Sostengo en mis manos un ave de colorido plumaje.
Su canto se parece mucho a la tristeza,
a una fiera que se lamenta en el centro
de la estepa, abandonada, hambrienta,
no hay en su piel herida, pero en su interior
crece, larvario, un parásito de miedo.
Hay en mis manos el canto de un ave luminosa.
Su aliento me recuerda mucho la tibieza
de un lecho que he perdido, que la garra
del tiempo destrozó una noche de rojas telas
que caían, telones, a los pies de mi deseo;
tardes que se sonrojaron al cobijar nuestro vaivén,
y que, destrozadas, también, debieron guardar
en sus gargantas el espasmo final que nos salvara.
Entre mis manos gorjea el tímido gorrión de la nostalgia.
Su plumaje húmedo tiene el rocío de los amantes
que están a punto de separarse, y miran, desvalidos;
la línea impasible del horizonte, mientras sus ojos
se derrumban, y en el aire de la tarde, Ícaros,
se acercan, para caer, en los acantilados
de un bar, o de la insoslayable, esquiva muerte.
Ya he dicho demasiado, que sostenía, necio,
el inquieto corazón de un ave de oscuro nombre,
y mientras hablaba, ay, mis manos han acariciado,
hasta romperla, el ala de su vuelo, el agua
de su canto, la luminosa venda de su plumaje!