Yo vine a hablar de lo que urge,
de las puertas que por descuido
o inocencia dejé abiertas en el pasado,
de las ventanas que apedreó
la grosera mano de la ansiedad;
yo venía para hablar de la sed
que anida en estos ojos cada tarde,
a cada hora, en cada parque,
de esta exagerada frase que es
mantenerse a flote, cuando apenas
con dificultad uno es capaz
de mantener la caída, el ahogamiento,
la zozobra en el lomo, rasgueando
el cuero como uña de gato,
sangrándolo; yo vine a dialogar
con lo corriente, con la muerte cotidiana
de cada instante: con el pecho abierto,
con la mano tendida, a tientas
por el ojo que se me fue cerrando
en cada tropezar sobre la brasa,
hurgando entre el fango y las espinas,
sabedor de sí mismo, que es decir, de nada;
yo venía dispuesto a herir el fuego,
a humedecer el agua, a oscurecer la noche,
pero mi mano aún dibuja su reflejo
en el azogue del cristal, mi ojo brilla
en el ojo de un animal hambriento,
y esta voz, este alarido, esta garganta,
esta ronquera de hace siglos
posada como un gorrión o ave rapaz,
enjaulada, mostrenca, taciturna,
derrotada, que ha puesto ya su bandera
sobre el polvo, que se inclina,
que pese a mi rabia, no para de astillarse
19 nov 2017
Incendios en el paraíso
El reto fue asir su mano, dejarle tocar el desastre que comienza en la
más corta de tus falanges y terminaba en el más largo de tu por entonces
kilométrico cabello, dejarle la puerta entornada a tu guarida, sin
fórmulas mágicas, sin más, arriesgarte a que viera tu libreta de notas
donde poco había de las horas pasadas en clase, y mucho de su andar de
cervatilla en celo, las marcas de acné que quisiste besar desde esa
tarde en que la oscuridad los sorprendió
en la escuálida hemeroteca municipal, de esa gana por dejar abierta, de
su mano, la jaula en que se guardaban las aves del deseo. El reto fue
dejarla pasar a tu espacio hasta entonces privado donde atesorabas,
ladrón sin secuaces, los libros que te ayudaban a alcanzar el alba, las
cuartillas emborronadas donde no hacías sino hablar de hombres y países
inexistentes, y alguna fotografía que te recordara el paraíso y el
infierno conviven en la tierra; tú eras un hombre hecho a fuerza de
romperle los candados al insomnio, que más de una ocasión durmió en
hoteles de gran parecido a centrales camioneras, un perro famélico,
solitario, hecho a dentelladas de otros perros, que mantenía, o
intentaba mantener el corazón intacto.
Pero ella nada sabía de las horas pasadas a la intemperie hurgando entre las nubes un destello de lucidez para alimentar el sosiego, poco o nada sabía de las marejadas que en tí confluyen, ríos de corrientes estrepitosas que en su interior cargan con toda certeza y esperanza que pudieras haber abrazado en la vigilia. Decidiste callar sobre sus labios, y dejar que sospechara de la calma como de una avenida donde delincuentes juveniles se reunen a consumir la droga suburbial de las tardes. El reto fue pasar desapercibido con la carga del delirio y de los celos, del descarnado sentimiento que crecía en tu pecho a cada orgasmo: decidiste callar y que el zorro del amor bajo tu cazadora te devorara desde un costado el hígado y el corazón. A solas te incendiaste en una pira que construyeron para dos, a solas, desencajado pero obligado por tí mismo al estoicismo, dejaste que lluviera sobre el incendio, que todo desangrarse fuera en vano, la mano extendida, y el músculo del corazón atravesado por alfileres, secándose a cada pálpito.
Pero ella nada sabía de las horas pasadas a la intemperie hurgando entre las nubes un destello de lucidez para alimentar el sosiego, poco o nada sabía de las marejadas que en tí confluyen, ríos de corrientes estrepitosas que en su interior cargan con toda certeza y esperanza que pudieras haber abrazado en la vigilia. Decidiste callar sobre sus labios, y dejar que sospechara de la calma como de una avenida donde delincuentes juveniles se reunen a consumir la droga suburbial de las tardes. El reto fue pasar desapercibido con la carga del delirio y de los celos, del descarnado sentimiento que crecía en tu pecho a cada orgasmo: decidiste callar y que el zorro del amor bajo tu cazadora te devorara desde un costado el hígado y el corazón. A solas te incendiaste en una pira que construyeron para dos, a solas, desencajado pero obligado por tí mismo al estoicismo, dejaste que lluviera sobre el incendio, que todo desangrarse fuera en vano, la mano extendida, y el músculo del corazón atravesado por alfileres, secándose a cada pálpito.
Digo basta, me sacudo el plumaje en la hora de la lluvia,
que se vayan las sombras a poblar el insomnio de otro ojo,
el tremolar en el costal de huesos, el estremecimiento
de la piel frente a la nada, velloerizado,
la adrenalina perro ladrando a los fantasmas;
larga la resaca de estar sobrio, larga la inconsciente borrachera,
largo el invierno final del calendario, y el espasmo, ese sí,
corto, jeringazo, viaje sin maletas al puerto del delirio:
ya me lanzo por su acantilado, ya beso el oleaje con la rosa de mi sangre
que se vayan las sombras a poblar el insomnio de otro ojo,
el tremolar en el costal de huesos, el estremecimiento
de la piel frente a la nada, velloerizado,
la adrenalina perro ladrando a los fantasmas;
larga la resaca de estar sobrio, larga la inconsciente borrachera,
largo el invierno final del calendario, y el espasmo, ese sí,
corto, jeringazo, viaje sin maletas al puerto del delirio:
ya me lanzo por su acantilado, ya beso el oleaje con la rosa de mi sangre
Tristeza, perra flaca, andrajosa vieja amiga:
en la sangre que cuelga de tu labio leporino
se va tejiendo la cuerda de mi grito.
