19 nov 2017

Yo vine a hablar de lo que urge,
de las puertas que por descuido
o inocencia dejé abiertas en el pasado,
de las ventanas que apedreó
la grosera mano de la ansiedad;
yo venía para hablar de la sed
que anida en estos ojos cada tarde,
a cada hora, en cada parque,
de esta exagerada frase que es
mantenerse a flote, cuando apenas
con dificultad uno es capaz
de mantener la caída, el ahogamiento,
la zozobra en el lomo, rasgueando
el cuero como uña de gato,
sangrándolo; yo vine a dialogar
con lo corriente, con la muerte cotidiana
de cada instante: con el pecho abierto,
con la mano tendida, a tientas
por el ojo que se me fue cerrando
en cada tropezar sobre la brasa,
hurgando entre el fango y las espinas,
sabedor de sí mismo, que es decir, de nada;
yo venía dispuesto a herir el fuego,
a humedecer el agua, a oscurecer la noche,
pero mi mano aún dibuja su reflejo
en el azogue del cristal, mi ojo brilla
en el ojo de un animal hambriento,
y esta voz, este alarido, esta garganta,
esta ronquera de hace siglos
posada como un gorrión o ave rapaz,
enjaulada, mostrenca, taciturna,
derrotada, que ha puesto ya su bandera
sobre el polvo, que se inclina,
que pese a mi rabia, no para de astillarse

Incendios en el paraíso

El reto fue asir su mano, dejarle tocar el desastre que comienza en la más corta de tus falanges y terminaba en el más largo de tu por entonces kilométrico cabello, dejarle la puerta entornada a tu guarida, sin fórmulas mágicas, sin más, arriesgarte a que viera tu libreta de notas donde poco había de las horas pasadas en clase, y mucho de su andar de cervatilla en celo, las marcas de acné que quisiste besar desde esa tarde en que la oscuridad los sorprendió en la escuálida hemeroteca municipal, de esa gana por dejar abierta, de su mano, la jaula en que se guardaban las aves del deseo. El reto fue dejarla pasar a tu espacio hasta entonces privado donde atesorabas, ladrón sin secuaces, los libros que te ayudaban a alcanzar el alba, las cuartillas emborronadas donde no hacías sino hablar de hombres y países inexistentes, y alguna fotografía que te recordara el paraíso y el infierno conviven en la tierra; tú eras un hombre hecho a fuerza de romperle los candados al insomnio, que más de una ocasión durmió en hoteles de gran parecido a centrales camioneras, un perro famélico, solitario, hecho a dentelladas de otros perros, que mantenía, o intentaba mantener el corazón intacto.
Pero ella nada sabía de las horas pasadas a la intemperie hurgando entre las nubes un destello de lucidez para alimentar el sosiego, poco o nada sabía de las marejadas que en tí confluyen, ríos de corrientes estrepitosas que en su interior cargan con toda certeza y esperanza que pudieras haber abrazado en la vigilia. Decidiste callar sobre sus labios, y dejar que sospechara de la calma como de una avenida donde delincuentes juveniles se reunen a consumir la droga suburbial de las tardes. El reto fue pasar desapercibido con la carga del delirio y de los celos, del descarnado sentimiento que crecía en tu pecho a cada orgasmo: decidiste callar y que el zorro del amor bajo tu cazadora te devorara desde un costado el hígado y el corazón. A solas te incendiaste en una pira que construyeron para dos, a solas, desencajado pero obligado por tí mismo al estoicismo, dejaste que lluviera sobre el incendio, que todo desangrarse fuera en vano, la mano extendida, y el músculo del corazón atravesado por alfileres, secándose a cada pálpito.
Digo basta, me sacudo el plumaje en la hora de la lluvia,
que se vayan las sombras a poblar el insomnio de otro ojo,
el tremolar en el costal de huesos, el estremecimiento
de la piel frente a la nada, velloerizado,
la adrenalina perro ladrando a los fantasmas;
larga la resaca de estar sobrio, larga la inconsciente borrachera,
largo el invierno final del calendario, y el espasmo, ese sí,
corto, jeringazo, viaje sin maletas al puerto del delirio:
ya me lanzo por su acantilado, ya beso el oleaje con la rosa de mi sangre
Tristeza, perra flaca, andrajosa vieja amiga:
en la sangre que cuelga de tu labio leporino
se va tejiendo la cuerda de mi grito.
En tu mordida labro la cicatriz de mi palabra,
encorvado, ebrio, inexplicablemente vivo,
hago en la luz de tu cuchilla el nido de mi canto;
en la parábola gris de tu doble garra,
ofrezco el pecho, ofrendo el cuerpo
a dos palmos de suelo, dispuesto a manchar
la última pared del manicomio. Otra vez,
en tu pupila desmesurada, refulge el caos,
tristeza, vieja amiga. Tiendes la uña de tu mano
para alcanzar a perforarme los pulmones,
quieres que me falte el aire para el alarido,
que este hilo de voz, que apenas brota,
se haga gemido apenas, resoplido de animal
lastimado en su desbocada fragilidad,
pero enloquezco, mi corazón, aunque gotea,
es piedra en tu hocico babeante, la sangre
que pende, roja, de tu labio hendido,
es combustible tuyo y mío, y ya ennegrece
Pese a su brevedad, adiós es una palabra difícil de escribir.
No. Me quedará tu nombre
para iluminar la madrugada,
me quedará este ojo sano,
el oído abierto como herida
reciente, a la espera de tu
taconeo propiciatorio.

No te perdí: gano un recuerdo.
Puesto que nada he poseído,
porque compartir es distinta
cosa, no te pierdo al soltar
tu mano. Me quedará, para
invocar el beso de la fortuna,
moneda en el fondo del bolsillo,
el timbre de tu voz, tu sonrojo,
el interminable río de tu cabello,
y entre todas las cosas que guardo
ahora, el arco sensual de tu sonrisa.
No te pierdo, aunque me sangre
la mano izquierda de pensarte,
y ahora tenga que silenciar
ciertas canciones, algún libro
que me susurre, en el descuido,
una palabra que me lleve
al lado tuyo, sorprendido, amante,
enamorado. No sé si algo gané,
si alguna vez tendré otro fuego
para alumbrar el vientre de la noche,
si morderé otra fruta dulce
como la fruta tierna de tu labio.
Ahora, sostengo, feliz, la certeza
ingenua, inocente, de haber amado
cada cosa que tocó tu risa,
cada poro de tu piel, el temor de un día
perderte, y hoy saber que estoy ganando
un recuerdo en el que vuelvo
a tocar tu mano por vez primera,
y sonríes, de nueva cuenta, extrañada,
desconocida, hermosa, de alas abiertas.
Porque mi corazón te huele, escribo.
En la distancia ardes hermosamente:
el eco de tu brasa ilumina estas líneas.
Y yo, que soy torpe para aguzar el oído,
comienzo a escuchar furiosas melodías
si alguien, en el descuido, llega a nombrarte.

