Yo vine a hablar de lo que urge,
de las puertas que por descuido
o inocencia dejé abiertas en el pasado,
de las ventanas que apedreó
la grosera mano de la ansiedad;
yo venía para hablar de la sed
que anida en estos ojos cada tarde,
a cada hora, en cada parque,
de esta exagerada frase que es
mantenerse a flote, cuando apenas
con dificultad uno es capaz
de mantener la caída, el ahogamiento,
la zozobra en el lomo, rasgueando
el cuero como uña de gato,
sangrándolo; yo vine a dialogar
con lo corriente, con la muerte cotidiana
de cada instante: con el pecho abierto,
con la mano tendida, a tientas
por el ojo que se me fue cerrando
en cada tropezar sobre la brasa,
hurgando entre el fango y las espinas,
sabedor de sí mismo, que es decir, de nada;
yo venía dispuesto a herir el fuego,
a humedecer el agua, a oscurecer la noche,
pero mi mano aún dibuja su reflejo
en el azogue del cristal, mi ojo brilla
en el ojo de un animal hambriento,
y esta voz, este alarido, esta garganta,
esta ronquera de hace siglos
posada como un gorrión o ave rapaz,
enjaulada, mostrenca, taciturna,
derrotada, que ha puesto ya su bandera
sobre el polvo, que se inclina,
que pese a mi rabia, no para de astillarse
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