En tu mordida labro la cicatriz de mi palabra,
encorvado, ebrio, inexplicablemente vivo,
hago en la luz de tu cuchilla el nido de mi canto;
en la parábola gris de tu doble garra,
ofrezco el pecho, ofrendo el cuerpo
a dos palmos de suelo, dispuesto a manchar
la última pared del manicomio. Otra vez,
en tu pupila desmesurada, refulge el caos,
tristeza, vieja amiga. Tiendes la uña de tu mano
para alcanzar a perforarme los pulmones,
quieres que me falte el aire para el alarido,
que este hilo de voz, que apenas brota,
se haga gemido apenas, resoplido de animal
lastimado en su desbocada fragilidad,
pero enloquezco, mi corazón, aunque gotea,
es piedra en tu hocico babeante, la sangre
que pende, roja, de tu labio hendido,
es combustible tuyo y mío, y ya ennegrece
en la sangre que cuelga de tu labio leporino
se va tejiendo la cuerda de mi grito.
En tu mordida labro la cicatriz de mi palabra,
encorvado, ebrio, inexplicablemente vivo,
hago en la luz de tu cuchilla el nido de mi canto;
en la parábola gris de tu doble garra,
ofrezco el pecho, ofrendo el cuerpo
a dos palmos de suelo, dispuesto a manchar
la última pared del manicomio. Otra vez,
en tu pupila desmesurada, refulge el caos,
tristeza, vieja amiga. Tiendes la uña de tu mano
para alcanzar a perforarme los pulmones,
quieres que me falte el aire para el alarido,
que este hilo de voz, que apenas brota,
se haga gemido apenas, resoplido de animal
lastimado en su desbocada fragilidad,
pero enloquezco, mi corazón, aunque gotea,
es piedra en tu hocico babeante, la sangre
que pende, roja, de tu labio hendido,
es combustible tuyo y mío, y ya ennegrece
Pese a su brevedad, adiós es una palabra difícil de escribir.
No. Me quedará tu nombre
para iluminar la madrugada,
me quedará este ojo sano,
el oído abierto como herida
reciente, a la espera de tu
taconeo propiciatorio.
No. Me quedará tu nombre
para iluminar la madrugada,
me quedará este ojo sano,
el oído abierto como herida
reciente, a la espera de tu
taconeo propiciatorio.
No te perdí: gano un recuerdo.
Puesto que nada he poseído,
porque compartir es distinta
cosa, no te pierdo al soltar
tu mano. Me quedará, para
invocar el beso de la fortuna,
moneda en el fondo del bolsillo,
el timbre de tu voz, tu sonrojo,
el interminable río de tu cabello,
y entre todas las cosas que guardo
ahora, el arco sensual de tu sonrisa.
No te pierdo, aunque me sangre
la mano izquierda de pensarte,
y ahora tenga que silenciar
ciertas canciones, algún libro
que me susurre, en el descuido,
una palabra que me lleve
al lado tuyo, sorprendido, amante,
enamorado. No sé si algo gané,
si alguna vez tendré otro fuego
para alumbrar el vientre de la noche,
si morderé otra fruta dulce
como la fruta tierna de tu labio.
Ahora, sostengo, feliz, la certeza
ingenua, inocente, de haber amado
cada cosa que tocó tu risa,
cada poro de tu piel, el temor de un día
perderte, y hoy saber que estoy ganando
un recuerdo en el que vuelvo
a tocar tu mano por vez primera,
y sonríes, de nueva cuenta, extrañada,
desconocida, hermosa, de alas abiertas.
Puesto que nada he poseído,
porque compartir es distinta
cosa, no te pierdo al soltar
tu mano. Me quedará, para
invocar el beso de la fortuna,
moneda en el fondo del bolsillo,
el timbre de tu voz, tu sonrojo,
el interminable río de tu cabello,
y entre todas las cosas que guardo
ahora, el arco sensual de tu sonrisa.
No te pierdo, aunque me sangre
la mano izquierda de pensarte,
y ahora tenga que silenciar
ciertas canciones, algún libro
que me susurre, en el descuido,
una palabra que me lleve
al lado tuyo, sorprendido, amante,
enamorado. No sé si algo gané,
si alguna vez tendré otro fuego
para alumbrar el vientre de la noche,
si morderé otra fruta dulce
como la fruta tierna de tu labio.
Ahora, sostengo, feliz, la certeza
ingenua, inocente, de haber amado
cada cosa que tocó tu risa,
cada poro de tu piel, el temor de un día
perderte, y hoy saber que estoy ganando
un recuerdo en el que vuelvo
a tocar tu mano por vez primera,
y sonríes, de nueva cuenta, extrañada,
desconocida, hermosa, de alas abiertas.
Porque mi corazón te huele, escribo.
En la distancia ardes hermosamente:
el eco de tu brasa ilumina estas líneas.
Y yo, que soy torpe para aguzar el oído,
comienzo a escuchar furiosas melodías
si alguien, en el descuido, llega a nombrarte.
En la distancia ardes hermosamente:
el eco de tu brasa ilumina estas líneas.
Y yo, que soy torpe para aguzar el oído,
comienzo a escuchar furiosas melodías
si alguien, en el descuido, llega a nombrarte.
