He debido decir hace ya tiempo que tu cercanía es algo que sin buscarlo
anhelo. Que toda luz se enciende cuando llegas, que vuelven a abrir sus
pétalos los jardines -que no consigo evitar la horrorosa cursilería-,
que no hay bruma ni invierno si te apareces al filo de la aurora.
Que cualquier pretexto basta para ir a tu encuentro, para buscarte como
quien busca afanoso una ciudad desconocida en las profundidades del mar o
del desierto. Que eres el chispazo, y estoy ebrio de desearte.
Que
mi lengua se fatiga de nombrarte, de anhelar el puerto de tu humedecido
pubis. Que cierro los ojos para soñar contigo, y estoy tan cerca que
casi puedo tocarte con la punta lasciva de mis dedos, y me sonrojo a
solas, y te vuelvo a pensar y casi oigo el palpitar de mis dos heridos
corazones.
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