26 may 2020

Estaba comiendo frío
en una ciudad ajena
lo mismo cual un navío
encalla sobre la arena

silencio había, calle serena
y nadie entre aquel gentío;
oí a lo lejos "tuyo es lo mío"
y sospeché a la gangrena

pero estaba mal, equivocado
era mi muerte con fiebre
y maneras finas de abogado

corrí, pues, cual una liebre
en páramo despoblado
pero a salvo, ebrio, alegre

hemos ejercido, supinos, indolentes
con la más soberbia abyección
nuestro triste derecho a la idiotez
en su nombre saltamos precipicios
ondeando su bandera de papel
nos internamos en la oscura fauce
del delirio, a tientas recorrimos
cuerpos ajenos, naufragamos cada noche
cuánto hemos vertido en su nombre,
disfrazándolo con palabras elegantes,
colocando en su testa oropeles
nuestras acciones no han sido sino
fastuosos cuervos con alas doradas

El otro (otro fragmento)


en el patio de la casa recoge perdigones
o semillas de una guerra pasada;
asombrado desentraña el vuelo de los cuervos
y huye cuando el horizonte ofrece nubes de tormenta

viejo enemigo, ronda los pasillos abandonados
con el cansancio a cuestas
¿qué ha sido de él, en ese porfiado laberinto?

algo mío se quedó con él en esa casa:
el vago horror a la oscuridad,
la angustia plena de estar envejecido,
y dos o tres certezas sobre la angustia

Que sea posible el mar, que venga su ola.

Que sea posible el mar, que venga su ola.
Que llueva y la suave margarita me deshoje.
No tengo abril perdido, o invierno mi voz recoge.
Sostengo apenas, viva, mi palabra: caracola.

Yo he buscado la fragua que en mí forje
el hierro del dolor, la cicatriz, la herida sola:
un anhelado nombre de mujer (Fabiola),
su beso frutal, la gracia de su larga noche.

No bastan parques, tardes, avenidas, ni el oleaje
de su risa: en cada encuentro yo crepito
como brasa final, y soy hielo, y me derrito

sin más defensa que la voz y que el paisaje.
Ya he rendido mis armas todas, sin saberlo.
Ya he soñado este incendio, y he de arderlo.

me pregunto
si he de volver a verte
enarbolando tu sonrisa
-frontera del ensueño,
guiño a la incompleta
eternidad-
en aquel parque imaginado

si bajo la sombra de sus árboles
[del trueno
ha de brotar la luz
y de ella tu silueta

qué silencio ha de rodear tu aroma
en esta ausencia sobrepoblada
de nostalgias
en este obligado descanso de tu nombre
ahora que llueve con puntualidad
sobre esta tierra
y las águilas dormitan al abrigo de inalcanzables
[afiladas rocas
y la ajena piel se recoge
como un ejército vencido
a las afueras del invierno

El otro (un fragmento)


arrellanado en una banca de madera,
el otro mira caer la lluvia sobre el patio trasero de la casa
lo embelesa el sonido del agua al golpear
contra la gravilla del suelo y las tejas
que resguardan el lavadero y su tanque siempre sediento

alguien le ha hablado de los fantasmas
que rondan el espacio abierto de la calle,
del espíritu de un niño nonato que juega al escondite
entre los limoneros del vecino

pero él sólo ansía la floración de los dos guayabos japoneses
y la llegada de sus frutos rojos:
recuerda, salivante, la dulce acidez en el cielo del paladar

Abandonado hace siglos, se embelesa con el sonido de la lluvia
sobre los confines breves de su reino
luego cierra los ojos y atravesando
los recovecos del sueño y el delirio
me mira como quien ve a su verdugo y a su víctima
con la sobria indiferencia del que ha vencido a la desmemoria

Soneto XXVIII


¿dónde están mis fantasmas ciegos,
el otro, que me perseguía día a día,
el dolor de haber salido vivo -¿moría?-
pero a solas tras la trifulca del amor?

¿dónde quedaron las espuelas que
mi carne hendieron, ahora que la
carne sigue huyendo? ¿en qué agua
saciar la sed, en qué lejano estanque?

¿este caballo corazón ha de agotarse
como una flama vieja que se aquieta
o ha de buscar la roca, el acantilado

sobre el cual ofertar el holocausto pese
a sus huesos? ¿lo abrasará la inquieta
vida, o se llamará cobarde, humano?

