Así lo exige, lo demanda:
no hay otro modo de sobrevivir
su embate.
Incluso podría afirmar
que Moisés, de haber vuelto
a leer las tablas de la Ley,
éstas serían un menú de recomendaciones
para quien se interna por vez primera
al bosque de la ebriedad
honrarás al ron y al aguardiente como a todos los vinos
no beberás si el vaso de tu prójimo está vacío
adorarás la ebriedad sobre todos los vicios
no derramarás el contenido de tu vaso a menos que sea sobre el cuerpo desnudo de una mujer
12 feb 2017
Imagina
Un día
todo se derrumbará
debajo tuyo
todo se derrumbará
debajo tuyo
en la mano sostendrás
el amor
el amor
un pajarraco herido
que graznará
aunque la muerte
ya le haya echado el guante
que graznará
aunque la muerte
ya le haya echado el guante
Vuelvo a la casa, a lamer los ladrillos de la huída
a olfatear, cargado de hambre, las bestias que rodean
la noche, a aspirar sus fauces de óxido y fermentado fruto;
vuelvo a hollar la tierna pesadez del barro,
con mi pezuña rota, trastabillante, vizco,
hecho nudo en el sosiego, ovillado,
parpadeante, alerta,
angustiado al menor ruido, ante la más ligera brizna de hierba
que se agite en la espesura de la calle,
con el desierto, árido, en el centro salival de la garganta
la noche, a aspirar sus fauces de óxido y fermentado fruto;
vuelvo a hollar la tierna pesadez del barro,
con mi pezuña rota, trastabillante, vizco,
hecho nudo en el sosiego, ovillado,
parpadeante, alerta,
angustiado al menor ruido, ante la más ligera brizna de hierba
que se agite en la espesura de la calle,
con el desierto, árido, en el centro salival de la garganta
Hay cosas que ciertamente no quise decirte
por ejemplo, que la noche era espuela sobre mi carne,
que la primera flama que iluminó mi ojo
tenía en sus orlas tu nombre,
de los avisperos que con la piedra de tu beso
despertaron; ahora que todo vuelve a la normal desidia,
que no conozco más mujer que la que he perdido,
y las tardes caen como naipes sobre la mesa,
puedo decir
que nada tenía en la mano
cuando sopló tu viento,
salvo el intacto corazón de un niño muerto
que la primera flama que iluminó mi ojo
tenía en sus orlas tu nombre,
de los avisperos que con la piedra de tu beso
despertaron; ahora que todo vuelve a la normal desidia,
que no conozco más mujer que la que he perdido,
y las tardes caen como naipes sobre la mesa,
puedo decir
que nada tenía en la mano
cuando sopló tu viento,
salvo el intacto corazón de un niño muerto
que cargo su cadáver por las esquinas de la casa,
que algunas veces su lágrima inunda los libreros,
y que sangra, incesante, la sangre oscura que te ofrendo todavía
que algunas veces su lágrima inunda los libreros,
y que sangra, incesante, la sangre oscura que te ofrendo todavía
Algunas veces me pregunto, sobre todo ante la pérdida, si el karma existe, si ese concepto tan elaborado de la culpa y la expiación en verdad existen como una mera cosa, más que concepto pergeñado en el insomnio de la noche de la humanidad.
No creo, aunque no lo haya dicho a todo mundo, en la redención, mucho menos en el arrepentimiento, que es un paso necesario para alcanzar aquella. No creo, por tanto, en la expiación, que es el castigo infligido por un tercero, o autoimpuesto -que es, a decir de la mitología religiosa más actual, la más valedera; porque la expiación viene antes de la redención y después del arrepentimiento. El arrepentimiento es el primer paso para iniciar el largo y masoquista proceso de la redención.
No, yo estoy sentado sobre el banco de la perpetua desidia. Poco me importa que mi alma arda, que sea flamable. Hay otras cosas que me preocupan, seguir muriendo, tal vez leer una par de libros más, aunque pise un sitio común, mirar un puñado de ocasos desde inimaginados puestos de vigía, extasiarme en la primer mordida a extraños frutos, construir la barcaza que me lleve al naufragio, escribir alguna línea aceptable, despojarme de los trapos del amor mal aprendido en los pasillos de la infancia y peor asimilado en los calabozos de la adolescencia, beber un alcohol que me vuelva a sorprender.
