18 mar 2017

déjenme decirles, estimados
que la noche se acerca, pero eso lo saben
muy bien, que es la más elemental de las lógicas
y un recurso pobrísimo para engastar renglones;
no, lo mío es cosa aparte, mi pecho está abierto
como zaguán de casa antigua, abandonada,
que la lluvia se posa encima suyo y lo renueva todo,
todo lo lava con su mano líquida de falanges incontables;
vuelve a brotar el musgo en sus rincones, el líquen
de las horas dedicadas al desespero, vuelven a corretear
las ratas por los pasillos, despierta la polilla en la entraña
de su madera adormilada; pero más importante aún:
vuelve a sonar el trino temeroso de un ave migratoria
en su paso por el llano; algún clavo se olvida
de cumplir su tarea de estático soporte, y deja caer
alguna viga con estruendo
pero vuelvo a mencionar la lluvia: tras su paso
las jacarandas se desnudan, me colman el patio
con los restos de su vestido floreado,
y no hay cuerpo, ni hueso, ni piel que alcance
a soportar tal golpe de belleza, esa violenta interrupción
de la primavera sobre los párpados

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