ya no hay rocas, señores
ni desierto alucinante
todo lo ha devorado el tiempo
su fauce enrojecida, su luz
sin tiempo, y no hay estrella
donde caerse incierto
esta noche en medio de la noche
el rugimiento de las horas,
la casa desvencijada, pobre,
amontonamiento de astillas,
ha dicho nada
30 abr 2020
Cuando llegué ante Su presencia, el mundo había terminado. Acudí a su
llamado porque supuse hallaría respuestas, no por otra razón.
Pero es en vano mencionar su nombre ahora. He visto los arduos corredores de su palacio, la imposible geometría de sus jardines y el horroroso vacío de sus calabozos.
De nada me sirve nombrarlo ahora o esgrimir en un esfuerzo inútil mi ateísmo incorruptible. En el centro de su palacio, de las ruinas del palacio, hallé su cadáver. El sol comenzaba a erguirse sobre el firmamento y en unas horas breves desataría el nudo de la pestilencia.
Pero es en vano mencionar su nombre ahora. He visto los arduos corredores de su palacio, la imposible geometría de sus jardines y el horroroso vacío de sus calabozos.
De nada me sirve nombrarlo ahora o esgrimir en un esfuerzo inútil mi ateísmo incorruptible. En el centro de su palacio, de las ruinas del palacio, hallé su cadáver. El sol comenzaba a erguirse sobre el firmamento y en unas horas breves desataría el nudo de la pestilencia.
puedes olvidarlo todo, dejar que brote el polvo,
que el recuerdo de mujer tienda la red de su hilo
sobre tu carne sin luz, puedes abolir la fatiga
y permanecer tumbado, necio, sobre el riel de los días,
sin locomotora a tus espaldas dirás la soledad es una rama
de abeto que se desprende y cae interminablemente ;
puedes beber el agua turbia del desvelo, hacer nudos
con la lengua puesta sobre el hielo, parsimonioso,
tomar el talle de la miseria y bailar su tango, puedes
hurgar entre los papeles enmohecidos del destino,
hallar las propiedades ocultas de la nada,
y adosarlas a tu erial de mórbidas derrotas
que el recuerdo de mujer tienda la red de su hilo
sobre tu carne sin luz, puedes abolir la fatiga
y permanecer tumbado, necio, sobre el riel de los días,
sin locomotora a tus espaldas dirás la soledad es una rama
de abeto que se desprende y cae interminablemente ;
puedes beber el agua turbia del desvelo, hacer nudos
con la lengua puesta sobre el hielo, parsimonioso,
tomar el talle de la miseria y bailar su tango, puedes
hurgar entre los papeles enmohecidos del destino,
hallar las propiedades ocultas de la nada,
y adosarlas a tu erial de mórbidas derrotas
a fin de cuentas, el héroe de la historia
puede también ser aplastado en su minúscula
condición de peón en el juego del azar,
pero puedes intentar, muchacho, fingir
que palpita un corazón bajo tu pecho,
que desconoces la maquinaria del terror y del insomnio
puede también ser aplastado en su minúscula
condición de peón en el juego del azar,
pero puedes intentar, muchacho, fingir
que palpita un corazón bajo tu pecho,
que desconoces la maquinaria del terror y del insomnio
ceniza en los espejos
súbita, desconsoladamente
orbitas el centro de mi noche,
juegas, cazadora por fin agazapada,
en la víspera de mi derrota;
para llamar el alba, ronronea tu pecho,
suena como un caracol despojado
en su más íntima arena,
sal sin mar, adormecida rosa;
oscuro será tu cuerpo cuando sombra,
largo invento del otoño,
nunca mejor descrito
el deseo, ese cachorro
así es que llega, de nueva cuenta,
zarza ardiente, desértico espejismo,
indomeñable, el rostro de tu ausencia
nadie hay para hablar con el desvelo
en esta encrucijada en que todo se oye:
cada resquebrajamiento, cada espasmo
orbitas el centro de mi noche,
juegas, cazadora por fin agazapada,
en la víspera de mi derrota;
para llamar el alba, ronronea tu pecho,
suena como un caracol despojado
en su más íntima arena,
sal sin mar, adormecida rosa;
oscuro será tu cuerpo cuando sombra,
largo invento del otoño,
nunca mejor descrito
el deseo, ese cachorro
así es que llega, de nueva cuenta,
zarza ardiente, desértico espejismo,
indomeñable, el rostro de tu ausencia
nadie hay para hablar con el desvelo
en esta encrucijada en que todo se oye:
cada resquebrajamiento, cada espasmo
soneto 33
¿en qué rincón tu ardiente beso
ganó la noche y mi dolor futuro?
mares ahogué por inmaduro,
deshojé al desierto, vaya exceso;
ganó la noche y mi dolor futuro?
mares ahogué por inmaduro,
deshojé al desierto, vaya exceso;
diré que estaba solo y era oscuro
el día, la hora, la luna no era queso;
diré que en mi velorio no hubo rezo,
que estaba sin ti, dolido y prematuro;
que no toqué el vuelo de tu falda,
que anduve a ciegas, que esta casa
de mis ojos ya no es mía, de nadie:
diré que no he llegado, que tu espalda
en mis sueños aparece y se disfraza
de fuego, y me eleva por el aire.
el día, la hora, la luna no era queso;
diré que en mi velorio no hubo rezo,
que estaba sin ti, dolido y prematuro;
que no toqué el vuelo de tu falda,
que anduve a ciegas, que esta casa
de mis ojos ya no es mía, de nadie:
diré que no he llegado, que tu espalda
en mis sueños aparece y se disfraza
de fuego, y me eleva por el aire.
luego entonces, despierta un día, abre los ojos,
ponte en pie, cumple, ciego, tu rutina o el ritual
de ponerle la correa a tu destino, de llevarlo
a correr a un parque y recoger sus heces,
olvida el gancho al hígado, el uppercut de la sorpresa,
que todo te sea todo indiferente, como una postal
que no has de enviar y por ello dejas, muriendo,
bajo el sol de la ciudad, en su féretro público
de un estanquillo, de una tienda de objetos
sin deseo, dile a ti mismo "no hay manera, acaso
lo olvidemos al llegar a casa", no dejes al azar
poner su mano en tu hombro, que se te olvide
que una tarde recordaste el encorralamiento
de tu memoria, los sempiternos viajes al redil,
toro de lidia, tú, infinitamente asaeteado, y como
un héroe griego, condenado a la perpetua mutilación,
no por los buitres, y sin gloria ni esperanza de salvamento
acaso en el embriague sabatino, cual un sísifo
que recién caída la roca, desencumbra la montaña
y en la planicie, antes de buscar el objeto de su tarea,
entra a un minisuper y compra una ardiente cocacola;
y no habrá mucho más, la tarde sobrevendrá con su oleaje
de malvas, a susurrarte al oído que ha sido turbio el día,
aunque sea el mismo, que no hay hueso bajo tu carne
que no esté dolido, y que es urgente buscar mortaja
o una cama para el sueño, y olvidarás,
no habrá ansiedad saltando en el trampolín de tu sosiego,
hasta que un día, despiertes, abras los ojos, pongas en pie
todos tus huesos y algo, de pronto, se rompa,
entre la hora de sacar a orear la suerte y el vapor
en la cocina, acaso de café, o simple agua agitándose violenta
pero no pienses que te ha faltado la rabia en la quijada
de tu adormecido corazón, que fuiste derrotado,
ha sido siempre otro el motivo, han sido siempre
las buenas intenciones, tal vez el amor, ese perro
que ronca en el patio que no tiene tu habitación
las subrepticias marejadas del destino, y por eso
un día agachaste por fin la cabeza, domeñándote a ti mismo,
qué cadena de castigo, qué grilletes te habrían detenido!
pero recuerda ahora, y luego olvídalo, recuerda la canción,
que fuiste el gorrioncillo que tras de sí, estando dentro,
cerró la celda, conforme en su prisión
ponte en pie, cumple, ciego, tu rutina o el ritual
de ponerle la correa a tu destino, de llevarlo
a correr a un parque y recoger sus heces,
olvida el gancho al hígado, el uppercut de la sorpresa,
que todo te sea todo indiferente, como una postal
que no has de enviar y por ello dejas, muriendo,
bajo el sol de la ciudad, en su féretro público
de un estanquillo, de una tienda de objetos
sin deseo, dile a ti mismo "no hay manera, acaso
lo olvidemos al llegar a casa", no dejes al azar
poner su mano en tu hombro, que se te olvide
que una tarde recordaste el encorralamiento
de tu memoria, los sempiternos viajes al redil,
toro de lidia, tú, infinitamente asaeteado, y como
un héroe griego, condenado a la perpetua mutilación,
no por los buitres, y sin gloria ni esperanza de salvamento
acaso en el embriague sabatino, cual un sísifo
que recién caída la roca, desencumbra la montaña
y en la planicie, antes de buscar el objeto de su tarea,
entra a un minisuper y compra una ardiente cocacola;
y no habrá mucho más, la tarde sobrevendrá con su oleaje
de malvas, a susurrarte al oído que ha sido turbio el día,
aunque sea el mismo, que no hay hueso bajo tu carne
que no esté dolido, y que es urgente buscar mortaja
o una cama para el sueño, y olvidarás,
no habrá ansiedad saltando en el trampolín de tu sosiego,
hasta que un día, despiertes, abras los ojos, pongas en pie
todos tus huesos y algo, de pronto, se rompa,
entre la hora de sacar a orear la suerte y el vapor
en la cocina, acaso de café, o simple agua agitándose violenta
pero no pienses que te ha faltado la rabia en la quijada
de tu adormecido corazón, que fuiste derrotado,
ha sido siempre otro el motivo, han sido siempre
las buenas intenciones, tal vez el amor, ese perro
que ronca en el patio que no tiene tu habitación
las subrepticias marejadas del destino, y por eso
un día agachaste por fin la cabeza, domeñándote a ti mismo,
qué cadena de castigo, qué grilletes te habrían detenido!
pero recuerda ahora, y luego olvídalo, recuerda la canción,
que fuiste el gorrioncillo que tras de sí, estando dentro,
cerró la celda, conforme en su prisión
que en el centro de la llama levantó su nido
y no hubo lágrima o verano,
o muladar donde guardar el ansia,
ni última esquina para alcanzar
el perfil adusto, la madurez por fin
ganada, como un hierro en el híjar,
ganado sostenido por dos piernas
y la raquítica esperanza, esclavo
apenas, a penas malherido, el pecho,
la furia osamental, la sangre, todo
lo que palpita bajo el cuero,
la tristísima palabra donde se anuda
el viento, pañuelo o hacha afilada
sobre el cuello, pero de quién;
y de quién tuberculosa propiedad
el chisguete del llanto o de la hiel,
el destemplado otoño, el sorpresivo
despliegue de alas del cuervo
o la paloma, de quién entonces
la próxima embestida del oleaje,
la tumefacción del músculo, del ojo,
a quién, entonces, reclamar el desaliño,
la descuidada partitura de laringes,
con qué bastón de ciego, en qué oscuridad
tantear lo roto, adivinando, con la yema
de qué falange, con qué espejo
estrellarse en el agua, en qué astillar
o muladar donde guardar el ansia,
ni última esquina para alcanzar
el perfil adusto, la madurez por fin
ganada, como un hierro en el híjar,
ganado sostenido por dos piernas
y la raquítica esperanza, esclavo
apenas, a penas malherido, el pecho,
la furia osamental, la sangre, todo
lo que palpita bajo el cuero,
la tristísima palabra donde se anuda
el viento, pañuelo o hacha afilada
sobre el cuello, pero de quién;
y de quién tuberculosa propiedad
el chisguete del llanto o de la hiel,
el destemplado otoño, el sorpresivo
despliegue de alas del cuervo
o la paloma, de quién entonces
la próxima embestida del oleaje,
la tumefacción del músculo, del ojo,
a quién, entonces, reclamar el desaliño,
la descuidada partitura de laringes,
con qué bastón de ciego, en qué oscuridad
tantear lo roto, adivinando, con la yema
de qué falange, con qué espejo
estrellarse en el agua, en qué astillar
Llamé a tu puerta, era muy tarde.
Llovía también, casi un diluvio.
Olí de flores blancas el efluvio.
Oí a lo lejos un verso de Velarde.
Llovía también, casi un diluvio.
Olí de flores blancas el efluvio.
Oí a lo lejos un verso de Velarde.
Llamóme un fantasma del Vesubio,
su oscura voz me vió cobarde.
Corrí con miedo, no hago alarde.
Diré: ese cruel trance fue preludio
de noches ominosas, de espejos
que gritaban, de torvos espejismos.
Llamé a mi dios -su nombre es nadie-
y nadie respondió, pero a lo lejos.
Grité, lloré a rabiar, maldije abismos;
me hallé sin mi, mascando el aire.
su oscura voz me vió cobarde.
Corrí con miedo, no hago alarde.
Diré: ese cruel trance fue preludio
de noches ominosas, de espejos
que gritaban, de torvos espejismos.
Llamé a mi dios -su nombre es nadie-
y nadie respondió, pero a lo lejos.
