Me lo encontré por la calle una tarde de esas tan comunes del rumbo,
llenas de niebla, en las que uno apenas alcanza a ver a unos metros de
distancia pese a ser mediodía. Venía dando tumbos, midiendo la calle
como quien dice, ebrio y desarrapado. Pese a la suciedad y lo andrajoso
de sus ropas, a su imagen descuidada (su cabello, siempre largo, lo
mismo que su barba, habían perdido todo brillo: eran plastas hediondas
de mugre que pasaron del pulcro blanco a un café deslucido y opaco), pese a que agachó la mirada apenas verme, lo reconocí de inmediato.
Deshice los pasos y lo invité a mi departamento. Prefirió quedarse en
el vano de la puerta y a regañadientes aceptó un vaso de agua que le
ofrecí. Ni qué decir de todo lo que debí insistirle para que se
deshiciera de su calzado roto y aceptara un par de tenis viejos pero en
buen estado, así como ropa limpia que le diera una imagen menos
deplorable.
Cuando se fue, quiso darme un abrazo que educadamente
rechacé. Su aliento alcohólico y el olor rancio de sudor eran demasiado
para mi olfato, sé que no lo habría soportado y muy seguramente habría
terminado vomitando.
Lo acompañé a la salida.
Ya en la calle, mientras se encaminaba calle arriba, me agradeció con unos ojillos de animal lastimado.
No mames, pinche Dios, le dije, ya ponte serio cabrón; al mundo se lo carga la chingada y tú en la peda, ya ni la chingas.
No sé qué dijo en su balbuceo, pero la mirada que me lanzó prometía un sitio privilegiado en el séptimo círculo del infierno.
Tal vez me mentó la madre, nunca lo sabré.
Luego se perdió entre la bruma, dando tumbos, midiendo la calle como quien dice.
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