Una
tarde de 2009, entre el 5 y el 10 de noviembre, un grupo de estudiantes
tomamos la universidad. El motivo no lo recuerdo bien, pero recuerdo
que éramos más bien pocos. Sabíamos que los grupos porriles al servicio
de Antorcha Campesina estarían dispuestos a la agresión. Que el grupo de
futbol americano, Los Toros Salvajes, al servicio de la rectoría,
también estaría bien dispuesta a reventarnos. Pero nada de eso paso, a
excepción de algunas discusiones acaloradas con militantes de Antorcha.
Lo que yo no sabía es que a medio día, muchas cosas comenzarían a definirse y a configurar los siguientes años de mi vida.
Por
ese tiempo, indisciplinado como era, tenía el pelo largo y era mucho
más desordenado que ahora. Salía con una chica hermosa y turbulenta.
Vivíamos juntos en un cuarto estrecho para mi gusto y costoso para mi
presupuesto.
Entonces, ese día, ella llegó a la puerta donde yo
estaba. No pasábamos por un buen momento, y nos apartamos del grupo para
platicar. Me dijo que se marchaba. Que las cosas no estaban
funcionando. Traté de negociar una salida porque no quería perderla pero
ya sabía que eso iba a suceder. Acordamos un mes más. Una de las
condiciones fue cortarme el pelo. Acepté.
Todavía recuerdo la cara
compungida de la mujer que me lo cortó. Hizo lo posible, al final, por
recuperar mi greña y con ella hizo una trenza que me obsequió. También
hicimos una trenza mucho más pequeña con el primer mechón que cortó su
tijera, y que se quedó Carmen. Su pequeño trofeo.
Unos días más tarde
participé en una obra de teatro en Cuetzalan, Puebla; era el
aniversario de una organización campesina, y allá andábamos, haciendo
trabajo político y teatral.
Esa tarde, terminado el evento, nos
invitaron a comer a la casa del responsable regional. Ahí, un amigo me
invitó a Chiapas. Sabía que no la estaba pasando bien y que en abril
había estado por ese rumbo, ayudando con algunos pendientes tras la
detención del vocero de la organización en aquel estado. No dudé en
acompañarlo. El plan era ir a la selva chiapaneca, organizar algunas
acciones y volver pasado el aniversario de la revolución.
Pero en el
camino, la dirección política definió que mi cuate se dirigiera a su
destino, y a mí me enviaron a la zona limítrofe con Tabasco, a donde
había estado meses antes.
Ese rumbo, sin proponérmelo, se volvió mi hogar durante tres años y medio. Luego vine a Veracruz, y acá llevo casi ocho años.
Todo por ceder la cabellera.