Porque mi carne se deshoja, anclada
en un otoño interminable, escribo.
En el cuenco de mi mano guardaré, siempre,
la ternura de tu nombre, el crisol
en que fraguamos aunque oscuramente
la flor que nos dió nombre.
Vuelvo a nombrarte, a recorrer la sierra.
Otra vez, los crótalos huyen a mi paso,
los árboles se mecen al vuelo de tu falda.
en un otoño interminable, escribo.
En el cuenco de mi mano guardaré, siempre,
la ternura de tu nombre, el crisol
en que fraguamos aunque oscuramente
la flor que nos dió nombre.
Vuelvo a nombrarte, a recorrer la sierra.
Otra vez, los crótalos huyen a mi paso,
los árboles se mecen al vuelo de tu falda.
será que me hice frágil en este trasegar
de calendarios y rumiar el coraje o el espanto,
que tantas horas, tanto piar bajo techo,
hizo, finalmente, mella en mi esqueleto;
que algo se me rompió acá adentro,
de estar a salvo, de tener abrigo para ahuyentar
el frío, de cerrar los ojos y acudir el sueño,
y este cicatrizar de ciertas heridas,
este soltarme de su mano el dolor,
me ha desvencijado los duros muebles de la casa,
y llenado de óxido los póstigos, el hierro
permanente en las compuertas del ojo,
y una música basta, un olor, para llamar,
angustioso, triste con la tristeza de quien ama
en la descarnada, en la inexplicable mueca
de estar vivo, de necesitar al otro,
digo que basta el más mínimo acorde,
el más incierto resplandor entre la brasa,
para doblar este gastado renguear de mi cuerpo,
para quebrar, como una rama en el callado
bosque, mientras llueve, la bruta, la impasible
coraza que protegió mi pecho,
que basta un grito, feroz, en la distancia,
para poner a tiritar de angustia las pupilas,
y este rodar sobre los fangos, sobre el colorido
basural del tedio, es lo que me tiene, torvo,
ardiendo a medias, ladrando a mi sepulcro,
buscando, en el aullido, la salida, el estrépito final
que me desgarre, y con su rabia me consuele
de calendarios y rumiar el coraje o el espanto,
que tantas horas, tanto piar bajo techo,
hizo, finalmente, mella en mi esqueleto;
que algo se me rompió acá adentro,
de estar a salvo, de tener abrigo para ahuyentar
el frío, de cerrar los ojos y acudir el sueño,
y este cicatrizar de ciertas heridas,
este soltarme de su mano el dolor,
me ha desvencijado los duros muebles de la casa,
y llenado de óxido los póstigos, el hierro
permanente en las compuertas del ojo,
y una música basta, un olor, para llamar,
angustioso, triste con la tristeza de quien ama
en la descarnada, en la inexplicable mueca
de estar vivo, de necesitar al otro,
digo que basta el más mínimo acorde,
el más incierto resplandor entre la brasa,
para doblar este gastado renguear de mi cuerpo,
para quebrar, como una rama en el callado
bosque, mientras llueve, la bruta, la impasible
coraza que protegió mi pecho,
que basta un grito, feroz, en la distancia,
para poner a tiritar de angustia las pupilas,
y este rodar sobre los fangos, sobre el colorido
basural del tedio, es lo que me tiene, torvo,
ardiendo a medias, ladrando a mi sepulcro,
buscando, en el aullido, la salida, el estrépito final
que me desgarre, y con su rabia me consuele
no niego la herida que me nombra
yo quería que comprendieses el caos en mí,
el extraño funcionamiento de mis engranajes, esta lucidez
que me clava las espuelas en el costillar,
este abrir los ojos, adivinar en el oscuro lecho
el madero bajo la carne, volver a sentir en el labio superior
el metal de los denarios; yo quería que tú supieras
cómo apaciguar mis bestias en el escenario,
que les hicieras restallar el látigo para mantener
su instinto a raya: porque van a destrozar cada mueble,
cada primoroso tejado, cada espejo; yo quería
que me entendieras: que nada tengo sino este incendio,
los molares del miedo sobre mi hombro izquierdo,
la angustia atravesada cual aguja en mi garganta,
que soy apenas nada sin esta lobreguez, sin los grises
de esta hora en que te digo adiós, que entre tus palmas
llevas cautivo el estúpido gorrión de mi sonrisa
yo quería que comprendieses el caos en mí,
el extraño funcionamiento de mis engranajes, esta lucidez
que me clava las espuelas en el costillar,
este abrir los ojos, adivinar en el oscuro lecho
el madero bajo la carne, volver a sentir en el labio superior
el metal de los denarios; yo quería que tú supieras
cómo apaciguar mis bestias en el escenario,
que les hicieras restallar el látigo para mantener
su instinto a raya: porque van a destrozar cada mueble,
cada primoroso tejado, cada espejo; yo quería
que me entendieras: que nada tengo sino este incendio,
los molares del miedo sobre mi hombro izquierdo,
la angustia atravesada cual aguja en mi garganta,
que soy apenas nada sin esta lobreguez, sin los grises
de esta hora en que te digo adiós, que entre tus palmas
llevas cautivo el estúpido gorrión de mi sonrisa
Debo decirlo:
mi voz es cosa trunca,
flama que no termina de arder;
que mi memoria es limitada,
inexacta, dique pleno de fugas,
mi voz es cosa trunca,
flama que no termina de arder;
que mi memoria es limitada,
inexacta, dique pleno de fugas,
ahí va, despistado, el recuerdo de mi infancia
no sé cuando volverá
ni si volverá
el momento exacto en que la euforia
irrigó por primera vez mi vena
Me estorban las etiquetas
como la piel que me sobra,
me provocan urticaria,
sé por eso que debo evitarlas
como dios a los altares
hay, en el cuenco del costillar, una manada
de bestias sin domeñar, descuidadas.
