Traía en la cabeza unas líneas que hablaban de ti, del otoño que nos
cerca irremediablemente. Tenías 21, yo iba alcanzando los 23; nueve años
han pasado y la herida de la distancia permanece, en buena medida
porque me he empeñado en mantenerla abierta con mis uñas de animal de
calle, a lametazos. Pero conducía mientras la noche asentaba sus
faldones sobre el horizonte. Así que aquí estoy, en la barra de un bar,
escribiendo en tu nombre, aunque, tengo la certeza, de escucharte a mi
espalda, me costaría reconocer tu voz.
Aquí escribo: olvidé lo que hoy tenía para decirte, esa ternura fugaz e infrecuente que aún sabe nombrarte.
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