24 mar 2017

he imaginado las flores de mi tumba, la ceniza
primigenia que adornará mi ausencia;
no otra materia, polvo desastrado me contiene
soy la suma de mis horas atado al talón de la deriva,
la sangre oscura de mis manos,
el cordero que marcha sin serenidad al altar del holocausto

22 mar 2017

Contigo hablo: con la sólida palabra de tu boca.
No hay vacío en el silencio, hay interpretaciones.
Pero yo no sé traducir las palabras que se aquietan,
que se anudan en el cúmulo de horas y largos días,
ignoro la trasmutación de la palabra.
Tal vez pueda decir en mi defensa lo siguiente,
mi mísera palabra, carente de ornamentos,
cruda como un cadáver al medio día,
opaca, deslustrada de adjetivos, simple:
no hay más que el trasegar de una bestia por la casa,
a la espera de una presa, o la caída de los muros,
jadeante, recelosa, hambrienta, la famélica bestia
hurgando por un hueso, el más leve jirón de carne;
no hay mucho por decir, sinceramente, que el agua
me llega al esternón, y busco el desgarre,
la mandíbula de tu presencia que descoyunte el hueso,
que haga brotar la sangre, que abra los precipicios
para la caída, la impaciente y anhelada caída permanente

18 mar 2017

Réquiem I

Por las interminables horas disertando sobre nada,
por el cine compartido, el alcohol que iluminó la casa
en tus visitas, por el sitio que ocupabas, por la escasa
aunque feroz divergencia cotidiana, por la añorada
vuelta al terruño detestado, por la locura de 'la raza',
por los barrios míticos que te forjaron, por la esforzada
subida al Sinaí particular, por las largas caminatas
compartidas del insomnio, por el fuego que te abrasa-
ba el pecho, por los velados fotogramas, el inexperto
pulso ante el paisaje, por el afán de cocinar historias,
por el delirio y por la tarde en que el fraterno juramento
pudo darse: diez años pasarán sobre nosotros; la gloria
o el infierno habitaremos. Más han pasado, y ahora cuento,
que si partiste, perpetua y terca te retiene esta memoria.

 II
Vendrán los callejones, repetidos, a nombrarte;
dirán, 'aquí posó su escueta huella', y sin embargo
habrán de olvidar el rostro tuyo. En el amargo
vaso de la tarde habrá pomelos. Quien abarcarte
quiera deberá cruzar el fuego que cruzaste,
las largas noches y los interminables días
de tu calvario. Fuego y pincel, telas, gubias,
prensa, tinta, papel, el verdugo que forjaste.
Las calles recorridas, el alcohol, aquel poema
que escribiste, consternado; las cartas escritas
por tu mano, y por ella arrojadas al fuego;

el horror del insomnio, y tras el procaz enigma
del breve sueño, el horror, las contraídas
deudas con el abismo. El inagotable juego.

III
Ahora mismo hago el recuento de la música
tuya, el soundtrack necesario en tus oídos:
britpop primero, metal, más de un corrido,
nirvana era infaltable, the cure, la tropical
allá en el barrio; rock urbano y progresivo,
rupestre aciago, Julio Revueltas, bíblica
colección la que guardabas. La cuca,
El Haragan, y Lacrimosa. Cornelio y Silvio
algunas veces. El rap, los balcanes, hasta el glam,
los armadillos. En otro altar cupo Hector Cárdenas
y su mezcal matutino en 'el descanso' compartido.
La carcajada y el estruendo, el albur era el imán
para el festejo carnalesco en todas las cantinas.
¿Quién cantará que para siempre te has perdido?

