XIX
dame el mar, cada pañuelo
que en sus esquinas haya dicho adiós
a un marinero triste, a un cazador de ballenas
grises, dame la mano helada
de cada pescador de camarones:
soy el buque azotado por todas sus tormentas.
el madero herido por el acero,
sosteniendo en su agonía perpetua,
la tripulación de este barco encallado en agua,
enloquecido, perruno y hambriento
soy el timón, la brújula, el sextante,
pero la tierra se me escapa en la primera
línea del horizonte
a lo lejos, miro el caos:
la ceniza de la madrugada cae sobre las chozas
y las incendia, lenta, metódica y silente;
cuántos gritos apagados por el denso
manto de la noche, cuánta madre moribunda
sosteniendo sobre su regazo el fruto de sus vientres,
pero en vano;
la muerte les sonríe, les sonríe, y las abraza
como una madre final las va arrullando.
Emilio Romero Díaz. No debí salir de casa esta mañana. Editorial Cardumen. México, 1991
sosteniendo en su agonía perpetua,
la tripulación de este barco encallado en agua,
enloquecido, perruno y hambriento
soy el timón, la brújula, el sextante,
pero la tierra se me escapa en la primera
línea del horizonte
a lo lejos, miro el caos:
la ceniza de la madrugada cae sobre las chozas
y las incendia, lenta, metódica y silente;
cuántos gritos apagados por el denso
manto de la noche, cuánta madre moribunda
sosteniendo sobre su regazo el fruto de sus vientres,
pero en vano;
la muerte les sonríe, les sonríe, y las abraza
como una madre final las va arrullando.
Emilio Romero Díaz. No debí salir de casa esta mañana. Editorial Cardumen. México, 1991