Grité, lloré a rabiar, maldije abismos;
me hallé sin mi, mascando el aire.
hablemos, pues, de lo que cimbra,
de lo telúrico que en el ojo salta,
de este carnaval de carne y oropeles;
que alguien venga a decir, para que conste,
dónde dejó su huella la ceniza,
en qué páramo o desierto
y hablemos entonces de lo que doloroso
se enquista y hiede a sangre,
a víscera ofrendada a los dioses
paganos del olvido
de lo telúrico que en el ojo salta,
de este carnaval de carne y oropeles;
que alguien venga a decir, para que conste,
dónde dejó su huella la ceniza,
en qué páramo o desierto
y hablemos entonces de lo que doloroso
se enquista y hiede a sangre,
a víscera ofrendada a los dioses
paganos del olvido
y entonces
dejar a las horas
romperse
contra el hastío
(mariposas
palomillas
en un radiador)
a eso se resume
estar vivo
nadie dijo
desde luego
hemos de sorber
el miedo
en silencio
de apretujar
bajo la quijada
la desesperación
fingir que
la demencia
viste ropas
de verano
que nos toma
de la mano
cuando en verdad
tiene su fauce
abierta
sobre la yugular
nadie nos dijo
que lameríamos
nuestra sangre
del suelo
sedientos
que a ratos
estaríamos
gritando
por un poco de piedad
así fuera una pizca
una leve brisa
que nos acaricie
el rostro
que nos
recuerde
existe el mar
dejar a las horas
romperse
contra el hastío
(mariposas
palomillas
en un radiador)
a eso se resume
estar vivo
nadie dijo
desde luego
hemos de sorber
el miedo
en silencio
de apretujar
bajo la quijada
la desesperación
fingir que
la demencia
viste ropas
de verano
que nos toma
de la mano
cuando en verdad
tiene su fauce
abierta
sobre la yugular
nadie nos dijo
que lameríamos
nuestra sangre
del suelo
sedientos
que a ratos
estaríamos
gritando
por un poco de piedad
así fuera una pizca
una leve brisa
que nos acaricie
el rostro
que nos
recuerde
existe el mar
28 abr 2020
Me lo encontré por la calle una tarde de esas tan comunes del rumbo,
llenas de niebla, en las que uno apenas alcanza a ver a unos metros de
distancia pese a ser mediodía. Venía dando tumbos, midiendo la calle
como quien dice, ebrio y desarrapado. Pese a la suciedad y lo andrajoso
de sus ropas, a su imagen descuidada (su cabello, siempre largo, lo
mismo que su barba, habían perdido todo brillo: eran plastas hediondas
de mugre que pasaron del pulcro blanco a un café deslucido y opaco), pese a que agachó la mirada apenas verme, lo reconocí de inmediato.
Deshice los pasos y lo invité a mi departamento. Prefirió quedarse en el vano de la puerta y a regañadientes aceptó un vaso de agua que le ofrecí. Ni qué decir de todo lo que debí insistirle para que se deshiciera de su calzado roto y aceptara un par de tenis viejos pero en buen estado, así como ropa limpia que le diera una imagen menos deplorable.
Cuando se fue, quiso darme un abrazo que educadamente rechacé. Su aliento alcohólico y el olor rancio de sudor eran demasiado para mi olfato, sé que no lo habría soportado y muy seguramente habría terminado vomitando.
Lo acompañé a la salida.
Ya en la calle, mientras se encaminaba calle arriba, me agradeció con unos ojillos de animal lastimado.
No mames, pinche Dios, le dije, ya ponte serio cabrón; al mundo se lo carga la chingada y tú en la peda, ya ni la chingas.
No sé qué dijo en su balbuceo, pero la mirada que me lanzó prometía un sitio privilegiado en el séptimo círculo del infierno.
Tal vez me mentó la madre, nunca lo sabré.
Luego se perdió entre la bruma, dando tumbos, midiendo la calle como quien dice.
Deshice los pasos y lo invité a mi departamento. Prefirió quedarse en el vano de la puerta y a regañadientes aceptó un vaso de agua que le ofrecí. Ni qué decir de todo lo que debí insistirle para que se deshiciera de su calzado roto y aceptara un par de tenis viejos pero en buen estado, así como ropa limpia que le diera una imagen menos deplorable.
Cuando se fue, quiso darme un abrazo que educadamente rechacé. Su aliento alcohólico y el olor rancio de sudor eran demasiado para mi olfato, sé que no lo habría soportado y muy seguramente habría terminado vomitando.
Lo acompañé a la salida.
Ya en la calle, mientras se encaminaba calle arriba, me agradeció con unos ojillos de animal lastimado.
No mames, pinche Dios, le dije, ya ponte serio cabrón; al mundo se lo carga la chingada y tú en la peda, ya ni la chingas.
No sé qué dijo en su balbuceo, pero la mirada que me lanzó prometía un sitio privilegiado en el séptimo círculo del infierno.
Tal vez me mentó la madre, nunca lo sabré.
Luego se perdió entre la bruma, dando tumbos, midiendo la calle como quien dice.
poesía de la muerte de mi muerte
me aferro a ti, lacerado,
marsupial me guardo en ti,
para entrar a la boca del incendio
poesía
de la piedra en mi cabeza
del oleaje devorador de barcas
de la espina profunda en el beso a la carne
de los huesos mordiscados por la hiena desesperación
en tu grito cetáceo me despierto
devórame
que mi aullido de mono te acompañe
aunque caries, aunque obsceno resto
que enjuagar de entre tus dientes
muérdeme, piérdeme
poesía del terror de estar callado:
en tus garras encomiendo
el pichón cansado de mi espíritu
me aferro a ti, lacerado,
marsupial me guardo en ti,
para entrar a la boca del incendio
poesía
de la piedra en mi cabeza
del oleaje devorador de barcas
de la espina profunda en el beso a la carne
de los huesos mordiscados por la hiena desesperación
en tu grito cetáceo me despierto
devórame
que mi aullido de mono te acompañe
aunque caries, aunque obsceno resto
que enjuagar de entre tus dientes
muérdeme, piérdeme
poesía del terror de estar callado:
en tus garras encomiendo
el pichón cansado de mi espíritu
Deja que todo transcurra, que el miedo ladre desde su azotea, que la
angustia te obstruya como un río de sangre la garganta: deja que la vida
se te escurra entre los dedos atrofiados de pergeñar manuscritos apenas
legibles, apenas valederos.
Deja a las hienas blancas del insomnio destrozar tus huesos, que cada golpe de deseo insatisfecho, que cada anhelo frustrado te haga jirones el maltrecho lienzo de la piel.
No te opongas. Nada hay para ti allá afuera. Nadie.
Olvida la imposible necesidad del otro. Arroja tus anclas a mitad del océano y luego incendia tus naves, que no haya tierra de por medio que te permita la mínima esperanza de supervivencia: enloquece de rabia y desesperación.
Arrójate entonces contra los acantilados del olvido. Y destrózalos.
Deja a las hienas blancas del insomnio destrozar tus huesos, que cada golpe de deseo insatisfecho, que cada anhelo frustrado te haga jirones el maltrecho lienzo de la piel.
No te opongas. Nada hay para ti allá afuera. Nadie.
Olvida la imposible necesidad del otro. Arroja tus anclas a mitad del océano y luego incendia tus naves, que no haya tierra de por medio que te permita la mínima esperanza de supervivencia: enloquece de rabia y desesperación.
Arrójate entonces contra los acantilados del olvido. Y destrózalos.
mi madre busca la azotea tras la lluvia
ya ha pasado la zozobra de vaciar los tendederos
el pasillo, ahora, hace las veces de secadero
(las camisas de su padre, los jirones de tela
con que visten sus hermanos -sólo de verlas
recuerda la parafina impregnada en sus pliegues)
pero ahora busca otra cosa, sonríe
con esa sonrisa que más tarde conocerán sus hijos
cuando con ella puesta les cuente
cómo sobrevivió las picaduras de alacrán en Puentito
o de su miedo nocturno a las ratas
que acechaban desde las vigas de su casa
a sus quince años y con la falda al viento
mira el arcoiris, embelesada lo saluda:
tiotakile, le dice, mientras el mundo alrededor desaparece
el pasillo, ahora, hace las veces de secadero
(las camisas de su padre, los jirones de tela
con que visten sus hermanos -sólo de verlas
recuerda la parafina impregnada en sus pliegues)
pero ahora busca otra cosa, sonríe
con esa sonrisa que más tarde conocerán sus hijos
cuando con ella puesta les cuente
cómo sobrevivió las picaduras de alacrán en Puentito
o de su miedo nocturno a las ratas
que acechaban desde las vigas de su casa
a sus quince años y con la falda al viento
mira el arcoiris, embelesada lo saluda:
tiotakile, le dice, mientras el mundo alrededor desaparece
Cartas como novias abandonadas en los parques
He debido decir hace ya tiempo que tu cercanía es algo que sin buscarlo
anhelo. Que toda luz se enciende cuando llegas, que vuelven a abrir sus
pétalos los jardines -que no consigo evitar la horrorosa cursilería-,
que no hay bruma ni invierno si te apareces al filo de la aurora.
Que cualquier pretexto basta para ir a tu encuentro, para buscarte como quien busca afanoso una ciudad desconocida en las profundidades del mar o del desierto. Que eres el chispazo, y estoy ebrio de desearte.
Que mi lengua se fatiga de nombrarte, de anhelar el puerto de tu humedecido pubis. Que cierro los ojos para soñar contigo, y estoy tan cerca que casi puedo tocarte con la punta lasciva de mis dedos, y me sonrojo a solas, y te vuelvo a pensar y casi oigo el palpitar de mis dos heridos corazones.
Que cualquier pretexto basta para ir a tu encuentro, para buscarte como quien busca afanoso una ciudad desconocida en las profundidades del mar o del desierto. Que eres el chispazo, y estoy ebrio de desearte.
Que mi lengua se fatiga de nombrarte, de anhelar el puerto de tu humedecido pubis. Que cierro los ojos para soñar contigo, y estoy tan cerca que casi puedo tocarte con la punta lasciva de mis dedos, y me sonrojo a solas, y te vuelvo a pensar y casi oigo el palpitar de mis dos heridos corazones.
son sus labios
constante transfiguración, rostro del espejismo,
o más bien, su soñado contorno, la línea
que se bifurca delectosa, frágilmente,
en los pasillos del sueño, quiero decir
el anhelado encuentro de su boca, la miel,
y este par de labios que sé me pertenecen
pero no son más míos cuando la nombro,
cuando apenas dibujarse su silueta en el filo
inasible del horizonte, la sé llegando;
cuando, ladrillos en el muro, entrelazados,
dan forma a un refugio que bien haríamos
en llamar, exageradamente, amor, o tregua
al fin pactada, y entonces, nos alejamos
volvemos a comulgar con las calles y la niebla,
retomamos el miedo como quien retoma
un dibujo largamente postergado,
como quien vuelve a una partida de ajedrez
sin contrincantes, un laberinto donde el centro
es el único sitio inalcanzable: la muerte;
entonces atracamos en los puertos,
olvidamos nombres de reyes, de gobiernos,
colores confusos de banderas, y aullamos,
miramos la noche con la tristeza de quien mira
por primera vez el fuego, como quien lame
por primera vez el rostro de la sangre;
dirán que soy el pez que aquella noche,
en esas sosegadas aguas, cayó en el anzuelo
rojo de su boca, indefenso y ferozmente derrotado;
quiero decir, que no se acuse a nadie
que no lo sepa nadie: en mi pecho
hizo nido con ramas arrebatadas al fuego
el ave migratoria del ensueño
son sus labios, puerta o nudo en mi sosiego,
reverberación del espejismo, punto ciego
o más bien, el incipiente germinar de la derrota;
o más bien, su soñado contorno, la línea
que se bifurca delectosa, frágilmente,
en los pasillos del sueño, quiero decir
el anhelado encuentro de su boca, la miel,
y este par de labios que sé me pertenecen
pero no son más míos cuando la nombro,
cuando apenas dibujarse su silueta en el filo
inasible del horizonte, la sé llegando;
cuando, ladrillos en el muro, entrelazados,
dan forma a un refugio que bien haríamos
en llamar, exageradamente, amor, o tregua
al fin pactada, y entonces, nos alejamos
volvemos a comulgar con las calles y la niebla,
retomamos el miedo como quien retoma
un dibujo largamente postergado,
como quien vuelve a una partida de ajedrez
sin contrincantes, un laberinto donde el centro
es el único sitio inalcanzable: la muerte;
entonces atracamos en los puertos,
olvidamos nombres de reyes, de gobiernos,
colores confusos de banderas, y aullamos,
miramos la noche con la tristeza de quien mira
por primera vez el fuego, como quien lame
por primera vez el rostro de la sangre;
dirán que soy el pez que aquella noche,
en esas sosegadas aguas, cayó en el anzuelo
rojo de su boca, indefenso y ferozmente derrotado;
quiero decir, que no se acuse a nadie
que no lo sepa nadie: en mi pecho
hizo nido con ramas arrebatadas al fuego
el ave migratoria del ensueño
son sus labios, puerta o nudo en mi sosiego,
reverberación del espejismo, punto ciego
o más bien, el incipiente germinar de la derrota;
Abruptamente, el auto vira a la derecha para salir de la carretera.
Lleva sobre su pintura la suciedad de varios días y largos kilómetros.
De su interior emerge un hombre que aparenta más edad de la que carga sobre sus hombros. Sin prisa se dirige al bar y en el trayecto, no más de diez pasos, siente la calidez del día, ve a una mujer rubia tendiendo ropa al sol, pero enseguida desaparece tras un muro. El bar se llama El llano infinito y está vacío.
El hombre piensa en el infinito. Es un bar, se dice, y está a punto de cerrar.
Pide una cerveza, cierra los ojos.
De su interior emerge un hombre que aparenta más edad de la que carga sobre sus hombros. Sin prisa se dirige al bar y en el trayecto, no más de diez pasos, siente la calidez del día, ve a una mujer rubia tendiendo ropa al sol, pero enseguida desaparece tras un muro. El bar se llama El llano infinito y está vacío.
El hombre piensa en el infinito. Es un bar, se dice, y está a punto de cerrar.
Pide una cerveza, cierra los ojos.
27
Reinvéntame como a ti, luna,
recíclame como a tus fases;
hazme ser otro, dime los pases
del conjuro para mi hambruna.
recíclame como a tus fases;
hazme ser otro, dime los pases
del conjuro para mi hambruna.
Ayer menguante, hoy plena,
¿cómo logras ser tan varia,
tan cambiante y tan terrena?