Porque mi carne se deshoja, anclada
en un otoño interminable, escribo.
En el cuenco de mi mano guardaré, siempre,
la ternura de tu nombre, el crisol
en que fraguamos aunque oscuramente
la flor que nos dió nombre.
Vuelvo a nombrarte, a recorrer la sierra.
Otra vez, los crótalos huyen a mi paso,
los árboles se mecen al vuelo de tu falda.
será que me hice frágil en este trasegar
de calendarios y rumiar el coraje o el espanto,
que tantas horas, tanto piar bajo techo,
hizo, finalmente, mella en mi esqueleto;
que algo se me rompió acá adentro,
de estar a salvo, de tener abrigo para ahuyentar
el frío, de cerrar los ojos y acudir el sueño,
y este cicatrizar de ciertas heridas,
este soltarme de su mano el dolor,
me ha desvencijado los duros muebles de la casa,
y llenado de óxido los póstigos, el hierro
permanente en las compuertas del ojo,
y una música basta, un olor, para llamar,
angustioso, triste con la tristeza de quien ama
en la descarnada, en la inexplicable mueca
de estar vivo, de necesitar al otro,
digo que basta el más mínimo acorde,
el más incierto resplandor entre la brasa,
para doblar este gastado renguear de mi cuerpo,
para quebrar, como una rama en el callado
bosque, mientras llueve, la bruta, la impasible
coraza que protegió mi pecho,
que basta un grito, feroz, en la distancia,
para poner a tiritar de angustia las pupilas,
y este rodar sobre los fangos, sobre el colorido
basural del tedio, es lo que me tiene, torvo,
ardiendo a medias, ladrando a mi sepulcro,
buscando, en el aullido, la salida, el estrépito final
que me desgarre, y con su rabia me consuele
no niego la herida que me nombra
yo quería que comprendieses el caos en mí,
el extraño funcionamiento de mis engranajes, esta lucidez
que me clava las espuelas en el costillar,
este abrir los ojos, adivinar en el oscuro lecho
el madero bajo la carne, volver a sentir en el labio superior
el metal de los denarios; yo quería que tú supieras
cómo apaciguar mis bestias en el escenario,
que les hicieras restallar el látigo para mantener
su instinto a raya: porque van a destrozar cada mueble,
cada primoroso tejado, cada espejo; yo quería
que me entendieras: que nada tengo sino este incendio,
los molares del miedo sobre mi hombro izquierdo,
la angustia atravesada cual aguja en mi garganta,
que soy apenas nada sin esta lobreguez, sin los grises
de esta hora en que te digo adiós, que entre tus palmas
llevas cautivo el estúpido gorrión de mi sonrisa
En el silencio te reconozco, aciaga luz
beso en la última sombra del verano, aire
que a su paso ahoga el sofoco,
que agrieta cristales, que gira, atrabiliario
que enciende en el vientre del día
su hoguera, su tabaco, su sonrisa
Debo decirlo:
mi voz es cosa trunca,
flama que no termina de arder;
que mi memoria es limitada,
inexacta, dique pleno de fugas,
ahí va, despistado, el recuerdo de mi infancia
no sé cuando volverá
ni si volverá
el momento exacto en que la euforia
irrigó por primera vez mi vena
Me estorban las etiquetas
como la piel que me sobra,
me provocan urticaria,
sé por eso que debo evitarlas
como dios a los altares
hay, en el cuenco del costillar, una manada
de bestias sin domeñar, descuidadas.
alguien las ha llamado mías,
pero poco sé del arte domesticador
Decía que soy cosa inacabada
y no hay música o pecho de mujer
donde me sienta a salvo
la dentellada es dulce si te alejas
si el ojo cerrado de tu vulva lanza un guiño,
si la cortina de la tarde me encuentra sorprendido
cuando enciendo luces de Bohemia.
el zarpazo es dulce en su hundimiento sobre la carne
si la sal del sudor lo besa mientras cabalga,
si al hacerlo brotan huracanes en el vientre.
la mano, ojo de ciego, palpita ante la llama,
lengua cinco veces seca, busca el manantial
que alivie sus falanges, resbala por tus muslos

Oración para el desierto

1
En este sitio, en esta hora, con la mirada herida
me pregunto si habrá cuchilla que alcance para rajar
este costal de huesos, este carcamal de vejatoria lloradera

2
Avivarás el fuego que dejaste apagar,
pero no encontrarás en tu caída esta ceniza

3
En esta hora, con estos labios abiertos
te nombro para conjurarte: digo adiós, ya me he marchado,
ya las palomas del desvelo alzan el vuelo,
dejan su mierda para ornamento de los tejados

4
en esta hora, con esta carne abierta
como carne de rastro público,
arracimado de insectos o fantasmas,
fijo la vista en el imposible vientre del horizonte,
en la costra de hechos cotidianos,
este gemir a tientas, eviscerado,
hecho pedazos en la osamenta,
trozo de absurdo vegetal, perro salvaje
que lame en la oscuridad el oxidado hierro de su cadena

5
En esta hora, con estos brazos descoyuntados,
tiendo la mano, enciendo el fuego
para iluminar esta noche imaginada

6
en esta calle, con esta desazón,
con cada herida abierta,
abro las alas, sacudo el polvo a los fantasmas

7
en esta noche, en este muladar
plagado de fantasmas,
con el temblor de piernas,
con la quijada retorcida, temblequeante,
con la saliva amarga atorada en las encías,
hecho jirones, destemplado,
en esta noche, de ojos oscuros,
se abre una ventana frente a mi ceguera
brotan los girasoles, la carne
para alimentar mi bestia interior

8
en esta muerte, en esta letanía,
de mano abierta y ojo herido,
salto sobre la cuerda floja
de la cordura
con estos pies, con los parásitos
que abandoné en la infancia,
en esta muerte, en este beso
de borrachera adolescente,
en este batir de puertas
o alas de mariposa oscura,
malagüerante signo del verano

9
en esta sombra, con estos ojos embarrados de tristeza
apelmazado sobre el asfalto,
escuálido plumífero palmípedo
sabrá dios sobre qué aguas naufragado:
tuerzo la mueca a la locura, me aviento un coyotito
dos tres rounds contra la parca

10
en esta borrachera, en este banquetal de noches,
tuya es mi arcada primigenia,
el charco te ofrendo sobre el asfalto,
perfumado por los siglos de los siglos

11
en este dolor de hueso, en esta rotura del deseo,
palmo a palmo hecho nudo
me arrastro entre polvo perros muertos
dos tres ebrios
en esta mordedura de talones, con esta bandera
enterrada en la clavícula del amor propio,
ardo pero la casa sigue fría, la lluvia es incesante

12
en este alarido, en esta calle de cloacas anegadas,
en este corsariaje del desvelo, con ese tremolar de piedras
en el bajo vientre, sobre el pañuelo de la ausencia,
en esta hora que abre y cierra las alas como insecto herido,
tiendo mis pertenencias sobre el fuego,
entro entre las llamas como el bautista a las caudalosas aguas

13
en este envase oscurecido, en la mano que retira una corcholata,
alarido de mí, salto al vacío desde el vacío,
miro el espejo, el insectario de tu alma

14
en estas horas de ladrido, en cada gimoteo de hembra herida
parto a la calle, hago piruetas en semáforos sin rojo,
en este siglo, con estas luces averiadas:
en la mano, como un ramo de flores viejas,
empuño tu nombre

15
En esta agua empozada, en cada gota que se arroja sobre la tierra, kamikaze,
con este aire musical, con el terror a medianoche ante el silbo,
el horror de las bestias, salgo
lanzo mi aullido desde el tejado

16
en este punzar de agujas sobre el lomo,
este coleccionar semillas, aspirar la fragancia
de putrefacto fruto para el hambre,
este cadalso de adusta impertinencia, arrastrar los pies sobre el polvo de la casa

17
con este rechinar de huesos sobre la piedra,
este crepitar de brasas en el patio,
luego de haber calcinado el cadáver animal de sí mismo,
este anudarse a las baldosas, repicar,
el rompimiento del silencio en esa tarde que se encumbra

18
en esta niebla, con este ojo dislocado,
la grieta en que se escurren las razones,
en este muladar donde parirse uno mismo,
beso en gangrena, apelmazada carne,
descompuesto, el par de brazos extendidos,
cable telegráfico, tendedero de palomas,
suplicante de refacciones para la víscera

19
en este barandal, viendo el horizonte de concreto,
con esta música de fauces abiertas,
en este agitar de pañuelos blancos, sin puerto
ni puertas, en este invierno que se aleja,
que nos dice adiós muchachos, adiós,
que se ríe secretamente, que nos separa
como se separa la carne de la carne,
en este partidero de camiones, con este ruido
de bocinas y autoestéreos,
con este pantalón desgastado, con la lengua de fuera

20
en este salivar ante el plato servido
de la muerte, en esta mesa plena
en esta marejada, en este otoño,
desde esta ausencia, me pregunto:
¿cómo serás a tu retorno, qué palabra
te traerá de vuelta, qué bandera
con su corte de cadáveres anunciará tu arribo?

