11 ene 2020

soneto oscuro número XXIV

Decir tu nombre es cosa de pez ciego,
que los pasillos de la casa se llenen
de aves -en el lodo de su pico tienen
la flor de tu silencio- que en el fuego

aguardan la roca que su canto frene.
Hablar de ti, en resúmen, es al ego
atarle el desvarío, y cuando abrevo
el agua amarga espero caída leve

y paz furiosa (que entre tus muslos
brota, tenaz, fragante, humedecida).
Nombrarte es enmarcar el péndulo

de tu cadera en un suspiro (ah, prohibida,
ácida fruta!), es soltar lanza y escudo,
dejarse herir, llamarte en la caída
Eres, en mí: distancia, quiebre en el ojo amoratado,
receloso; arena que lanza su dentellada,
beso que germina pústula que deviene locura,
oleaje sobre el oleaje, naufragio ajeno de tormenta,
nube de inmaculada furia, espejismo sobre el que labro,
uniforme, laso, el dedo medio de la derrota,
terco, oscuro, cenagoso en este beso que para tu regreso guardo
y en este vertedero de nostalgia,
en este caudal de frases rotas,
en este impresentable documento,
emborronado, garrapateado a frases hechas,
con qué tinta para simular sangre o carbón,
con qué ilusoria habilidad para sostenerse en el alambre,
tragar fuego, disfrutar un lecho de cristales,
dime, en qué silueta vaga, en qué misterio,
al abrigo de qué techo digo tu nombre
la tormenta el cataclismo la cuarteadura
en el lomo de la soledad en el vientre
de todo lo sabido y lo ignorado

dame mujer el filo la obsidiana
ábreme
quiebrirrómpememe
mírame soy el guiñapo
mírame pido tu fauce