Habla, dime cual es la plegaria
que transforma la faz y el brillo.
¿Cuál es la pócima que tiene
el poder de hacerme nuevo?
¿dónde ocultas el manojillo
de hierbas que cambiándote viene?
bruja, ¿cómo cambio, qué me bebo?
¿cómo logras ser tan varia,
tan cambiante y tan terrena?
Habla, dime cual es la plegaria
que transforma la faz y el brillo.
¿Cuál es la pócima que tiene
el poder de hacerme nuevo?
¿dónde ocultas el manojillo
de hierbas que cambiándote viene?
bruja, ¿cómo cambio, qué me bebo?
y yo, que nunca fui a una feria, de qué he de hablar?
del aburrido carrusel que gira en el calendario,
los lejanos, inalcanzables, inhóspitos
tenderetes donde la fruta y la golosina
pierden sus formas para dar paso a la confusión,
aquí está la montaña rusa de mi pecho
la casa de espejismos de la mirada,
la casa de los horrores del deseo,
todo abierto al público, como un cadalso
en qué lengua se inscribe el desierto,
la vasta desolación de lo vivido
de todo lo que desfalleció por nuestra mano
los lejanos, inalcanzables, inhóspitos
tenderetes donde la fruta y la golosina
pierden sus formas para dar paso a la confusión,
aquí está la montaña rusa de mi pecho
la casa de espejismos de la mirada,
la casa de los horrores del deseo,
todo abierto al público, como un cadalso
en qué lengua se inscribe el desierto,
la vasta desolación de lo vivido
de todo lo que desfalleció por nuestra mano
que la lengua, por accidente se hace nudo y se desbasta
al cabo de los años, la herida cierra,
torpe, descuidadamente, como quien cierra
su hogar al invierno y sus lenguas de hielo;
ahora, en el centro del dolor, está tu rostro, hermano:
bufa, rabioso, desconfiado el lobo de mi rabia;
soy, ahora, a ratos, herido en el ánimo, un crío que se extravía,
estoy diciendo adiós, en este rincón terrible
donde acuña su moneda el desamparo
en estas horas en que la luz huye,
saboreamos una verdad amarga
y entonces, ¿qué decir para maniatar el silencio?
o qué vereda tomar para avivar el fuego, ahora, en esta tierra
donde a diario teje sus muros la niebla,
una tierra, tal vez, dónde a diario llueva puntualmente;
nos habrías dicho lo necesario, lo urgente que era hacerse llama
en esta tierra lacerada y harapienta, novia triste;
con qué nombre bautizar aquel gatillo,
a qué mano culpar, de haberte herido,
hoy, a esta hora de la madrugada,
si es uno sólo y sin rostro tu asesino?
es justo decir que estoy sangrando, que hay una astilla
surcando mi persona desde entonces
entre pulmón y sosiego
tengo el dolor haciendo piruetas en mi sangre,
Astros que se caen
Nuestro es el desorden de las cosas,
el elegíaco trepidar de cuerpos descoyuntados,
abigarrados en el verbo y en la acción, trashumantes
corriendo a tropezones, confundidos animales;
este recogimiento de la nervatura es mi defensa:
soy poco menos que una roca herida por el rayo,
el pastizal incendiado en el beso del abandono;
una herida que se cierra ante el fantasma,
que por dentro de la carne crece, jovial, furiosamente
somos palabras derramadas, el ruido al caer
otra vez sobre la tierra, fruto a un paso de la putrefacción,
resquebrajado huesadal y dubitativa sangre;
todo lo que mordió el otoño está doliendo,
se oculta o busca abismos o ramas para tender
alguna cuerda, columpios para el suicida, o para el niño
el elegíaco trepidar de cuerpos descoyuntados,
abigarrados en el verbo y en la acción, trashumantes
corriendo a tropezones, confundidos animales;
este recogimiento de la nervatura es mi defensa:
soy poco menos que una roca herida por el rayo,
el pastizal incendiado en el beso del abandono;
una herida que se cierra ante el fantasma,
que por dentro de la carne crece, jovial, furiosamente
somos palabras derramadas, el ruido al caer
otra vez sobre la tierra, fruto a un paso de la putrefacción,
resquebrajado huesadal y dubitativa sangre;
todo lo que mordió el otoño está doliendo,
se oculta o busca abismos o ramas para tender
alguna cuerda, columpios para el suicida, o para el niño
Con el dolor como un morral terciado al hombro
salí a piscar mi máis bien temprano a mi parcela.
Quería, al volver, sentir tu aroma de canela
y tropecé pa luego con las piedras del entorno
salí a piscar mi máis bien temprano a mi parcela.
Quería, al volver, sentir tu aroma de canela
y tropecé pa luego con las piedras del entorno
Salí a cazar un animal con más pena que asombro
y era el amor que me rondaba, huidiza bestezuela.
Había en mi pecho un monstruo, oscura sanguijuela
bebiendo de mi sangre, nacida en el escombro.
Y he aquí que había también hambrienta una lechuza
cantando serenata cada noche, puntual, en mí oído;
cantaba viejas coplas, algún bolero, otras un corrido
a veces rockanrol, a veces blues; llamábase Medusa
y en sus rizados cabellos sangraban amapolas.
Iba a morir sin ti, a solas: sin besos, sin coronas.
y era el amor que me rondaba, huidiza bestezuela.
Había en mi pecho un monstruo, oscura sanguijuela
bebiendo de mi sangre, nacida en el escombro.
Y he aquí que había también hambrienta una lechuza
cantando serenata cada noche, puntual, en mí oído;
cantaba viejas coplas, algún bolero, otras un corrido
a veces rockanrol, a veces blues; llamábase Medusa
y en sus rizados cabellos sangraban amapolas.
Iba a morir sin ti, a solas: sin besos, sin coronas.
El dedo del señor
Siempre señalaba un punto. Aunque durmiera, aunque el cansancio
sobreviniera tras largas jornadas de discurso y de rabietas y los
párpados pesaran lo que pesa un muerto.
En algún momento de su vida, cree recordar, le enseñaron que en el principio de los tiempos, con la venía del creador, él puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo: bastaba señalar y decir una palabra. Tanto poder en una falange le llenó la cabeza de pesadillas. De sueños felices, después. Usted sabe, desde luego, lo dulce que puede ser pasar del temor real a la imaginaria y dulce venganza cuando la mente acaricia el espejismo del poder. Pocos saben resistirlo.
Lo descubrió poco a poco, como por accidente. Como quien se acostumbra a transitar con un cuerpo de reciente manufactura en el que se es el despistado y nervioso conductor. Lo primero fue señalar culpables. Pero bien intencionado, jamás quiso el mal para sus semejantes, así lo injuriaran, así mordieran sus tobillos o rasgaran su ropaje. Así fue que puso una señal para que nadie que le encontrase le atacara, y al que lo hiciere, lo pagase siete veces; además, advirtió: aunque labres el suelo, no te dará más su fruto. Vagabundo y errante serás en la tierra.
Pero la euforia crece en los corazones y comprendió que su dedo era un fusil. Y disparó. Con timidez, al principio. Al aire, arriesgando poco, tal vez la muerte de un breve pajarillo que ya no podría anunciar la primavera. Afinó puntería, aunque a veces erraba.
Entonces, nadie quería estar en el punto de mira de aquel dedo furioso que siempre, sin importar el clima o las noticias del imperio, señalaba un punto.
Había otro que descubrió que sus palabras eran metralla. Siempre estaba nombrando algún culpable. Aunque durmiera y los sueños turbulentos le llevaran por ignotas tierras. Para entonces, los pobres hombres habían dicho ya: convoquemos asambleas, que nos permitan alzar la voz: de este modo conseguiremos vida digna y evitaremos ser pisoteados por toda la tierra. Y el señor se dijo: hablan varios idiomas pero tienen un sólo acuerdo, y todo lo que se propongan lo lograrán. Usted sabe, el temor crece como una hierba inofensiva, algunas veces hasta parece una planta benéfica, y sólo cuando ha infestado el jardín, en este caso el pecho receloso, manifiesta su forma atroz y verdadera. Para entonces ya es tarde, el jardín ya está perdido. Y este señor se dijo: esta asamblea es sólo el principio de todas sus obras, es preciso acribillar a este pueblo y confundirlo. Y las ráfagas llegaron de madrugada. Pero esa gente ya no quiso seguir siendo pisoteada. Y el señor huyó al este de su Edén, como quien dice, a Tabasco, porque era un señor pequeño. Porque las cuentas de banco no habrían sostenido una estancia en las Bahamas.
Podría contarles de otro hombre descubriendo que se podía negar el hambre del otro con la impostura de un sello oficial, pero es alta la madrugada, y torvos los demonios que atizan las brasas del alba.
En algún momento de su vida, cree recordar, le enseñaron que en el principio de los tiempos, con la venía del creador, él puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo: bastaba señalar y decir una palabra. Tanto poder en una falange le llenó la cabeza de pesadillas. De sueños felices, después. Usted sabe, desde luego, lo dulce que puede ser pasar del temor real a la imaginaria y dulce venganza cuando la mente acaricia el espejismo del poder. Pocos saben resistirlo.
Lo descubrió poco a poco, como por accidente. Como quien se acostumbra a transitar con un cuerpo de reciente manufactura en el que se es el despistado y nervioso conductor. Lo primero fue señalar culpables. Pero bien intencionado, jamás quiso el mal para sus semejantes, así lo injuriaran, así mordieran sus tobillos o rasgaran su ropaje. Así fue que puso una señal para que nadie que le encontrase le atacara, y al que lo hiciere, lo pagase siete veces; además, advirtió: aunque labres el suelo, no te dará más su fruto. Vagabundo y errante serás en la tierra.
Pero la euforia crece en los corazones y comprendió que su dedo era un fusil. Y disparó. Con timidez, al principio. Al aire, arriesgando poco, tal vez la muerte de un breve pajarillo que ya no podría anunciar la primavera. Afinó puntería, aunque a veces erraba.
Entonces, nadie quería estar en el punto de mira de aquel dedo furioso que siempre, sin importar el clima o las noticias del imperio, señalaba un punto.
Había otro que descubrió que sus palabras eran metralla. Siempre estaba nombrando algún culpable. Aunque durmiera y los sueños turbulentos le llevaran por ignotas tierras. Para entonces, los pobres hombres habían dicho ya: convoquemos asambleas, que nos permitan alzar la voz: de este modo conseguiremos vida digna y evitaremos ser pisoteados por toda la tierra. Y el señor se dijo: hablan varios idiomas pero tienen un sólo acuerdo, y todo lo que se propongan lo lograrán. Usted sabe, el temor crece como una hierba inofensiva, algunas veces hasta parece una planta benéfica, y sólo cuando ha infestado el jardín, en este caso el pecho receloso, manifiesta su forma atroz y verdadera. Para entonces ya es tarde, el jardín ya está perdido. Y este señor se dijo: esta asamblea es sólo el principio de todas sus obras, es preciso acribillar a este pueblo y confundirlo. Y las ráfagas llegaron de madrugada. Pero esa gente ya no quiso seguir siendo pisoteada. Y el señor huyó al este de su Edén, como quien dice, a Tabasco, porque era un señor pequeño. Porque las cuentas de banco no habrían sostenido una estancia en las Bahamas.
Podría contarles de otro hombre descubriendo que se podía negar el hambre del otro con la impostura de un sello oficial, pero es alta la madrugada, y torvos los demonios que atizan las brasas del alba.
más vale mi labio en tu labio que ajeno vocablo
y acaso valga un refrán
para llamarte
para decir tu nombre
sin decirlo
que no haya distancia
o enrojecidas nubes
entre tu ojo diestro
y mi temblor siniestro
hasta los huesos
pero todos saben
que hay una espiral
en ascenso por mi pecho
-refugio de puñales,
trapo de absorber alcoholes-
si llegas, tumultaria
y luminosa
a incendiar las aves de la noche
aunque por hoy, por ayer
y mañana un siglo más
me muerda despiadada
la nostalgia esa espiral
que baja por mi pecho
como un veneno
o una canción pedestre
y me digo
más vale arder en tus labios
que incierto vocablo
qué hacer si la terrible, dolorosa angustia viene a alfombrar la noche
a revolver entre los viejos trapos de la tristeza,
acaso tapiar la casa, atrincherar el corazón con alambradas
y explosivos, rondar la penumbra, vigilante,
a la espera de su llegada horripilante, desde inusitadas atalayas,
qué hacer, señor, señora, vagabundos, si pese a todo, a la embriaguez
y los incondicionales camaradas, el invierno arría sus velas en el puerto de mi ánimo,
y se posa, golondrina, en un rincón inusitado de la recién adquirida sonrisa,
ese extraño traquetear de músculos sobre el rostro
qué hacer, cuando la hierba crece entre el ladrillar del muro,
si llega a tocar la puerta de mi habitación
como una mujer, lozana, jovial, y enreda mis cabellos
y me abraza para después morderme
a revolver entre los viejos trapos de la tristeza,
acaso tapiar la casa, atrincherar el corazón con alambradas
y explosivos, rondar la penumbra, vigilante,
a la espera de su llegada horripilante, desde inusitadas atalayas,
qué hacer, señor, señora, vagabundos, si pese a todo, a la embriaguez
y los incondicionales camaradas, el invierno arría sus velas en el puerto de mi ánimo,
y se posa, golondrina, en un rincón inusitado de la recién adquirida sonrisa,
ese extraño traquetear de músculos sobre el rostro
qué hacer, cuando la hierba crece entre el ladrillar del muro,
si llega a tocar la puerta de mi habitación
como una mujer, lozana, jovial, y enreda mis cabellos
y me abraza para después morderme
qué hacer, señora, señor alcalde, fontaneros,
si la perra depresión lame mi rostro mientras llena de mierda mi cadáver
si la perra depresión lame mi rostro mientras llena de mierda mi cadáver
para la caja sin fondo del olvido
anduve paso a paso pateando una lata
mordida por el sol y la intemperie
en un sobre manila metí -a partida doble-
misprimeros misúltimos misversos
tú recuerdas el olor de la septuagenaria primavera?