21
en este crepitar, en esta calle humedecida
en este cuerpo que se dobla,
en esta música, trino de jilgueros amaestrados,
en este amontonamiento de casualidades,
en este estirar el brazo y no hallar cuerpo
ni cobija para ahuyentar la madrugada,
en este soliloquio, en este cenicero rebosante

22
en este pecho colapsado, en este tiritar
de huesos bajo el chipi chipi, humedecido
hasta el más recóndito pedazo de tuétano;
en este mugir, ganado de la nostalgia,
mientras se busca el pan entre la hierba,
hambriento, incócupe, envejecido:
en este hundir de manos en el agua helada,
en esta carraspera, esta tuberculosis del amor,
tirado en cama, flemático, bañado en coágulos
de tristeza, en este lecho donde incluso
el reflejo es un muchacho enfermo

23
en este atisbo de borrachera
que no llega, en esta marejada;
en la oquedad del hueso primordial,
en la coagulación del beso,
en este crepitar de cenizas vagas,
en este lecho de sombra, en este horror
en esta balacera de las cinco de la tarde,
en este adivinar que no has venido,
oler tus huellas, arrojarse a los brazos
de la soledad cuando has pasado
de largo, indiferente, fantasma carnal,
reflejo vivo de tí misma

24
En este zozobrar de ojos abiertos, en este hurgar tras las ventanas,
con el secreto anhelo de horizonte
saltando en el pecho, anfibio, cefalópodo,
hijo desheredado de la evolución,
pero entusiasta, vivaz,
telúrico hasta la punta de los huesos, inundado y febril hasta el más oscuro rincón del anhelo;
en este ulular de sirenas a medianoche,
en este abrir la serenidad bajo la niebla,
en este escarbar con los ojos como con zapapicos
la madrugada y su rostro de bruma;
en esta balacera perpetua,
en este recoger cadáveres cual cosechar frutos maduros en demasía,
en este ejercicio de respirar, morder el polvo, abrir los ojos de nueva cuenta,
abrazar lo que a la mano tenga la locura,
se llame abismo o aturdimiento o carne de mujer

25
Este trasegar de sombras, la revoltura de la paja
y sus astillas, esta rajadura de la carne,
la elipse abierta del espanto, este romperse
los trapos de la calma, andar desnudo del sosiego,
requemado, purulento, acuciante
bajo ésta luna en decreciente, húmedo en la nube,
en el cadalso de la tarde que se llega
como se llegan los frutos maduros
de la jungla

26
En este izar las velas, levar anclas,
incendiar los barcos un segundo previo a la tormenta,
en esta carne que se consume en el deseo,
en la caricia contenida apenas abierto
el envase de esta piel,
en este crepitar, brasa, reducto de calor
en la oscura llovizna del desamor,
en este río de grito ahogado,
con sus muertos a cuestas,
con su podredumbre y la maravilla de su lecho,
en este pensar en otra humedad,
en la embriaguez de la lengua al tocar,
sugerente, ávida, el otro sexo,
el pelo ensortijado, esta necesidad de recordar
aquel gemido, aquel sudor,
esa ronquera en la voz ansiosa,
el sexo enhiesto, firme como la vela
de un barco que se hunde, surcado de fuego,
bajo el huracán

27
Este bregar en el silencio, aspa,
molino en desolado,
este manotear en el oscuro fango
de la derrota, asido apenas
en la frágil corteza de los días,
meditabundo, errático, dolorosamente
trasnochado, tembloroso,
febril en el espasmo, en la locura,
puesto de pie apenas restallar el látigo del día,
sostenido lastimosamente por la endeble nada,
rabioso, herido en el recelo,
espumeante de amor propio, al borde del colapso,
carne aguijoneada por la duda,
este chapotear de aguas mansas, este regocijo
en la derrota, esta agonía tan postergada

28
Esta palpitación de las arterias,
este chaparral ardiendo al abrigo de la canícula,
fuego sobre fuego sobre el yermo,
este sonrojar de piedras, vuelo iniciático de garzas,
prenda primera del amor: este zarpazo en pecho,
la sangre conservada en aguardiente,
trofeo, signo de culminación de cazador,
este cadáver de sí mismo, ornamento de bienvenida;
en este siglo, en esta concatenación de yugos,
en este casi respirar bajo el peso de la polución,
esta cacería sobre concreto, este verbo desconjugado,
perro bendecido por los neumáticos del destino


29
en este cielo, arpón en las costillas del paisaje,
en este horror de calles inundadas,
de soliloquios y avenidas semejantes al desierto,
en este caerse las uñas por la casa,
en este abrirse las puertas de la úlcera péptica
del corazón, en este trote de bisontes,
este trepidar de pezuñas sobre la pradera,
en esta calma incendio en el cenit de la madrugada
alarido de cisne, percha para sostener
el grasiento abrigo de la locura
Tal vez dije lo que tenía para decir,
y me quedé, absorto, hosco, perruno
y destemplado, acuclillado
en la esquina de un mes lluvioso
porque herí con mi balbuceo el silencio
pero no de muerte,
y mordí en el beso trastabillante la lengua
del olvido, pero no conseguí sangrarla
tal vez debí callar cuando era necesario
pero hace tiempo que vengo a ladrar
desde la misma esquina, a cada parpadeo
de oscuridad, y alguien me arroja, puntual
el hueso astillado de la esperanza,
los restos del lenguaje, y hago festín
hasta el primer sarpazo de la duda,
y algo como un pez se agita en esta entraña,
en esta agua enfangada,
algo como un pez que se retuerce
en la madera de una barca, moribundo,
incapaz de articular rugido
En el botiquín del veneno
-si hablamos de uno que se respete-
no puede faltar el mezcal.
Fuego líquido, purifica las heridas más profundas,
hace de los hombres santos
con lenguas de flama delicada,
sincera hasta al más cínico de los amantes,
les hace escribir desaforadas declaraciones de amor,
los envuelve en burbujas melodiosas
y no los deja caer en tanto dura su beso;
torna vulnerables a los superhombres,
los rompe como palillos chinos
y los deja parados al borde de la lágrima
con una invitación a sorber el vértigo del despeñadero.
Cotidiano combustible,
no puede faltar tampoco a la mesa,
como la sal, o las tortillas.
Sirve para abrir el apetito de los desmemoriados
y en dosis leves como el primer beso,
aviva las pupilas de las niñas que sufren mal de amores.
En las pupilas del que regresa, el mezcal es faro
más efectivo que la brújula más sofisticada,
ahuyenta a los malos espíritus
y atrae a los amigos más lejanos.
No con fuego fue su inusual bautismo:
fue con mezcal, ese manso aguardiente
tan cercano al agua, tan vehemente
como las llamas del infierno mismo.

Fue decir en otra lengua el ingrediente
extraño que lo tornó en un sismo,
la marejada, el siniestro sincretismo
entre su carne y lo pendiente.

Fue otra llama, aunque cercana, parecida.
En el embrujo hubo que destilar la vida,
y que caer, y despertar al alba aullando

de un dolor que no dolía, que era nefando,
que carcomía la herida, que hendía la sangre,
que dejando lasitud dejaba el hambre.
el brazo
poeta
el brazo
es tu única herramienta
no las falanges
tus cuerdas bucales
importan un carajo
el brazo, poeta
para que sostenga
tu mano
y en ella
coronándola
el mezcal

Uno escucha ciertas melodías como un regalo del pasado

No de otro modo. Suena el primer rasgueo de esa guitarra, y el alma se comba en cada hueso, vibra desde el más lejano de los nervios. El hombre recuerda que hace tiempo cruzó el país de la infancia, y recogió dulces frutos bajo el sol de mayo, que supo maravillarse en las tardes lluviosas de agosto, que tuvo un padre.
Entonces vuelven los detalles, desordenados. Se recuerda el viejo tocadiscos, los cassettes amarillentos de viejos, un par de libros. Pero sobre todo se recuerda la voz serena de ese hombre al que tomábamos la mano por la certeza de estar a salvo en este mundo. Uno se sienta, y cada nota, cada acorde, cada verso le hacen evocar cual si tuviera frente a sí, como si en ese momento volviera a tener la inocencia, la indiferente suma de nueve años sobre la tierra; ambos caminan por las polvosas calles, y mientras uno repasa la lista de deseos y de temores ante el futuro, el otro escucha, y piensa aunque con otras palabras que a nadie admirará tanto como a ese hombre entrecano, casi un desconocido, que le habla con franqueza y un cariño que lo envuelve todo. Se recuerda la tarde de un domingo mirando el valle. Ambos sonríen con frialdad, ya no entrelazan las manos, y sin embargo, el aprecio, la calidez, la paz hallada en el otro, persisten, y alcanzan para iluminar este recuerdo.

