19 nov 2017

Uno escucha ciertas melodías como un regalo del pasado

No de otro modo. Suena el primer rasgueo de esa guitarra, y el alma se comba en cada hueso, vibra desde el más lejano de los nervios. El hombre recuerda que hace tiempo cruzó el país de la infancia, y recogió dulces frutos bajo el sol de mayo, que supo maravillarse en las tardes lluviosas de agosto, que tuvo un padre.
Entonces vuelven los detalles, desordenados. Se recuerda el viejo tocadiscos, los cassettes amarillentos de viejos, un par de libros. Pero sobre todo se recuerda la voz serena de ese hombre al que tomábamos la mano por la certeza de estar a salvo en este mundo. Uno se sienta, y cada nota, cada acorde, cada verso le hacen evocar cual si tuviera frente a sí, como si en ese momento volviera a tener la inocencia, la indiferente suma de nueve años sobre la tierra; ambos caminan por las polvosas calles, y mientras uno repasa la lista de deseos y de temores ante el futuro, el otro escucha, y piensa aunque con otras palabras que a nadie admirará tanto como a ese hombre entrecano, casi un desconocido, que le habla con franqueza y un cariño que lo envuelve todo. Se recuerda la tarde de un domingo mirando el valle. Ambos sonríen con frialdad, ya no entrelazan las manos, y sin embargo, el aprecio, la calidez, la paz hallada en el otro, persisten, y alcanzan para iluminar este recuerdo.

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