la tercera vez que ganaste en un volado
el desayuno la salida pronta expedita
será que aún recuerdas dónde en qué camino
movido por el hambre hurtaste la penúltima naranja?
la palabra hendida en el lomo de la noche
cuando te dijeron por centésima ocasión
y dijiste, a su vez, esto lo guardo en mi corazón
pero tu corazón, lo sabes, es una bodega
donde toda baratija tiene su lugar
para sostener el caos
por eso anduve pateando por largas calles
una lata mordiscada por las ratas de la lluvia
y acaso el sol la intemperie otros pateones
o peatones empeñados en llenar sobrecitos
manila susprimeros suspirantes versos
copia doble, al carbón, susúltimos versos
susversos irrepetibles graznidos
acaso recuerdes cuando caíste al agua
la angustia del ahogo
pero intenta revivir la tersura de la segunda
borrachera, cuando juraste carnalismo eterno
mírate, te estás descarapelando
soriásico animal, barata tu genética pintura
mordida por el sol y la intemperie
en un sobre manila metí -a partida doble-
misprimeros misúltimos misversos
tú recuerdas el olor de la septuagenaria primavera?
la tercera vez que ganaste en un volado
el desayuno la salida pronta expedita
será que aún recuerdas dónde en qué camino
movido por el hambre hurtaste la penúltima naranja?
la palabra hendida en el lomo de la noche
cuando te dijeron por centésima ocasión
y dijiste, a su vez, esto lo guardo en mi corazón
pero tu corazón, lo sabes, es una bodega
donde toda baratija tiene su lugar
para sostener el caos
por eso anduve pateando por largas calles
una lata mordiscada por las ratas de la lluvia
y acaso el sol la intemperie otros pateones
o peatones empeñados en llenar sobrecitos
manila susprimeros suspirantes versos
copia doble, al carbón, susúltimos versos
susversos irrepetibles graznidos
acaso recuerdes cuando caíste al agua
la angustia del ahogo
pero intenta revivir la tersura de la segunda
borrachera, cuando juraste carnalismo eterno
mírate, te estás descarapelando
soriásico animal, barata tu genética pintura
acepta la duda
abrázala
como abrazarías
tu bien más preciado
un instante
antes de perderlo
sabedor
de lo que cuesta
arrancarse un pedazo
sangrar
mirar la formación
de la terrible costra
saber que
detrás de ella
vendrá la cicatriz
abrázala
como abrazarías
tu bien más preciado
un instante
antes de perderlo
sabedor
de lo que cuesta
arrancarse un pedazo
sangrar
mirar la formación
de la terrible costra
saber que
detrás de ella
vendrá la cicatriz
abraza la duda
como abrazarías
un poste
antes de naufragar
en la más oscura
de las borracheras
no hay otra forma
de sobrevivir
envejece
prematuramente
quien se monta
a lomos de la raquítica
inobjetable ciega
certeza
de quien dice
las cosas
son como son
y punto
como abrazarías
un poste
antes de naufragar
en la más oscura
de las borracheras
no hay otra forma
de sobrevivir
envejece
prematuramente
quien se monta
a lomos de la raquítica
inobjetable ciega
certeza
de quien dice
las cosas
son como son
y punto
Podría decir que amé la herida al pronunciar su nombre
que salto de una orilla a otra del desvelo,
que muerdo, por molestar, el talón izquierdo de mi desdicha,
y simulo un arco de sonrisa, la apabullante
carcajada como un jab a la mandíbula de la derrota,
cuando quiere salir a bailar conmigo
para, le digo, y bebo un trago, desempolvo
mis dos pies izquierdos,
y tropiezo y la avergüenzo, y me mira
como una madre, pero no dice nada
me deja a oscuras en medio de la pista
volveré grita a lo lejos, un día tienes que hacerlo
yo quisiera decirle que se me incendia el corazón de pena
se me desborda el dique de la lágrima cuando vuelve,
sonriente, coqueta, guapa recién perfumada
pero no puedo no sé mover los pies
al ritmo de su cadera su cabello al viento
aunque me atraiga endemoniadamente
que salto de una orilla a otra del desvelo,
que muerdo, por molestar, el talón izquierdo de mi desdicha,
y simulo un arco de sonrisa, la apabullante
carcajada como un jab a la mandíbula de la derrota,
cuando quiere salir a bailar conmigo
para, le digo, y bebo un trago, desempolvo
mis dos pies izquierdos,
y tropiezo y la avergüenzo, y me mira
como una madre, pero no dice nada
me deja a oscuras en medio de la pista
volveré grita a lo lejos, un día tienes que hacerlo
yo quisiera decirle que se me incendia el corazón de pena
se me desborda el dique de la lágrima cuando vuelve,
sonriente, coqueta, guapa recién perfumada
pero no puedo no sé mover los pies
al ritmo de su cadera su cabello al viento
aunque me atraiga endemoniadamente
Me dueles. Inmarcesible, apabullantemente, me dueles
aquí, en la cavidad torácica de la indignación, en la sorpresa
remiendo con tela vieja mi aterido corazón, le ofrezco agua, un vaso
la última flor en este invierno, he imaginado tu rostro y sé que somos
el perfecto signo del desconocimiento, que aprendiste a masticar el odio,
nena, que hay un nosotros vestido de ceniza hundiéndose
en el sudor y los fluidos de nuestro último orgasmo
en una habitación
en una ciudad a oscuras
en un siglo que perdimos
aquí, en la cavidad torácica de la indignación, en la sorpresa
remiendo con tela vieja mi aterido corazón, le ofrezco agua, un vaso
la última flor en este invierno, he imaginado tu rostro y sé que somos
el perfecto signo del desconocimiento, que aprendiste a masticar el odio,
nena, que hay un nosotros vestido de ceniza hundiéndose
en el sudor y los fluidos de nuestro último orgasmo
en una habitación
en una ciudad a oscuras
en un siglo que perdimos
Estuve a punto de decir que, triste, irremediablemente
la inocencia se pierde como el botón de una camisa
en la reyerta
o en el último juego de la infancia, al festejar el gol de campeonato
pero no, corrijo: no somos inocentes,
no hay tal, solo la oscura magia que esa palabra sugiere
el paradisíaco lecho donde se mece el crío
obscenamente obeso, decadente, de la ignorancia
y nuestro pecho es su cuna
porque hemos hecho lo posible
por negar el mundo y su fauce
porque nos negamos
porque evitamos
aceptar que este mundo, aunque nuestro
nos ha sido negado, envenenado,
que sangramos, que somos el carnero ofrecido al holocausto
y encima, balamos, como si fuera cierta la felicidad
como si fuera nuestra la libertad
mientras lamemos afanosos la cadena
la inocencia se pierde como el botón de una camisa
en la reyerta
o en el último juego de la infancia, al festejar el gol de campeonato
pero no, corrijo: no somos inocentes,
no hay tal, solo la oscura magia que esa palabra sugiere
el paradisíaco lecho donde se mece el crío
obscenamente obeso, decadente, de la ignorancia
y nuestro pecho es su cuna
porque hemos hecho lo posible
por negar el mundo y su fauce
porque nos negamos
porque evitamos
aceptar que este mundo, aunque nuestro
nos ha sido negado, envenenado,
que sangramos, que somos el carnero ofrecido al holocausto
y encima, balamos, como si fuera cierta la felicidad
como si fuera nuestra la libertad
mientras lamemos afanosos la cadena
no he podido cerrar los ojos
quiero decir que acuso
imposibilidad de sumergirme
en el agua o el laberinto
del sueño
quiero decir que acuso
imposibilidad de sumergirme
en el agua o el laberinto
del sueño
o lo que es lo mismo
no consigo partir del insomnio
ese muelle sin piratas
y el viaje ha sido largo
como tu ausencia
camino sobre el sueño
como un mesías sobre las aguas
quiero decir
que no he pegado el ojo
que no hay fantasmas
solamente
esta habitación
hecha de fuego
no consigo partir del insomnio
ese muelle sin piratas
y el viaje ha sido largo
como tu ausencia
camino sobre el sueño
como un mesías sobre las aguas
quiero decir
que no he pegado el ojo
que no hay fantasmas
solamente
esta habitación
hecha de fuego
desnudo de ceniza, ruido apenas,
eviscerado animal, en esta casa
donde apilo huesos de desdicha,
donde, casi amanecido grito
para llamar a la tristeza, esa perra;
le pongo un bozal a su ladrido,
nuestra camisa de fuerza,
la venda en los ojos de nuestra locura
eviscerado animal, en esta casa
donde apilo huesos de desdicha,
donde, casi amanecido grito
para llamar a la tristeza, esa perra;
le pongo un bozal a su ladrido,
nuestra camisa de fuerza,
la venda en los ojos de nuestra locura
hecho nudo o carne de artificio,
palpo el aire, la oscilante rosa
del amanecer, y nada encuentro;
adormecido y lumbar, a todas horas
ensombrado, de todo tiempo
germen, hilo final de la rotura,
ladro en tu nombre, y caigo
en fosa oscura, donde no cabe
ni medio alfiler de luminoso tú
palpo el aire, la oscilante rosa
del amanecer, y nada encuentro;
adormecido y lumbar, a todas horas
ensombrado, de todo tiempo
germen, hilo final de la rotura,
ladro en tu nombre, y caigo
en fosa oscura, donde no cabe
ni medio alfiler de luminoso tú
Para olvidar que estoy de pie,
atormentado, distraídamente desangrado,
trastabillante borrachín en el ocaso,
errático conquistador de avenidas y puentes peatonales,
escribo, repito fórmulas, vuelvo a decir
que está marchita la flor de la paciencia,
a rugir, saraguato, a golpear el pecho, simio,
a desplegar mi espina frente a la llama
atormentado, distraídamente desangrado,
trastabillante borrachín en el ocaso,
errático conquistador de avenidas y puentes peatonales,
escribo, repito fórmulas, vuelvo a decir
que está marchita la flor de la paciencia,
a rugir, saraguato, a golpear el pecho, simio,
a desplegar mi espina frente a la llama
para saltar de la inmovilidad al sueño,
para romperme piedra caliza en los molares
de la trituradora que es la vida,
y volver al polvo, a mi olvidada condición de campo yerno,
de escurridiza arena sin oleajes
silvestre metal, furiosa hierba,
me encierro, huyo ladera abajo
mientras allá arriba los escopetazos, la tormenta
el río creciente, los troncos, las serpientes
los suicidas cuando me detenga
para romperme piedra caliza en los molares
de la trituradora que es la vida,
y volver al polvo, a mi olvidada condición de campo yerno,
de escurridiza arena sin oleajes
silvestre metal, furiosa hierba,
me encierro, huyo ladera abajo
mientras allá arriba los escopetazos, la tormenta
el río creciente, los troncos, las serpientes
los suicidas cuando me detenga
Para marcar las huellas sobre el invierno,
para encender el fuego de la hoguera,
para dejarse envolver por el vendaval de octubre,
para ahuyentar las moscas de la dulce putrefacción,
para dejar como un sombrero, olvidada,
en el transporte público, la enfermedad,
para arrojarse de los acantilados y de los campanarios,
ave o suicida, hombre o deshielo,
para cruzar las avenidas de la noche,
para asistir al derrumbe del miedo,
para ponerle camisa de fuerza a la tristeza,
para asentarle bridas al potro de la angustia,
para dejar crecer el musgo de la primavera,
para salvarse del incendio, el agua de tu abrazo
para encender el fuego de la hoguera,
para dejarse envolver por el vendaval de octubre,
para ahuyentar las moscas de la dulce putrefacción,
para dejar como un sombrero, olvidada,
en el transporte público, la enfermedad,
para arrojarse de los acantilados y de los campanarios,
ave o suicida, hombre o deshielo,
para cruzar las avenidas de la noche,
para asistir al derrumbe del miedo,
para ponerle camisa de fuerza a la tristeza,
para asentarle bridas al potro de la angustia,
para dejar crecer el musgo de la primavera,
para salvarse del incendio, el agua de tu abrazo
Cerrar el ojo de la noche (fragmento)
Antenoche dormí poco. Mucho menos de lo que acostumbro. Me pasé el día buscando unos documentos, que no hallé por ningún sitio. Llamé a varios números, lejanos y absurdos sin obtener respuesta. Al final salí a buscar una copia a una comunidad alejada. Cuando la obtuve, también me ofrecieron un par de cervezas. Mi estómago se quejó: solo había desayunado un poco de fruta y ya eran las cinco de la tarde. Tomé el camino de vuelta. Al llegar a la primera ciudad, decidí cenar. Engullí. Eran las nueve de la noche. A las dos de la mañana decidí que era momento de dormir. A las tres treinta y siete me despertó una sensación de ahogo. Terminé vomitando parte de la cena. Ahora que lo pienso, creí que moriría. Ya no conseguí dormir. Leí cualquier cosa, pero ya no quise acercarme a la cama.