Pero me explayo, sigo la tangente. Digo que ante la pérdida es rara avis el hombre que no siente sobre sí el brazo de la congoja, y la duda cabalgándole la espalda.
Alguno habrá perdido al padre, y mantenerse incólume, y sin embargo, trastabillar ante la pérdida de una reliquia atesorada largamente. Ante esas pérdidas, hay un desgarre que deja sobre la carne cicatriz. Una partida de la que no salimos indemnes.
Cuando me ha tocado una pérdida así, termino preguntándome ¿qué, si fue posible transitar por otra vida antes de ésta, de la que además no tenemos conciencia alguna, qué hicimos tan grave que luego se nos permitiese albergar de nuevo la llama del amor o del deseo, para que luego nos fuera arrebatado? ¿Qué falta tan grande pudimos cometer que nuestro castigo no fuera un caldero en llamas, o un gélido páramo, sino el haber tocado la perfección para perderla sin más?
Que se nos permitiese querer algo o alguien con tal profundidad sólo para sentir el peso de la ausencia en las costillas, en el más húmedo rincón del ojo. Debimos ser monstruosos, y aún más crueles los hipotéticos dioses que así nos castigan.
No creo, aunque no lo haya dicho a todo mundo, en la redención, mucho menos en el arrepentimiento, que es un paso necesario para alcanzar aquella. No creo, por tanto, en la expiación, que es el castigo infligido por un tercero, o autoimpuesto -que es, a decir de la mitología religiosa más actual, la más valedera; porque la expiación viene antes de la redención y después del arrepentimiento. El arrepentimiento es el primer paso para iniciar el largo y masoquista proceso de la redención.
No, yo estoy sentado sobre el banco de la perpetua desidia. Poco me importa que mi alma arda, que sea flamable. Hay otras cosas que me preocupan, seguir muriendo, tal vez leer una par de libros más, aunque pise un sitio común, mirar un puñado de ocasos desde inimaginados puestos de vigía, extasiarme en la primer mordida a extraños frutos, construir la barcaza que me lleve al naufragio, escribir alguna línea aceptable, despojarme de los trapos del amor mal aprendido en los pasillos de la infancia y peor asimilado en los calabozos de la adolescencia, beber un alcohol que me vuelva a sorprender.
Pero me explayo, sigo la tangente. Digo que ante la pérdida es rara avis el hombre que no siente sobre sí el brazo de la congoja, y la duda cabalgándole la espalda.
Alguno habrá perdido al padre, y mantenerse incólume, y sin embargo, trastabillar ante la pérdida de una reliquia atesorada largamente. Ante esas pérdidas, hay un desgarre que deja sobre la carne cicatriz. Una partida de la que no salimos indemnes.
Cuando me ha tocado una pérdida así, termino preguntándome ¿qué, si fue posible transitar por otra vida antes de ésta, de la que además no tenemos conciencia alguna, qué hicimos tan grave que luego se nos permitiese albergar de nuevo la llama del amor o del deseo, para que luego nos fuera arrebatado? ¿Qué falta tan grande pudimos cometer que nuestro castigo no fuera un caldero en llamas, o un gélido páramo, sino el haber tocado la perfección para perderla sin más?
Que se nos permitiese querer algo o alguien con tal profundidad sólo para sentir el peso de la ausencia en las costillas, en el más húmedo rincón del ojo. Debimos ser monstruosos, y aún más crueles los hipotéticos dioses que así nos castigan.
