29 ago 2015


XIX

dame el mar, cada pañuelo
que en sus esquinas haya dicho adiós
a un marinero triste, a un cazador de ballenas
grises, dame la mano helada
de cada pescador de camarones:
soy el buque azotado por todas sus tormentas.


el madero herido por el acero,
sosteniendo en su agonía perpetua,
la tripulación de este barco encallado en agua,
enloquecido, perruno y hambriento

soy el timón, la brújula, el sextante,
pero la tierra se me escapa en la primera
línea del horizonte
a lo lejos, miro el caos:

la ceniza de la madrugada cae sobre las chozas
y las incendia, lenta, metódica y silente;
cuántos gritos apagados por el denso
manto de la noche, cuánta madre moribunda
sosteniendo sobre su regazo el fruto de sus vientres,
pero en vano;
la muerte les sonríe, les sonríe, y las abraza
como una madre final las va arrullando.

Emilio Romero Díaz. No debí salir de casa esta mañana. Editorial Cardumen. México, 1991

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