Luego, por la tarde, me embriagué a solas. Supongo que la certeza oscura de una muerte rondándome supo despertar la sed.
en el centro
del abismo
-el abismo
hay que decirlo
es una ciudad
que padece
insolación
insomnio-
hay una hoguera
ahí se funde
todo resquicio
de piedad
cada hueso mío
ay, romperse
así, sin fractura
a salvo
estar vivo
como una piedra
como un tronco
que cayó
con la tormenta
es terrorífico
dolorosamente
vergonzante
ay
del abismo
-el abismo
hay que decirlo
es una ciudad
que padece
insolación
insomnio-
hay una hoguera
ahí se funde
todo resquicio
de piedad
cada hueso mío
ay, romperse
así, sin fractura
a salvo
estar vivo
como una piedra
como un tronco
que cayó
con la tormenta
es terrorífico
dolorosamente
vergonzante
ay
Los perros que le aúllan a la nada (15)
cuando amanece en el viejo terruño
Olivia ya se ha recompuesto la sonrisa,
ha limpiado su casa, y puesto a secar
su callada tristeza en lo más alto del pueblo
camina por la calle principal
en el mercado compra flores blancas
en el camino saluda, feliz
a todo mundo
alguien la acompaña
platican, como viejos conocidos
en la plazuela, justo antes de pasar
bajo los tulipanes de Indias
cruza bromas con un grupo de amigos
al llegar a la iglesia de San Juan
toma a su acompañante de la mano
le muestra los santos que cuida,
para ellos son las flores
míralos, le dice al visitante, no me van a perdonar
pero sé que me cuidan
los amigos sofocados por el calor
se preguntan si el trastabillar de Olivia
es una borrachera o un fruto de la imaginación
en ese momento, ella siente la primer dentellada
en el vientre y sabe que no alcanzará
a llegar a su casa para alimentar a sus palomas
camina aún, alcanza a recordar la infancia
correteando por la casa curial
los días de lluvia y las batallas con las flores
de la jacaranda y de la bugambilia
casi al llegar a la calle que todos llaman Álvarez
comienza a desplomarse dentro de una oscuridad
que crece desde lo más profundo de su entraña
antes de tender la mano, su acompañante
que nadie ha visto, le dice que irán a conocer el mar
pero ya no hay amanecer en su horizonte
Has estado alguna vez en medio de una manifestación, en la primera
línea, en el espacio que separa al civil del granadero, fotografiando el
rostro hastiado de cada hombre o mujer uniformado, forzados a empuñar
el tolete, soportar el peso y el calor de su armadura plástica, el
escudo, las órdenes, el sol cayendo a plomo, el estatismo previo a la
orden, el hambre, las deudas, el drama casero, los llantos cotidianos,
la necesidad de pagar facturas, y visto entonces, entre chácharas,
plática indiferente, tensión del qué sigue, se perdió fulano, fue al
baño hace media hora y no regresa, a quien los dirige, cruzar miradas
con ese personaje y verlo sonreír maliciosa, amenazadoramente, dejarse
fotografiar, ir luego en busca del elemento más fornido, una bestia de
carga, susurrar algo a su odio, carcajearse ambos mesuradamente,
mientras te miran, y entonces adivinas que ya traes guardia
personalizada, que los macanazos ya llevan dedicatoria, y entonces
alguien da la primera orden, firmes, levantarse los escudos, en la
clásica formación de los legionarios romanos, en falange, aparecer los
toletes (antes eran gladios) y golpear tres veces, el estruendo del
golpeteo es breve pero uniforme, canto de guerra, aviso, un paso, tres
golpeteos más de toletes sobre escudos, breve silencio del lado de la
manifestación, vuelta al bullicio, no nos movemos, y piensas en lo cerca
que ha quedado el puerco granadero que te está cuidando cuando se
acerca Paco Tejón a decirte compa ya viste esos te quieren madrear
primero no dejan de mirarte, y como quien no quiere la cosa le explicas
para ahuyentar también el temor que son perros de presa obligados por la
necesidad que es lamentable, hombres, mujeres, jóvenes sobre todo
arriesgando su vida y su integridad para defender a quienes los
mantienen sumidos en la miseria, círculo vicioso, igual que a nosotros,
pero ellos peor porque lamen la mano que los mata de hambre, que a fin
de cuentas vale madre, pobres citadinos seguramente hijos o nietos de
migrantes provincianos empujados por el hambre enviados a golpear pobres
campiranos de provincia organizados para salvarse de su hambre y la
miseria qué cosa tan extraña, las palabras, que pareciera que a todos
nos tocan igual pero pone a unos de un lado y a otros en la orilla
contraria, y el gorila se hace como si la virgen le hablara pero ya no
sostiene la mirada, como que se le apagó la fiereza por un instante, qué
poca dice Paco el tejón y enseguida mira, Goyo está en las escaleras lo
van a madrear antes que a nadie, y bien quitado de la pena, no manches,
firmes, segunda orden, escudos, toletes, avancen dos pasos, el círculo
se reduce de este lado y aunque todavía no lo sepas también calle abajo
se va cerrando el círculo o sea que no queda hacia donde correr pero
todavía no lo sabes aunque deberías imaginarlo, el encapsulamiento es
clásico en la estrategia represiva, más toletes golpeando escudos, alto,
cinco minutos, se repite la orden, dos, tres ocasiones más, los
animales de presa avanzan hacia ustedes y ya guardaste la cámara, tienes
ganas de adentrarte en la multitud, sin que puedas negar el miedo pero
te quedas en esa primera línea, solo pasas detrás de una lona que grita
presos políticos libertad como si ese plástico fuera protección
suficiente, y entonces todo se detiene
Algunas veces he pensado en los amigos
Algunas veces he pensado en los amigos
y sin sangrar
he abierto la puerta de la casa
donde hizo su nudo la infancia
son diez años casi
y aquí estamos
sorbiendo los mocos
de la nariz de la nostalgia
algunas tardes pienso
en la fragilidad del espejismo
cuánto hace falta para perder
a un amigo entrañable
dejar de brindar como esta noche
mientras escribo
en el sanitario
de un karaoke
a veinte grados
en una ciudad
que abraza el invierno
y sus mujeres
sin embargo
visten
ropa de verano
y sin sangrar
he abierto la puerta de la casa
donde hizo su nudo la infancia
son diez años casi
y aquí estamos
sorbiendo los mocos
de la nariz de la nostalgia
algunas tardes pienso
en la fragilidad del espejismo
cuánto hace falta para perder
a un amigo entrañable
dejar de brindar como esta noche
mientras escribo
en el sanitario
de un karaoke
a veinte grados
en una ciudad
que abraza el invierno
y sus mujeres
sin embargo
visten
ropa de verano
24 abr 2020
No venga por mi la muerte
sin un buen trago de ron.
Que traiga vino del fuerte,
que me escampe el corazón,
que venga bailando un son,
sin un buen trago de ron.
Que traiga vino del fuerte,
que me escampe el corazón,
que venga bailando un son,
y en el aire su pañuelo
se agite con emoción.
De Tlapehuala el sombrero,
de costa chica el ardor,
de Tixtla lo bailador.
No venga la muerte a verme
para segarme la vida
si no trae con ella cuetes,
banda de viento, comida:
si no sabe de la vida
que no me busque la endina.
Que regrese pa su choza:
no la quiero aunque catrina,
no la quiero poderosa
si no sabe qué es la vida.
se agite con emoción.
De Tlapehuala el sombrero,
de costa chica el ardor,
de Tixtla lo bailador.
No venga la muerte a verme
para segarme la vida
si no trae con ella cuetes,
banda de viento, comida:
si no sabe de la vida
que no me busque la endina.
Que regrese pa su choza:
no la quiero aunque catrina,
no la quiero poderosa
si no sabe qué es la vida.
Veneno
octubre trajo consigo algunas cosas:
naves para colisionar contra los acantilados del invierno,
espejos cuya luz opacara al fuego,
negras velas para cruzar sin remos
el abismo que nace entre el día y la anhelada noche.
Volar, volver, hacer del adjetivo llaga necesaria.
naves para colisionar contra los acantilados del invierno,
espejos cuya luz opacara al fuego,
negras velas para cruzar sin remos
el abismo que nace entre el día y la anhelada noche.
Volar, volver, hacer del adjetivo llaga necesaria.
Vendrá el invierno, con el cuello anudado,
escolar y huraño, a abrir las puertas de la carne; vendrá
nebuloso, cejijunto, obsequios:
en su jauría ladra el frío, mastín furioso.
No inventaremos de nueva cuenta el fuego,
otra vez, ateridos en el fondo de una caverna, carne fresca para el terror
escolar y huraño, a abrir las puertas de la carne; vendrá
nebuloso, cejijunto, obsequios:
en su jauría ladra el frío, mastín furioso.
No inventaremos de nueva cuenta el fuego,
otra vez, ateridos en el fondo de una caverna, carne fresca para el terror
lo decadente, lo mordido por el musgo que en mi habita, lo turbio,
acre, indolente, hosco que en mi voz anida, lo terriblemente tierno,
torvo, que me enmarca, lo doloroso que me conjuga,
cual un verbo hecho de espinas o cristales en perpetuo afilamiento;
ahora, en este hundimiento de certezas, llama a su mesa,
ruge hambriento, exige un festín a costa de mi carne. Todo lo oscuro, lo habitado de podredumbre,
furioso, despiadado, cimbra mi lagrimal cadáver, pasa su lengua por mi llaga
acre, indolente, hosco que en mi voz anida, lo terriblemente tierno,
torvo, que me enmarca, lo doloroso que me conjuga,
cual un verbo hecho de espinas o cristales en perpetuo afilamiento;
ahora, en este hundimiento de certezas, llama a su mesa,
ruge hambriento, exige un festín a costa de mi carne. Todo lo oscuro, lo habitado de podredumbre,
furioso, despiadado, cimbra mi lagrimal cadáver, pasa su lengua por mi llaga
o retorcido, lo entrañablemente fugaz, lo silencioso, lo que se crispa,
agitado, en el espejo, en la vena rugiente de la angustia,
noche a noche, en cada crujido del esqueleto que reclamo mío;
el inasible llanto, la fractura del recuerdo en la espalda: lo susceptible de oxidación,
voluble, hecho nudo, lo que arde aún en la ceniza,
último rescoldo de nada, polvo, costra,
jirón de patria o bandera, tibia sangre en la boca, ajena
agitado, en el espejo, en la vena rugiente de la angustia,
noche a noche, en cada crujido del esqueleto que reclamo mío;
el inasible llanto, la fractura del recuerdo en la espalda: lo susceptible de oxidación,
voluble, hecho nudo, lo que arde aún en la ceniza,
último rescoldo de nada, polvo, costra,
jirón de patria o bandera, tibia sangre en la boca, ajena
dejé mi corazón donde dormías
con ganas de robarme tus pupilas
dejé mi corazón, tú eras Ercila;
Caribdis es mi sombra, cosa mía
con ganas de robarme tus pupilas
dejé mi corazón, tú eras Ercila;
Caribdis es mi sombra, cosa mía
dejé mi corazón y cruel tú lo mordiste:
hambriento quedaré yo de tu beso,
cuando la tarde llegue, y el embeleso
de la perdida juventud decaiga triste
el mar se hará pequeño, y caracolas
habrá que engalanen entonces tu partida;
el mar se hará suspiro, y su ola breve
querrá dormir en tierra firme, a solas;
será mi corazón el artificio de tu huída,
será tu manto, tu bastón, aunque me incendie.
hambriento quedaré yo de tu beso,
cuando la tarde llegue, y el embeleso
de la perdida juventud decaiga triste
el mar se hará pequeño, y caracolas
habrá que engalanen entonces tu partida;
el mar se hará suspiro, y su ola breve
querrá dormir en tierra firme, a solas;
será mi corazón el artificio de tu huída,
será tu manto, tu bastón, aunque me incendie.
creo que llegué sin faros a la noche,
enfebrecido a copas de ron y boleros,
creo que llamé a mi padre entre la bruma,
para decirle cuánto hemos perdido
pero mi palabra no supo hallar su oído;
creo que llegó a sentarse a mi costado
la madrugada, para escucharme conjugar
el verbo amargo de la venganza incumplida,
enfebrecido a copas de ron y boleros,
creo que llamé a mi padre entre la bruma,
para decirle cuánto hemos perdido
pero mi palabra no supo hallar su oído;
creo que llegó a sentarse a mi costado
la madrugada, para escucharme conjugar
el verbo amargo de la venganza incumplida,
supongo que ahora mismo mi fantasma
flota sobre las olas, mientras yo me alejo
entre carreteras intrincadas, y soles de plomo
o hierro lacerado, y digo adiós,
y no hay gaviotas en el puerto
flota sobre las olas, mientras yo me alejo
entre carreteras intrincadas, y soles de plomo
o hierro lacerado, y digo adiós,
y no hay gaviotas en el puerto
en tu costado, amor, se dormirá mi beso, en tu costado
navegará el rizo de mi fuego su extravío
en cada lluvia mi pecho escuchará tu risa, en cada arroyo;
la tarde, cada tarde, besará tus senos en la ducha:
recordarás la caricia apresurada del amante,
aunque ya no sepas pronunciar su nombre de piedra o de hierba seca:
muere la tarde como una vela al final de la cuaresma,
[algo de mí, desobediente, busca tu aroma en las piruetas de la brisa,
[algo de ti muerde mi espalda,
navegará el rizo de mi fuego su extravío
en cada lluvia mi pecho escuchará tu risa, en cada arroyo;
la tarde, cada tarde, besará tus senos en la ducha:
recordarás la caricia apresurada del amante,
aunque ya no sepas pronunciar su nombre de piedra o de hierba seca:
muere la tarde como una vela al final de la cuaresma,
[algo de mí, desobediente, busca tu aroma en las piruetas de la brisa,
[algo de ti muerde mi espalda,
nunca tus ojos vieron la nieve caer, al galope del invierno, pero
estuvimos a punto de sonrojar cada rincón de la habitación, el universo
mañana reinarán las cenizas, mañana alguien recordará que fuimos
relámpago en el ombligo del día, roca estrellándose en el parabrisas
anonadado de los días, que cada resquebrajamiento de horas tuvo nuestros nombres
estuvimos a punto de sonrojar cada rincón de la habitación, el universo
mañana reinarán las cenizas, mañana alguien recordará que fuimos
relámpago en el ombligo del día, roca estrellándose en el parabrisas
anonadado de los días, que cada resquebrajamiento de horas tuvo nuestros nombres
creo, en esta hora, a la distancia, fuimos un doble cuerpo celeste
[que al tocarse iluminó el vacío
[que al tocarse iluminó el vacío
algo es cierto: tu nombre ondea su flama en una colina de mi pecho;
larga la ausencia, lento el invierno, te he imaginado recorriendo laberínticas ciudades,
escribiendo de nueva cuenta el viejo blues que compartimos
como se comparte la sal o el infortunio
larga la ausencia, lento el invierno, te he imaginado recorriendo laberínticas ciudades,
escribiendo de nueva cuenta el viejo blues que compartimos
como se comparte la sal o el infortunio
recuerdo que una vez te soñé atravesando el desierto y en ese sueño escribía una carta
mientras la arena iba llenando el paisaje
[ahora repaso un viejo blues, invoco al fuego,
[pero no he vuelto a ver tu cabellera agitándose entre las multitudes
mientras la arena iba llenando el paisaje
[ahora repaso un viejo blues, invoco al fuego,
[pero no he vuelto a ver tu cabellera agitándose entre las multitudes
¿a dónde fue la noche, cuando te fuiste?