alguien las ha llamado mías,
pero poco sé del arte domesticador
Decía que soy cosa inacabada
y no hay música o pecho de mujer
donde me sienta a salvo
no sé cuando volverá
ni si volverá
el momento exacto en que la euforia
irrigó por primera vez mi vena
Me estorban las etiquetas
como la piel que me sobra,
me provocan urticaria,
sé por eso que debo evitarlas
como dios a los altares
hay, en el cuenco del costillar, una manada
de bestias sin domeñar, descuidadas.
alguien las ha llamado mías,
pero poco sé del arte domesticador
Decía que soy cosa inacabada
y no hay música o pecho de mujer
donde me sienta a salvo
la dentellada es dulce si te alejas
si el ojo cerrado de tu vulva lanza un guiño,
si la cortina de la tarde me encuentra sorprendido
cuando enciendo luces de Bohemia.
el zarpazo es dulce en su hundimiento sobre la carne
si la sal del sudor lo besa mientras cabalga,
si al hacerlo brotan huracanes en el vientre.
la mano, ojo de ciego, palpita ante la llama,si el ojo cerrado de tu vulva lanza un guiño,
si la cortina de la tarde me encuentra sorprendido
cuando enciendo luces de Bohemia.
el zarpazo es dulce en su hundimiento sobre la carne
si la sal del sudor lo besa mientras cabalga,
si al hacerlo brotan huracanes en el vientre.
lengua cinco veces seca, busca el manantial
que alivie sus falanges, resbala por tus muslos
Oración para el desierto
1
En este sitio, en esta hora, con la mirada herida
me pregunto si habrá cuchilla que alcance para rajar
este costal de huesos, este carcamal de vejatoria lloradera
En este sitio, en esta hora, con la mirada herida
me pregunto si habrá cuchilla que alcance para rajar
este costal de huesos, este carcamal de vejatoria lloradera
2
Avivarás el fuego que dejaste apagar,
pero no encontrarás en tu caída esta ceniza
Avivarás el fuego que dejaste apagar,
pero no encontrarás en tu caída esta ceniza
3
En esta hora, con estos labios abiertos
te nombro para conjurarte: digo adiós, ya me he marchado,
ya las palomas del desvelo alzan el vuelo,
dejan su mierda para ornamento de los tejados
En esta hora, con estos labios abiertos
te nombro para conjurarte: digo adiós, ya me he marchado,
ya las palomas del desvelo alzan el vuelo,
dejan su mierda para ornamento de los tejados
4
en esta hora, con esta carne abierta
como carne de rastro público,
arracimado de insectos o fantasmas,
fijo la vista en el imposible vientre del horizonte,
en la costra de hechos cotidianos,
este gemir a tientas, eviscerado,
hecho pedazos en la osamenta,
trozo de absurdo vegetal, perro salvaje
que lame en la oscuridad el oxidado hierro de su cadena
en esta hora, con esta carne abierta
como carne de rastro público,
arracimado de insectos o fantasmas,
fijo la vista en el imposible vientre del horizonte,
en la costra de hechos cotidianos,
este gemir a tientas, eviscerado,
hecho pedazos en la osamenta,
trozo de absurdo vegetal, perro salvaje
que lame en la oscuridad el oxidado hierro de su cadena
5
En esta hora, con estos brazos descoyuntados,
tiendo la mano, enciendo el fuego
para iluminar esta noche imaginada
En esta hora, con estos brazos descoyuntados,
tiendo la mano, enciendo el fuego
para iluminar esta noche imaginada
6
en esta calle, con esta desazón,
con cada herida abierta,
abro las alas, sacudo el polvo a los fantasmas
en esta calle, con esta desazón,
con cada herida abierta,
abro las alas, sacudo el polvo a los fantasmas
7
en esta noche, en este muladar
plagado de fantasmas,
con el temblor de piernas,
con la quijada retorcida, temblequeante,
con la saliva amarga atorada en las encías,
hecho jirones, destemplado,
en esta noche, de ojos oscuros,
se abre una ventana frente a mi ceguera
brotan los girasoles, la carne
para alimentar mi bestia interior
en esta noche, en este muladar
plagado de fantasmas,
con el temblor de piernas,
con la quijada retorcida, temblequeante,
con la saliva amarga atorada en las encías,
hecho jirones, destemplado,
en esta noche, de ojos oscuros,
se abre una ventana frente a mi ceguera
brotan los girasoles, la carne
para alimentar mi bestia interior
8
en esta muerte, en esta letanía,
de mano abierta y ojo herido,
salto sobre la cuerda floja
de la cordura
con estos pies, con los parásitos
que abandoné en la infancia,
en esta muerte, en este beso
de borrachera adolescente,
en este batir de puertas
o alas de mariposa oscura,
malagüerante signo del verano
en esta muerte, en esta letanía,
de mano abierta y ojo herido,
salto sobre la cuerda floja
de la cordura
con estos pies, con los parásitos
que abandoné en la infancia,
en esta muerte, en este beso
de borrachera adolescente,
en este batir de puertas
o alas de mariposa oscura,
malagüerante signo del verano
9
en esta sombra, con estos ojos embarrados de tristeza
apelmazado sobre el asfalto,
escuálido plumífero palmípedo
sabrá dios sobre qué aguas naufragado:
tuerzo la mueca a la locura, me aviento un coyotito
dos tres rounds contra la parca
en esta sombra, con estos ojos embarrados de tristeza
apelmazado sobre el asfalto,
escuálido plumífero palmípedo
sabrá dios sobre qué aguas naufragado:
tuerzo la mueca a la locura, me aviento un coyotito
dos tres rounds contra la parca
10
en esta borrachera, en este banquetal de noches,
tuya es mi arcada primigenia,
el charco te ofrendo sobre el asfalto,
perfumado por los siglos de los siglos
en esta borrachera, en este banquetal de noches,
