la tarde nos pertenecía:
el siglo aún era joven,
un recién nacido que gimoteaba,
falto de lágrima, en un sitio lejano y desconocido;
una ciudad ardía antes de la hora del almuerzo,
y nosotros abríamos la puerta a la desesperación
en la polvorienta calle Bravo
nunca faltó un puño para una pelea
jauría, ladraban nuestros corazones
cuando estallaba la pirotecnia de San Juan;
mojados, empapados de sudor y lluvia de mayo,
nos bautizamos en el fuego del mezcal
en la interminable calle Bravo
hallamos la fiebre y la inmortalidad
de los veinte años
pero ya no habrá quien cante
por nuestros hermanitos idos,
por nuestra separada jauría
por eso brindo, por los perros que le aullaban a la nada,
mientras acaricio el muslo de la nostalgia
No hay comentarios:
Publicar un comentario