13 oct 2017

Esta culpa de no sentir culpa
romper la placenta de la noche
y abrazar, ilusionado, las trazas de animal
que en mí confluyen, pero castradas,
despojadas de su instinto de mandíbula batiente,
de su ancestral recelo por el hombre en tanto hombre,
y de su afición por desgarrar la carne, roer el hueso sanguinolento del deseo,
abrir la habitación donde se fermenta la memoria,
con la vaga certidumbre de ser otro,
de adentrarse en un espacio que no nos pertenece
y asir la culpa para arrojarla al fuego
saquear a la nostalgia, desordenar los muebles, los papeles,
aplastar acaso accidentalmente un insecto de nostalgia,
salir huyendo a tientas, receloso de la propia sombra
andar de puntillas sobre los restos
putrefactos del amor, arrinconados, acumulados
en un rincón de la cocina como restos de comida, como plato que nadie
se ocupó de enjuagar, de darle brillo, habitáculo de moscas,
arribar a la casa, hundir la nariz en la acritud de su perfume,
hundirse de nueva cuenta en el absurdo calendario, atesorar el polvo, la piel que se descama,
Hace días que vengo mascullando tu nombre
Que mastico sus bordes con denuedo,
Como royendo las orillas quemadas
De la tortilla dura que acompaña mi plato,
Y dudo, porque soy carne, porque soy nervio, dudo
Hace días que vengo mascullando tu nombre
Que mastico sus bordes con denuedo,
Como royendo las orillas quemadas
De la tortilla dura que acompaña mi plato,
Y dudo, porque soy carne, porque soy nervio, dudo
vas a quebrar mi corazón
y no yerro el verbo;
no has de romperlo:
como un hueso expuesto
quedará, como madera
ante la lengua helada del hacha;
vas a quebrar mi más querido
músculo de un manotazo
de desprecio, con la sutil
canallezca de tu voz
posada en otro nombre,
y me he de quedar pasmado,
con la espalda encorvada
a recoger el astillar
de mi madero corazón,
a entablillarle la quebrazón,
arrastrando el esqueleto,
la grasa corporal,
la lengua, para recoger
el salpicadero, la sangre,
los dolientes gimoteos,
no hay otro modo de decirlo, aunque suene repetido: algo de mí se ha quebrado lejos

y en esa quebradura, en ese insólito agrietamiento
se ha quedado con partes de mí,
piezas mías que aún apreciaba,
y debo confesar que estoy herido,
que caminar, morder una fruta, aspirar el aire
es poner los pies en el potro de tortura
y verse obligado a contener el grito,
a negar la confesión, pero es cansado
y no hay piedad heróica en ello;
no hay más, estoy quebrado, pero yo nací roto,
mellado en los bordes, dislocado en el nervio querencial,
sembrado de gusanos, y es por ello tan extraño
que ahora me duela esta rotura
y me agite los párpados y me anegue las cuencas,
y me orille al silencio tangencial de un condenado,
a mí, que siempre festejé las llegadas de los barcos
y las partidas de los amigos; a mí, que siempre
salí a buscar el abrazo de la noche
y ahora estoy, animalito herido, recluso en mí mismo,
en la madriguera carnal que me fue dada,
como tullido de las piernas del ánimo,
como arrastrándome por las esquinas
de esta casa labrada, de este respirar
y no saber qué significa estar de nueva cuenta vivo
yo te huelo, inconsciente (es inevitable);
pero no hablaré de este rencor profundo,
esta herida que escondo bajo la camisa
como un tumor o un pecado venial
en el corazón del domingo sacro,
con vergüenza, como apesadumbrado
de dolerme y sangrar, chivo en el umbral
del sacrificio a última hora de la tarde;
no diré cómo este malestar se me hunde
en la más oscura entraña, y hace saltar
ácidos gástricos, veneno y más de un remordimiento;

sálvate tú, yo me dejo tirado a mí mismo,
ebrio, amoratado de tanta caída, pálido,
deja que ese que no soy yo se desangre,
que no deje centímetro de suelo sin mancha,
porque yo tengo en la mano este pudor
de buscarte los ojos, de decir que hemos quebrado
cada cristal, que algo se fracturó el hueso
principal de la querencia allá adentro,
y no hay vendaje, ni lámpara que alumbre,
Camino sobre el siglo a tientas, azorado,
dolido en el tobillo y en la insípida bruma
de los días, que se escapa, lisonjera espuma,
al toque de mi mano; ¿qué carne, qué costado
habré llagado con mi lanza? Todo el horror se suma
y se retuerce en mi cabeza: algo habrá quedado
del que fuí, campesino, ladrón, feroz soldado;
algo habrá que en la ceniza me consuma
y me nombre en cada aurora como a un hijo;
no hay descanso, ni esperanza, quien me maldijo
vagará también por esta tierra, sumido él mismo
en la vorágine del miedo y de la sed, el eufemismo
para nombrar lo que ahora somos, el trasegar
entre la concupiscente carne, saciar el hambre, matar.
oquedad para el desvelo, cuenco para el hambre blanca de los canarios,
imposible tregua al pasado, fuego para la mano del que ha tomado el agua por bandera,
trémulo equilibrio para los ojos en la oscuridad, sostén a inercia;
sal de precipicio, umbral en que se muestra la descomposición de lo propio,
alfiler imposibilitado de hendir la carne, de reventar los fastos del onomástico:
hueso que se desbasta bajo el molar, el silencio abriendo la mandíbula, devorando todo
supongamos que naufrago en el desierto
que este paladar oscuro se traga
cualquier rescoldo de oscuridad, para espesarse;
que digo: el espejo de la noche abre su ojo
ante el asombro de los perros,
y no hablo del oceáno inhabitable
como excusa para enumerar sus virtudes
y sus profundas amenazas,
sino del antiguo terror que provoca
en el hombre una pupila mordiscada
por el león hambriento del glaucoma;
que digo flor abierta sin hablar de primaveras,
o aspirando el olor fragante del geranio,
que padezco el vicio de tocar la luz, de perseguir
su rayo para oscurecerla
que no hay otro reducto que la osamenta
y su dolor de siglos, sus engranajes dolorosamente
colocados bajo esta carne sin rugidos,
su extraña simetría de rompecabezas sin terminar,
y cada nervio, cada tendón, subyugados a su orden,
cada pulso de dolor conectado intímamente
a su astillaje, a su conformación de hierro,
y este palpitar de la dolencia en el bajo vientre,
este otro corazón que me fue dado, violento,
furibundo, arrebatado;
no hay otro motor, ni ancla para el viaje,
y es hora de emprender la retirada, el camino de vuelta
a la lejana costa del pasado,
a su paisaje de cuerpos incendiados,
de concupiscente lepra, de ojos abiertos,
enceguecidos, como el ojo monstruoso de la noche
Pero no basta hablar de amor, dolerse de ser hombre, salir a los mercados, exponerse
la poesía requiere sangre, cuantiosas ofrendas para ser saciada,
la juventud, los mejores años del hombre o la mujer,
la desbocada rabia o la implacable lucidez,
exige que sus oficiantes estén dispuestos
a saltar al vacío, o en todo caso, caminar sobre el filo
de los acantilados en que un paso errado
nos separa de caer al vacío o a una vida uniforme y gris;
la escritura requiere cuanto más que una novia posesiva,
no le basta que que a uno lo toque el dedo cercenado de la inspiración,
exige nuestra sangre cayendo a chorros, que se drene la vida por la pluma,
poco le importan suntuosos reconocimientos, fastuosos premios,
ventas colosales, o que consigas ser citado incuantificables ocasiones
en tarjetas postales, o mediocres páginas de literatura
a final de cuentas no serás sino otro que se atrevió
a empuñar una espada que le vino grande;
no, a la poesía le importa poco que mueras de amor
o de desolación por la tragedia del hombre
lo que le interesa, a fin de cuentas, es que cimbres
en unos versos esta tierra baldía,
que despiertes de su letargo a los fantasmas
este agonizar sobre la hojarasca de pasadas horas,
abrevar, extraviado, en los veneros de lo que se ha perdido,
coger una mueca y hallar más que gestos inconexos,
dejar la mesa puesta, con el aire del que abandona
la patria recién avasallada en la hora grisácea
del crepúsculo; coger las armas, la montura,
y congelarse con el ojo puesto en el paisaje anterior,
este rodar, lamer la herida del contrario,
este desangrar el miedo propio, arrear las bestias
de la nostalgia hacia el desfiladero;
este flotar entre el naufragio y la desgana,
hinchado, amoratado, putrefacto al toque del aire,
este hacerse estatua, romperse contra el suelo,
pasar entre las llamas, indiferente, mordiscar el lodo,
acuñar en el vaso del cráneo la bala o el acero,
y permanecer de pie, este ausentarse de todas
las sensaciones, de respirar y no saberse vivo
no niego la herida que me nombra
yo quería que comprendieses el caos en mí,
el extraño funcionamiento de mis engranajes, esta lucidez
que me clava las espuelas en el costillar,
este abrir los ojos, adivinar en el oscuro lecho
el madero bajo la carne, volver a sentir en el labio superior
el metal de los denarios; yo quería que tú supieras
cómo apaciguar mis bestias en el escenario,
que les hicieras restallar el látigo para mantener
su instinto a raya: porque van a destrozar cada mueble,
cada primoroso tejado, cada espejo; yo quería
que me entendieras: que nada tengo sino este incendio,
los molares del miedo sobre mi hombro izquierdo,
la angustia atravesada cual aguja en mi garganta,
que soy apenas nada sin esta lobreguez, sin los grises
de esta hora en que te digo adiós, que entre tus palmas
llevas cautivo el estúpido gorrión de mi sonrisa
este dolor agudo sobre el carcamal de huesos,
esta vorágine, esta hambre por escribirlo todo,
deshacer las formas cotidianas, escupir a toda
hora; esta sed no de beber, de mantenerse lúcido,
de cansar el cuero con la espalda quebrada
como cristal roto por un pelotazo de juventud
que corre desaforada para evitar la reprensión,
los platos rotos, este apalearse uno mismo
sobre el concreto de la desesperación,
de madrugada, a cualquier insoslayable hora,
en la más inesperada esquina, a la sombra
del más anodino de los parques, cual ofrenda
a la bestia atroz, descomunal del desaseado amor;
este azotar, eviscerada carne, habitante fugaz
de los congeladores, este abrirse de pulmones,
hender el aire con la lengua, y sin embargo,
este croar bajo la mesa, este palpitar de hojas
y antiguos pegamentos, este olor a lejanísima
imprenta, a cocuyo reventando sobre la camiseta
oscura de un mocoso, abrir la mueca y que sobrevenga
la carcajada fácil, gratuita, y sin embargo, esta sed
que no se apaga, que lo consterna todo
mira, toma mi beso asnal, esta correa con que ato la ternura
que no se vaya, que se quede quieta, paciendo el trigo
de mi tristeza; soba su lomo, anda, mira su crin hirsuta,
torneada por la brisa, escucha el crepitar de fuego
en el cristal oscurecido de sus ojos.
que nada quede en estas manos, empollando su caducidad,
tómalo todo, este hombro para sostener tu pena,
mi ojo y su relincho para cuando llegabas,
silenciosa y deslumbrante, toma esta voz, que no se quiebre
cuando salgas a la lluvia,
que no te toquen los relámpagos, ni te despeine el huracán,
toma mi libro de notas, vete ya, ve sin cuidado