 IV
Otro mezcal degustaremos esta noche.
Nos hemos exiliado de la luz diurna,
de sus agudas extensiones: la luna
y el fuego en candelabros. El fantoche
espectro del pasado, serio nos acusa;
hemos vivido al borde, sin reproche,
con la duda en la quijada, el descorche
en el ocaso y el pellejo en la difusa
hora del relámpago. El largo enero
que nos guarda se eclipsa ante la nada.
Otra noche será bebiendo el desespero
de esta vida: la memoria, mujer brava,
viene espoleando el tímido sosiego.
Vuelvo a posar mi mano en esta llama.
déjenme decirles, estimados
que la noche se acerca, pero eso lo saben
muy bien, que es la más elemental de las lógicas
y un recurso pobrísimo para engastar renglones;
no, lo mío es cosa aparte, mi pecho está abierto
como zaguán de casa antigua, abandonada,
que la lluvia se posa encima suyo y lo renueva todo,
todo lo lava con su mano líquida de falanges incontables;
vuelve a brotar el musgo en sus rincones, el líquen
de las horas dedicadas al desespero, vuelven a corretear
las ratas por los pasillos, despierta la polilla en la entraña
de su madera adormilada; pero más importante aún:
vuelve a sonar el trino temeroso de un ave migratoria
en su paso por el llano; algún clavo se olvida
de cumplir su tarea de estático soporte, y deja caer
alguna viga con estruendo
pero vuelvo a mencionar la lluvia: tras su paso
las jacarandas se desnudan, me colman el patio
con los restos de su vestido floreado,
y no hay cuerpo, ni hueso, ni piel que alcance
a soportar tal golpe de belleza, esa violenta interrupción
de la primavera sobre los párpados

16 mar 2017

Creo que he envejecido inexorablemente. Algo sucedió entre el primer trago de mezcal y la última cerveza de anoche. Corrijo: algo ha venido sucediendo desde el segundo sorbo de alcohol, que no había percibido. Algo, turbio y sigiloso ha venido creciendo a mi interior. Otro igual a mi, pero mesurado y timorato. Me insta a guardar las botellas que en otro tiempo se habrían vaciado escandalosamente, me dice 'guarda para después, para tiempos memorables, colecciona'; y ahí están, acumuladas, las botellas de extraños licores y sorprendentes mezcales: intocadas, polvorientas.
Apenas se descuida, cojo un par de botellas y salgo a buscar algún amigo para escanciar el licor, ponerlo a salvo en mi garganta. Así recorro bares, fiestas, recitales de poesía: desaliñado, sucio, pestilente. Hasta que despierta y reclama mi presencia y la botella faltante. Le sonrío, socarrón, y cierro los ojos.
Bien, no todo está perdido, peor sería que me instara a verter su contenido en el desagüe, a renegar de todo el alcohol posible. Tal vez alcance a degustar los añejos que en mi adolescencia ambicionó el paladar y a los que la sed evitó la maduración.
No digo mucho más, el otro duerme mientras afilo la cuchilla.
a fin de cuentas se trata de eso, 
de abrazar lo áspero, lo que de espina
tiene el trasegar de los días, lo que de roca
afilada pueda tener el viaje, la distancia;
Hay días así, que hacen falta las palabras,
la más elemental de las fonéticas
en el salto perpetuo a las fauces del vacío,
para gritar un nombre, la más fina hebra de cordura,
el mas leve atisbo de horizonte despejado
en esta bruma que cubre los ojos, las manos, todo;
y uno está, frente al polvo, tratando de recordar
sus oraciones, ebrio, violento, rencoroso,
oficiante de la escuálida tristeza,
cabizbajo y taciturno,
receloso del espejo, lastimado en el amor ajeno,
grotesco, avergonzado de sí mismo,
ornamento de las horas,
sangre y nervio, carne hecha jirones, bulto al agua,
todo este boxeo de sombra,
la carótida que colapsa en el cenit,
atrofiada de memorias,
esta persecución de bestias interiores,
este tropezar con las estalactitas 
que acoge el torax hace eones,
la salina descomposición que les da forma
y en cada partida las acerca, afiladas,
al pulmón, a las arterias, a obstruir
el desgarre bucal; este desierto,
las formaciones rocosas en la espalda
erosionada por el sol y por el hielo

todo este deseo acumulado, henchido de perros
bravos, esta herida permanente en el costado,
este paso trastabillante por la penumbra
de la casa, esta mano desarmada,
este mordiscar las horas para salvarse
de la inanición, para no abrazar la cordura
no habrá metáfora que describa
el lento trasegar del mecanismo,
los fuelles del corazón. no hay palabra
que describa el vuelo de un ave
transparente y oscura
(corta su pico el aire del verano, dardo
envenenado, hacia el infinito
-yo sé que caerá antes de alcanzar
su objetivo-)
la caída del agua en los confines del universo
es un paisaje imposible, así
las púas que coronan esta sangre de gigante
maduran los frutos en el aire,
con el pavor de la caída.
silenciosos, desafortunados
así caigo, estruendoso,
hielo que se deshace
en el corazón de la tarde
Soneto XCIX
¿He de volver a ser materia viva, este conjunto
amorfo de entropías, la misma sangre y el cúmulo
de fuegos que mi ser consumen? ¿Seré el lúpulo
o la cizaña que inunde el campo, el nuevo difunto
de futuros días, habré de ser otra vez roca, nulo
follaje, o el andamio de un castillo? ¿Qué, pregunto,
habré sido en otras horas? ¿La carta sin asunto,
que habló de amor, el enemigo al que estrangulo?
Si he sido polvo humilde, si hierba altiva, torpe metal,
¿importará a la postre, a los escribas, al infinito
paso de los días sobre los días, hará mella fatal
a lo que he sido y lo que malamente llevo escrito?
¿Será mi huella, visible entre el extraordinario panal
del universo, o me devorará la nada, el infinito?
Aunque vengas mañana
en tu ausencia de hoy perdí algún reino

