29 ago 2015

Salen a la calle, se encuentran, se conocen, hablan de sus resumidas vidas, inventan batallas donde el saldo es siempre favorable, se miran a los ojos, tiemblan de emoción en la despedida coronada por un beso prometedor. Abren de par en par sus puertas, limpian las telarañas que se acumulan en las esquinas de sus corazones, le quitan las arrugas al insomnio, vuelven a frecuentar los colores de la madrugada, se emocionan. Escriben sobre el aire, caminan bajo el hielo, conjugan verbos insustanciales, describen el oleaje, invierten los polos magnéticos de su rutina diaria, se disfrazan.
Duran una eternidad, se inmortalizan, son capaces de empuñar un arma, vuelven a conjugarse, toleran el equívoco, olvidan el rugido, se ganan un espacio en el olimpo, parecen una pizca más sabios. Inhalan, exhalan, se abren el pecho, claman a los dioses por no tener nunca más el sosiego de los días pasados, diseccionan los peces de su inseguridad, hierven a fuego lento sus desbocadas ganas. Unen con sofisticados pegamentos la especulación amorosa y la desgarbada realidad, si pudieran, aullarían a cada instante, escalarían montañas aún no bautizadas (mentía, el creador, al decir que ya todo había nombrado el primer hombre), encuentran belleza hasta debajo de las piedras de sus riñones, rejuvenecen. Quieren querer con verdadera pasión, como los cuentos de sus infancias, montar el caballo del amor incorruptible, tocar con la punta de los enamorados dedos la salvedad y la otra carne, ese prometido paraíso. Ríen, se sinceran, iluminan sus habitaciones, tararean canciones desconocidas, hablan solos, se escabullen entre las multitudes, danzan sobre las aguas, multiplican los panes y los peces para alimentar al otro, esbozan con precisión milimétrica el futuro de su amor, arquitectos de su destino escaso de presupuesto, cierran los ojos, dejan dormir a sus demonios.
Ojerosos vuelven a remozar sus patios, se inventan otra vida, parten hacía desconocidas tierras, se inventan un enemigo, son derrotados, vuelven a ser los mismos.

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