Volvamos a hablar de lo inocente,
de los recipientes que guardan
las especias de lo cotidiano,
de los días transcurridos sin mayor trámite,
sin más adjetivos que los necesarios:
ahuyentar la jauría del polvo,
cultivar las extrañas flores del orden,
atesorar las horas de la humedad,
rasgar las vendas del deseo, anhelarlo todo,
con cada fibra, en cada abrir los ojos devorar todo
lo que de ajeno pudiera haber en la maraña de las horas
las especias de lo cotidiano,
de los días transcurridos sin mayor trámite,
sin más adjetivos que los necesarios:
ahuyentar la jauría del polvo,
cultivar las extrañas flores del orden,
atesorar las horas de la humedad,
rasgar las vendas del deseo, anhelarlo todo,
con cada fibra, en cada abrir los ojos devorar todo
lo que de ajeno pudiera haber en la maraña de las horas
yo hago inventario de los días,
los detalles en que se oculta la sorpresa
de estar vivo, de amar el caos de una mujer,
de lo brutal y absurdo que resulta el pretender
salir ileso de esos lances, cuerdo,
victorioso,
y pese a todo uno sabe no es posible,
que no hay modo de adiestrar a nuestras fieras
los detalles en que se oculta la sorpresa
de estar vivo, de amar el caos de una mujer,
de lo brutal y absurdo que resulta el pretender
salir ileso de esos lances, cuerdo,
victorioso,
y pese a todo uno sabe no es posible,
que no hay modo de adiestrar a nuestras fieras
uno renuncia brevemente a la embriaguez,
dice basta, por hoy he terminado, nunca más
y vuelve, horas más tarde, a sentir
en el pecho los aullidos de la sed,
a removerlo todo, de los rincones de la casa,
a romper la cotidiana desazón,
al ensimismamiento de la estatua,
al arrobo que sufrió Narciso al descubrir
lo horroroso, lo aterrador que guarda
hasta el más bello reflejo
dice basta, por hoy he terminado, nunca más
y vuelve, horas más tarde, a sentir
en el pecho los aullidos de la sed,
a removerlo todo, de los rincones de la casa,
a romper la cotidiana desazón,
al ensimismamiento de la estatua,
al arrobo que sufrió Narciso al descubrir
lo horroroso, lo aterrador que guarda
hasta el más bello reflejo
6 feb 2017
Esta zozobra interminable, este crujir de hueso a todas horas,
este envejecer desde las articulaciones,
azorado y loco, ebrio de estar lúcido,
de andar, sangrante, por las calles,
con la mano tendida, como exigiendo
el denario de la locura larga, hondamente
perseguida; como quien exige, ante cualesquier dios
un milagro para sortear el día, que todo recobre
su condición de espuma o roca;
este agonizar en los festejos, de echar espuma
por la boca, rabioso, abrazado al desconcierto,
este interminable ejercicio de morder el polvo,
de rajarse el pecho en cada esquina,
de incendiar la casa al menor soplo de duda,
con la inflexible certeza de estar a punto
de quebrar definitivamente la existencia,
de estar, a solas, fallecido, conduciendo
por la vida con mi cuerpo de fantasma,
este envejecer desde las articulaciones,
azorado y loco, ebrio de estar lúcido,
de andar, sangrante, por las calles,
con la mano tendida, como exigiendo
el denario de la locura larga, hondamente
perseguida; como quien exige, ante cualesquier dios
un milagro para sortear el día, que todo recobre
su condición de espuma o roca;
este agonizar en los festejos, de echar espuma
por la boca, rabioso, abrazado al desconcierto,
este interminable ejercicio de morder el polvo,
de rajarse el pecho en cada esquina,
de incendiar la casa al menor soplo de duda,
con la inflexible certeza de estar a punto
de quebrar definitivamente la existencia,
de estar, a solas, fallecido, conduciendo
por la vida con mi cuerpo de fantasma,
dejemos de lado los conceptos,
la rebuscada receta en que marino
las ideas, el primitivo beso
para la lejana o la imposible amante
la rebuscada receta en que marino
las ideas, el primitivo beso
para la lejana o la imposible amante
llamemos a la piel, esa rudimentaria bestia,
