19 nov 2017

Porque mi corazón te huele, escribo.
En la distancia ardes hermosamente:
el eco de tu brasa ilumina estas líneas.
Y yo, que soy torpe para aguzar el oído,
comienzo a escuchar furiosas melodías
si alguien, en el descuido, llega a nombrarte.

Porque mi carne se deshoja, anclada
en un otoño interminable, escribo.
En el cuenco de mi mano guardaré, siempre,
la ternura de tu nombre, el crisol
en que fraguamos aunque oscuramente
la flor que nos dió nombre.
Vuelvo a nombrarte, a recorrer la sierra.
Otra vez, los crótalos huyen a mi paso,
los árboles se mecen al vuelo de tu falda.

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