primigenia que adornará mi ausencia;
no otra materia, polvo desastrado me contiene
la sangre oscura de mis manos,
el cordero que marcha sin serenidad al altar del holocausto
Contigo hablo: con la sólida palabra de tu boca.
No hay vacío en el silencio, hay interpretaciones.
Pero yo no sé traducir las palabras que se aquietan,
que se anudan en el cúmulo de horas y largos días,
ignoro la trasmutación de la palabra.
Tal vez pueda decir en mi defensa lo siguiente,
mi mísera palabra, carente de ornamentos,
cruda como un cadáver al medio día,
opaca, deslustrada de adjetivos, simple:
no hay más que el trasegar de una bestia por la casa,
a la espera de una presa, o la caída de los muros,
jadeante, recelosa, hambrienta, la famélica bestia
hurgando por un hueso, el más leve jirón de carne;
no hay mucho por decir, sinceramente, que el agua
me llega al esternón, y busco el desgarre,
la mandíbula de tu presencia que descoyunte el hueso,
que haga brotar la sangre, que abra los precipicios
para la caída, la impaciente y anhelada caída permanente
Bien, alta es la noche y larga la caída de la carne.
Es hora de aceptar que no hay críptica palabra,
la claridad del agua, poner a un lado, sobre la mesa,
las elucubraciones, el ideal:
hay que salir a la calle, abrazar la locura.
Fuegos que no incendian el ojo,
qué necedad calentarse en ellos,
qué obtuso el deseo de reducirse a ceniza,
entre sus lenguas.
Hay que aceptar la claridad, abrevar
la savia amarga del mensaje
que sin remitente, grita el nombre propio