cerró su puerta el azar, y sus ventanas, para ocultarte
icé banderas y estandartes para señalar tu paso, para dejar constancia de tu huella;
lancé, a ciegas, dardos y cartas a la madrugada,
es preciso decir que nadie, ni el silencio, respondió:
ganó terreno el estruendo de los días, creciendo como una hierba vigorosa
nacida en el jardín donde sembré la duda de tu partida
cerró su puerta el azar, y sus ventanas, para ocultarte
icé banderas y estandartes para señalar tu paso, para dejar constancia de tu huella;
lancé, a ciegas, dardos y cartas a la madrugada,
es preciso decir que nadie, ni el silencio, respondió:
ganó terreno el estruendo de los días, creciendo como una hierba vigorosa
nacida en el jardín donde sembré la duda de tu partida
ahora que hemos depuesto las armas, que navegamos ajenos mares,
[digo tu nombre para que me devore el olvido
[digo tu nombre para que me devore el olvido
a un hombre que desconoce el amor, poco puede ofrecérsele;
rojos frutos de ciudades invisibles por desconocidas,
últimos mensajes llegados del mar en los picos de las gaviotas, poco más
a un hombre que desconoce el propio nombre, bestia común
le puede ser ofrecido el mundo, y aún así aullar por la tarde
[que se aposenta en tus ojos
rojos frutos de ciudades invisibles por desconocidas,
últimos mensajes llegados del mar en los picos de las gaviotas, poco más
a un hombre que desconoce el propio nombre, bestia común
le puede ser ofrecido el mundo, y aún así aullar por la tarde
[que se aposenta en tus ojos
Cómo decirte, corazón, que desfallezco en el dolor
bajiventral de saberte ajena ya,
cómo explicarte la conjunción de volcanes,
este romperse milenarias rocas de paciencia,
este bramar de bestias encabritadas,
que rompen cadenas, evaden jaulas,
saltan por encima de cualesquier cerco,
cómo te explico, pues, este enturbiarse de aguas,
esta catástrofe en los eriales del pecho,
la pequeña, decisiva muerte que clava sus incisivos
en mi hombro, esto, que otros llaman celos,
y yo no sé llamar sino cataclismo, herida para siempre abierta, supurante
bajiventral de saberte ajena ya,
cómo explicarte la conjunción de volcanes,
este romperse milenarias rocas de paciencia,
este bramar de bestias encabritadas,
que rompen cadenas, evaden jaulas,
saltan por encima de cualesquier cerco,
cómo te explico, pues, este enturbiarse de aguas,
esta catástrofe en los eriales del pecho,
la pequeña, decisiva muerte que clava sus incisivos
en mi hombro, esto, que otros llaman celos,
y yo no sé llamar sino cataclismo, herida para siempre abierta, supurante
todo esto es un cliché absurdo
calentar leche para el café soluble
agregar un par de cigarrillos
y un libro de poesía recién descubierta
mientras espero a que la centrifugadora
haga su trabajo
agregar un par de cigarrillos
y un libro de poesía recién descubierta
mientras espero a que la centrifugadora
haga su trabajo
la última vez que estuve así
esperaba a que el mezcal hiciera su trabajo
tenía veintiún años y el mezcal hizo su magia
cuando recordé a mi padre y levanté
por enésima ocasión mi copa
-a escondidas, desde luego-
en un museo de Taxco colonial
esa noche la confusión puso delicadamente
su beso en mis ojos
desperté con los nudillos adoloridos
un par de moretones y una resaca deliciosa
ahora mismo la niebla vuelve como una golondrina
a oscurecer los balcones del día
ya he dado la última calada a mi cigarro
-mira este devoto amor fumando lucky strikes-
el poema, hambriento, hace rato que mordió
'el pan enorme de mi corazón'
ya es hora de tender la ropa
cómo quien tiende una red para peces mitológicos
esperaba a que el mezcal hiciera su trabajo
tenía veintiún años y el mezcal hizo su magia
cuando recordé a mi padre y levanté
por enésima ocasión mi copa
-a escondidas, desde luego-
en un museo de Taxco colonial
esa noche la confusión puso delicadamente
su beso en mis ojos
desperté con los nudillos adoloridos
un par de moretones y una resaca deliciosa
ahora mismo la niebla vuelve como una golondrina
a oscurecer los balcones del día
ya he dado la última calada a mi cigarro
-mira este devoto amor fumando lucky strikes-
el poema, hambriento, hace rato que mordió
'el pan enorme de mi corazón'
ya es hora de tender la ropa
cómo quien tiende una red para peces mitológicos
9 abr 2020
Hizo la primavera sus tres maletas,
izó, rauda, la lluvia sus banderas.
Yo canto con la voz sin soldaderas,
con ripio monocorde y dos violetas.
izó, rauda, la lluvia sus banderas.
Yo canto con la voz sin soldaderas,
con ripio monocorde y dos violetas.
Qué bravo, el frío de las quimeras
al marcharse, qué frágiles cometas
en el cielo infantil, y qué coquetas
las niñas en el parque, qué extranjeras.
Qué húmedo, el beso de la tarde,
qué rojo, el tramposo lenguaje
de tu espejo: afuera llueve y arde
un recuerdo de nosotros. No rebaje
nadie a lágrima o reproche mi elegía.
Vino el invierno, besó mi frente, sonreía.
al marcharse, qué frágiles cometas
en el cielo infantil, y qué coquetas
las niñas en el parque, qué extranjeras.
Qué húmedo, el beso de la tarde,
qué rojo, el tramposo lenguaje
de tu espejo: afuera llueve y arde
un recuerdo de nosotros. No rebaje
nadie a lágrima o reproche mi elegía.
Vino el invierno, besó mi frente, sonreía.
No consigo escribir, se me ha secado
la lengua de los dedos, me rehuye
la palabra en cada esquina, y la persigo,
con la desesperanza del cazador novato;
he perdido un amor, siete monedas, me sangran las encías,
me ha perseguido un perro por la calle,
y aún así, pareciera que la grieta es mayor
que uno mismo, una boca insaciable
que se ha tragado las ganas de escribir, lo que de humano
y enloquecido quedaba en mi equipaje
y mientras tanto, el mundo arde y se retuerce sobre sí mismo,
babosa bañada en sal, agonizante bestia,
y algo de mí se duele en los rincones más turbios
de mí entraña, y me nombra y dice es urgente salir
a conquistar las calles, a romper la noche empeñada,
que el cadalso, la prisión, la desventura, son apenas frutos,
que el mundo se retuerce bañado en su jugo gástrico,
qué es bestia y agoniza, y hay que vencer
la lengua de los dedos, me rehuye
la palabra en cada esquina, y la persigo,
con la desesperanza del cazador novato;
he perdido un amor, siete monedas, me sangran las encías,
me ha perseguido un perro por la calle,
y aún así, pareciera que la grieta es mayor
que uno mismo, una boca insaciable
que se ha tragado las ganas de escribir, lo que de humano
y enloquecido quedaba en mi equipaje
y mientras tanto, el mundo arde y se retuerce sobre sí mismo,
babosa bañada en sal, agonizante bestia,
y algo de mí se duele en los rincones más turbios
de mí entraña, y me nombra y dice es urgente salir
a conquistar las calles, a romper la noche empeñada,
que el cadalso, la prisión, la desventura, son apenas frutos,
que el mundo se retuerce bañado en su jugo gástrico,
qué es bestia y agoniza, y hay que vencer
Algo, en el polvo de la tarde, ha susurrado tu nombre; algo se ha henchido en mi pecho, bandera.
Largo, al dibujarte en el haz de la memoria, pasa el tiempo con su carruaje de horas;
esta casa forjada en la penumbra, este fuego cruzado de gaviotas -ya he descrito, para ti, mi pecho- es lo que ofrezco
cae mi mano sin hallar tu mano, estoy en una isla poblada de huracanes que te nombran; en el arco de tu sonrisa anida mi más suave pesadilla,
rojo es el fruto que muerdo para salvarme del asedio de la muerte.
Ahora pido: ahógame en tus aguas, dame la bendición desde el púlpito de tu boca
Largo, al dibujarte en el haz de la memoria, pasa el tiempo con su carruaje de horas;
esta casa forjada en la penumbra, este fuego cruzado de gaviotas -ya he descrito, para ti, mi pecho- es lo que ofrezco
cae mi mano sin hallar tu mano, estoy en una isla poblada de huracanes que te nombran; en el arco de tu sonrisa anida mi más suave pesadilla,
rojo es el fruto que muerdo para salvarme del asedio de la muerte.
Ahora pido: ahógame en tus aguas, dame la bendición desde el púlpito de tu boca
martiriza la flor de mi deseo, que no salga vivo de tu lado
El hombre que se hace llamar Guillermo Tell tensa el arco. Cierra los
ojos un instante, aspira. Imagina un campo de batalla y que su ejército
está a punto de ser derrotado. Recuerda el sabor de la sangre y el zumo
de los frutos del verano.
No ha visto el blanco, pero dispara.
Un estruendo le hace abrir los ojos, pero ya es tarde. Su nombre es el mismo, aunque su apellido es otro; está en una ciudad llena de vicios, y sabe que nunca participará en una batalla.
El país es México. El blanco es su mujer.
No ha visto el blanco, pero dispara.
Un estruendo le hace abrir los ojos, pero ya es tarde. Su nombre es el mismo, aunque su apellido es otro; está en una ciudad llena de vicios, y sabe que nunca participará en una batalla.
El país es México. El blanco es su mujer.
los perros que le aullan a la nada
la tarde nos pertenecía:
el siglo aún era joven,
un recién nacido que gimoteaba,
falto de lágrima, en un sitio lejano y desconocido;
una ciudad ardía antes de la hora del almuerzo,
y nosotros abríamos la puerta a la desesperación
en la polvorienta calle Bravo
nunca faltó un puño para una pelea
jauría, ladraban nuestros corazones
cuando estallaba la pirotecnia de San Juan;
mojados, empapados de sudor y lluvia de mayo,
nos bautizamos en el fuego del mezcal
en la interminable calle Bravo
hallamos la fiebre y la inmortalidad
de los veinte años
pero ya no habrá quien cante
por nuestros hermanitos idos,
por nuestra separada jauría
por eso brindo, por los perros que le aullaban a la nada,
mientras acaricio el muslo de la nostalgia
Aquí está mi carne,
este bulto hecho de sangre, huesos,
y una oscura sabia nacida en la tristeza.
Ustedes perdonarán, pero no tengo otro
modo de nombrarla, mi pobre lengua
me es insuficiente para envolver ese amasijo de duda y molecular simpleza.
Por eso digo que ya he puesto mi carne
sobre la madera sucia de la mesa,
como quien arroja el fardo de su pecado
o su alegría inconmensurable
a un rincón después de haberla cargado largo tiempo,
sin descanso, obligado por las normas
no escritas del buen comportamiento.
Pero no me confundan, soy un rumiante mal herido
-porque la herida no es mortal,
porque mi agresor fue torpe en su arte-
y si he conservado intacto el artificio
sin color de la esperanza,
si he roto cada vaso o cáliz para santificar el vacío,
ha sido mi ignorancia, este conjunto de atrofiado músculo
y tendones, esta celebración de la decadencia,
lo que por mí levanta la voz, y dice
'pongamos que estoy ebrio
y he abandonado cada ofertorio del amor,
y he sido derrotado'
este bulto hecho de sangre, huesos,
y una oscura sabia nacida en la tristeza.
Ustedes perdonarán, pero no tengo otro
modo de nombrarla, mi pobre lengua
me es insuficiente para envolver ese amasijo de duda y molecular simpleza.
Por eso digo que ya he puesto mi carne
sobre la madera sucia de la mesa,
como quien arroja el fardo de su pecado
o su alegría inconmensurable
a un rincón después de haberla cargado largo tiempo,
sin descanso, obligado por las normas
no escritas del buen comportamiento.
Pero no me confundan, soy un rumiante mal herido
-porque la herida no es mortal,
porque mi agresor fue torpe en su arte-
y si he conservado intacto el artificio
sin color de la esperanza,
si he roto cada vaso o cáliz para santificar el vacío,
ha sido mi ignorancia, este conjunto de atrofiado músculo
y tendones, esta celebración de la decadencia,
lo que por mí levanta la voz, y dice
'pongamos que estoy ebrio
y he abandonado cada ofertorio del amor,
y he sido derrotado'
Rita, el sueño
Ahora que reconozco el fuego, que mi mano tiembla,
te nombro calladamente, hurgo en la caracola de tu nombre,
intento que mi pulso te describa, que en la explosión el humo enmarque tu silueta;
reconozco el fuego, ahora, en la cercanía del ocaso, repito las dos sílabas de tu nombre
te nombro calladamente, hurgo en la caracola de tu nombre,
intento que mi pulso te describa, que en la explosión el humo enmarque tu silueta;
reconozco el fuego, ahora, en la cercanía del ocaso, repito las dos sílabas de tu nombre
No tenía más de diez años cuando me lo encontré por la calle. Iba sucio,
maloliente, cabizbajo, como avergonzado de estar allí, en cualquier
sitio. Movido por la curiosidad, le pregunté quién era y donde vivía. En
todas partes, me respondió, soy dios. Lo dijo así, con minúscula, con
pena. Le dije que no estaba dispuesto a creerle si no me daba una
prueba.