CPC
no me salves, poesía: apresura mi caída,
muerde mi carne, desgarra con tu tímida furia
cada jirón, cada músculo expuesto; rómpeme
los huesos; poesía: arrójame por el desfiladero,
que nada mío quede sobre las piedras,
que no haya humedad malsana fermentando
el oscuro cuchicheo del recuerdo.
Que nada te lleve a colocarme un nombre
y una fecha, poesía, que todo lo que ahora
me nombra vuelva a abrazar su condición
de perpetua ceniza, de polvo destinado al polvo
Aquì estoy, poesía, atizando la lumbre de tus ojos,
con la piedra en la mano apunto a tu ventana,
ya he rayado tus paredes de antigua catedral,
bebí del vino que usaste para santificar la noche
y sus escombros, el agua que usaste, poesía,
para salvar al hombre de su cordura, el agua
con que hiciste brotar el insomnio de la humanidad
para que viera su caída: pero yo la he derramado.
Aquí me tienes, cerrado de palabras, ciego, desnudo
desde el talón hasta la lengua, rogándote
que me desgarres, que no me sueltes
aunque el alba se llene de quejidos
Me duele más la muerte de un amigo que la que a mí me ronda

JS
este andar castrado, desangrado por la calle
mordiendo el polvo, las esquinas del sosiego;
este montar la yegua del desespero, enmudecido,
abrazar las baldosas, lamer el fango,
mirarlo todo, marchándose, a todos,
con el tropel de las palabras anudado en la garganta,
este querer decirte que te quedes, que conjuremos
para siempre la distancia, este querer coger la mano ajena,
prometer lo imprometible, urdir una mentira piadosa
que vuelva a salvarlo todo de la caída,
este buscar maderos para el salvamento,
asir los brazos con la nada, hacer el equipaje de la ilusoria
tarde que se aleja, este querer gritar su nombre,
decirme desde mi boca 'no te vayas', volver los ojos,
entornados, a la límpida tarde del deseo,
abrazarse a la ternura apenas descubierta,
este decir que algo hace falta en el pecho,
este silencio contundente como el mazo de dios
sobre mi lengua, este morir a solas, sin mi voz entumecida
Pero quién, en qué hora malsana puede,
despojado de sí mismo, sin pie de duda,
llamarme por mi nombre, decir que se acerca
el gran ignorador, quien todo lo ha consumido,
quien ha muerto en cada ocaso, a cada instante,
yo, el gran insolente, que de todo ha escapado,
que no responde a recuerdo alguno, 

que nada ha guardado en el cuenco de la mano,
que todo lo ha perdido, que se ha roto la voz
en los meandros del fango y de la noche

Bien, alta es la noche y larga la caída de la carne.
Es hora de aceptar que no hay críptica palabra,
la claridad del agua, poner a un lado, sobre la mesa,
las elucubraciones, el ideal:
hay que salir a la calle, abrazar la locura.
Fuegos que no incendian el ojo,
qué necedad calentarse en ellos,
qué obtuso el deseo de reducirse a ceniza,
entre sus lenguas.
Hay que aceptar la claridad, abrevar
la savia amarga del mensaje
que sin remitente, grita el nombre propio

y esta indefensión de espíritu, este bogar entre los días,
madero entre las olas, inútil para salvar el más escuálido
cadáver de un naufragio, esta certeza de estar de brazos abiertos
frente a la tempestad, el pecho abierto, tembloroso
a las saetas enemigas, esta certeza de irse extinguiendo,
de precisar más que una mano, este asistir al lento funeral
de mi osamenta, este mirar parsimonioso la caída,
el inexplicable derrumbamiento de la casa