Un epitafio para Macario


he sido yo, y nadie más
mi mandíbula hambrienta
mi paladar delirante
a la sombra de este bosque

no hubo dios menesteroso
que tendiera su mano enferma
en exigencia de una pretendida piedad
ni orgulloso, petulante demonio
que quisiera seducir mi hambre
mi obsesiva carga por décadas
tampoco la muerte y su sonrisa terca
llegó al festín con tiempo
nada le he ofrecido para sobornarla
nada me dió a cambio
ninguna maldición, ningún ensueño

a la sombra de este bosque
mi paladar delirante
mi mandíbula hambrienta

he sido yo, y nadie más

ya lo había dicho
este animal
que me persigue
que pasa su lengua
por el centro de la llaga
que en su fauce guarda
el recuerdo imperfecto
de cada herida acumulada
este animal
es todo lo que tengo
para herir al olvido
es mi acero mellado
mi única defensa
y mi único veneno
lo que recorre
y carcome
este enredo de sangre y desasosiego

este amasijo de palabras

este amasijo de palabras
bien podrían ser mi corazón
pero estoy lejos de la metáfora
y muy cerca del deseo
-peligrosamente cercano-

afuera el frente frío se empeña
en humedecer paredes y callejones
empaña cristales consigo trae el silencio
la placidez del entumecimiento muscular

yo trato de poner en palabras
una débil declaración de impuestos al fuego
pero soy cobarde
ardo en circunloquios
en cansinos preámbulos

he querido decir
"este amasijo de palabras
es mi corazón para el altar
de tu orgasmo y tu cinismo"

porque soy cobarde
vine a escribirlo
a echarle tierra encima

este amasijo de palabras
es una tumba recién cubierta

ahora saldré a la calle humedecida
que me bese la tormenta
que apague mi incendio y lo congele

no arder, evaporarse

las ratas del vecindario bailaron hasta el amanecer


pero tú no lo sabes ni lo sabrás
esa noche hubo fuego por doquier
carreteras devoradas por la velocidad
personajes apresurados por bailar un vals
con su propia muerte

las ratas del vecindario bailaron hasta desfallecer

pero qué importa
nosotros atravesamos el firmamento
hechos un poco polvo
un poco mierda
desvencijados
por la golpiza constante
del deseo sin correspondencia
-alguien echará un vistazo a su buzón, otro vacío-

qué importa, entonces
si ya nos bebimos la chicha amarga
del abandono
el lecho infame de los parques
el hospedaje compartido
en la jardinera vecina
follan dos homosexuales
muere un perro que te recuerda a tu primer mascota
alguien solloza
o inhala solventes
/ esto es, entonces, un bodegón
cuadro costumbrista
del siglo veintiuno

y por más que pretendamos
nos asoma un poco lo bestia feral
lo milenariamente hambrientos
/ay, hijos de Macario ensoñados
con un imposible pavo -uno, para sí-
pobres, babeantes, orgullosos/

las rosas del vecindario ardieron hasta fenecer

importa, a fin de cuentas,
llegar asi sea rengo
tuerto del corazón
a mirar las ruinas
las esmeradas cenizas
de tu juventud
de mi juventud
si estamos
ahora
cristal con película antiasalto
heridos de arteras rocas
quebrados
pero en pie
acaso importa
deshojar la margarita de la desesperación
a golpes de maza
asir el primer juego de labios
en la oscuridad
o dejarse llevar
hundir la triste humanidad
en cualesquier fango
estallar
a
ho
gar
se
con puntualidad inglesa

las lenguas del vecindario se retorcieron hasta enmudecer

pero tú no lo sabes
no lo sabrás

tú estás mirando
el firmamento
cuentas los claxonazos

te sueñas
arrojando migas de pan
envenenadas
a los pichones
del desencanto

tus cañones enfilados
a la cara de la eternidad
esperas
darle en la madre
rasgarle la camisa
pedalear luego hacia
la nada
o el olvido
o la casa donde creció tu padre
aprisa
que se llega la hora de la merienda

qué jodido

las güeras del vecindario
tarde a tarde
desde su balcón, etéreas
te han hecho suspirar hasta desfallecer

ahí tienen el basural de la noche

ahí tienen el basural de la noche
la flor abierta de la desesperación
y el alba arrastrándose entre espinos
pero dónde está lo roto,
lo inasible, lo necesariamente ígneo
la chispa donde el motor funda su rabia
dónde están los cisnes del espíritu,
degollados en la mesa del deseo,
desangrándose en su aleteo, desesperados
inútilmente aferrados a la esperanza de un último respiro

ahí tienen la garra del tiempo sobre la garganta
las crisálidas rotas como ventanas rotas
que dejó tras de sí la angustia
los viveros donde la muerte cultiva
esmerada sus frutos
esos frutos que nos llevan, presurosos,
a saltar sobre las hermosas cuchillas
de la pasión, el deseo y la furia
ahí los tienen
agazapados como bestias famélicas
a la caza del sustento

pero esta palabra no me pertenece,
ahí la tienen, brasa bajo la lluvia, lodo

tenso en el hilo de mi sangre, pendulante


como habitante recién llegado al áspero
nido de la horca, remecido por el viento
condimentado por el salitre y por la brisa
adormecido en cada músculo y tendón
sin Aquiles moribundo, sin guerras donde la derrota
Iza banderas, sonámbulo acaso, perdido en los pasillos
del invierno o del verano
ignoro porque desconozco la coloración de su estandarte
porque el laberinto se cimenta en el sueño
y el sueño en el desamparo

