su dedo en la blancura del lecho.
En la quebratura de mi ala, sostengo el vuelo.
Corazón ajeno, ajena curvatura de felicidad:
en este siglo ennegrecido por la carne,
cada paso tuyo es un susurro de relojería
que avanza amenazante, fiera hambrienta,
hacia la cruz abierta de mi abrazo.
En el ojo que se cierra, busco el faro y la costa.
Lengua extraña, ajena humedad de tu saliva:
este calendario de cuchillas me ha tocado.
Mi garra se ha cansado de rasgar la noche,
toda hora, cada sigiloso instante, para llamarte.
Hablo del cuerpo que en su responso grita tu nombre.
Del enhiesto deseo que sostengo como un cetro
en esta mano que sostuvo como un óbolo tu beso.
30 jun 2020
Puertos que daban cara al amanecer
El carterista ciego
Edipo en las costas mexicanas del siglo 21
Urvans y tamales de chipilin en Sancris
Xalapa, cerveza victoria y tlayudas
La última abuela del universo.
la trama del deseo
La velocidad del deseo
El soundtrack de las avenidas
29 jun 2020
para volver es que se parte, para desgarrarse en el aullido es que se calla
Primera derrota, 1991
EL AUTOR
26 may 2020
Estaba comiendo frío
en una ciudad ajena
lo mismo cual un navío
encalla sobre la arena
silencio había, calle serena
y nadie entre aquel gentío;
oí a lo lejos "tuyo es lo mío"
y sospeché a la gangrena
pero estaba mal, equivocado
era mi muerte con fiebre
y maneras finas de abogado
corrí, pues, cual una liebre
en páramo despoblado
pero a salvo, ebrio, alegre
con la más soberbia abyección
nuestro triste derecho a la idiotez
en su nombre saltamos precipicios
ondeando su bandera de papel
nos internamos en la oscura fauce
del delirio, a tientas recorrimos
cuerpos ajenos, naufragamos cada noche
cuánto hemos vertido en su nombre,
disfrazándolo con palabras elegantes,
colocando en su testa oropeles
nuestras acciones no han sido sino
fastuosos cuervos con alas doradas
El otro (otro fragmento)
en el patio de la casa recoge perdigones
o semillas de una guerra pasada;
asombrado desentraña el vuelo de los cuervos
y huye cuando el horizonte ofrece nubes de tormenta
viejo enemigo, ronda los pasillos abandonados
con el cansancio a cuestas
¿qué ha sido de él, en ese porfiado laberinto?
algo mío se quedó con él en esa casa:
el vago horror a la oscuridad,
la angustia plena de estar envejecido,
y dos o tres certezas sobre la angustia
Que sea posible el mar, que venga su ola.
Que sea posible el mar, que venga su ola.
Que llueva y la suave margarita me deshoje.
No tengo abril perdido, o invierno mi voz recoge.
Sostengo apenas, viva, mi palabra: caracola.
Yo he buscado la fragua que en mí forje
el hierro del dolor, la cicatriz, la herida sola:
un anhelado nombre de mujer (Fabiola),
su beso frutal, la gracia de su larga noche.
No bastan parques, tardes, avenidas, ni el oleaje
de su risa: en cada encuentro yo crepito
como brasa final, y soy hielo, y me derrito
sin más defensa que la voz y que el paisaje.
Ya he rendido mis armas todas, sin saberlo.
Ya he soñado este incendio, y he de arderlo.
me pregunto
si he de volver a verte
enarbolando tu sonrisa
-frontera del ensueño,
guiño a la incompleta
eternidad-
en aquel parque imaginado
si bajo la sombra de sus árboles
[del trueno
ha de brotar la luz
y de ella tu silueta
qué silencio ha de rodear tu aroma
en esta ausencia sobrepoblada
de nostalgias
en este obligado descanso de tu nombre
ahora que llueve con puntualidad
sobre esta tierra
y las águilas dormitan al abrigo de inalcanzables
[afiladas rocas
y la ajena piel se recoge
como un ejército vencido
a las afueras del invierno
El otro (un fragmento)
arrellanado en una banca de madera,
el otro mira caer la lluvia sobre el patio trasero de la casa
lo embelesa el sonido del agua al golpear
contra la gravilla del suelo y las tejas
que resguardan el lavadero y su tanque siempre sediento
alguien le ha hablado de los fantasmas
que rondan el espacio abierto de la calle,
del espíritu de un niño nonato que juega al escondite
entre los limoneros del vecino
pero él sólo ansía la floración de los dos guayabos japoneses
y la llegada de sus frutos rojos:
recuerda, salivante, la dulce acidez en el cielo del paladar
Abandonado hace siglos, se embelesa con el sonido de la lluvia
sobre los confines breves de su reino
luego cierra los ojos y atravesando
los recovecos del sueño y el delirio
me mira como quien ve a su verdugo y a su víctima
con la sobria indiferencia del que ha vencido a la desmemoria
Soneto XXVIII
¿dónde están mis fantasmas ciegos,
el otro, que me perseguía día a día,
el dolor de haber salido vivo -¿moría?-
pero a solas tras la trifulca del amor?