tuya es mi arcada primigenia,
el charco te ofrendo sobre el asfalto,
perfumado por los siglos de los siglos
11
en este dolor de hueso, en esta rotura del deseo,
palmo a palmo hecho nudo
me arrastro entre polvo perros muertos
dos tres ebrios
en esta mordedura de talones, con esta bandera
enterrada en la clavícula del amor propio,
ardo pero la casa sigue fría, la lluvia es incesante
en este dolor de hueso, en esta rotura del deseo,
palmo a palmo hecho nudo
me arrastro entre polvo perros muertos
dos tres ebrios
en esta mordedura de talones, con esta bandera
enterrada en la clavícula del amor propio,
ardo pero la casa sigue fría, la lluvia es incesante
12
en este alarido, en esta calle de cloacas anegadas,
en este corsariaje del desvelo, con ese tremolar de piedras
en el bajo vientre, sobre el pañuelo de la ausencia,
en esta hora que abre y cierra las alas como insecto herido,
tiendo mis pertenencias sobre el fuego,
entro entre las llamas como el bautista a las caudalosas aguas
en este alarido, en esta calle de cloacas anegadas,
en este corsariaje del desvelo, con ese tremolar de piedras
en el bajo vientre, sobre el pañuelo de la ausencia,
en esta hora que abre y cierra las alas como insecto herido,
tiendo mis pertenencias sobre el fuego,
entro entre las llamas como el bautista a las caudalosas aguas
13
en este envase oscurecido, en la mano que retira una corcholata,
alarido de mí, salto al vacío desde el vacío,
miro el espejo, el insectario de tu alma
en este envase oscurecido, en la mano que retira una corcholata,
alarido de mí, salto al vacío desde el vacío,
miro el espejo, el insectario de tu alma
14
en estas horas de ladrido, en cada gimoteo de hembra herida
parto a la calle, hago piruetas en semáforos sin rojo,
en este siglo, con estas luces averiadas:
en la mano, como un ramo de flores viejas,
empuño tu nombre
en estas horas de ladrido, en cada gimoteo de hembra herida
parto a la calle, hago piruetas en semáforos sin rojo,
en este siglo, con estas luces averiadas:
en la mano, como un ramo de flores viejas,
empuño tu nombre
15
En esta agua empozada, en cada gota que se arroja sobre la tierra, kamikaze,
con este aire musical, con el terror a medianoche ante el silbo,
el horror de las bestias, salgo
lanzo mi aullido desde el tejado
En esta agua empozada, en cada gota que se arroja sobre la tierra, kamikaze,
con este aire musical, con el terror a medianoche ante el silbo,
el horror de las bestias, salgo
lanzo mi aullido desde el tejado
16
en este punzar de agujas sobre el lomo,
este coleccionar semillas, aspirar la fragancia
de putrefacto fruto para el hambre,
este cadalso de adusta impertinencia, arrastrar los pies sobre el polvo de la casa
en este punzar de agujas sobre el lomo,
este coleccionar semillas, aspirar la fragancia
de putrefacto fruto para el hambre,
este cadalso de adusta impertinencia, arrastrar los pies sobre el polvo de la casa
17
con este rechinar de huesos sobre la piedra,
este crepitar de brasas en el patio,
luego de haber calcinado el cadáver animal de sí mismo,
este anudarse a las baldosas, repicar,
el rompimiento del silencio en esa tarde que se encumbra
con este rechinar de huesos sobre la piedra,
este crepitar de brasas en el patio,
luego de haber calcinado el cadáver animal de sí mismo,
este anudarse a las baldosas, repicar,
el rompimiento del silencio en esa tarde que se encumbra
18
en esta niebla, con este ojo dislocado,
la grieta en que se escurren las razones,
en este muladar donde parirse uno mismo,
beso en gangrena, apelmazada carne,
descompuesto, el par de brazos extendidos,
cable telegráfico, tendedero de palomas,
suplicante de refacciones para la víscera
en esta niebla, con este ojo dislocado,
la grieta en que se escurren las razones,
en este muladar donde parirse uno mismo,
beso en gangrena, apelmazada carne,
descompuesto, el par de brazos extendidos,
cable telegráfico, tendedero de palomas,
suplicante de refacciones para la víscera
19
en este barandal, viendo el horizonte de concreto,
con esta música de fauces abiertas,
en este agitar de pañuelos blancos, sin puerto
ni puertas, en este invierno que se aleja,
que nos dice adiós muchachos, adiós,
que se ríe secretamente, que nos separa
como se separa la carne de la carne,
en este partidero de camiones, con este ruido
de bocinas y autoestéreos,
con este pantalón desgastado, con la lengua de fuera
en este barandal, viendo el horizonte de concreto,
con esta música de fauces abiertas,
en este agitar de pañuelos blancos, sin puerto
ni puertas, en este invierno que se aleja,
que nos dice adiós muchachos, adiós,
que se ríe secretamente, que nos separa
como se separa la carne de la carne,
en este partidero de camiones, con este ruido
de bocinas y autoestéreos,
con este pantalón desgastado, con la lengua de fuera
20
en este salivar ante el plato servido
de la muerte, en esta mesa plena
en esta marejada, en este otoño,
desde esta ausencia, me pregunto:
¿cómo serás a tu retorno, qué palabra
te traerá de vuelta, qué bandera
con su corte de cadáveres anunciará tu arribo?
en este salivar ante el plato servido
de la muerte, en esta mesa plena
en esta marejada, en este otoño,
desde esta ausencia, me pregunto:
¿cómo serás a tu retorno, qué palabra
te traerá de vuelta, qué bandera
con su corte de cadáveres anunciará tu arribo?