yo digo adiós en una mueca que no es mía
con un brazo que he hurtado al deseo
con una sinceridad que se me escapa
tenso en el hilo amargo de mi sangre,
péndulo en el vientre abierto de esta noche

buscaba acaso un labio sin espina

vagaba como siempre por la vida,
buscaba alguna flor, lunas, paisajes;
buscaba una cruz, los personajes
para un cuento, un beso: tu saliva;

buscaba acaso un labio sin espina,
la carne que se entrega sin visaje;
miré mi alrededor, busqué el pasaje
en mi bolsillo roto, te pedí esquina,

pedí me dieras raite en tu querencia,
pedí como quien pide una propina
por sus chistes; busqué tu ausencia;
hallé un pañuelo, botellas, cocaína,

hallé las fieras de la adolescencia,
con silla de montar, la hemoglobina,
el nervio del dolor, su concubina,
la sal del mar, morir, mi penitencia

he salido a la lluvia, humildemente, como quien sale

he salido a la lluvia, humildemente, como quien sale
a refrendar su deuda con la calle, como quien ha empeñado
repetidas veces la palabra,
el nudo crepuscular del tedio
y vuelve a hacer la fila, empecinado
en la excavación del miedo y la zozobra,
en busca del santo Grial de los terrores cotidianos;

la calle se cierra, sin embargo, estrepitosa,
goznes hay que se lamentan en la profunda oscuridad
del día, espejos a contraluz, y hacen reverberar la sangre
que ladra, infatigable, al ser tocada;

la ciudad se ahoga en su vaso de agua podrida,
y yo he salido a la lluvia, como quien vuelve
a firmar un contrato con la nada, y agradece

volverán las inundaciones a cercar la tierra


otra vez
un bulldozer
atraviesa
la ciénaga
del pecho

flores cultiva
o peor
la esperanza
el deseo
en la punta
de la lengua

pero soy
un hombre
triste, grisáceo
sentado
en el borde
de la desesperación
ya he silbado
con las aves
arrojado
rocas
al abismo

perdón
hay un deshielo
en mi pecho
puede que
la tarde
amenace
con lluvia
un huracán
o dos ojos
de mujer

otra vez
sueño
que el incendio
llama a la puerta
moribundo
se despide
y el cielo
vuelve
secretamente
a despejarse

no espero demasiado,
y acaso esto sea excesivo:
que al menos un poema,
una línea, sea meritoria
para alojarse entre los molares
de la posteridad
o como una bala
hiera al caballo del olvido

25 may 2020

en la herida primordial cantas
nocturno resplandor entre las aguas
roca en la vértebra del siglo
agitas tu pañuelo para ahuyentar cometas
o enrevesados sortilegios
cauterizas, en tu beso, huracanes:
rompes como a un cristal todo el insomnio

he caído
en esta secreta torcedura
del ánimo
con cada uno
de mis huesos

tú sabes
y yo sé
muy bien

que esta sed
nos viene de hace tiempo

ciclones había
en torno

playas ardientes
todo ardía como un corazón
envuelto en mantas de lava

desde entonces
la saliva pastosa de quien
naufraga en el desierto
el ojo trastabillante
a la caza de la cordura
alguien huía de sí

tú no lo sabes
esta serena luxación
del sueño
los nombres arrebatados
a la nostalgia
cada falange tamborileando
en el cráneo abierto
del deseo

y quiero, entonces, tomar tu mano

y quiero, entonces, tomar tu mano,
poblar con mi deseo la distancia
entre nosotros, el abismo pueril
donde se estrellan, cotidianos,
los hambrientos buitres
del miedo; pero poco sostengo
en la mirada, alguna roca que cayó,
durante la tormenta, en la palabra,
las fieras que habitaron el misterio
de tu nombre en otros días,
antes de volverse costumbre
este mascullar, entre las sombras,
al abrigo de toda luz, las sílabas
que apenas, difícilmente, te dibujan;
entonces, insisto, hay una sed terrible,
como una resaca que llega con rudeza
al lecho, a la crispación del vientre,
y dice nuevamente que el reino ha sido
devastado, y sólo hay fuego para bregar
en el crepitante cuerno del día,
y esta sed lo oculta todo, enmudecida,
enmudeciente, y abre una puerta
por la que surgen, azorados, los galgos
de mi extraviada ternura, de mi enceguecida carne,
y juguetean, y me destrozan, y acaso
tal vez algo dentro de mí, oscuro, roto,
aprende a sonreír, agotadora, torpemente

