25 may 2020

Hace una hora salí a buscar un jabón y una ficha para acceder a la red de internet. Estoy a unos cuatrocientos kilómetros de distancia de Garnachópolis. Aquí la señal de telefonía celular es muy mala, apenas da para realizar llamadas algunos días. Así que el negocio es vender 'fichas' con una clave de acceso a redes wifi. Un cachito de papel con el nombre de la red, un usuario y una clave de acceso. El encanto dura entre una y tres horas por la módica cantidad de diez pesos; terminado el tiempo, uno es expulsado de la red como un Caín del siglo XXI, pero basta con un nuevo pago para volver a ser parte del rebaño del señor wifi Todopoderoso.
Esperaba que me enviaran un número de teléfono al whatsapp. El chino, mi compa de toda la vida, había estado llamando al departamento. La última vez que lo ví, tenía una botella de mezcal decorada como si se tratase de la piel de un jaguar, símbolo de identidad del territorio natal. Fue cerca de ciudad universitaria, en casa de un viejo amigo común, y no volví a saber de él. Me obsequió la botella y lo que dentro de ella había. Nos separamos, ya no recuerdo en qué estación del metro. Yo recuerdo haber recorrido largos pasillos y turbias cantinas. Pero eso fue después de separarnos.
Digámoslo sin ambages, Juan es un prófugo de sí mismo y un efecto colateral de la violencia en el país. En 2015, en Guerrero, me encontré con él, con Tonatiuh y con Omar. Tal vez Miguel nos haya acompañado con un par de cervezas. Subimos al centro ceremonial, vagabundeamos por ahí, cantamos juntos, y vaciamos incontables botellas de cerveza, whisky, ron y mezcal. El festejo por el reencuentro después de varios años duró una semana. Tonatiuh era padre de dos hijos, Juan, en ese momento, de uno. Yo preguntaba como por descuido, tratando de descubrir el paradero de Gilberto, desaparecido en marzo de ese año, pero obtuve respuestas vagas.
Luego volví a Garnachópolis, a seguir con mi vida. Antes de que transcurrieron una semana, Omar me llamó para darme una noticia ingrata, Tonatiuh había sido asesinado. Después fue Salvador, otro viejo y entrañable integrante de la pandilla. A Gilberto lo encontraron a mediados de mayo.
Cuando días después Juan llamó tratando de explicar, de justificar ciertos aspectos de su vida, en nombre de la fraternidad, le dije que no importaban los detalles, pero que debía salir del pueblo si quería evitarle un mayor disgusto a su familia. Y se dió a la fuga. Imagino que parte de su día a día es mirar sobre los hombros, sospechar de toda sombra, de cambiar rutas y números celulares, la paranoia. Pero está vivo, y eso festejamos, un año después, en esa borrachera brutal en las inmediaciones de ciudad universitaria.
Así que hoy me llamó cuando iba entrando a una tienda, en busca de fichas para wifi. Estaba borracho y sonaba desesperado. Su llamada me dejó ver que, de un extraño modo, la vieja pandilla se remite a nosotros dos, ambos a una distancia enorme de Acatlán. Pero yo ya no estoy tan desesperado. Y espero en verdad que el chino, mi carnalito, un día consiga soltar el miedo, o que el miedo lo suelte a él. Mientras, puede llamarme siempre que lo necesite. Qué más da de qué lado haya jugado y perdido.

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