3 mar 2017

noche en una casa a oscuras

pongamos las cosas fáciles:
aquella mano que cogió mi mano
toca otra espalda en esta hora

otro aliento le roba el aliento
a la boca que besó mi boca
otro paisaje deslumbra el sol
que en otras horas iluminó esta senda
aquel sudor que compartimos
lo sudan otros cuerpos
pero esta mano, esta noche
insiste como siempre en recordarte
cómo te digo, uno sostiene la nostalgia
como una bandera ondeando al sol,
muchachito bien portado, merecedor
de altas notas en el aula de la decadencia,
abanderado en la escolta de los perdedores
firme y bajo la lluvia de los recuerdos,
uno espera la orden marcial,
el verso redoblado y el paso a la ebriedad
la nostalgia, manta descolorida, ondea
sobre todas las cosas, lo eclipsa todo;
este largo conversatorio a solas
es el himno que le cantan las golondrinas
a un paso de la partida inminente

queda vino en la despensa, melancolía

el acero que esgrimo para combatirte, hija de perra,
el fuego que alimenta la forja de mis heridas:
no podrá tocarme tu beso rutilante


largo, largo, estoy en mi barcaza, 

he cogido un pez enorme;
lo devorarán los tiburones,
pero te habré vencido

cerveza, desayuno de campeones

hay días así, uno se pone en pie después de un par de horas
de mirar el techo, esperando a que se abra la llaga luminosa del día,
y sin embargo, afuera tiende su húmedo señorío la niebla;

pone los pies en el suelo y se congela todo, pero se corre a buscar
el frigorífico vacío, mientras la cabeza le da vueltas a una vaga sensación
de abandono, esa extraña sensación de haber perdido una parte
sustancial de mí mismo, de haber sido abandonado en paraje desierto,
sin agua ni cayado, ni flor para el sustento, este obligatorio vagar
mis cuarenta días y cuarenta noches por el yermo,
abandonado, ya lo dije; este volver a ser el huérfano propio,
abandonado a las puertas de un convento en ruinas,
sin dios ni loba compasiva que se apiade y lo amamante

es cierto, el estómago está vacío desde la tarde, 
podría decirse: es el hambre. Yo sé que es el hambre
pero es la duda la que reclama ser saciada,
el deseo romo de saberlo todo, de tener en la mano 
y sobre la lengua todas las respuestas que exige el cuerpo;
todo este desvarío se gesta desde el hambre,
esta necedad de abrazar la lucidez, el fuego, la muda palabra
el temblor en el centro de la ciudad, la simple melancolía
de respirar, de abrir los ojos en el centro de otro espejo

Ciudad Resaca les da la bienvenida


Era el letrero inaugural de mis dieciséis; aún era una ciudad pequeña, amable en sus avenidas. Sin embargo, como toda ciudad, debió crecer, desarrollar la industria, los servicios básicos y el abastecimiento popular sin olvidarse de las obras de drenaje. El tráfico creció con ella. El crimen y el terror.
En algún momento aprendió a ofrecer delicados espejismos a sus visitantes. Por lo general es una zona de guerra, plagada de cadáveres, trincheras y cráteres dejados por obuses enemigos. Si miras al horizonte, a cualquier horizonte posible, es más que probable que alcances a ver columnas de humo elevándose, y que un olor a sangre te llene las narices.

la noche llega y sirve el primer trago

de amargo insomnio, de calles que se escurren bajo mi pie,
de autos fantasma estacionados en la esquina de los manicomios,
de faros apagados, de obscenos neumáticos henchidos;

llega la noche con sus faldones de domingo
a posarse como un ave oscura sobre mis ojos,
a desordenar mi pelo y mis papeles, a uncirme con el lodo
de su beso, hijo mío, me insiste, tuya es la tierra,
tuya será cuando, inmóvil, la dejes abrazarte,
se te llenen los ojos de mansa podredumbre, de recuerdos
que sean humo, de hambrientas larvas (preludio del insecto)

tomo mi copa, bebo el amargo licor del desamparo
miro a los ojos amarillentos de la noche, algo brilla en mi ojo
izquierdo, como luz que precede al desvanecimiento,
como tormenta que se posterga indefinidamente,
como hombre que se acoge a los designios de la borrachera,
que naufraga en un par de caderas turgentes, en un vientre
cálido y pasajero para simular el antiguo ritual de perpetuación
para la carne y el espiritu; y no hay hombre a salvo de tales
execraciones, ni cueva en la que dejarse morir de hambre y sed

la noche vuelve a servir un trago de pastoso licor que huele
a cuartos recubiertos por el polvo y por el moho,
a habitaciones de hombre solo, a caos, a fauce recién abierta,
a nombres emborronados, a carne que se confiesa
sola, necesitada de otra mano, de otra voz para arrear
los caballos salvajes de la desesperación

