tal vez era preciso, impostergable: cortar amarras,
por fin dejarse hundir o arrastrar por la marea,
ejecutar la danza de Héctor bajo el carro desbocado
de Aquiles, por fin hecho cadáver: pura carne
y hueso ensombrecidos por la sangre,
acicalados por el estigma brutal de la muerte, señalados
pero volvemos, aunque la pena sea la tierra,
la imposibilidad de ancla (era necesario el destierro,
apedrear las estrellas con la felicidad, con el desprecio
de quien ha estado apedreando las estrellas, la eternidad)
volvemos a morar la tierra, a edificarnos la promesa
de perpetuidad mientras alimentamos nuestra muerte;
volvemos a fundar ciudades, a devastar lo indevastable,
a clavar los colmillos del deseo sobre la piel, impenitentes,
torvos animales a la espera del destino,
y entonces, la pregunta, el paso en falso, (sí, era urgente
probar la sal, hacerse nudo con lo dolorosamente cotidiano
de estar vivo, cargar con ello como si Atlas, confundido,
denigrado, cargase losas de una casa a punto del derrumbe,
era urgente levar anclas, hundirse, dejar arder las velas,
ojos espiando el mundo en la más ridícula oscuridad)
entonces, la bandera blanca ondeando, la duda
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