Deseo


Oquedad en que se guarda, inquieta, la flor de la nostalgia,
escaño último del peregrino, remanso de fe, agua purificada al toque del sediento,
soga para tender al sol los aspavientos, el enigma de las horas,
eclosión nebular, casa de piedra, augurio de hecatombe,
nube en el ojo, convento lagrimal donde navegan oscuras mitologías
todo este resquebrajamiento de lo propio,
la inconsistencia, el cristal de lo que permanece roto en el umbral de la casa,
el polvo acumulado largos años, esta duda acechando tras la puerta, desvencijada, cubierta de telarañas,
esta indecisión de los nudillos por llamar a una puerta de cristales en astillaje permanente,
donde no habrá luz que permita mirar el rostro de su inquilino,
ni su mano vacilante, ni su andar a trompicones por los pasillos,
no dejará tampoco oír su nombre, Nadie,
permanecerá sobre la tierra, condenado, abisal, solo
Santa poesía, madre de Yeats, ruega por nosotros los escribidores ahora y en la hora de nuestra mala letra, amén
El abismo me toca las sienes o soy yo el que tiende la mano?
Con qué dedo, en la fractura de qué hueso,
bajo el cuidado de qué sanatorio de oscuras vecindades
me conjuga la lengua de mi sino?
Ahogado en el agua de qué extraña borrachera, en lo profundo de qué selva
me sostengo, pinchado de qué alfileres se mantiene suspendida mi cordura?
Como viento de abril llegó la muerte,
como sagrada carne a mi mesa de pagano,
yo la toqué con el filo mellado de los dientes, con la excretante lengua,
con la denodada ansiedad a flor de piel,
y heme aquí, moribundo, condenado a la supervivencia
Antes del tesoro, antes, mucho antes de la sangre
relucirá el acero, fúrico, sediento, su afilada lengua;
buscarás entonces la paz de las banderas, el oleaje
manso del mediodía, las velas apenas tocadas por el viento,
otearás el horizonte, a la espera de arcabuces y piratas,
esperarás seguramente el horror marino de otro siglo,
de un siglo pródigo en tierras violentas y desconocidas,
óbolo será el pasado ante las aguas del caronte,
imán para fantasmas, azogue sobre el cristal, reflejo.
Cortarás con el hierro lo que forjó la carne, abrirás la puerta,
impaciente, pero no habrá otra vastedad que el mar,
cuerpos de salobre manufactura, seres amorfos que tenderán la mano
raquítica sobre la esperanza, sobre el pecho henchido del amor,
el descuidado amor del musgo; su mano tocará la piedra hasta tornarla polvo,
juego de sombras sobre la sombra, agua empozada para el hombre y sus caballos,
este largo trasegar por la ceniza, recoger los abalorios del olvido con la lengua
pero el hombre no escribe sino para sí,
carcelero de sí mismo, perro, jauría,
espanto;
no escribe fuera de la línea del estorboso amor,
le da más peso, como una báscula atrofiada
adrede en sus mecanismos internos,
al escribir nos deja el lastre más pesado
luego de prometer la ligereza
profunda, su lengua conjura el odio
y lo ensalza con la mano
qué poco hay detrás de la palabra,
el hueco horizonte del silencio,
la promesa futil,
la soga en el cuello del que será ahorcado
y uno hace poco, abrir de nueva cuenta la torpe boca,
injuriar al indefenso amor, perorar en contra
de los valores más humanos, atacarlo todo
como bestia hidrofóbica, toro de lidia
destrozado desde la oscura boca de su cueva,
energúmeno, ciego, urgido de sangre ajena
terco, insiste, dice que es inútil la paz,
sembrarse en el pecho la exigua, la timorata,
la inocente, la desnuda esperanza,
la imberbe paz del hombre y sus demonios

6 ago 2017

Llamarte, desde las periferias del incendio, mordiscar tu nombre como un fruto cuando se tiene hambre. Que sea el silencio el que responda, que sea el eco el que devuelva, cada vez, tu nombre cargado de reminiscencias.
Te veo pasar, de largo, por la casa. Abres las puertas, las ventanas, todo lo reordenas. Todo lo toca tu oscura luz, todo lo derriba. Los malos sueños, los recuerdos. La paz recién hallada.
Me he propuesto escribir con mayor denuedo, con la angustia de otros días. Que nada me sea gratuito, escribir hasta que duela, hasta el horroroso fastidio, que se vuelva un suplicio. Y pese a ello, continuar. Recomenzarlo todo. Borrarlo todo, aunque parezca contradictorio. Erosionarlo todo para cultivar sobre el yermo las volutas de voz. 
He decidido dejar de escribir sobre el teclado. Volver a la artesanía del grafito y de la tinta como principio. 
Salgo de casa, busco, como en otros años, las bragas bajo la orlada falda de la muerte: la sangre escandalosa, el filo de todas las navajas. No sé si permanezca a salvo, ignoro a tal grado que desconozco la puerta de salida a la calle.


