29 ago 2015


XIX

dame el mar, cada pañuelo
que en sus esquinas haya dicho adiós
a un marinero triste, a un cazador de ballenas
grises, dame la mano helada
de cada pescador de camarones:
soy el buque azotado por todas sus tormentas.


el madero herido por el acero,
sosteniendo en su agonía perpetua,
la tripulación de este barco encallado en agua,
enloquecido, perruno y hambriento

soy el timón, la brújula, el sextante,
pero la tierra se me escapa en la primera
línea del horizonte
a lo lejos, miro el caos:

la ceniza de la madrugada cae sobre las chozas
y las incendia, lenta, metódica y silente;
cuántos gritos apagados por el denso
manto de la noche, cuánta madre moribunda
sosteniendo sobre su regazo el fruto de sus vientres,
pero en vano;
la muerte les sonríe, les sonríe, y las abraza
como una madre final las va arrullando.

Emilio Romero Díaz. No debí salir de casa esta mañana. Editorial Cardumen. México, 1991

I see you dancing under the moon, naked.


Esta es la ciudad, aparcadero de coches,
altar de tumultos y manifestaciones,
donde encontré el aroma de tu carne;
esta es la ciudad, secuestrada largamente
por nuestros orgasmos.
Sus luces neón ya conspiraron,
sus cantinas y sus andadores,
sus valet parkings, sus pordioseros
ya nos habían hecho las maletas
cuando comenzamos a recorrer sus calles.


Alguien vino de lejos a mirar las ruinas
de antiguos y poderosos reinos
derrotados por la espada y por el trueno.
Míralos, con sus cámaras réflex parecen cuervos
a la caza de brillantes para sus nidos.

Este es mi caparazón hecho tiritas
un par de versos monosílabos,
la estación donde el tren se detiene
incontables segundos a la espera
del último pandillero.

Tus labios me recuerdan
las calles mojadas de la ciudad,
los museos con su ostracismo al mediodía,
los conciertos callejeros,
más de un parque neocolonial
con bancas posmodernas bandalizadas
por el amor precoz de las 14 horas.

Mi camisa está por fin planchada,
ya dije adiós un largo tiempo, es la hora del condenado
es momento de coger el autobús.

Alejandro Sombra. El viejo del costal y algunos chismes del pasado. Editorial Suprema, México 1975
diez de mayo, ochentiséis

antes que nada la perturbe
veo a mi madre meciéndome
entre sus brazos jóvenes

sonríe

mi padré estará trajinando
entre papeles
en la sierra, o en otro país,
no lo sé

algo habré llorado al amanecer:
por hambre, calor
o ganas de inventar el mundo;
por eso el arrullo
la música brotando entre sus labios,
suave, diáfana

en este preciso instante,
soy la suma de todos sus anhelos,
la síntesis de sus temores
pero ella sonríe
ya lo había dicho

el departamento es estrecho
y apenas cabe su alegría inconmensurable;
ya no recuerdo nada de ello,
pero lo imagino, lo celebro

Gabriel Moncada Ordoñez. Algo hay entre los huesos que nos llama. Editorial Cartas Marcadas. México, 2002
A mi casa llegó el otoño.

Estaban puestos la mesa y los cubiertos
el cerdo se horneaba sosegado con una receta antigua,
de familia que se ha venido desgastando,
que ya no representa secreto alguno.
El sol -ese ornamento ineludible- también estaba presenciando
el cauce de las cosas.
Los pequeños vecinos se desperdigaban
bajo la sombra de las bugambilias, a salvo
de los cuervos.
Todos cantaban desafinados pero con vehemencia
cuando se abrió la puerta de la calle.
Una cicatriz volvió a palpitar bajo el vientre:
Era ella, con otro nombre y otra edad,
aunque la misma.
Iba a pedirle que se retirara
-la vajilla era insuficiente-
pero sabía que su ausencia
me volvería a dejar plantado en el invierno,
huérfano, derrotado,
sin la primavera que huía por las ventanas.


Andrés Galván. Direcciones opuestas. Siracusa, 1991
Día Cero

desayuno
-no en tiffany's-
aguardiente dulce

cierro las persianas
abro
cierro
de nuevo

afuera llovizna

no quedan cigarros ni aguardiente
las palabras sobran para los mudos
los mimos que somos
los mismos que somos

todos desde sus rincones
se miran como gatos al acecho
-cada gato ve tres gatos adivina cuántos son-

no hay muertos en un kilómetro a la redonda
que nos arranquen los brazos o la fiebre

abro la puerta
corro hacia la avenida
no sé qué hora es
no sé qué avenida es

vomito cerca de un poste
cerca de una mujer embarazada

sigue lloviznando

Eligio Perdomo Cruz. Editorial Octubre. México 2006
Perdón por llegar tarde,
Dirá el poeta, recién descubierta
su vocación de animal sin concesiones
En el fulgor matutino de las margaritas
verá el espejo de su infancia
relumbrando como un sol entre las zarzas
Sin dios que lo cobije bajo su fauce
Exigirá la carne propia,
Caníbal apresurado,
Perdedor contra sí mismo
Dime otra vez tu nombre
su resonancia
no sé aún para qué la quiero
tal vez para masticarla cuando a solas
repase los pasillos de mi laberinto
y en alguno de sus salones me parezca
por fin que me he extraviado.