¿dónde quedaron las espuelas que
mi carne hendieron, ahora que la
carne sigue huyendo? ¿en qué agua
saciar la sed, en qué lejano estanque?
¿este caballo corazón ha de agotarse
como una flama vieja que se aquieta
o ha de buscar la roca, el acantilado
sobre el cual ofertar el holocausto pese
a sus huesos? ¿lo abrasará la inquieta
vida, o se llamará cobarde, humano?
Un epitafio para Macario
he sido yo, y nadie más
mi mandíbula hambrienta
mi paladar delirante
a la sombra de este bosque
no hubo dios menesteroso
que tendiera su mano enferma
en exigencia de una pretendida piedad
ni orgulloso, petulante demonio
que quisiera seducir mi hambre
mi obsesiva carga por décadas
tampoco la muerte y su sonrisa terca
llegó al festín con tiempo
nada le he ofrecido para sobornarla
nada me dió a cambio
ninguna maldición, ningún ensueño
a la sombra de este bosque
mi paladar delirante
mi mandíbula hambrienta
he sido yo, y nadie más
este animal
que me persigue
que pasa su lengua
por el centro de la llaga
que en su fauce guarda
el recuerdo imperfecto
de cada herida acumulada
este animal
es todo lo que tengo
para herir al olvido
es mi acero mellado
mi única defensa
y mi único veneno
lo que recorre
y carcome
este enredo de sangre y desasosiego
este amasijo de palabras
este amasijo de palabras
bien podrían ser mi corazón
pero estoy lejos de la metáfora
y muy cerca del deseo
-peligrosamente cercano-
afuera el frente frío se empeña
en humedecer paredes y callejones
empaña cristales consigo trae el silencio
la placidez del entumecimiento muscular
yo trato de poner en palabras
una débil declaración de impuestos al fuego
pero soy cobarde
ardo en circunloquios
en cansinos preámbulos
he querido decir
"este amasijo de palabras
es mi corazón para el altar
de tu orgasmo y tu cinismo"
porque soy cobarde
vine a escribirlo
a echarle tierra encima
este amasijo de palabras
es una tumba recién cubierta
ahora saldré a la calle humedecida
que me bese la tormenta
que apague mi incendio y lo congele
no arder, evaporarse
las ratas del vecindario bailaron hasta el amanecer
pero tú no lo sabes ni lo sabrás
esa noche hubo fuego por doquier
carreteras devoradas por la velocidad
personajes apresurados por bailar un vals
con su propia muerte
las ratas del vecindario bailaron hasta desfallecer
pero qué importa
nosotros atravesamos el firmamento
hechos un poco polvo
un poco mierda
desvencijados
por la golpiza constante
del deseo sin correspondencia
-alguien echará un vistazo a su buzón, otro vacío-
qué importa, entonces
si ya nos bebimos la chicha amarga
del abandono
el lecho infame de los parques
el hospedaje compartido
en la jardinera vecina
follan dos homosexuales
muere un perro que te recuerda a tu primer mascota
alguien solloza
o inhala solventes
/ esto es, entonces, un bodegón
cuadro costumbrista
del siglo veintiuno
y por más que pretendamos
nos asoma un poco lo bestia feral
lo milenariamente hambrientos
/ay, hijos de Macario ensoñados
con un imposible pavo -uno, para sí-
pobres, babeantes, orgullosos/
las rosas del vecindario ardieron hasta fenecer
importa, a fin de cuentas,
llegar asi sea rengo
tuerto del corazón
a mirar las ruinas
las esmeradas cenizas
de tu juventud
de mi juventud
si estamos
ahora
cristal con película antiasalto
heridos de arteras rocas
quebrados
pero en pie
acaso importa
deshojar la margarita de la desesperación
a golpes de maza
asir el primer juego de labios
en la oscuridad
o dejarse llevar
hundir la triste humanidad
en cualesquier fango
estallar
a
ho
gar
se
con puntualidad inglesa
las lenguas del vecindario se retorcieron hasta enmudecer
pero tú no lo sabes
no lo sabrás
tú estás mirando
el firmamento
cuentas los claxonazos
te sueñas
arrojando migas de pan
envenenadas
a los pichones
del desencanto
tus cañones enfilados
a la cara de la eternidad
esperas
darle en la madre
rasgarle la camisa
pedalear luego hacia
la nada
o el olvido
o la casa donde creció tu padre
aprisa
que se llega la hora de la merienda
qué jodido
las güeras del vecindario
tarde a tarde
desde su balcón, etéreas
te han hecho suspirar hasta desfallecer