9 abr 2020

Bosque, ¡qué duro crecer bajo tu sombra!
¡Qué lejana, que esquiva la luz del alba!
Tristeza, qué afanoso sembrar mi malva,
en tu jardín de hiedra y rosa. Ronda
la noche en pleno día, y recógese la mansa
sangre pecho adentro. Ciego me nombra
el vendaval, ya la tormenta. Su oscuridad alumbra
la llama en mi conciencia: su beso es larva
(la tristeza, digamos cual polilla) en mi garganta.
Bosque, tu entraña sobre mí ya se agiganta.
Tu luz susurra, inalcanzable; mi pobre voz
se desespera y llama y en el eco se hunde,
cadáver, roca, acero, en el fango atroz.
Todo es silencio, mi lengua vive, en ti se funde.

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