nombrarte cuando a solas resbalo entre el fango

nombrarte cuando a solas resbalo entre el fango
de los días, hacer piruetas en los semáforos del tedio
para buscar, en el horizonte, cualesquier signo
de tu presencia, la más leve brizna de aire que cargue
con tu aroma de muchacha alegre, o en el eco
que pueda traer consigo el ruido de tus pasos,
preciso y musical, y otra vez, a solas, penetrar la noche
sin el peso de los miedos, lúcido por fin,
y este temor de ahogarse en el desvelo, de morir
a cuentagotas, trabajosa, inútilmente fuera de tu mano,
pero digo demasiado, tal vez ha vuelto a sorprenderme
el espejismo, y en las garras de la confusión grite mi hambre,
esta sed de marchitar distancias, de combar espejos
de frente a la noche, para que nadie vea mi rostro
deformado por la angustia, las suturas y las cicatrices
que conmigo, alegre, pudorosamente, cargo;
y a todo esto he de pedir, a tu cintura trémula,
a cada sonrojo de tu piel, al más tímido latido que en tu pecho
anida, una palabra, la más sencilla, para nombrar,
aunque incompleta, esta sensación de fieras pacifistas,
de este fuego que anhela, jubiloso, su ceniza
cuando muera
sépanlo
de una vez
no faltará quién diga
como por descuido
pero con la suficiente
claridad
que este
cuestionable
pedazo de humanidad
no dejó
más herencia
que el olvido

15 de junio, 2019

Esta mañana, mientras me disponía a preparar un licuado de mamey, me di cuenta que había demasiados trastes esperando a por su ducha en el fregadero, y me di cuenta también que de no lavarlos, tampoco me vendrían ganas de lavar después lo que estaba a punto de ensuciar; y estaba a punto de comenzar cuando me di cuenta que había que ordenar los trastos limpios y secos, y cuando fui a acomodarlos al estante ví que éste estaba empolvado, y comencé a desempolvar y encontré una nota vieja, que advertía sobre la falta de azúcar, lo que me llevó a rellenar el azucarero, y a revisar lo que quedaba de leche para llegar a fin de mes, y entonces recordé una canción de Sabina, lo que me llevó inevitablemente a pensar en una mujer, en su tacones cuando se acercaba por la alameda, de los teatros que visitamos juntos, y de las gerberas que tanto le gustaban, y mientras abría las ventanas para ventilar la casa, alguien dibujaba en el aire la sonrisa de ella, y entonces me trepé al columpio de la nostalgia, y aquí estoy, columpiándome furiosamente, diría que hay un conato de inundación, que por mis ojos baja un arroyo que crece tímidamente, pero sería demasiado, sólo he dejado de ver el vaivén del horizonte, la vista clavada en la punta de mis pies.
Si se preguntan por el licuado, estaba delicioso. Se morirían de envidia.

no, no hablaré del fuego
en este púlpito
cosas de mayor urgencia
me espolean
asuntos de dolorosa índole

han dicho que vendrá la lluvia,
que todo espejo
será desvalijado
y no habrá ceniza para nombrar
a la ceniza

se ha dicho, también,
que hay una herida
en el centro de la plaza
que supura a plena luz
y no hay vendaje
ni bala misericorde

a qué nombrar al fuego entonces
con qué sentido enumerar
los tropezones de esta carne
si no hay magulladura que valga
ni reja, ni ventanal dormido
dónde poner a remojar
el hueso de la cordura

miren a los perros, hambrientos
ya se acercan
traen consigo su vocación de hienas

siempre, cada vez, en cada espejo, el relámpago:
arte de estremecimiento y desasosiego
muela última de la adolescencia, nido de carie;
la figura siempre anhelada del oleaje, oasis,
albergándose en el pecho,
creciendo, despiadada, en el delirio

se requiere poco más que un atisbo de valor,
artificios para salvaguardar la cordura,
una y otra vez, repetir: es el imaginado infierno;
girar sobre las aguas, madero a fin de cuentas,
alarido que no alcanzará la orilla, y repetir,

nuevamente: no hay tal, todo es fruto madurado en el delirio:
el ahogo prometido, el cuerpo flotando río abajo,

regocijándose entre las rocas, alimento de peces,
acaso, lúgubre y hermoso: no hay tal.
gritar, de nueva cuenta, y que el alarido provoque
a la nada: te sabías huérfano y ahora lo confirmas;
restalla la luz en las orillas, pero el relámpago ha callado,
fango adentro, entre el limo, dormita el monstruo marino
último resplandor que en tu pecho muere, necrosado;
alguien ha visto tierra, un puerto; alguien invoca viejos dioses:
no hay asidero, entonces, sólo la roca viva, la colisión

en la mitología particular (sin guerreros abisinios, mayas o griegos corriendo al encuentro de la espada)
refulge, anacrónico, tu nombre como un símbolo
digo que he ganado mi batalla, que emprendo, ahora, siempre, el viaje que me permita
acuñar nombre propio; sostengo la herida pero no sangro,
porque me hago mayor y en cada espejo tu rostro en el mío se repite, y te he nombrado cicatriz, sangre que alimentó mi vena

pero está bien, ahora soltamos amarras, somos hombres hechos a semejanza de la nada

Octubre 2009, casi once años ya.

Esta breve nota es parte de una larga e intensa, aunque irregular correspondencia electrónica que sostenía con mi hermana en esos años de vorágine y clavadez. Desconocía mucho, por joven y provinciano. Sigo, provinciano, en un desconocimiento monumental, aunque ahora soy casi diez años más viejo y amargo. Y a estas alturas, el drama me lo guardo para algunas excepcionales ocasiones. Acababa de perder mi incipiente biblioteca. Una escena desgarradora, no la recomiendo.

