la inocencia se pierde como el botón de una camisa
en la reyerta
o en el último juego de la infancia, al festejar el gol de campeonato
pero no, corrijo: no somos inocentes,
no hay tal, solo la oscura magia que esa palabra sugiere
el paradisíaco lecho donde se mece el crío
obscenamente obeso, decadente, de la ignorancia
y nuestro pecho es su cuna
porque hemos hecho lo posible
por negar el mundo y su fauce
porque nos negamos
porque evitamos
aceptar que este mundo, aunque nuestro
nos ha sido negado, envenenado,
que sangramos, que somos el carnero ofrecido al holocausto
y encima, balamos, como si fuera cierta la felicidad
como si fuera nuestra la libertad
mientras lamemos afanosos la cadena
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