Que sea posible el mar, que venga su ola.
Que llueva y la suave margarita me deshoje.
No tengo abril perdido, o invierno mi voz recoge.
Sostengo apenas, viva, mi palabra: caracola.
Yo he buscado la fragua que en mí forje
el hierro del dolor, la cicatriz, la herida sola:
un anhelado nombre de mujer (Fabiola),
su beso frutal, la gracia de su larga noche.
No bastan parques, tardes, avenidas, ni el oleaje
de su risa: en cada encuentro yo crepito
como brasa final, y soy hielo, y me derrito
sin más defensa que la voz y que el paisaje.
Ya he rendido mis armas todas, sin saberlo.
Ya he soñado este incendio, y he de arderlo.
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