Otra noche, otra tarde, escucharás mi lamento; otro seré, aunque el caudal de sangre mantenga irrigado el jardín de los recuerdos. Diré tu nombre con el desenfado de quien nombra una calle antigua, donde alguna vez halló, tras la lluvia, una moneda para completar el pasaje de autobús, o como quien recuerda el chascarrillo que a otro amigo tocó pasar. 
Alguna vez dibujaré los contornos de tu sonrisa, y una espina me atravesará por los flancos del deseo, serán mis muecas quebradizas para entonces, seré más viejo y estaré a solas, rumiando por las calles. Todos sabrán que sigo solo, y estaré tan solo que más de uno pensará estás conmigo, compartiendo el pan y el frío en la misma mesa. 
Sucumbirán mis dedos a la tentación de escribirte, como entonces, cuando supimos saborear el lujo del nosotros, de ocultar las cartas con la ciega esperanza de que las encontraras; serán de otro tus entusiasmos, de otra será tal vez mi mala letra: habremos ardido, carbón, entraña de pino. Ahora, deja que me revuelva sobre la cama, empuñando en mi diestra el calor de tu recuerdo, deja que ladre otra vez a los fantasmas del pasado, igual que entonces, cuando te miraba huir hacia la ducha después de haberte amado; tengo que hacerlo, romper otra vez las escuetas cartas, pintar los muros de la casa, bramar, Asterión, en otra carne, mientras la destrozo, para salvarme de la devastación. 
Vienen por mi las horas nuevas, me arrastran, me conminan a abrir el pecho, dejar huir por fin las golondrinas que se acurrucaron en él desde el invierno de tu partida; pero me resisto, algo se ha perdido en mi que no sé explicar porque al perderlo lo he olvidado, y tengo un hueco tan grande entre las manos, que ya no sé distinguir entre tu talle y la parte de corazón que me hace falta.
Este que soy, este animal salvaje, esta bestia, aúlla, inunda la noche con su lamento, pero sólo tiene frente a sí a la nada. 
Díganle por favor que calle, que deje en paz este insomnio de luces apagadas, este morir de ojos abiertos, en el fango de la migraña.
¿Cómo te digo que me arde el deseo
en la boca del estómago,
en la oscura planta de mi bajo vientre,
que no hay hora, ni día, ni minuto
que valga la pena mientras te espero
sin saber la hora de tu llegada?
Cómo decirte, dejando de lado las palabras,
que me palpita el ojo izquierdo de aguardar
por un atisbo tuyo, así sea mínimo,
así sea el rumor de tu perfume asomándose
en los barrios marginales de mi angustia;
que se me descompone la carne
del corazón encabritado, que no hay cosa
que pueda asir con las dos manos
sin que se caiga a medio camino,
sin que me abrase al sospechar tu nombre,
que la tarde se consume como un cigarro
en la playa de tus labios carmín,
que todos los sitios de mi voz
son sitios comunes, sosos, inocuos;
cómo explicarte, haciendo gala del silencio,
que todo a mi alrededor se torna de agua
pero no alcanza a inundarme las cuencas,
que no hay escopeta suficiente para salir
a cazar las bestias de mi alma, ni ganas
de ayuntarse a una mujer extraña,
ni camisa de fuerza para contenerme
cuando en medio de la noche, a mitad de todas las cosas
salgo a buscarte entre los precipicios

que no hubo horizonte para el halcón del deseo

dejaste que todo partiera y te partiera,
que dejara tras de sí su estrépito de hojarasca,
de ramas que se quiebran bajo el paso
titánico de las horas, y luego de sangrar
volvió a crecer en ti la mueca adusta
y la bienvenida recelosa, pero la puerta
se mantuvo abierta, chirriante en sus goznes


no hubo helada, ni veraniego ardor que alcanzara
a llevarte lejos de esa cueva,
todo se perdió a lo lejos, todo lo arrastró
el vendaval de los días; todo lo mordiscó
el perro hambriento del desvelo;

hemos tendido la mano, el brazo, para que otros
lo mordieran, para sentir la sangre bullir
fuera de sí; porque no hubo horizonte
que alcanzara a alimentar el halcón del deseo,
ni bisonte en la estepa salvaje
paciendo, nostálgico de la manada,
anhelante de ese temblor de tierra
bajo la pezuña multiplicada, incontable
como incontenible, y el bisonte con su carne
de antiguo mamífero retozando en solitud,
mugiendo ante la herida ausente;

hemos arrebatado al mundo el ramaje,
el pasto seco para encender la hoguera
en medio de la noche helada,
para dejarse acariciar por el cuerpo de mujer,
la lengua amante de la flama,
y al alba pisoteamos los restos de su ceniza,
último rescoldo de su ardiente beso

pero, acaso somos otra cosa que hombres,
seres truncos, plagados de carencias,
desorbitados en la cuenca lagrimal del ojo,
rencorosos perros que aullan orillados
en las carreteras, hambrientos, lastimeros;
qué otra cosa, amasijo de carne y sangre,
hueso herido que gimotea para saberse
vivo; nada, apenas hombres, minúsculas
representaciones del polvo de la historia,
receptáculo de terror, hijos de la desesperanza;
nada, apenas diminutas formas de albergar
el caos, anhelantes de su infausta gloria;
pero no podríamos anhelar otra cosa además de la caída,
este crepitar de huesos, el trepidar de potros
sobre la espalda, ser un tanto mayores, alcanzar
con la punta anhelante de los dedos
la última repisa de la alacena cotidiana,
el amor, esa bestia escurridiza, cuando menos

Algo más, otro anhelo que despierte el motor secular
del corazón, que tocar a la bestia mitológica
así sea con la yema última de mis falanges

en el centro de la pesadilla resuena tu carcajada





es esta calle, el rumor de su oleaje de concreto,
el punto de quiebre entre la noche y este brazo
dormido en el último vagón de la madrugada;
el terror, los túneles hambrientos que se alejan
sin pañuelos blancos, augurio de sequía;


uno muerde el polvo, envejece: en la lucidez comprende
que su trastabillar pende sobre la vela
ardiente del ridículo, que nada hay ya que valga la pena
sostener con la gallardía, el orgullo de un cetro,
premio recién cobrado por la caza del animal
mitológico del amor; que ya no le valen los escritos
donde hombres hablaron de arrojarse a la fauce
de los leones del enamoramiento, que es pueril
cortar la flor, y tenderla a la inexistente mano del azar,
luego de cargar con su cadáver largos minutos,
atenazado por el sol y su calígine, a la espera
de una mueca, de un signo de admiración
en un rostro ajeno, cotidiano, pero que a fuerza
de atragantarse el organismo con píldoras
de azucarado cariño a perpetuidad, de haber
devorado sin quitarle las espinas, la ambigua idea
del amor, a fuerza de haber bregado en esa
agua oscura, en ese fango delicioso, uno termina
por hallarle, arqueólogo, el más hermoso rasgo
en el bamboleo errático de la sonrisa,
o en el estrábico ojo de su pasado...

24 mar 2017

he imaginado las flores de mi tumba, la ceniza
primigenia que adornará mi ausencia;
no otra materia, polvo desastrado me contiene
soy la suma de mis horas atado al talón de la deriva,
la sangre oscura de mis manos,
el cordero que marcha sin serenidad al altar del holocausto

22 mar 2017

Contigo hablo: con la sólida palabra de tu boca.
No hay vacío en el silencio, hay interpretaciones.
Pero yo no sé traducir las palabras que se aquietan,
que se anudan en el cúmulo de horas y largos días,
ignoro la trasmutación de la palabra.
Tal vez pueda decir en mi defensa lo siguiente,
mi mísera palabra, carente de ornamentos,
cruda como un cadáver al medio día,
opaca, deslustrada de adjetivos, simple:
no hay más que el trasegar de una bestia por la casa,
a la espera de una presa, o la caída de los muros,
jadeante, recelosa, hambrienta, la famélica bestia
hurgando por un hueso, el más leve jirón de carne;
no hay mucho por decir, sinceramente, que el agua
me llega al esternón, y busco el desgarre,
la mandíbula de tu presencia que descoyunte el hueso,
que haga brotar la sangre, que abra los precipicios
para la caída, la impaciente y anhelada caída permanente

18 mar 2017

Réquiem I

Por las interminables horas disertando sobre nada,
por el cine compartido, el alcohol que iluminó la casa
en tus visitas, por el sitio que ocupabas, por la escasa
aunque feroz divergencia cotidiana, por la añorada
vuelta al terruño detestado, por la locura de 'la raza',
por los barrios míticos que te forjaron, por la esforzada
subida al Sinaí particular, por las largas caminatas
compartidas del insomnio, por el fuego que te abrasa-
ba el pecho, por los velados fotogramas, el inexperto
pulso ante el paisaje, por el afán de cocinar historias,
por el delirio y por la tarde en que el fraterno juramento
pudo darse: diez años pasarán sobre nosotros; la gloria
o el infierno habitaremos. Más han pasado, y ahora cuento,
que si partiste, perpetua y terca te retiene esta memoria.