Ese es el problema, me dijo, yo no existo. Y se desvaneció.
Ese es el problema, me dijo, yo no existo. Y se desvaneció.
Ausencio va por la calle, empapado. Sube, le dice el hombre de la
camioneta. Cruzan algunas palabras, dicen mucho sin decir realmente
nada. Chancean. Pa dónde, cabrón? Ya pa que vas a tu casa, ya está
cuidándola el sancho. Ora, si no le alcanza no reparta, compadre.
Ausencio abre su chamarra. Aparecen unos polluelos. Te los robaste, acusa el de la camioneta.
No, 'onde vas a creer? Si son mi familia. cómo van a ser tu familia, le reviran. Sí, mira: venía yo caminando bajo la lluvia cuando me vieron pasar. Y gritaban 'tío, tío, tío!'. Y ni modos de dejar así a la familia, a la buena de dios. Pos no.
Ausencio abre su chamarra. Aparecen unos polluelos. Te los robaste, acusa el de la camioneta.
No, 'onde vas a creer? Si son mi familia. cómo van a ser tu familia, le reviran. Sí, mira: venía yo caminando bajo la lluvia cuando me vieron pasar. Y gritaban 'tío, tío, tío!'. Y ni modos de dejar así a la familia, a la buena de dios. Pos no.
Digamos que hablo ante el espejo,
que algo de mí baila en el filo de su noche,
taciturno, atribulado, nudo en el pescuezo
del anzuelo o del ahorcado,
pero sin carnada, tal vez se haya olvidado
de buscarla entre las piedras o en el viejo
zaguán del cementerio; pero hablemos
otra vez de aquel espejo, o debo decir del espejismo,
de la mano que enturbió su azogue,
una mañana, casi al descuido, como quien
no sabe de qué va la cosa esta tan triste,
tan simple de morirse en horario laboral, un lunes,
o un domingo al rayar la silueta de la noche,
y vuelve siempre, aunque no quiera,
a remontar la cuesta de escalones
y transporte público y empujones y gritos
y merolicos que voz en cuello anuncian
la última cura para la soledad, úntese el ungüento
del viejo lobo gris, aulle cada luna llena,
a cada empellón de facturas por pagar, y sálvese,
o anunciando, tal vez, el último horario del apocalipsis,
su debacle a cinco pistas,
y tal vez no sea la calle,
tal vez seguramente se trate de uno mismo
hablando ante el espejo, la mano puesta en la caricia de su filo
que algo de mí baila en el filo de su noche,
taciturno, atribulado, nudo en el pescuezo
del anzuelo o del ahorcado,
pero sin carnada, tal vez se haya olvidado
de buscarla entre las piedras o en el viejo
zaguán del cementerio; pero hablemos
otra vez de aquel espejo, o debo decir del espejismo,
de la mano que enturbió su azogue,
una mañana, casi al descuido, como quien
no sabe de qué va la cosa esta tan triste,
tan simple de morirse en horario laboral, un lunes,
o un domingo al rayar la silueta de la noche,
y vuelve siempre, aunque no quiera,
a remontar la cuesta de escalones
y transporte público y empujones y gritos
y merolicos que voz en cuello anuncian
la última cura para la soledad, úntese el ungüento
del viejo lobo gris, aulle cada luna llena,
a cada empellón de facturas por pagar, y sálvese,
o anunciando, tal vez, el último horario del apocalipsis,
su debacle a cinco pistas,
y tal vez no sea la calle,
tal vez seguramente se trate de uno mismo
hablando ante el espejo, la mano puesta en la caricia de su filo
En esta hora de melladas cuchillas que te nombran,
furiosas, exasperadas bajo el sol,
en este nido sin ramas, en esta calle sin nubes,
roto como el roto pavimento, anegado de alcantarillas,
perseguido en la pesadilla por roedores,
escribo tu nombre y el sitio exacto de tu llaga,
en este añejamiento del espíritu, la avinagrada carne del recuerdo
señala el arañazo primero de la angustia
en esta caída de hojas, en este permitirse el desmoronamiento
de la epidermis, bosquejo el rostro imberbe de la nostalgia,
furiosas, exasperadas bajo el sol,
en este nido sin ramas, en esta calle sin nubes,
roto como el roto pavimento, anegado de alcantarillas,
perseguido en la pesadilla por roedores,
escribo tu nombre y el sitio exacto de tu llaga,
en este añejamiento del espíritu, la avinagrada carne del recuerdo
señala el arañazo primero de la angustia
en esta caída de hojas, en este permitirse el desmoronamiento
de la epidermis, bosquejo el rostro imberbe de la nostalgia,
en este siglo que no nos pertenece, herido de estertores,
en este rincón de la nada, abotagado,
balbuceo tu nombre, padre
en este rincón de la nada, abotagado,
balbuceo tu nombre, padre
Vengo de despedirme, de decir adiós a alguien,
es decir de abrir un boquete en la pared
de soltar uppercuts contra el pómulo del amor propio
para ver cómo se astillaban mis nudillos
quiero decir que vengo de abrir una herida
de cerrar una puerta, de abandonar el principio de un jardín,
que me he abrazado al cuerpo de la borrachera
para, según esto, el cánon, la costumbre, salir del paso,
cauterizar el duelo, pero estoy herido,
podría decirse que roto por mano propia,
mirando la combustión de mis naves,
una sonrisa que finge demencia en la penumbra
un par de ojos negros que se pierden,
eso alcanzo a recordar, mis naves ardiendo sobre el agua
la nostalgia creciendo como un árbol de eucalipto en mi vértebra
es decir de abrir un boquete en la pared
de soltar uppercuts contra el pómulo del amor propio
para ver cómo se astillaban mis nudillos
quiero decir que vengo de abrir una herida
de cerrar una puerta, de abandonar el principio de un jardín,
que me he abrazado al cuerpo de la borrachera
para, según esto, el cánon, la costumbre, salir del paso,
cauterizar el duelo, pero estoy herido,
podría decirse que roto por mano propia,
mirando la combustión de mis naves,
una sonrisa que finge demencia en la penumbra
un par de ojos negros que se pierden,
eso alcanzo a recordar, mis naves ardiendo sobre el agua
la nostalgia creciendo como un árbol de eucalipto en mi vértebra
Buscaba una cerveza para cerrar la noche. Para reconciliarme con el
sueño. Había recorrido las escasas calles, sin éxito. Aunque, ¿qué
buscaba? Una puerta de entrada al paroxismo y a la sangre. Algo que me
arrancara del sopor en que me había enfangado: la insípida manta de lo
cotidiano.
Pensé en ella, en el desamparo de sus ojos al despedirme. Ahora, esta noche, el desamparo me acaricia el hombro. Como un viejo amigo, me convencía de cerrar todas las puertas, de vagabundear henchido de desasosiego por las calles mal iluminadas de una pequeña ciudad, dormida casi en su totalidad poco antes de la medianoche.
Una patrulla destartalada se cruzó conmigo por enésima ocasión. En alguna madrugada me despertaron, mientras sorbía el sueño de la borrachera en el auto; está bien, joven?, alcancé a escuchar, pero bien pedo, dijo el copiloto. Subí el cristal y volví a dormir después de mirarlos como quien mira a un apestado. Pésimos para hacer chistes y para atrapar criminales.
Entré a una cantina. La fachada tenía agujeros de bala, y la pintura se estaba cayendo. Seguro habían conocido tiempos mejores. Las mesas estaban ocupadas por un grupo de hombres que parecían festejar algo. Un cumpleaños, tal vez; todos parecían haber salido del trabajo, desaseados y bulliciosos, desesperados por liberar la tensión que los días van colocando sobre sus espaldas. Ebrios y festivos, llenaban el local con sus gritos. Acaparaban a las escasas ficheras y obstruían el paso a la rockola. En la barra, donde me quedé, pedí una cerveza. Estaba tibia, y a ratos me llegaba un olor a anciana incontinente. El olor que coge la madera o las telas cuando han sido meadas insistente, sistemáticamente. Un olor a abandono insufrible. Miré al cantinero, otrora una mole disforme de más de 120 kilos, hecho un palo. Salvo dos o tres parroquianos más, con los que compartía la barra, toda la clientela estaba en la mesa del festejo.
Iba por la mitad de la cerveza cuando el olor se volvió insoportable. Di un último trago y salí de allí. Había salido buscando congraciarme con el sueño. Compré cuatro cervezas en una licorería y volví a casa. No abrí ni una lata.
Pensé en ella, en el desamparo de sus ojos al despedirme. Ahora, esta noche, el desamparo me acaricia el hombro. Como un viejo amigo, me convencía de cerrar todas las puertas, de vagabundear henchido de desasosiego por las calles mal iluminadas de una pequeña ciudad, dormida casi en su totalidad poco antes de la medianoche.
Una patrulla destartalada se cruzó conmigo por enésima ocasión. En alguna madrugada me despertaron, mientras sorbía el sueño de la borrachera en el auto; está bien, joven?, alcancé a escuchar, pero bien pedo, dijo el copiloto. Subí el cristal y volví a dormir después de mirarlos como quien mira a un apestado. Pésimos para hacer chistes y para atrapar criminales.
Entré a una cantina. La fachada tenía agujeros de bala, y la pintura se estaba cayendo. Seguro habían conocido tiempos mejores. Las mesas estaban ocupadas por un grupo de hombres que parecían festejar algo. Un cumpleaños, tal vez; todos parecían haber salido del trabajo, desaseados y bulliciosos, desesperados por liberar la tensión que los días van colocando sobre sus espaldas. Ebrios y festivos, llenaban el local con sus gritos. Acaparaban a las escasas ficheras y obstruían el paso a la rockola. En la barra, donde me quedé, pedí una cerveza. Estaba tibia, y a ratos me llegaba un olor a anciana incontinente. El olor que coge la madera o las telas cuando han sido meadas insistente, sistemáticamente. Un olor a abandono insufrible. Miré al cantinero, otrora una mole disforme de más de 120 kilos, hecho un palo. Salvo dos o tres parroquianos más, con los que compartía la barra, toda la clientela estaba en la mesa del festejo.
Iba por la mitad de la cerveza cuando el olor se volvió insoportable. Di un último trago y salí de allí. Había salido buscando congraciarme con el sueño. Compré cuatro cervezas en una licorería y volví a casa. No abrí ni una lata.
Traía en la cabeza unas líneas que hablaban de ti, del otoño que nos
cerca irremediablemente. Tenías 21, yo iba alcanzando los 23; nueve años
han pasado y la herida de la distancia permanece, en buena medida
porque me he empeñado en mantenerla abierta con mis uñas de animal de
calle, a lametazos. Pero conducía mientras la noche asentaba sus
faldones sobre el horizonte. Así que aquí estoy, en la barra de un bar,
escribiendo en tu nombre, aunque, tengo la certeza, de escucharte a mi
espalda, me costaría reconocer tu voz.
Aquí escribo: olvidé lo que hoy tenía para decirte, esa ternura fugaz e infrecuente que aún sabe nombrarte.
Aquí escribo: olvidé lo que hoy tenía para decirte, esa ternura fugaz e infrecuente que aún sabe nombrarte.
¿Has leído poesía la tarde posterior a una borrachera de whisky en un
bar solitario, anodino, hasta bien entrada la madrugada, quedarte
dormido en el auto a medio camino, y despertar con una resaca de esas
que en principio parecen la elongación de la borrachera, algo beatifico
que luego sin que lo notes, paulatino crece con su verdadero rostro de
hiena y te muerde el cráneo y parece conseguir romperlo, y casi tocando
el mediodía aparecer una gripe con toda su violencia, con la
violencia de quien hubiera golpeado tus costillas insistentemente, y
luego de un rato dejarte tirado en la cama, mientras afuera llueve,
llueve con la parsimonia que tendrá la lluvia que acompañe el fin del
mundo, y adentro te revuelcas entre pesadillas que olvidarás apenas
abras los ojos? ¿Has tratado de leer poesía así, de profanarla con tu
aliento de fermento (estuve a nada de poner muerte fermentada, pero es
redundante, el que muere comienza a fermentar su podredumbre, a empollar
su olvido de materia inanimada), lo has intentado, tocar con la mano
temblorosa y los ojos como dos brasas llorosas, un libro de poesía, como
si buscaras un asidero para salvarte de ti mismo, sentado en un
excusado que da la bienvenida al frío de la calle, te has atrevido, te
atreverías a mancillar de ese modo cosa tan elevada, intangible y casi
sacra?
Soneto XCIX
¿He de volver a ser materia viva, este conjunto
amorfo de entropías, la misma sangre y el cúmulo
de fuegos que mi ser consumen? ¿Seré el lúpulo
o la cizaña que inunde el campo, el nuevo difunto
de futuros días, habré de ser otra vez roca, nulo
follaje, o el andamio de un castillo? ¿Qué, pregunto,
habré sido en otras horas? ¿La carta sin asunto,
que habló de amor, el enemigo al que estrangulo?
Si he sido polvo humilde, si hierba altiva, torpe metal,
¿importará a la postre, a los escribas, al infinito
paso de los días sobre los días, hará mella fatal
a lo que he sido y lo que malamente llevo escrito?
¿Será mi huella, visible entre el extraordinario panal
del universo, o me devorará la nada, el infinito?