Uno se abraza al deseo, a las fugaces cosas del delirio

porque se está, envejecido y solo, enloquecido y roto,
indefenso desde el pecho hasta el talón aquíleo,
abierto de brazos como dique abierto, dispuesto
a inundarlo todo con la sangre; por eso abraza uno
el delirio y sus fugaces rosas, como a hijos ciegos
les prodiga sus cuidados, a tropezones, a desaforadas
dentelladas. Porque la carne se hincha bajo el agua,
porque no hay modo de hacerse salvo, lleno
de humillación y rencorosa palabra, carnívoro
y lascivo, hijo indeseado de la madrugada,
perro de presa, carroñero.

¿y el deseo y sus espejos empañados, en qué mercado
hace su despensa de cuerpos desvecijados,
de manos, piernas, espaldas sudorosas,
de corazones desenvainados, palpitantes
como espadas en una guerra perpetua sin vencedores?

Todas las canciones me recuerdan los días previos a tu llegada

hay algo en la coloración del ocaso que me recuerda los ojos de los animales muertos,
apilados a la orilla de la carretera, nauseabundos, dramáticos en su silencio
de milenarias bestias echadas a reposar,

algo hay en la línea intermitente del horizonte, que se oscurece
paulatino, que lo decolora todo, que devuelve al mundo su condición
de silenciosa espuma, de carne dispuesta a alojar 
cada gusano que se acoja a su putrefacción,
a cada acero que se ofrezca a ornamentar sus jugos

algo hay en esta mano vacía que viaja a otra mano vacía
sobre la tela suave de la noche,
algo que vuelve a nombrar los miedos y las calles,
que resuena como el agua de un río que corre,
desesperado, en contra de sí mismo, angustiado
de desembocar en el mar salado de la muerte,
una tonada que repite nombres, que los siembra sobre el yermo
digamos que abro la puerta de la casa, que enciendo las ventanas,
es decir, que dejo paso libre al polvo, a los insectos, a cualesquier extraño
caminante, al primer ladrón o a la última vendedora de conjuros;
la casa es territorio abierto, endeble y peligroso laberinto de dos habitaciones
y no hay minotauro feroz, o grotesco animal para atraer las multitudes
¿quién querría mirar, aún en el delirio, la casa en que durmió
el cadáver triste del pasado? sin taxonomía, sin carne que diseccionar
¿qué ave cantaría bajo la sombra del ciprés que no tuve tiempo de sembrar?
¿qué interés científico ofrece esta lápida vulgar, este mausoleo
que se horroriza de estar en pie?
no hay otro hogar que la víscera, dijo una vez mi padre,
ahogado de borracho. así lo he venido haciendo,
así he edificado mi hogar, este desvencijado cagadero de palomas

Esa fue la última vez que escribí con seriedad

las hojas dejaban caer sus filamentos sobre el concreto
y el concreto lo tocaba todo: no había rincón a salvo
de su beso helado, ni la madrugada, ni mi corazón.


algo se resquebrajó, como la superficie congelada
de un estanque, como la escuálida certeza del amor;
entonces vinieron los lobos carniceros a retozar,
mandíbulas batientes, enrojecidas, sobre mi espalda
de hombre apabullado por la paz
sobre el desconcierto de mi carne acostumbrada al caos,
sumida en la más horripilante calma

algo alumbró el desierto con sus manos,
derritió glaciares crecidos durante siglos en el plexo solar,
me dejó solo, tiritando mi humanidad ante tu partida
Viajar, devorar kilómetros, revivir el horror
de cerrar los ojos antes del estruendo,
la sangre impregnándolo todo con su beso,
el dolor en la osamenta, los maxilares
negados de apertura, la pesadilla
que llega como viejo conocido
a tomarme la mano, a besar mi frente,
que sonríe antes de abrir la puerta,
que me muestra en una cadena infinita de repeticiones
el caos, los yerros, la vergüenza
y las farsas