 II
Vendrán los callejones, repetidos, a nombrarte;
dirán, 'aquí posó su escueta huella', y sin embargo
habrán de olvidar el rostro tuyo. En el amargo
vaso de la tarde habrá pomelos. Quien abarcarte
quiera deberá cruzar el fuego que cruzaste,
las largas noches y los interminables días
de tu calvario. Fuego y pincel, telas, gubias,
prensa, tinta, papel, el verdugo que forjaste.
Las calles recorridas, el alcohol, aquel poema
que escribiste, consternado; las cartas escritas
por tu mano, y por ella arrojadas al fuego;

el horror del insomnio, y tras el procaz enigma
del breve sueño, el horror, las contraídas
deudas con el abismo. El inagotable juego.

III
Ahora mismo hago el recuento de la música
tuya, el soundtrack necesario en tus oídos:
britpop primero, metal, más de un corrido,
nirvana era infaltable, the cure, la tropical
allá en el barrio; rock urbano y progresivo,
rupestre aciago, Julio Revueltas, bíblica
colección la que guardabas. La cuca,
El Haragan, y Lacrimosa. Cornelio y Silvio
algunas veces. El rap, los balcanes, hasta el glam,
los armadillos. En otro altar cupo Hector Cárdenas
y su mezcal matutino en 'el descanso' compartido.
La carcajada y el estruendo, el albur era el imán
para el festejo carnalesco en todas las cantinas.
¿Quién cantará que para siempre te has perdido?

 IV
Otro mezcal degustaremos esta noche.
Nos hemos exiliado de la luz diurna,
de sus agudas extensiones: la luna
y el fuego en candelabros. El fantoche
espectro del pasado, serio nos acusa;
hemos vivido al borde, sin reproche,
con la duda en la quijada, el descorche
en el ocaso y el pellejo en la difusa
hora del relámpago. El largo enero
que nos guarda se eclipsa ante la nada.
Otra noche será bebiendo el desespero
de esta vida: la memoria, mujer brava,
viene espoleando el tímido sosiego.
Vuelvo a posar mi mano en esta llama.
déjenme decirles, estimados
que la noche se acerca, pero eso lo saben
muy bien, que es la más elemental de las lógicas
y un recurso pobrísimo para engastar renglones;
no, lo mío es cosa aparte, mi pecho está abierto
como zaguán de casa antigua, abandonada,
que la lluvia se posa encima suyo y lo renueva todo,
todo lo lava con su mano líquida de falanges incontables;
vuelve a brotar el musgo en sus rincones, el líquen
de las horas dedicadas al desespero, vuelven a corretear
las ratas por los pasillos, despierta la polilla en la entraña
de su madera adormilada; pero más importante aún:
vuelve a sonar el trino temeroso de un ave migratoria
en su paso por el llano; algún clavo se olvida
de cumplir su tarea de estático soporte, y deja caer
alguna viga con estruendo
pero vuelvo a mencionar la lluvia: tras su paso
las jacarandas se desnudan, me colman el patio
con los restos de su vestido floreado,
y no hay cuerpo, ni hueso, ni piel que alcance
a soportar tal golpe de belleza, esa violenta interrupción
de la primavera sobre los párpados

16 mar 2017

Creo que he envejecido inexorablemente. Algo sucedió entre el primer trago de mezcal y la última cerveza de anoche. Corrijo: algo ha venido sucediendo desde el segundo sorbo de alcohol, que no había percibido. Algo, turbio y sigiloso ha venido creciendo a mi interior. Otro igual a mi, pero mesurado y timorato. Me insta a guardar las botellas que en otro tiempo se habrían vaciado escandalosamente, me dice 'guarda para después, para tiempos memorables, colecciona'; y ahí están, acumuladas, las botellas de extraños licores y sorprendentes mezcales: intocadas, polvorientas.
Apenas se descuida, cojo un par de botellas y salgo a buscar algún amigo para escanciar el licor, ponerlo a salvo en mi garganta. Así recorro bares, fiestas, recitales de poesía: desaliñado, sucio, pestilente. Hasta que despierta y reclama mi presencia y la botella faltante. Le sonrío, socarrón, y cierro los ojos.
Bien, no todo está perdido, peor sería que me instara a verter su contenido en el desagüe, a renegar de todo el alcohol posible. Tal vez alcance a degustar los añejos que en mi adolescencia ambicionó el paladar y a los que la sed evitó la maduración.
No digo mucho más, el otro duerme mientras afilo la cuchilla.
a fin de cuentas se trata de eso, 
de abrazar lo áspero, lo que de espina
tiene el trasegar de los días, lo que de roca
afilada pueda tener el viaje, la distancia;
Hay días así, que hacen falta las palabras,
la más elemental de las fonéticas
en el salto perpetuo a las fauces del vacío,
para gritar un nombre, la más fina hebra de cordura,
el mas leve atisbo de horizonte despejado
en esta bruma que cubre los ojos, las manos, todo;
y uno está, frente al polvo, tratando de recordar
sus oraciones, ebrio, violento, rencoroso,
oficiante de la escuálida tristeza,
cabizbajo y taciturno,
receloso del espejo, lastimado en el amor ajeno,
grotesco, avergonzado de sí mismo,
ornamento de las horas,
sangre y nervio, carne hecha jirones, bulto al agua,
todo este boxeo de sombra,
la carótida que colapsa en el cenit,
atrofiada de memorias,
esta persecución de bestias interiores,
este tropezar con las estalactitas 
que acoge el torax hace eones,
la salina descomposición que les da forma
y en cada partida las acerca, afiladas,
al pulmón, a las arterias, a obstruir
el desgarre bucal; este desierto,
las formaciones rocosas en la espalda
erosionada por el sol y por el hielo

todo este deseo acumulado, henchido de perros
bravos, esta herida permanente en el costado,
este paso trastabillante por la penumbra
de la casa, esta mano desarmada,
este mordiscar las horas para salvarse
de la inanición, para no abrazar la cordura
no habrá metáfora que describa
el lento trasegar del mecanismo,
los fuelles del corazón. no hay palabra
que describa el vuelo de un ave
transparente y oscura
(corta su pico el aire del verano, dardo
envenenado, hacia el infinito
-yo sé que caerá antes de alcanzar
su objetivo-)
la caída del agua en los confines del universo
es un paisaje imposible, así
las púas que coronan esta sangre de gigante
maduran los frutos en el aire,
con el pavor de la caída.
silenciosos, desafortunados
así caigo, estruendoso,
hielo que se deshace
en el corazón de la tarde
Soneto XCIX
¿He de volver a ser materia viva, este conjunto
amorfo de entropías, la misma sangre y el cúmulo
de fuegos que mi ser consumen? ¿Seré el lúpulo
o la cizaña que inunde el campo, el nuevo difunto
de futuros días, habré de ser otra vez roca, nulo
follaje, o el andamio de un castillo? ¿Qué, pregunto,
habré sido en otras horas? ¿La carta sin asunto,
que habló de amor, el enemigo al que estrangulo?
Si he sido polvo humilde, si hierba altiva, torpe metal,
¿importará a la postre, a los escribas, al infinito
paso de los días sobre los días, hará mella fatal
a lo que he sido y lo que malamente llevo escrito?
¿Será mi huella, visible entre el extraordinario panal
del universo, o me devorará la nada, el infinito?
Aunque vengas mañana
en tu ausencia de hoy perdí algún reino

CPC
no me salves, poesía: apresura mi caída,
muerde mi carne, desgarra con tu tímida furia
cada jirón, cada músculo expuesto; rómpeme
los huesos; poesía: arrójame por el desfiladero,
que nada mío quede sobre las piedras,
que no haya humedad malsana fermentando
el oscuro cuchicheo del recuerdo.
Que nada te lleve a colocarme un nombre
y una fecha, poesía, que todo lo que ahora
me nombra vuelva a abrazar su condición
de perpetua ceniza, de polvo destinado al polvo
Aquì estoy, poesía, atizando la lumbre de tus ojos,
con la piedra en la mano apunto a tu ventana,
ya he rayado tus paredes de antigua catedral,
bebí del vino que usaste para santificar la noche
y sus escombros, el agua que usaste, poesía,
para salvar al hombre de su cordura, el agua
con que hiciste brotar el insomnio de la humanidad
para que viera su caída: pero yo la he derramado.
Aquí me tienes, cerrado de palabras, ciego, desnudo
desde el talón hasta la lengua, rogándote
que me desgarres, que no me sueltes
aunque el alba se llene de quejidos
Me duele más la muerte de un amigo que la que a mí me ronda