"Ahora como nunca antes me comen el sosiego los leones dorados de la paranoia y la desconfianza. Hoy como nunca me doy cuenta que el sentimiento paranoico late en mí como un corazón desbocado, que los celos son una llama que me persigue por doquiera, en el sueño y la vigilia. Que todos esos sentimientos los tengo potenciados en mi interior, como una guerra interminable. Y ahora entiendo que como Los Cadillac's yo tampoco quiero morir de amor, ni ser tan absurdo como Otelo, y por eso me contengo de aullar por las calles como el perro que siempre he sido, y en las noches me acuerdo de José Cruz, de cuando estaba loco y me embriagaba a la menor provocación, bajo la lluvia y con los amigos tuertos.

Pero quería decirte esto, que espero lo entiendas, porque yo ya no:

el arte que aplauden las instituciones es
esa calle vacía
sin luces ni gemidos
donde el perro más bravo
ladra para defender a un borrachín meado
& vomitado
en la esquina sur del paisaje"

con mi dolencia a cuestas

con mi dolencia a cuestas,
a solas devastado, crepuscular y ciego
recorro los pasillos donde tu nombre
muerde los talones del insomnio;
eres el fruto y la radiante espina:
no hay en ti rincón o anhelo que me aguarde,
nada, un gesto acaso, apenas, indiferente,
en el rostro de la distancia irresoluble;
me apresuro, sin embargo, debo decir, aún,
roja es la choza de la espera, como tu beso,
algo más, un adjetivo que sugiera tus contornos;
calle abajo, en tierra de salvajes enemigos,
cabalgas desnuda, promisoria

(esto ya se había visto):


escribo

no como un oficio

o tabla para salvarme del naufragio

no pretendo

cauterizar la llaga,

domesticar el fuego

escribo

para mantener la herida abierta

he sangrado tanto y tan generosamente

y he sangrado tanto y tan generosamente,
tan consecutivamente arrojado a las rocas,
tantas veces hecho nudo de mi misma herida,
mi inconsumible cicatriz no madurada

y hay un tráfico de espejos, una aglomeración
retorcida de cristales en la bruma, a esta hora,
mientras vuelvo a ser rasgado, hecho jirones
de deseo o me abrazo por fin al hambre
de estarse de una vez quieto, decididamente muerto,
amoldado en váyase a saber qué árbol,
azaeteado por las rocas o los acantilados,
y probar el mar, la sal de su conjuro hecho pedazos

que no venga, que no llame a la puerta

que no venga, que no llame a la puerta,
como un recién llegado, a pedir cualquier cosa,
que no le valga ningún pretexto para entrar a casa,
con su increíble equipaje de embelesos

a cualquier hora vendrá, y con rostro amable
ha de tender la mano, miserable, desvalido;
dirá que ha visto la guerra y su carnaval de horrores,
hablará de extraños seres, y cualquier brizna,
por leve, parecerá, de sus labios, terrorífica

que no se aposente en mi lecho, que no me toque
que no toque nada; tendrá tal vez una apariencia dulce,
una inocultable deformidad que llame a compasión,
pero es todo falso, es una trampa

tocó mi hombro una noche, para pedirme fuego,
y juntos escanciamos algún vino
en tabernas donde lo más sensato era no entrar;
cuando llegó el amanecer, ya no era el infatigable aliado

ni su carcajada era jovial, más bien siniestra.
Ahora me sigue por doquiera, a cada paso:
y todo me parece oscuro y devastado
y no otra cosa quiero que la reclusión

ser, en la bruma, lo que, fatigosamente calla,
o acaso, apenas, la marca de Caín, la incesante herida:
antes de la caída, aspirar al polvo, paladear en la encía
cada grano de tierra yerma; una, otra vez: ser

aunque despojo, aunque deslustrado, enceguecido faro,
otear el horizonte en busca de enemigos o un aliado
sobre cuya mesa colocar el vino, la daga, esta sangre

y debo decir, entonces, que he venido

y debo decir, entonces, que he venido
a recorrer la tarde a solas, a mirar
en el reflejo del agua, los rescoldos de tu voz y de tu aroma;
ahora tu nombre se me escapa como un pez
recién capturado entre las manos,
pero me queda la sensación de haber tocado
tu puerta, de haber visto caer tu ropa
como quien ve caer un sol de otoño frente al mar,
ahora que te pierdo, mi memoria
es un viejo que pierde la vista,
que suspira al desvanecerse
mientras pronuncia otra vez tu nombre
cualquier nombre, y naufraga, barca de papel,
en las turbias aguas del olvido

ayer ardió en el agua tu ceniza


anunciación tal vez de lo cotidiano,
zarza ardiente, oráculo /fútil por sí mismo
imposibilitado de la más acendrada novedad/
niego, mientras tanto, tu nombre, gallos orquestan la madrugada
en qué lejanas madrigueras baila, festivo, el insomnio
caen mis párpados pero no se cierran, schrodingerianos

