Hace una hora salí a buscar un jabón y una ficha para acceder a la red
de internet. Estoy a unos cuatrocientos kilómetros de distancia de
Garnachópolis. Aquí la señal de telefonía celular es muy mala, apenas da
para realizar llamadas algunos días. Así que el negocio es vender
'fichas' con una clave de acceso a redes wifi. Un cachito de papel con
el nombre de la red, un usuario y una clave de acceso. El encanto dura
entre una y tres horas por la módica cantidad de diez pesos; terminado
el tiempo, uno es expulsado de la red como un Caín del siglo XXI, pero
basta con un nuevo pago para volver a ser parte del rebaño del señor
wifi Todopoderoso.
Esperaba que me enviaran un número de teléfono
al whatsapp. El chino, mi compa de toda la vida, había estado llamando
al departamento. La última vez que lo ví, tenía una botella de mezcal
decorada como si se tratase de la piel de un jaguar, símbolo de
identidad del territorio natal. Fue cerca de ciudad universitaria, en
casa de un viejo amigo común, y no volví a saber de él. Me obsequió la
botella y lo que dentro de ella había. Nos separamos, ya no recuerdo en
qué estación del metro. Yo recuerdo haber recorrido largos pasillos y
turbias cantinas. Pero eso fue después de separarnos.
Digámoslo sin
ambages, Juan es un prófugo de sí mismo y un efecto colateral de la
violencia en el país. En 2015, en Guerrero, me encontré con él, con
Tonatiuh y con Omar. Tal vez Miguel nos haya acompañado con un par de
cervezas. Subimos al centro ceremonial, vagabundeamos por ahí, cantamos
juntos, y vaciamos incontables botellas de cerveza, whisky, ron y
mezcal. El festejo por el reencuentro después de varios años duró una
semana. Tonatiuh era padre de dos hijos, Juan, en ese momento, de uno.
Yo preguntaba como por descuido, tratando de descubrir el paradero de
Gilberto, desaparecido en marzo de ese año, pero obtuve respuestas
vagas.
Luego volví a Garnachópolis, a seguir con mi vida. Antes de
que transcurrieron una semana, Omar me llamó para darme una noticia
ingrata, Tonatiuh había sido asesinado. Después fue Salvador, otro viejo
y entrañable integrante de la pandilla. A Gilberto lo encontraron a
mediados de mayo.
Cuando días después Juan llamó tratando de
explicar, de justificar ciertos aspectos de su vida, en nombre de la
fraternidad, le dije que no importaban los detalles, pero que debía
salir del pueblo si quería evitarle un mayor disgusto a su familia. Y se
dió a la fuga. Imagino que parte de su día a día es mirar sobre los
hombros, sospechar de toda sombra, de cambiar rutas y números celulares,
la paranoia. Pero está vivo, y eso festejamos, un año después, en esa
borrachera brutal en las inmediaciones de ciudad universitaria.
Así
que hoy me llamó cuando iba entrando a una tienda, en busca de fichas
para wifi. Estaba borracho y sonaba desesperado. Su llamada me dejó ver
que, de un extraño modo, la vieja pandilla se remite a nosotros dos,
ambos a una distancia enorme de Acatlán. Pero yo ya no estoy tan
desesperado. Y espero en verdad que el chino, mi carnalito, un día
consiga soltar el miedo, o que el miedo lo suelte a él. Mientras, puede
llamarme siempre que lo necesite. Qué más da de qué lado haya jugado y
perdido.
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