21
en este crepitar, en esta calle humedecida
en este cuerpo que se dobla,
en esta música, trino de jilgueros amaestrados,
en este amontonamiento de casualidades,
en este estirar el brazo y no hallar cuerpo
ni cobija para ahuyentar la madrugada,
en este soliloquio, en este cenicero rebosante
en este crepitar, en esta calle humedecida
en este cuerpo que se dobla,
en esta música, trino de jilgueros amaestrados,
en este amontonamiento de casualidades,
en este estirar el brazo y no hallar cuerpo
ni cobija para ahuyentar la madrugada,
en este soliloquio, en este cenicero rebosante
22
en este pecho colapsado, en este tiritar
de huesos bajo el chipi chipi, humedecido
hasta el más recóndito pedazo de tuétano;
en este mugir, ganado de la nostalgia,
mientras se busca el pan entre la hierba,
hambriento, incócupe, envejecido:
en este hundir de manos en el agua helada,
en esta carraspera, esta tuberculosis del amor,
tirado en cama, flemático, bañado en coágulos
de tristeza, en este lecho donde incluso
el reflejo es un muchacho enfermo
en este pecho colapsado, en este tiritar
de huesos bajo el chipi chipi, humedecido
hasta el más recóndito pedazo de tuétano;
en este mugir, ganado de la nostalgia,
mientras se busca el pan entre la hierba,
hambriento, incócupe, envejecido:
en este hundir de manos en el agua helada,
en esta carraspera, esta tuberculosis del amor,
tirado en cama, flemático, bañado en coágulos
de tristeza, en este lecho donde incluso
el reflejo es un muchacho enfermo
23
en este atisbo de borrachera
que no llega, en esta marejada;
en la oquedad del hueso primordial,
en la coagulación del beso,
en este crepitar de cenizas vagas,
en este lecho de sombra, en este horror
en esta balacera de las cinco de la tarde,
en este adivinar que no has venido,
oler tus huellas, arrojarse a los brazos
de la soledad cuando has pasado
de largo, indiferente, fantasma carnal,
reflejo vivo de tí misma
en este atisbo de borrachera
que no llega, en esta marejada;
en la oquedad del hueso primordial,
en la coagulación del beso,
en este crepitar de cenizas vagas,
en este lecho de sombra, en este horror
en esta balacera de las cinco de la tarde,
en este adivinar que no has venido,
oler tus huellas, arrojarse a los brazos
de la soledad cuando has pasado
de largo, indiferente, fantasma carnal,
reflejo vivo de tí misma
24
En este zozobrar de ojos abiertos, en este hurgar tras las ventanas,
con el secreto anhelo de horizonte
saltando en el pecho, anfibio, cefalópodo,
hijo desheredado de la evolución,
pero entusiasta, vivaz,
telúrico hasta la punta de los huesos, inundado y febril hasta el más oscuro rincón del anhelo;
en este ulular de sirenas a medianoche,
en este abrir la serenidad bajo la niebla,
en este escarbar con los ojos como con zapapicos
la madrugada y su rostro de bruma;
en esta balacera perpetua,
en este recoger cadáveres cual cosechar frutos maduros en demasía,
en este ejercicio de respirar, morder el polvo, abrir los ojos de nueva cuenta,
abrazar lo que a la mano tenga la locura,
se llame abismo o aturdimiento o carne de mujer
En este zozobrar de ojos abiertos, en este hurgar tras las ventanas,
con el secreto anhelo de horizonte
saltando en el pecho, anfibio, cefalópodo,
hijo desheredado de la evolución,
pero entusiasta, vivaz,
telúrico hasta la punta de los huesos, inundado y febril hasta el más oscuro rincón del anhelo;
en este ulular de sirenas a medianoche,
en este abrir la serenidad bajo la niebla,
en este escarbar con los ojos como con zapapicos
la madrugada y su rostro de bruma;
en esta balacera perpetua,
en este recoger cadáveres cual cosechar frutos maduros en demasía,
en este ejercicio de respirar, morder el polvo, abrir los ojos de nueva cuenta,
abrazar lo que a la mano tenga la locura,
se llame abismo o aturdimiento o carne de mujer
25
Este trasegar de sombras, la revoltura de la paja
y sus astillas, esta rajadura de la carne,
la elipse abierta del espanto, este romperse
los trapos de la calma, andar desnudo del sosiego,
requemado, purulento, acuciante
bajo ésta luna en decreciente, húmedo en la nube,
en el cadalso de la tarde que se llega
como se llegan los frutos maduros
de la jungla
Este trasegar de sombras, la revoltura de la paja
y sus astillas, esta rajadura de la carne,
la elipse abierta del espanto, este romperse
los trapos de la calma, andar desnudo del sosiego,
requemado, purulento, acuciante
bajo ésta luna en decreciente, húmedo en la nube,
en el cadalso de la tarde que se llega
como se llegan los frutos maduros
de la jungla
26
En este izar las velas, levar anclas,
incendiar los barcos un segundo previo a la tormenta,
en esta carne que se consume en el deseo,
en la caricia contenida apenas abierto
el envase de esta piel,
en este crepitar, brasa, reducto de calor
en la oscura llovizna del desamor,
en este río de grito ahogado,
con sus muertos a cuestas,
con su podredumbre y la maravilla de su lecho,
en este pensar en otra humedad,
en la embriaguez de la lengua al tocar,
sugerente, ávida, el otro sexo,
el pelo ensortijado, esta necesidad de recordar
aquel gemido, aquel sudor,
esa ronquera en la voz ansiosa,
el sexo enhiesto, firme como la vela
de un barco que se hunde, surcado de fuego,
bajo el huracán