JS
este andar castrado, desangrado por la calle
mordiendo el polvo, las esquinas del sosiego;
este montar la yegua del desespero, enmudecido,
abrazar las baldosas, lamer el fango,
mirarlo todo, marchándose, a todos,
con el tropel de las palabras anudado en la garganta,
este querer decirte que te quedes, que conjuremos
para siempre la distancia, este querer coger la mano ajena,
prometer lo imprometible, urdir una mentira piadosa
que vuelva a salvarlo todo de la caída,
este buscar maderos para el salvamento,
asir los brazos con la nada, hacer el equipaje de la ilusoria
tarde que se aleja, este querer gritar su nombre,
decirme desde mi boca 'no te vayas', volver los ojos,
entornados, a la límpida tarde del deseo,
abrazarse a la ternura apenas descubierta,
este decir que algo hace falta en el pecho,
este silencio contundente como el mazo de dios
sobre mi lengua, este morir a solas, sin mi voz entumecida
Pero quién, en qué hora malsana puede,
despojado de sí mismo, sin pie de duda,
llamarme por mi nombre, decir que se acerca
el gran ignorador, quien todo lo ha consumido,
quien ha muerto en cada ocaso, a cada instante,
yo, el gran insolente, que de todo ha escapado,
que no responde a recuerdo alguno, 

que nada ha guardado en el cuenco de la mano,
que todo lo ha perdido, que se ha roto la voz
en los meandros del fango y de la noche

Bien, alta es la noche y larga la caída de la carne.
Es hora de aceptar que no hay críptica palabra,
la claridad del agua, poner a un lado, sobre la mesa,
las elucubraciones, el ideal:
hay que salir a la calle, abrazar la locura.
Fuegos que no incendian el ojo,
qué necedad calentarse en ellos,
qué obtuso el deseo de reducirse a ceniza,
entre sus lenguas.
Hay que aceptar la claridad, abrevar
la savia amarga del mensaje
que sin remitente, grita el nombre propio

y esta indefensión de espíritu, este bogar entre los días,
madero entre las olas, inútil para salvar el más escuálido
cadáver de un naufragio, esta certeza de estar de brazos abiertos
frente a la tempestad, el pecho abierto, tembloroso
a las saetas enemigas, esta certeza de irse extinguiendo,
de precisar más que una mano, este asistir al lento funeral
de mi osamenta, este mirar parsimonioso la caída,
el inexplicable derrumbamiento de la casa

3 mar 2017

noche en una casa a oscuras

pongamos las cosas fáciles:
aquella mano que cogió mi mano
toca otra espalda en esta hora

otro aliento le roba el aliento
a la boca que besó mi boca
otro paisaje deslumbra el sol
que en otras horas iluminó esta senda
aquel sudor que compartimos
lo sudan otros cuerpos
pero esta mano, esta noche
insiste como siempre en recordarte
cómo te digo, uno sostiene la nostalgia
como una bandera ondeando al sol,
muchachito bien portado, merecedor
de altas notas en el aula de la decadencia,
abanderado en la escolta de los perdedores
firme y bajo la lluvia de los recuerdos,
uno espera la orden marcial,
el verso redoblado y el paso a la ebriedad
la nostalgia, manta descolorida, ondea
sobre todas las cosas, lo eclipsa todo;
este largo conversatorio a solas
es el himno que le cantan las golondrinas
a un paso de la partida inminente

queda vino en la despensa, melancolía

el acero que esgrimo para combatirte, hija de perra,
el fuego que alimenta la forja de mis heridas:
no podrá tocarme tu beso rutilante


largo, largo, estoy en mi barcaza, 

he cogido un pez enorme;
lo devorarán los tiburones,
pero te habré vencido

cerveza, desayuno de campeones

hay días así, uno se pone en pie después de un par de horas
de mirar el techo, esperando a que se abra la llaga luminosa del día,
y sin embargo, afuera tiende su húmedo señorío la niebla;

pone los pies en el suelo y se congela todo, pero se corre a buscar
el frigorífico vacío, mientras la cabeza le da vueltas a una vaga sensación
de abandono, esa extraña sensación de haber perdido una parte
sustancial de mí mismo, de haber sido abandonado en paraje desierto,
sin agua ni cayado, ni flor para el sustento, este obligatorio vagar
mis cuarenta días y cuarenta noches por el yermo,
abandonado, ya lo dije; este volver a ser el huérfano propio,
abandonado a las puertas de un convento en ruinas,
sin dios ni loba compasiva que se apiade y lo amamante

es cierto, el estómago está vacío desde la tarde, 
podría decirse: es el hambre. Yo sé que es el hambre
pero es la duda la que reclama ser saciada,
el deseo romo de saberlo todo, de tener en la mano 
y sobre la lengua todas las respuestas que exige el cuerpo;
todo este desvarío se gesta desde el hambre,
esta necedad de abrazar la lucidez, el fuego, la muda palabra
el temblor en el centro de la ciudad, la simple melancolía
de respirar, de abrir los ojos en el centro de otro espejo

Ciudad Resaca les da la bienvenida


Era el letrero inaugural de mis dieciséis; aún era una ciudad pequeña, amable en sus avenidas. Sin embargo, como toda ciudad, debió crecer, desarrollar la industria, los servicios básicos y el abastecimiento popular sin olvidarse de las obras de drenaje. El tráfico creció con ella. El crimen y el terror.
En algún momento aprendió a ofrecer delicados espejismos a sus visitantes. Por lo general es una zona de guerra, plagada de cadáveres, trincheras y cráteres dejados por obuses enemigos. Si miras al horizonte, a cualquier horizonte posible, es más que probable que alcances a ver columnas de humo elevándose, y que un olor a sangre te llene las narices.

la noche llega y sirve el primer trago

de amargo insomnio, de calles que se escurren bajo mi pie,
de autos fantasma estacionados en la esquina de los manicomios,
de faros apagados, de obscenos neumáticos henchidos;

llega la noche con sus faldones de domingo
a posarse como un ave oscura sobre mis ojos,
a desordenar mi pelo y mis papeles, a uncirme con el lodo
de su beso, hijo mío, me insiste, tuya es la tierra,
tuya será cuando, inmóvil, la dejes abrazarte,
se te llenen los ojos de mansa podredumbre, de recuerdos
que sean humo, de hambrientas larvas (preludio del insecto)

tomo mi copa, bebo el amargo licor del desamparo
miro a los ojos amarillentos de la noche, algo brilla en mi ojo
izquierdo, como luz que precede al desvanecimiento,
como tormenta que se posterga indefinidamente,
como hombre que se acoge a los designios de la borrachera,
que naufraga en un par de caderas turgentes, en un vientre
cálido y pasajero para simular el antiguo ritual de perpetuación
para la carne y el espiritu; y no hay hombre a salvo de tales
execraciones, ni cueva en la que dejarse morir de hambre y sed

la noche vuelve a servir un trago de pastoso licor que huele
a cuartos recubiertos por el polvo y por el moho,
a habitaciones de hombre solo, a caos, a fauce recién abierta,
a nombres emborronados, a carne que se confiesa
sola, necesitada de otra mano, de otra voz para arrear
los caballos salvajes de la desesperación

Uno se abraza al deseo, a las fugaces cosas del delirio

porque se está, envejecido y solo, enloquecido y roto,
indefenso desde el pecho hasta el talón aquíleo,
abierto de brazos como dique abierto, dispuesto
a inundarlo todo con la sangre; por eso abraza uno
el delirio y sus fugaces rosas, como a hijos ciegos
les prodiga sus cuidados, a tropezones, a desaforadas
dentelladas. Porque la carne se hincha bajo el agua,
porque no hay modo de hacerse salvo, lleno
de humillación y rencorosa palabra, carnívoro
y lascivo, hijo indeseado de la madrugada,
perro de presa, carroñero.

¿y el deseo y sus espejos empañados, en qué mercado
hace su despensa de cuerpos desvecijados,
de manos, piernas, espaldas sudorosas,
de corazones desenvainados, palpitantes
como espadas en una guerra perpetua sin vencedores?