Buscaba una cerveza para cerrar la noche. Para reconciliarme con el
sueño. Había recorrido las escasas calles, sin éxito. Aunque, ¿qué
buscaba? Una puerta de entrada al paroxismo y a la sangre. Algo que me
arrancara del sopor en que me había enfangado: la insípida manta de lo
cotidiano.
Pensé en ella, en el desamparo de sus ojos al
despedirme. Ahora, esta noche, el desamparo me acaricia el hombro. Como
un viejo amigo, me convencía de cerrar todas las puertas, de vagabundear
henchido de desasosiego por las calles
mal iluminadas de una pequeña ciudad, dormida casi en su totalidad poco
antes de la medianoche.
Una patrulla destartalada se cruzó conmigo
por enésima ocasión. En alguna madrugada me despertaron, mientras sorbía
el sueño de la borrachera en el auto; está bien, joven?, alcancé a
escuchar, pero bien pedo, dijo el copiloto. Subí el cristal y volví a
dormir después de mirarlos como quien mira a un apestado. Pésimos para
hacer chistes y para atrapar criminales.
Entré a una cantina. La
fachada tenía agujeros de bala, y la pintura se estaba cayendo. Seguro
habían conocido tiempos mejores. Las mesas estaban ocupadas por un grupo
de hombres que parecían festejar algo. Un cumpleaños, tal vez; todos
parecían haber salido del trabajo, desaseados y bulliciosos,
desesperados por liberar la tensión que los días van colocando sobre sus
espaldas. Ebrios y festivos, llenaban el local con sus gritos.
Acaparaban a las escasas ficheras y obstruían el paso a la rockola. En
la barra, donde me quedé, pedí una cerveza. Estaba tibia, y a ratos me
llegaba un olor a anciana incontinente. El olor que coge la madera o las
telas cuando han sido meadas insistente, sistemáticamente. Un olor a
abandono insufrible. Miré al cantinero, otrora una mole disforme de más
de 120 kilos, hecho un palo. Salvo dos o tres parroquianos más, con los
que compartía la barra, toda la clientela estaba en la mesa del festejo.
Iba por la mitad de la cerveza cuando el olor se volvió
insoportable. Di un último trago y salí de allí. Había salido buscando
congraciarme con el sueño. Compré cuatro cervezas en una licorería y
volví a casa. No abrí ni una lata.
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