última ascua en el círculo otrora de fuego:
te nombré para olvidar que no he dormido

aquí y también allá, en el espejo más empañado
una vez /era el crepúsculo en tu lengua/ devine lluvia
graznaron los buitres hasta siempre,
a la intemperie, y luego, ya está, vuelta a la rutina

leer entre líneas el horizonte, resistirse al arresto
en las avenidas de la juventud poco a poco ida;
negué tu nombre, no tres, incontables ocasiones,
escondido en la multitud dije llamarte Nadie,

orilla a orilla del río de los descalabros remé deseoso
incendiario mocoso desordenado el pelo y las querencias
doy en cada esquina tragos al mezcal /déjenmesolo/
remojo en saliva el testamento, armo mis huesos
ando a tropezones el equilibrio lo guardo en el bolsillo

raquítico de miedo, alzo la copa digo noséquécosas
en esta fiesta /pachangón/ a la que no fui inventado
ya sé que venía a hablar de vos, pero la selva es cosa antigua
abigarrada flor de mis veranos cuando invierno
y esta dislocadura de la tristeza, cómo jode

la tarde es un nudo de cuchillas oxidadas


sombra bajo la sombra de la noche,
arduo y fatigoso el erizarse de la sangre;
devocional es la tortura, lo que interminablemente roto
acaba por abrazar la cicatriz, desesperado, al repetir:
donde hubo espinos, florecerá el veneno, donde hubo flor,
invisible, cauto, edificará su reino la nostalgia.
Xanadú o Isla de las Lamentaciones, Casablanca
o Puerto Ocaso, la ciudad será la misma...

se sabe, siempre se ha sabido: hay una cuerda tensándose
armoniosa en la yugular de los desesperados
los amantes, las atormentadas pieles;
lo de morir irremediable, ostensiblemente,
insisto, es cosa de todos sabida:
hablemos entonces de otra cosa,
como quien habla de pronto del invierno,
último paisaje donde la felicidad como un cuervo posó sus alas,
mientras oye el crepitar del fuego

entonces, volvamos a hablar de nada, de lo que piadosamente
decide escarbar en el tuétano sin tocar el hueso

o de la cuchilla que mansamente se relame, lasciva,
donde la herida no ha tenido tiempo de ser nombrada,
última sorpresa en la declinación del día:
nave para siempre averiada en los confines de sí misma

José Ángel

Cuando era más joven y aún creía en el amor incondicionado llegué a pensarte como un ojo de tornado rabioso y delirante, crispado en su rala melena, perdido en los ojos, hacia adentro, como ahora, asaltado por los fantasmas de los hombres que mataste y los que de algún modo te fueron arrancando trozos de tí y de esa manera lenta te fueron carcomiento, matando; esos hombres y esas mujeres fueron las termitas que le cimbraron los muros a tu condición de roca, de volcán, de lava. Eran para mí días interminables sentado en los escalones del patio mirando a las hormigas devorar las buganvilias primero, luego el ficus que casi había llegado al cielo de tu mirada, y finalmente al árbol que dos veces al año se cargaba de guayabas rojas, agrias, como tu carácter.
Tendría que decirte que cuando por primera vez leí los Cien años de soledad, y la segunda y la tercera, y las que vengan después, en un arranque inconmesurable de ternura la memoria me tomó de la mano y me llevó a mirar tu perfil cuando aparecía Aureliano Buendía, y al comedor de tu casa rebosante de comensales como en los mejores tiempos de Macondo, y tuyos.
Eres de esa extraña raza de hombres que desconocen el olvido. Ahora te pienso y no sé si imaginarte desnudo vociferando bajo las sábanas de tu cama de tablones o borracho a tus 85 por las calles de Acatlán, amenazando al viento como en tus mejores tiempos, pero no voy a pensarte indefenso y angustiado ante un médico indiferente, a la espera de su dictamen, o confinado a un diván menesteroso a la espera de esa mujer que siempre dijiste preferir que te buscara, y que además le costara trabajo hallarte, no voy a pensarte como un condenado al paredón, porque en mi tu recuerdo está moldeado bajo el signo de la movilidad, eres en la memoria el nómada por elección y costumbre, el perseguidor de quimeras, el confabulador de siglos.
Tú, que desde siempre estabas condenado a quedarte solo y desquiciado de rabia, que si fueras volcán habrías estallado una y otra y otra y otra vez, incansable y cada vez más corrosivo, tú que con apenas nada edificaste un reino que contigo va a desmoronarse, no puedes a estas alturas formarte como una brizna temblorosa sobre mi memoria, viejo.
Las palabras sobran como siempre, y como siempre también, serán escasas para decirte que no puedo imaginarte, después de casi nueve décadas luchando encolerizado contra la vida, a punto de arrojar la toalla, vencido.

Voy a buscar el corrido tuyo, abuelo.

