9 abr 2020

8 de agosto 2017


Como heredera de un antiguo oficio de hechicería, Ana vive en la cocina: allí, sus manos preparan lo que ha de alimentar a su familia. Recuerda, mientras prepara, hábil, las tortillas, la frugalidad de otros años, cuando no era más que una niña huérfana, atormentada por el fallecimiento de sus hermanos menores, perseguidos por el hambre; le angustia imaginar que sus diez hijos pasen por lo mismo, y le oprime el pecho el que sus nietos tengan el mínimo de hambre no saciada.
Su preocupación es tal que a ratos olvida el fallecimiento de su marido, se imagina correteando tras de sus hermanos, las trenzas al viento, con once años bajo el sol de mayo, da vuelta en una esquina y tiene en brazos al menor de sus hijos, es junio y afuera la noche de San Juan da inicio con fuegos artificiales y riadas de mezcal en las calles; alguien llama a la puerta, seguramente para moler nixtamal, es de madrugada aún, la víspera de alguna fiesta: ella da la última calada a su cigarro, lo apaga y mientras atraviesa el patio oye el montón de risas infantiles que traen consigo sus nietos, 'ojalá nunca crezcan', piensa mientras ruega a todos los santos de su altar por que su marido no vuelva borracho (pero José Ángel cuida de su perro, el Diablo, en otro mundo, hace ya siete años).
Pregunta por sus hijos más jóvenes, le mata saber que no han comido, pobres. Otra vez es medianía de siglo: lozana, fuerte aún, aprende a mascullar algunas frases en el castellano que desconoce. Mira a Celia desempeñar con celeridad y habilidad el mismo oficio de la cocina, el cuidado del hogar, y sabe que hasta su casamiento, ella será su brazo fuerte, como el de Victorio es de su pareja. Algo la distrae, algún vientecillo furibundo de marzo, y vuelve a su realidad: tiene Alzheimer y a ratos encuentra la forma de volver con su cuerpo: ya toda ella es un nudo de jugarretas de la memoria que dificultosamente se logra hilvanar. Viene el desespero, la furia guardada largos años, el grito sosegado por lustros, y ve a sus hijos, absortos en un mundo distinto al suyo, confundidos, lo ve con tanta claridad, con tanta lucidez comprende que ha quedado sola, que olvida las escaleras y en medio de la penumbra tropieza, rueda hasta llegar al suelo, pero ya no consigue ponerse en pie: algo se ha roto definitivamente. Llora, amargamente, pero no es el dolor físico, sino la conciencia del abandono de sus hijos y la sospecha de tener que atarse a una cama o a una silla en los días que le quedan en esta tierra. Atada, otra vez, pero ya no a un marido, sino a un objeto.
Las largas horas en el hospital y las caras compungidas de sus vástagos le confirman lo que ya sabía: vuelve a remontar el vuelo su imaginación a lomos de la memoria; tiene dieciséis y va, las faldas ondeando como banderas de conquistador, a por agua a la pileta del pueblo. Cuando vuelve a casa, sus hijos festejan, la mesa larga, plena de flores y las sonrisas pródigas, benevolentes.
Poco a poco va cerrando los ojos, un cansancio inexplicable la toma de la mano, la lleva por insospechados caminos.

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