ya ha pasado la zozobra de vaciar los tendederos
el pasillo, ahora, hace las veces de secadero
(las camisas de su padre, los jirones de tela
con que visten sus hermanos -sólo de verlas
recuerda la parafina impregnada en sus pliegues)
pero ahora busca otra cosa, sonríe
con esa sonrisa que más tarde conocerán sus hijos
cuando con ella puesta les cuente
cómo sobrevivió las picaduras de alacrán en Puentito
o de su miedo nocturno a las ratas
que acechaban desde las vigas de su casa
a sus quince años y con la falda al viento
mira el arcoiris, embelesada lo saluda:
tiotakile, le dice, mientras el mundo alrededor desaparece
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