9 abr 2020

Digamos que hablo ante el espejo,
que algo de mí baila en el filo de su noche,
taciturno, atribulado, nudo en el pescuezo
del anzuelo o del ahorcado,
pero sin carnada, tal vez se haya olvidado
de buscarla entre las piedras o en el viejo
zaguán del cementerio; pero hablemos
otra vez de aquel espejo, o debo decir del espejismo,
de la mano que enturbió su azogue,
una mañana, casi al descuido, como quien
no sabe de qué va la cosa esta tan triste,
tan simple de morirse en horario laboral, un lunes,
o un domingo al rayar la silueta de la noche,
y vuelve siempre, aunque no quiera,
a remontar la cuesta de escalones
y transporte público y empujones y gritos
y merolicos que voz en cuello anuncian
la última cura para la soledad, úntese el ungüento
del viejo lobo gris, aulle cada luna llena,
a cada empellón de facturas por pagar, y sálvese,
o anunciando, tal vez, el último horario del apocalipsis,
su debacle a cinco pistas,
y tal vez no sea la calle,
tal vez seguramente se trate de uno mismo
hablando ante el espejo, la mano puesta en la caricia de su filo

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