que la domen, no sé quiénes,
que todo le corrijan a su trote
que la domen, no sé quiénes,
que todo le corrijan a su trote
hay un paisaje urbano, que algo recuerda
pero te llamará cobarde
cuando le busques
pero te llamará cobarde
cuando le busques
poco hay por decir,
que saltes, que lo olvides todo
que saltes, que lo olvides todo
me he abrazado a la cuerda de la ebriedad:
yo no sé si es necesario, hacer las paces
con uno mismo, dejar las naves naufragando;
tal vez uno habla hasta el cansancio,
entreteje sobre la carne alguna excusa que le permita
salvar el fuego, abrazarse a la locura
aunque su signo sea la áspera cordura;
será que es necesario, pregunto, tender la mano
para salvar el pasado, que nada vuelva a refulgir
como una lanza en el costado, cicatrizarlo todo
o permanecer sangrante, receloso, turbio;
en qué rincón guardar esta obtusa necesidad
de perpetuarse, de creer en los axiomas
que nos orillan al amor, y nos condenan
a sorberlo todo, con el regusto amargo
de la búsqueda infructuosa, de la frustrada
soledad; con qué argumentos se destierra
de la carne el confuso deseo de otra carne,
el hormigueo de los sentidos, la torsión
de los horarios y las ganas, con qué sólido
concepto convencer a la carne propia
de que el deseo no requiere más pretexto,
ni más conjuro que la sal ajena,
que no hay amor para ofrendar, que todo está ya roto
hace siglos, y no hay pegamento que restaure
los labios separados, el gemido dado,
ni altar para los dioses que han sido asesinados
al despuntar el alba
las cervezas se amontonan en torno, como los días
así la coloración de los días, la obstinada decadencia
esta abulia que llena los rincones,
que todo lo toca con su falange
las cosas se acumulan, como los días
y uno es el roedor que todo guarda
para mejores días, para cuando la tristeza
llame a la puerta, aunque no llame nunca
¿quién, en su desvarío, llama a la casa
si ya se ha instalado en sus habitaciones?
¿quién, en el más remoto destello
del alba, registra los nimios detalles
que le insuflaron vida, el crisol
que forjó su carne y su espiritu?
todo flota en torno, todo ha perdido el nombre,
la memoria, las fechas del destierro.
Nada hay que nos desconozca, todo somos,
cristal que se repite, infinito, en cada hora,
en cada par de ojos
poco hay en este ojo: la reverberación de los días,
el pálpito en el bajo vientre
escribo en la sobriedad,
agitado en los pulmones
herido de bala propia
agitado en los pulmones
herido de bala propia
esperando a que la noche
o una mujer venga
a desordenar mi cama
o una mujer venga
a desordenar mi cama
a lametazos
escribo y miro el horizonte
como el hijo idiota
con los hilos de baba
orlando la quijada
como el hijo idiota
con los hilos de baba
orlando la quijada
espero a que el ocaso
traiga su bandeja
de cadáveres carmines
traiga su bandeja
de cadáveres carmines
la interminable fila de árboles
que no se deciden a caer
tras el embrujo del alba
que no se deciden a caer
tras el embrujo del alba
espero y escribo con mala letra
las cartas legadas al olvido,
alimento del fuego,
arrinconado en mi caverna,
tumefacto, inapetente
las cartas legadas al olvido,
alimento del fuego,
arrinconado en mi caverna,
tumefacto, inapetente
sueño el hogar, una desbandada de pájaros
sueño que he vuelto a casa, que los olores impregnan sus paredes,
que viene otra vez la lluvia, pero ya no hay angustia por la inundación,
sino el regocijo familiar de los rituales amados en silencio
sueño que me vuelvo a sumir en pesadillas, todos los oscuros
personajes que atenazaron con garra áspera la lejana infancia,
sueño que después de vencer los invito a beber de mi cuenco,
que todo vuelve a derrumbarse, que abro por fin los ojos
y ladro aún sin comprender que la ceguera permanece,
que me sostengo, pero desconozco todo del mundo
sueño el hogar, el viejo lago, las aves migratorias;
sueño en desbandada, como un ave que extravía el rumbo
