No hizo falta mucho, entender que en cualquier parte del mundo una brasa lleva tu nombre, que basta la brisa más suave para reiniciar el incendio; saber que cualquier paisaje guardaría las aves de tu recuerdo, y en su gorjeo matutino izaría sus velas el deseo. Subir a las azoteas y saber que cada ciudad, cada ranchería recién descubierta es anclar de nuevo en el mundo, hacer un hueco donde quepan la maravilla y la sospecha de un terror futuro donde la última calle se bifurca hacia la noche y hacia tu ausencia.
Mirar las fotografías tomadas en otro tiempo, antes del cataclismo, y aspirar el olor añejo de un paisaje urbano, de luces parpadeando en el horizonte, de vías abandonadas, de hoteles en mitad de la nada donde travestis buscaban el amor traducido en algunos pesos, de la noche vista desde almenas parecidas a tanques de agua universitarios, fumando el desasosiego, y entre todo ello, el otoño y su tapicería de hojas, tu labio por fin anclado en mi labio. Llegar siempre al mismo punto, anhelar la inexistencia del quiebre, inútilmente.
Recorrer, de memoria, los teatros donde tomaste su mano, aspirar el olor a cuerpo recién salido de la ducha, sentir en el bajo vientre crecer las ganas por enfrentar a sus demonios, salir derrotado. Escuchar, entrecortado, lejanísimo, un saxofón en mitad de la noche, vernos a ambos en un auditorio a cielo abierto, ambos tratando de asir la eternidad en una fotografía, en breves recados escritos espontáneamente, ambos mordiendo los frutos del incipiente invierno, el saxofón excitado resonando, entrecortado, en la lejanía, insistente aunque vago, una guitarra que evocaba las fluctuaciones violentas del agua a la orilla del mar, ambos sentados al borde de la cama como si estuviéramos al borde de un acantilado, leyendo los panfletos cristianos que la dueña de la casa comenzó a obsequiarnos cuando nos vio salir a su patio por tercera ocasión.
No hizo falta mucho, descender de un auto varios años después en el mismo sitio donde se fraguó el preludio de aquel primer beso en un puerto que desconocíamos y trató de engullirnos, guardar las fotografías de esa noche, inocentes, como la mala música de las estaciones radiofónicas, como la nostalgia. Poner los pies de nuevo en esa tierra, recordar la tempestad que nos recibió aquella tarde, aspirar hondo, simulando un bostezo, y sonreír como única respuesta ante los disparates del azar.