En este izar las velas, levar anclas,
incendiar los barcos un segundo previo a la tormenta,
en esta carne que se consume en el deseo,
en la caricia contenida apenas abierto
el envase de esta piel,
en este crepitar, brasa, reducto de calor
en la oscura llovizna del desamor,
en este río de grito ahogado,
con sus muertos a cuestas,
con su podredumbre y la maravilla de su lecho,
en este pensar en otra humedad,
en la embriaguez de la lengua al tocar,
sugerente, ávida, el otro sexo,
el pelo ensortijado, esta necesidad de recordar
aquel gemido, aquel sudor,
esa ronquera en la voz ansiosa,
el sexo enhiesto, firme como la vela
de un barco que se hunde, surcado de fuego,
bajo el huracán
27
Este bregar en el silencio, aspa,
molino en desolado,
este manotear en el oscuro fango
de la derrota, asido apenas
en la frágil corteza de los días,
meditabundo, errático, dolorosamente
trasnochado, tembloroso,
febril en el espasmo, en la locura,
puesto de pie apenas restallar el látigo del día,
sostenido lastimosamente por la endeble nada,
rabioso, herido en el recelo,
espumeante de amor propio, al borde del colapso,
carne aguijoneada por la duda,
este chapotear de aguas mansas, este regocijo
en la derrota, esta agonía tan postergada
Este bregar en el silencio, aspa,
molino en desolado,
este manotear en el oscuro fango
de la derrota, asido apenas
en la frágil corteza de los días,
meditabundo, errático, dolorosamente
trasnochado, tembloroso,
febril en el espasmo, en la locura,
puesto de pie apenas restallar el látigo del día,
sostenido lastimosamente por la endeble nada,
rabioso, herido en el recelo,
espumeante de amor propio, al borde del colapso,
carne aguijoneada por la duda,
este chapotear de aguas mansas, este regocijo
en la derrota, esta agonía tan postergada
28
Esta palpitación de las arterias,
este chaparral ardiendo al abrigo de la canícula,
fuego sobre fuego sobre el yermo,
este sonrojar de piedras, vuelo iniciático de garzas,
prenda primera del amor: este zarpazo en pecho,
la sangre conservada en aguardiente,
trofeo, signo de culminación de cazador,
este cadáver de sí mismo, ornamento de bienvenida;
en este siglo, en esta concatenación de yugos,
en este casi respirar bajo el peso de la polución,
esta cacería sobre concreto, este verbo desconjugado,
perro bendecido por los neumáticos del destino
Esta palpitación de las arterias,
este chaparral ardiendo al abrigo de la canícula,
fuego sobre fuego sobre el yermo,
este sonrojar de piedras, vuelo iniciático de garzas,
prenda primera del amor: este zarpazo en pecho,
la sangre conservada en aguardiente,
trofeo, signo de culminación de cazador,
este cadáver de sí mismo, ornamento de bienvenida;
en este siglo, en esta concatenación de yugos,
en este casi respirar bajo el peso de la polución,
esta cacería sobre concreto, este verbo desconjugado,
perro bendecido por los neumáticos del destino
29
en este cielo, arpón en las costillas del paisaje,
en este horror de calles inundadas,
de soliloquios y avenidas semejantes al desierto,
en este caerse las uñas por la casa,
en este abrirse las puertas de la úlcera péptica
del corazón, en este trote de bisontes,
este trepidar de pezuñas sobre la pradera,
en esta calma incendio en el cenit de la madrugada
alarido de cisne, percha para sostener
el grasiento abrigo de la locura
en este cielo, arpón en las costillas del paisaje,
en este horror de calles inundadas,
de soliloquios y avenidas semejantes al desierto,
en este caerse las uñas por la casa,
en este abrirse las puertas de la úlcera péptica
del corazón, en este trote de bisontes,
este trepidar de pezuñas sobre la pradera,
en esta calma incendio en el cenit de la madrugada
alarido de cisne, percha para sostener
el grasiento abrigo de la locura
Tal
vez dije lo que tenía para decir,
y me quedé, absorto, hosco, perruno
y destemplado, acuclillado
en la esquina de un mes lluvioso
porque herí con mi balbuceo el silencio
pero no de muerte,
y mordí en el beso trastabillante la lengua
del olvido, pero no conseguí sangrarla
tal vez debí callar cuando era necesario
pero hace tiempo que vengo a ladrar
desde la misma esquina, a cada parpadeo
de oscuridad, y alguien me arroja, puntual
el hueso astillado de la esperanza,
los restos del lenguaje, y hago festín
hasta el primer sarpazo de la duda,
y algo como un pez se agita en esta entraña,
en esta agua enfangada,
algo como un pez que se retuerce
en la madera de una barca, moribundo,
incapaz de articular rugido
y me quedé, absorto, hosco, perruno
y destemplado, acuclillado
en la esquina de un mes lluvioso
porque herí con mi balbuceo el silencio
pero no de muerte,
y mordí en el beso trastabillante la lengua
del olvido, pero no conseguí sangrarla
tal vez debí callar cuando era necesario
pero hace tiempo que vengo a ladrar
desde la misma esquina, a cada parpadeo
de oscuridad, y alguien me arroja, puntual
el hueso astillado de la esperanza,
los restos del lenguaje, y hago festín
hasta el primer sarpazo de la duda,
y algo como un pez se agita en esta entraña,
en esta agua enfangada,
algo como un pez que se retuerce
en la madera de una barca, moribundo,
incapaz de articular rugido
En el botiquín del veneno
-si hablamos de uno que se respete-
no puede faltar el mezcal.