Bosque, ¡qué duro crecer bajo tu sombra!
¡Qué lejana, que esquiva la luz del alba!
Tristeza, qué afanoso sembrar mi malva,
en tu jardín de hiedra y rosa. Ronda
¡Qué lejana, que esquiva la luz del alba!
Tristeza, qué afanoso sembrar mi malva,
en tu jardín de hiedra y rosa. Ronda
la noche en pleno día, y recógese la mansa
sangre pecho adentro. Ciego me nombra
el vendaval, ya la tormenta. Su oscuridad alumbra
la llama en mi conciencia: su beso es larva
(la tristeza, digamos cual polilla) en mi garganta.
Bosque, tu entraña sobre mí ya se agiganta.
Tu luz susurra, inalcanzable; mi pobre voz
se desespera y llama y en el eco se hunde,
cadáver, roca, acero, en el fango atroz.
Todo es silencio, mi lengua vive, en ti se funde.
sangre pecho adentro. Ciego me nombra
el vendaval, ya la tormenta. Su oscuridad alumbra
la llama en mi conciencia: su beso es larva
(la tristeza, digamos cual polilla) en mi garganta.
Bosque, tu entraña sobre mí ya se agiganta.
Tu luz susurra, inalcanzable; mi pobre voz
se desespera y llama y en el eco se hunde,
cadáver, roca, acero, en el fango atroz.
Todo es silencio, mi lengua vive, en ti se funde.
Las noticias de Íthaca (17/09/2018)
Hoy ha muerto un amigo. Hace años que
no lo veía. La última vez, apareció de improviso en la casa de mi madre.
Compartimos una cerveza. Por los buenos tiempos, dijimos mirando al
horizonte. La pequeña comunidad ya estaba recogida, bajo sus techos de
losa, paja, láminas de zinc y miedo.
Era nochebuena, no pasaban de las diez de la noche pero todo estaba en silencio. Los tragos nos pasaron lentos, fríos, por la garganta. Volvimos a decir salud, qué locura, no? Sí, está muy cabrón. Pero tú eres compa, me dijo, contigo no hay problema.
Luego se fue, llevándose dos cervezas más.
Hoy me llamaron para decir que ha muerto. Encontraron su cuerpo en las antenas, a unos treinta kilómetros de casa. Unos ochocientos metros más arriba en la escala del nivel del mar.
Pero no quiero errar el verbo. El 'Askis' como le decíamos, no murió. Lo mataron.
En un territorio disputado hace al menos seis años por el narco, estas noticias ya no hacen mella, uno se acostumbra, tal vez, a contabilizar mecánicamente los amigos, los vecinos que se han ido. Aprende a distinguir qué grupo tiene el control o está a punto de perderlo, y en cuál juega cada conocido. Una desproporcionada tarea de supervivencia.
No se desconfía del vecino, como en la urbe, porque se piense que puede ser gandalla y robarte el tanque de gas, o el celular. Se desconfía de todo, porque el otro puede estar en la nómina del grupo rival, o tratar de zanjar una vieja disputa acusándote, calumniándote de ser dedo con algún sicario, muchachitos embotados por la coca y la adrenalina que les da una 9mm que muchas veces ni tan siquiera saben usar. Desconfiar de todo porque la vida está en juego. Porque un día de estos puedes amanecer haciendo parte de la decoración de los basureros municipales o un montón de carne en la que practicar las habilidades de carnicero. Se desconfía de la propia sombra, y a quien se le da la confianza, se le entrega hasta la vida.
Dijeran por ahí, cada vez más la muerte se parece a la propia, los muertos ya no son los extraños, el viejo cascarrabias de la esquina.
Pasarela de difuntos urgentes, vida loca.
Era nochebuena, no pasaban de las diez de la noche pero todo estaba en silencio. Los tragos nos pasaron lentos, fríos, por la garganta. Volvimos a decir salud, qué locura, no? Sí, está muy cabrón. Pero tú eres compa, me dijo, contigo no hay problema.
Luego se fue, llevándose dos cervezas más.
Hoy me llamaron para decir que ha muerto. Encontraron su cuerpo en las antenas, a unos treinta kilómetros de casa. Unos ochocientos metros más arriba en la escala del nivel del mar.
Pero no quiero errar el verbo. El 'Askis' como le decíamos, no murió. Lo mataron.
En un territorio disputado hace al menos seis años por el narco, estas noticias ya no hacen mella, uno se acostumbra, tal vez, a contabilizar mecánicamente los amigos, los vecinos que se han ido. Aprende a distinguir qué grupo tiene el control o está a punto de perderlo, y en cuál juega cada conocido. Una desproporcionada tarea de supervivencia.
No se desconfía del vecino, como en la urbe, porque se piense que puede ser gandalla y robarte el tanque de gas, o el celular. Se desconfía de todo, porque el otro puede estar en la nómina del grupo rival, o tratar de zanjar una vieja disputa acusándote, calumniándote de ser dedo con algún sicario, muchachitos embotados por la coca y la adrenalina que les da una 9mm que muchas veces ni tan siquiera saben usar. Desconfiar de todo porque la vida está en juego. Porque un día de estos puedes amanecer haciendo parte de la decoración de los basureros municipales o un montón de carne en la que practicar las habilidades de carnicero. Se desconfía de la propia sombra, y a quien se le da la confianza, se le entrega hasta la vida.
Dijeran por ahí, cada vez más la muerte se parece a la propia, los muertos ya no son los extraños, el viejo cascarrabias de la esquina.
Pasarela de difuntos urgentes, vida loca.
Otra vez llego a la orilla final de la noche,
gritando el nombre tuyo, enfermo de mí mismo:
naufragué toda la noche para alcanzar la cuchilla del alba,
incendié mi lengua para llamarte sin resquebrajamiento,
pero estoy herido de tu ausencia, y no consigo desvanecerme,
aliviar esta dolencia de etérea carne arrancada a mordiscos, de astillado hueso;
gritando el nombre tuyo, enfermo de mí mismo:
naufragué toda la noche para alcanzar la cuchilla del alba,
incendié mi lengua para llamarte sin resquebrajamiento,
pero estoy herido de tu ausencia, y no consigo desvanecerme,
aliviar esta dolencia de etérea carne arrancada a mordiscos, de astillado hueso;
heme aquí, ahora, a unas brazadas del naufragio, bandera en alto,
caído, desvencijado, con mi cadáver a cuestas, sudoroso
caído, desvencijado, con mi cadáver a cuestas, sudoroso
En el pecho de la tarde un ave mitológica se carboniza
antes de la roca, del desvarío del mundo, eras
zona de guerra donde los laureados eran
ingentes cadáveres sobre el pasto herido.
nadas como un ángel negro entre el follaje,
ónix que moldea con su filo el cuenco de la noche:
brasa y ruido hechos nudo, en perpetua batalla o agonía, retablo soy donde se adora el polvo, la telaraña, los bruñidos espejos,
resquebrajado fruto, eres turbia ecuación para cabalgar
a lomos de la muerte, terribles jinetes del desamparo:
creo, ahora, en el contorno angelical de tus caderas
en mi defensa diré que no he sido acusado, que mi nombre
sigue siendo, como Odiseo, nadie; sólo el viento, por descuido, me ha llamado
antes del cristal y de la aurora, antes, mucho antes,
cuando el mundo comenzaba a tomar forma,
imaginé la ciudad perfecta para tus pisadas y tu susurro:
grito y calma ayudan a recrear los planos de una Babel horizontal
olvidada a ratos, mordisqueada en sus cimientos,
la recuerdo tenebrosa y temblorosa; allí late un corazón que me perteneció;
ominosa dolorosamente ignorada, yace mi sangre como un árbol derribado,
trepanado de polilla o musgo, habitáculo de nadie.
incluso después de la fractura en el hielo,
me encuentro a tu recuerdo lanzando dentelladas, y vuelvo a tender la mano
entonces, vuelvo a cortar el fruto, la palabra que te nombre,
vuelvo a llamar a mi carcelero, a exigir la pena capital:
ahogarme a solas dentro tuyo, abrasarme en la caldera de tu infierno
nadie responde, sin embargo. ¿será el eco,
un espejo que resuena a mi lado, nombrándome?
enciendo mi último caballo de nostalgia,
deshago el primer nudo de mi boca, abro los dedos;
resuelto a encontrar el último rastro tuyo en el agua,
anclo esta voz al limo y al hambre del pez,
tomo la parte del náufrago que me corresponde,
abrígame en tu sima, nocturna tempestad,
lame mi cicatriz, siéntela palpitar bajo tu rayo:
el siglo que corre no ha visto el abismo, pero su cauce está abierta,
dormida, y pese a todo, a la espera de su descuidada presa
otra vez, insisto: antes de ser tú, ya eras
hebra de fuego en la línea descuidada, casual, del horizonte
carne de impoluta furia, a la espera de nadie;
en el hosco rumiar del tiempo maduran frutos extraños,
pacen bajo el sol cansado de enero las bestias de mi pecho
le he soltado las amarras al verano y al espejo donde danza tu recuerdo,
en ausencia, soy mutilado cuerpo, incapaz de articular un grito:
no pude, ni en defensa propia escribir 'aquí, en tu nombre, he muerto, he carbonizado hasta la raíz mi voluntad,
en la isla de los sacrificios dejé como un laúd colgado para tí mi corazón
8 de agosto 2017
Como heredera de un antiguo oficio de hechicería, Ana vive en la cocina: allí, sus manos preparan lo que ha de alimentar a su familia. Recuerda, mientras prepara, hábil, las tortillas, la frugalidad de otros años, cuando no era más que una niña huérfana, atormentada por el fallecimiento de sus hermanos menores, perseguidos por el hambre; le angustia imaginar que sus diez hijos pasen por lo mismo, y le oprime el pecho el que sus nietos tengan el mínimo de hambre no saciada.
Su preocupación es tal que a ratos olvida el fallecimiento de su marido, se imagina correteando tras de sus hermanos, las trenzas al viento, con once años bajo el sol de mayo, da vuelta en una esquina y tiene en brazos al menor de sus hijos, es junio y afuera la noche de San Juan da inicio con fuegos artificiales y riadas de mezcal en las calles; alguien llama a la puerta, seguramente para moler nixtamal, es de madrugada aún, la víspera de alguna fiesta: ella da la última calada a su cigarro, lo apaga y mientras atraviesa el patio oye el montón de risas infantiles que traen consigo sus nietos, 'ojalá nunca crezcan', piensa mientras ruega a todos los santos de su altar por que su marido no vuelva borracho (pero José Ángel cuida de su perro, el Diablo, en otro mundo, hace ya siete años).
Pregunta por sus hijos más jóvenes, le mata saber que no han comido, pobres. Otra vez es medianía de siglo: lozana, fuerte aún, aprende a mascullar algunas frases en el castellano que desconoce. Mira a Celia desempeñar con celeridad y habilidad el mismo oficio de la cocina, el cuidado del hogar, y sabe que hasta su casamiento, ella será su brazo fuerte, como el de Victorio es de su pareja. Algo la distrae, algún vientecillo furibundo de marzo, y vuelve a su realidad: tiene Alzheimer y a ratos encuentra la forma de volver con su cuerpo: ya toda ella es un nudo de jugarretas de la memoria que dificultosamente se logra hilvanar. Viene el desespero, la furia guardada largos años, el grito sosegado por lustros, y ve a sus hijos, absortos en un mundo distinto al suyo, confundidos, lo ve con tanta claridad, con tanta lucidez comprende que ha quedado sola, que olvida las escaleras y en medio de la penumbra tropieza, rueda hasta llegar al suelo, pero ya no consigue ponerse en pie: algo se ha roto definitivamente. Llora, amargamente, pero no es el dolor físico, sino la conciencia del abandono de sus hijos y la sospecha de tener que atarse a una cama o a una silla en los días que le quedan en esta tierra. Atada, otra vez, pero ya no a un marido, sino a un objeto.
Las largas horas en el hospital y las caras compungidas de sus vástagos le confirman lo que ya sabía: vuelve a remontar el vuelo su imaginación a lomos de la memoria; tiene dieciséis y va, las faldas ondeando como banderas de conquistador, a por agua a la pileta del pueblo. Cuando vuelve a casa, sus hijos festejan, la mesa larga, plena de flores y las sonrisas pródigas, benevolentes.
Poco a poco va cerrando los ojos, un cansancio inexplicable la toma de la mano, la lleva por insospechados caminos.
2 abr 2020
hoy no brindé por ti, nena,
estaba cansado de cargar bultos,
de conducir entre la niebla
con los faros desajustados
y la suspensión hecha pedazos,
y, tú sabes, pese al frío, la sed
pone su garra en la garganta
y uno va y abre la primera cerveza,
pone música en el navegador
y justo en el tercer o cuarto trago,
cuando uno está hecho un lío
en la cabeza, y relajados los músculos,
es decir, con la guardia baja, distraído,
entonces comienza a sonar
una canción que compartimos,
un detalle insignificante, y la cosa
termina por torcerse
fue en ese momento que comencé
a acordarme de tí, nena,
ya repetí la canción unas diez veces:
me pesa la certeza de estar solo
y, además, sin ti
estaba cansado de cargar bultos,
de conducir entre la niebla
con los faros desajustados
y la suspensión hecha pedazos,
y, tú sabes, pese al frío, la sed
pone su garra en la garganta
y uno va y abre la primera cerveza,
pone música en el navegador
y justo en el tercer o cuarto trago,
cuando uno está hecho un lío
en la cabeza, y relajados los músculos,
es decir, con la guardia baja, distraído,
entonces comienza a sonar
una canción que compartimos,
un detalle insignificante, y la cosa
termina por torcerse
fue en ese momento que comencé
a acordarme de tí, nena,
ya repetí la canción unas diez veces:
me pesa la certeza de estar solo
y, además, sin ti
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