(Texcoco, últimos meses de 2008)

Hace una hora salí a buscar un jabón y una ficha para acceder a la red de internet. Estoy a unos cuatrocientos kilómetros de distancia de Garnachópolis. Aquí la señal de telefonía celular es muy mala, apenas da para realizar llamadas algunos días. Así que el negocio es vender 'fichas' con una clave de acceso a redes wifi. Un cachito de papel con el nombre de la red, un usuario y una clave de acceso. El encanto dura entre una y tres horas por la módica cantidad de diez pesos; terminado el tiempo, uno es expulsado de la red como un Caín del siglo XXI, pero basta con un nuevo pago para volver a ser parte del rebaño del señor wifi Todopoderoso.
Esperaba que me enviaran un número de teléfono al whatsapp. El chino, mi compa de toda la vida, había estado llamando al departamento. La última vez que lo ví, tenía una botella de mezcal decorada como si se tratase de la piel de un jaguar, símbolo de identidad del territorio natal. Fue cerca de ciudad universitaria, en casa de un viejo amigo común, y no volví a saber de él. Me obsequió la botella y lo que dentro de ella había. Nos separamos, ya no recuerdo en qué estación del metro. Yo recuerdo haber recorrido largos pasillos y turbias cantinas. Pero eso fue después de separarnos.
Digámoslo sin ambages, Juan es un prófugo de sí mismo y un efecto colateral de la violencia en el país. En 2015, en Guerrero, me encontré con él, con Tonatiuh y con Omar. Tal vez Miguel nos haya acompañado con un par de cervezas. Subimos al centro ceremonial, vagabundeamos por ahí, cantamos juntos, y vaciamos incontables botellas de cerveza, whisky, ron y mezcal. El festejo por el reencuentro después de varios años duró una semana. Tonatiuh era padre de dos hijos, Juan, en ese momento, de uno. Yo preguntaba como por descuido, tratando de descubrir el paradero de Gilberto, desaparecido en marzo de ese año, pero obtuve respuestas vagas.
Luego volví a Garnachópolis, a seguir con mi vida. Antes de que transcurrieron una semana, Omar me llamó para darme una noticia ingrata, Tonatiuh había sido asesinado. Después fue Salvador, otro viejo y entrañable integrante de la pandilla. A Gilberto lo encontraron a mediados de mayo.
Cuando días después Juan llamó tratando de explicar, de justificar ciertos aspectos de su vida, en nombre de la fraternidad, le dije que no importaban los detalles, pero que debía salir del pueblo si quería evitarle un mayor disgusto a su familia. Y se dió a la fuga. Imagino que parte de su día a día es mirar sobre los hombros, sospechar de toda sombra, de cambiar rutas y números celulares, la paranoia. Pero está vivo, y eso festejamos, un año después, en esa borrachera brutal en las inmediaciones de ciudad universitaria.
Así que hoy me llamó cuando iba entrando a una tienda, en busca de fichas para wifi. Estaba borracho y sonaba desesperado. Su llamada me dejó ver que, de un extraño modo, la vieja pandilla se remite a nosotros dos, ambos a una distancia enorme de Acatlán. Pero yo ya no estoy tan desesperado. Y espero en verdad que el chino, mi carnalito, un día consiga soltar el miedo, o que el miedo lo suelte a él. Mientras, puede llamarme siempre que lo necesite. Qué más da de qué lado haya jugado y perdido.

Rengo de usted
Ultrajado en el pecho donde ya
no trina el ave clara
de su nombre

Gotea el cansancio, grifo
desbocado, sobre esta espalda
húmeda
último bastión soy de tu beso
del firme tacto de tu aroma en esta guerra

Aquí está, incendiada, rota:
la flor de mi bandera

¿qué hay en tus ojos, morena,
que me envenenan la calma?
¿qué embrujos traes a mi alma,
cuando ensortijas mi pena?

en mi corazón herido bailaba
tu hechicería: yo era jilguero
cantor, tú sinsonte mañanero.
y en mi pecho una ola brava

se abrió paso entre la arena;
no hubo calor de vigilia
ni vendaval en febrero,

ni tu nombre era cadena,
pero buscaba una lilia
para decir que te quiero

en la noche crecen nardos
todos color luna llena;
ven a mi casa, morena,
y dame besos amargos;
átame en tus pelos largos:

vVen a mi cama, morena;
prodigame tus dedos flacos,
quiero naufragar tus flancos;
que en esta noche mi pena
deje su huella en tu arena.