Cuando te hayas ido, su sabor
a fruta exótica perdurará en mi oído izquierdo.

Pero aunque diga fruta venida de estrambóticas latitudes
me resisto a describir su acidez o su dulzura,
ignoro pues si arde en los labios o en el vientre
si su insipidez basta para agotar la sal
si será tan árido como el paso por la frontera

No, no sé si me guste cuando alcance a mordiscarlo.
Pero soy fiel a mi naturaleza
y la curiosidad es mi acicate
en esta carrera por enloquecer primero

Dame tu nombre, deja que pruebe en el agua de tu voz
los tornados o las nieves de su candor.

Tal vez lo olvide pronto
hundido como algunas tardes en la amnesia
o lo lleve conmigo como una marca
hasta el primero de mis días de hombre solo.

Armando García Melgar. No dios, el humus te dió la forma, Adán. Ediciones Stand By. México, 1986
Salen a la calle, se encuentran, se conocen, hablan de sus resumidas vidas, inventan batallas donde el saldo es siempre favorable, se miran a los ojos, tiemblan de emoción en la despedida coronada por un beso prometedor. Abren de par en par sus puertas, limpian las telarañas que se acumulan en las esquinas de sus corazones, le quitan las arrugas al insomnio, vuelven a frecuentar los colores de la madrugada, se emocionan. Escriben sobre el aire, caminan bajo el hielo, conjugan verbos insustanciales, describen el oleaje, invierten los polos magnéticos de su rutina diaria, se disfrazan.
Duran una eternidad, se inmortalizan, son capaces de empuñar un arma, vuelven a conjugarse, toleran el equívoco, olvidan el rugido, se ganan un espacio en el olimpo, parecen una pizca más sabios. Inhalan, exhalan, se abren el pecho, claman a los dioses por no tener nunca más el sosiego de los días pasados, diseccionan los peces de su inseguridad, hierven a fuego lento sus desbocadas ganas. Unen con sofisticados pegamentos la especulación amorosa y la desgarbada realidad, si pudieran, aullarían a cada instante, escalarían montañas aún no bautizadas (mentía, el creador, al decir que ya todo había nombrado el primer hombre), encuentran belleza hasta debajo de las piedras de sus riñones, rejuvenecen. Quieren querer con verdadera pasión, como los cuentos de sus infancias, montar el caballo del amor incorruptible, tocar con la punta de los enamorados dedos la salvedad y la otra carne, ese prometido paraíso. Ríen, se sinceran, iluminan sus habitaciones, tararean canciones desconocidas, hablan solos, se escabullen entre las multitudes, danzan sobre las aguas, multiplican los panes y los peces para alimentar al otro, esbozan con precisión milimétrica el futuro de su amor, arquitectos de su destino escaso de presupuesto, cierran los ojos, dejan dormir a sus demonios.
Ojerosos vuelven a remozar sus patios, se inventan otra vida, parten hacía desconocidas tierras, se inventan un enemigo, son derrotados, vuelven a ser los mismos.

Verdes



el verde, el siempre verde
el buen Silvio era verde / era blanco / y era rojo por añadidura
era la bandera

 él más viejo
patrimonio de la humanidad chelero acateca
el menos
broncudo del barrio de calvarito

jugando
a estar borracho le pegaba
sendos tragos/besos a su botella
nave espacial

se echó un clavado
en su patio
y se fue nadando
hasta evaporar sus huesos/alcohol del noventaiséis

Aristeo Morales Bahena. En el cieno juegan los chavales. Editorial Arteaga. México, 1959

Plaza de la alcoholización


pocas veces
cerramos los ojos
en mitad de la noche
cuiriano machín y erino
rodaban de banqueta en banqueta
como canicas sin dueño
despostillados
con lodo
y caca de perro
en los talones


Aristeo Morales Bahena. En el cieno juegan los chavales. Editorial Arteaga. México, 1959
antes de amarte, ya te amaba
y antes de dolerme, ya me ardía
en el bajo vientre la despedida;
y sin saberlo, sabía que acaba

hasta el fuego más intenso.
No te adivinaba, pero tu beso
fue presagio antes de llegar.
Como nube a punto de ser mar,

como quien sabe que mañana
el trigo será segado, así sabía
sin saberlo que llegarías

a trastocar con tu risa la calma
de mis tardes y mi literatura.
Toda tú derrotando mi cordura.

Arturo Macías Delgado. El puente en el desierto. Pluma de Ganso Editores. México, 2010