y bate el desesperado par de alas antes de la caída
sueño que he vivido, que tengo treinta años,
que el amor me tocó la frente para rajarme el vientre
que estoy, de pie, descarnado, fiero, en el horror del mundo
sueño que he vuelto a casa, que los olores impregnan sus paredes,
que viene otra vez la lluvia, pero ya no hay angustia por la inundación,
sino el regocijo familiar de los rituales amados en silencio
sueño que me vuelvo a sumir en pesadillas, todos los oscuros
personajes que atenazaron con garra áspera la lejana infancia,
sueño que después de vencer los invito a beber de mi cuenco,
que todo vuelve a derrumbarse, que abro por fin los ojos
y ladro aún sin comprender que la ceguera permanece,
que me sostengo, pero desconozco todo del mundo
sueño el hogar, el viejo lago, las aves migratorias;
sueño en desbandada, como un ave que extravía el rumbo
y bate el desesperado par de alas antes de la caída
sueño que he vivido, que tengo treinta años,
que el amor me tocó la frente para rajarme el vientre
que estoy, de pie, descarnado, fiero, en el horror del mundo
mi corazón es un madero atravesado por tres clavos
a ciegas busco los muros, la incorpórea lengua de la ausencia
atado en el tobillo me revuelco
envejezco
ladro
llamo a cada puerta
que topo a mi paso, vocifero
a la espera de que alguien responda,
a qué algún fantasma me compadezca
pero todo está vacío, y callado,
y no tropiezo
a ciegas busco los muros, la incorpórea lengua de la ausencia
atado en el tobillo me revuelco
envejezco
ladro
llamo a cada puerta
que topo a mi paso, vocifero
a la espera de que alguien responda,
a qué algún fantasma me compadezca
pero todo está vacío, y callado,
y no tropiezo
todo tiene un aire de verano destrozado,
de primavera recién cortada, de alambres que cortan el aire,
de mazmorra recién tapiada, a la espera del primer obtuso prisionero,
todo tiene un aire de vuelo interrumpido en su batir de alas,
de copa que sostiene, envenenada, el dulce vino del amor;
no hay puerta que se abra, ni ciudad dispuesta al sueño,
ni esclavo redimido en la espesura de esta noche
todo tiene olor de carne apresurada, de ciegos taciturnos
empeñados en fincarle coloración a su diálogo,
olor a tierra húmeda por los orines del destino;
todo tiene un aire de agua empozada,
de rigor mortis acercándose, de vientre hinchado
de beber agua en las profundidades
pero me dejo caer, y el aire pesa en mis entrañas,
caigo de todo lo que he sido como quien se hunde
en el lodo fétido de lo perdido, entonces nado
y soy el buzo de mi propia podredumbre
nadando hacia el vientre de la muerte
todo tiene este humor de otoño que se resiste
a la partida, que insiste en perpetuar su reino
de transitoria muerte, todo alrededor exuda
su indolencia de siglos, la desmemoria, el desamparo
todo tiene un aire de verano desolado, de tapia por fin
derruida, de castillo que se desploma,
de primavera que no termina de anclar sus naves,
de barco con las velas destrozadas, de belleza que se extingue
de catorce, 085
Anhelo el fuego, la ardiente lava
de la juventud; quiero el fragor
de la batalla, la duda, el resquemor,
las porfiadas horas que anegaban
de la juventud; quiero el fragor
de la batalla, la duda, el resquemor,
las porfiadas horas que anegaban
la casa y sus esquinas; el sabor
de la tortuosa pubertad, la llaga
en el orgullo, el beso de la nada,
morir a cada instante, el dolor
de la tortuosa pubertad, la llaga
en el orgullo, el beso de la nada,
morir a cada instante, el dolor
de haber nacido, los suplicios
de la carne a solas, la temprana
certeza de estar roto, los silicios
de la carne a solas, la temprana
certeza de estar roto, los silicios
del ajeno amor. Pero es mañana,
la hora de la angustia, de los vicios,
de todo lo extraviado, es la hora vana
la hora de la angustia, de los vicios,
de todo lo extraviado, es la hora vana
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