18 may 2020

No tengo prisa,
aclaro,
y sin embargo:
con más rapidez
vuelvo
a ser polvo

años llevo
con este ejercicio
de humanidad

insistente, obcecado

algo de mí
vuelve al polvo
todo el tiempo

no es fácil
disertar
sobre este oficio
de pez sin agua
que se desmorona
escama
por
escama

no me diste, padre,
otra herencia
que la desesperación
este fuego
que aguijona
mi piel
al desbastarla

qué agua
para este incendio
he de buscar
sobre mi barca
de miseria
y angustia
esta sangre
sin costra
esta costa
sin olas

de ningún modo
es sencillo
hablar de la carne
al desprenderse
barro
en caída libre
al polvo

me cayó encima la noche y su bravura,
cayó y el huesadal se me hizo añicos,
astillas, rüin lamento; cayó, cómo lo explico,
sobre este cuerpo cual ave oscura

sobre la descuidada presa: no quedó hueso
sano bajo el doliente disfraz de carne;
pero me guardo la queja, lo cobarde
que de mí grita y ladra su embeleso.

y a todo esto, no he nombrado la herida
que atraviesa mi muriente, ajado cuerpo;
no he dicho qué agua con su beso me asesina:

mudo quedé: el aplastamiento o la caída,
lo que sea, me deja el desconcierto,
la sangre, pudrición, el lloro, todo en ruinas

Ahora que el invierno se desploma,
ahora que el mar se hunde, adormilado;
ahora que me duermo solo y desvelado,
ahora que el olvido es una broma;

ahora que una lanza rubrica mi costado,
ahora que la ausencia es punto y coma;
ahora que el amor es beso de glaucoma,
ahora que la noche es un bolero equivocado;

ahora que cabalgo sin norte y sin certeza,
ahora que el silencio es grito en despoblado;
ahora que recito las coplas del coplero,

ahora que se acaba lo que empieza;
ahora que se muere el dios resucitado,
ahora que baila mi corazón con tu bolero.

no hay fuego en mi mano:
acaso esto sea morir,
el frío con su garra sobre el pecho,
la lluvia que a lametazos
baña la noche,
este hundirse sin alarido,

en el fango, silencioso, manso

tal vez era preciso, impostergable: cortar amarras,
por fin dejarse hundir o arrastrar por la marea,
ejecutar la danza de Héctor bajo el carro desbocado
de Aquiles, por fin hecho cadáver: pura carne
y hueso ensombrecidos por la sangre,
acicalados por el estigma brutal de la muerte, señalados

pero volvemos, aunque la pena sea la tierra,
la imposibilidad de ancla (era necesario el destierro,
apedrear las estrellas con la felicidad, con el desprecio
de quien ha estado apedreando las estrellas, la eternidad)
volvemos a morar la tierra, a edificarnos la promesa
de perpetuidad mientras alimentamos nuestra muerte;

volvemos a fundar ciudades, a devastar lo indevastable,
a clavar los colmillos del deseo sobre la piel, impenitentes,
torvos animales a la espera del destino,
y entonces, la pregunta, el paso en falso, (sí, era urgente
probar la sal, hacerse nudo con lo dolorosamente cotidiano
de estar vivo, cargar con ello como si Atlas, confundido,
denigrado, cargase losas de una casa a punto del derrumbe,
era urgente levar anclas, hundirse, dejar arder las velas,
ojos espiando el mundo en la más ridícula oscuridad)
entonces, la bandera blanca ondeando, la duda

15 may 2020

Sostengo en mis manos un ave de colorido plumaje.
Su canto se parece mucho a la tristeza,
a una fiera que se lamenta en el centro
de la estepa, abandonada, hambrienta,
no hay en su piel herida, pero en su interior
crece, larvario, un parásito de miedo.
Hay en mis manos el canto de un ave luminosa.
Su aliento me recuerda mucho la tibieza
de un lecho que he perdido, que la garra
del tiempo destrozó una noche de rojas telas
que caían, telones, a los pies de mi deseo;
tardes que se sonrojaron al cobijar nuestro vaivén,
y que, destrozadas, también, debieron guardar
en sus gargantas el espasmo final que nos salvara.
Entre mis manos gorjea el tímido gorrión de la nostalgia.
Su plumaje húmedo tiene el rocío de los amantes
que están a punto de separarse, y miran, desvalidos;
la línea impasible del horizonte, mientras sus ojos
se derrumban, y en el aire de la tarde, Ícaros,
se acercan, para caer, en los acantilados
de un bar, o de la insoslayable, esquiva muerte.
Ya he dicho demasiado, que sostenía, necio,
el inquieto corazón de un ave de oscuro nombre,
y mientras hablaba, ay, mis manos han acariciado,
hasta romperla, el ala de su vuelo, el agua
de su canto, la luminosa venda de su plumaje!   

callado, casi ruido, cercano a los sepulcros;
olvidado, procaz, a un tiempo delirante y sosegado,
niega el hombre su condición de moribunda carne;
falta un signo bajo la herida, pero no importa:
umbrales hay que deben ser cruzados, rotos como el miedo,
surcados de orilla a polo a órbita hasta la colisión

incluso ahora, hay cicatrices que recién se descubren, nuevas marcas,
obstinados besos de labios del pasado,
nocturnos cantos de estorninos, piedras para ahuyentar el sueño

2 may 2020

Es vagar entre crepúsculos,
negado ante la luz, oscuro,
impío; es quebrantar lo puro:
urdir la muerte propia y postergarla.

Ganar en esta guerra, en cada una:
negarse a la derrota, saciar la sed
abrazar el fuego, pero no arder:
ser, en la sombra, el trasgresor, la gula