-si hablamos de uno que se respete-
no puede faltar el mezcal.
Fuego líquido, purifica las heridas más profundas,
hace de los hombres santos
con lenguas de flama delicada,
sincera hasta al más cínico de los amantes,
les hace escribir desaforadas declaraciones de amor,
los envuelve en burbujas melodiosas
y no los deja caer en tanto dura su beso;
torna vulnerables a los superhombres,
los rompe como palillos chinos
y los deja parados al borde de la lágrima
con una invitación a sorber el vértigo del despeñadero.
hace de los hombres santos
con lenguas de flama delicada,
sincera hasta al más cínico de los amantes,
les hace escribir desaforadas declaraciones de amor,
los envuelve en burbujas melodiosas
y no los deja caer en tanto dura su beso;
torna vulnerables a los superhombres,
los rompe como palillos chinos
y los deja parados al borde de la lágrima
con una invitación a sorber el vértigo del despeñadero.
Cotidiano combustible,
no puede faltar tampoco a la mesa,
como la sal, o las tortillas.
Sirve para abrir el apetito de los desmemoriados
y en dosis leves como el primer beso,
aviva las pupilas de las niñas que sufren mal de amores.
En las pupilas del que regresa, el mezcal es
faro no puede faltar tampoco a la mesa,
como la sal, o las tortillas.
Sirve para abrir el apetito de los desmemoriados
y en dosis leves como el primer beso,
aviva las pupilas de las niñas que sufren mal de amores.
más efectivo que la brújula más sofisticada,
ahuyenta a los malos espíritus
y atrae a los amigos más lejanos.
No con fuego fue su inusual bautismo:
fue con mezcal, ese manso aguardiente
tan cercano al agua, tan vehemente
como las llamas del infierno mismo.
fue con mezcal, ese manso aguardiente
tan cercano al agua, tan vehemente
como las llamas del infierno mismo.
Fue decir en otra lengua el ingrediente
extraño que lo tornó en un sismo,
la marejada, el siniestro sincretismo
entre su carne y lo pendiente.
extraño que lo tornó en un sismo,
la marejada, el siniestro sincretismo
entre su carne y lo pendiente.
Fue otra llama, aunque cercana, parecida.
En el embrujo hubo que destilar la vida,
y que caer, y despertar al alba aullando
En el embrujo hubo que destilar la vida,
y que caer, y despertar al alba aullando
de un dolor que no dolía, que era nefando,
que carcomía la herida, que hendía la sangre,
que dejando lasitud dejaba el hambre.
Uno escucha ciertas melodías como un regalo del pasado
No de otro modo. Suena el primer rasgueo de esa guitarra, y
el alma se comba en cada hueso, vibra desde el más lejano de los nervios. El
hombre recuerda que hace tiempo cruzó el país de la infancia, y recogió dulces
frutos bajo el sol de mayo, que supo maravillarse en las tardes lluviosas de
agosto, que tuvo un padre.
Entonces vuelven los detalles, desordenados. Se recuerda el viejo tocadiscos, los cassettes amarillentos de viejos, un par de libros. Pero sobre todo se recuerda la voz serena de ese hombre al que tomábamos la mano por la certeza de estar a salvo en este mundo. Uno se sienta, y cada nota, cada acorde, cada verso le hacen evocar cual si tuviera frente a sí, como si en ese momento volviera a tener la inocencia, la indiferente suma de nueve años sobre la tierra; ambos caminan por las polvosas calles, y mientras uno repasa la lista de deseos y de temores ante el futuro, el otro escucha, y piensa aunque con otras palabras que a nadie admirará tanto como a ese hombre entrecano, casi un desconocido, que le habla con franqueza y un cariño que lo envuelve todo. Se recuerda la tarde de un domingo mirando el valle. Ambos sonríen con frialdad, ya no entrelazan las manos, y sin embargo, el aprecio, la calidez, la paz hallada en el otro, persisten, y alcanzan para iluminar este recuerdo.
Entonces vuelven los detalles, desordenados. Se recuerda el viejo tocadiscos, los cassettes amarillentos de viejos, un par de libros. Pero sobre todo se recuerda la voz serena de ese hombre al que tomábamos la mano por la certeza de estar a salvo en este mundo. Uno se sienta, y cada nota, cada acorde, cada verso le hacen evocar cual si tuviera frente a sí, como si en ese momento volviera a tener la inocencia, la indiferente suma de nueve años sobre la tierra; ambos caminan por las polvosas calles, y mientras uno repasa la lista de deseos y de temores ante el futuro, el otro escucha, y piensa aunque con otras palabras que a nadie admirará tanto como a ese hombre entrecano, casi un desconocido, que le habla con franqueza y un cariño que lo envuelve todo. Se recuerda la tarde de un domingo mirando el valle. Ambos sonríen con frialdad, ya no entrelazan las manos, y sin embargo, el aprecio, la calidez, la paz hallada en el otro, persisten, y alcanzan para iluminar este recuerdo.
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