El reto fue asir su mano, dejarle tocar el desastre que comienza en la
más corta de tus falanges y terminaba en el más largo de tu por entonces
kilométrico cabello, dejarle la puerta entornada a tu guarida, sin
fórmulas mágicas, sin más, arriesgarte a que viera tu libreta de notas
donde poco había de las horas pasadas en clase, y mucho de su andar de
cervatilla en celo, las marcas de acné que quisiste besar desde esa
tarde en que la oscuridad los sorprendió
en la escuálida hemeroteca municipal, de esa gana por dejar abierta, de
su mano, la jaula en que se guardaban las aves del deseo. El reto fue
dejarla pasar a tu espacio hasta entonces privado donde atesorabas,
ladrón sin secuaces, los libros que te ayudaban a alcanzar el alba, las
cuartillas emborronadas donde no hacías sino hablar de hombres y países
inexistentes, y alguna fotografía que te recordara el paraíso y el
infierno conviven en la tierra; tú eras un hombre hecho a fuerza de
romperle los candados al insomnio, que más de una ocasión durmió en
hoteles de gran parecido a centrales camioneras, un perro famélico,
solitario, hecho a dentelladas de otros perros, que mantenía, o
intentaba mantener el corazón intacto.
Pero ella nada sabía de las
horas pasadas a la intemperie hurgando entre las nubes un destello de
lucidez para alimentar el sosiego, poco o nada sabía de las marejadas
que en tí confluyen, ríos de corrientes estrepitosas que en su interior
cargan con toda certeza y esperanza que pudieras haber abrazado en la
vigilia. Decidiste callar sobre sus labios, y dejar que sospechara de la
calma como de una avenida donde delincuentes juveniles se reunen a
consumir la droga suburbial de las tardes. El reto fue pasar
desapercibido con la carga del delirio y de los celos, del descarnado
sentimiento que crecía en tu pecho a cada orgasmo: decidiste callar y
que el zorro del amor bajo tu cazadora te devorara desde un costado el
hígado y el corazón. A solas te incendiaste en una pira que construyeron
para dos, a solas, desencajado pero obligado por tí mismo al
estoicismo, dejaste que lluviera sobre el incendio, que todo desangrarse
fuera en vano, la mano extendida, y el músculo del corazón atravesado
por alfileres, secándose a cada pálpito.
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