hay días así, uno se pone en pie después de un par de horas
de mirar el techo, esperando a que se abra la llaga luminosa del día,
y sin embargo, afuera tiende su húmedo señorío la niebla;
pone los pies en el suelo y se congela todo, pero se corre a buscar
el frigorífico vacío, mientras la cabeza le da vueltas a una vaga sensación
de abandono, esa extraña sensación de haber perdido una parte
sustancial de mí mismo, de haber sido abandonado en paraje desierto,
sin agua ni cayado, ni flor para el sustento, este obligatorio vagar
mis cuarenta días y cuarenta noches por el yermo,
abandonado, ya lo dije; este volver a ser el huérfano propio,
abandonado a las puertas de un convento en ruinas,
sin dios ni loba compasiva que se apiade y lo amamante
es cierto, el estómago está vacío desde la tarde,
podría decirse: es el hambre. Yo sé que es el hambre
pero es la duda la que reclama ser saciada,
el deseo romo de saberlo todo, de tener en la mano
y sobre la lengua todas las respuestas que exige el cuerpo;
todo este desvarío se gesta desde el hambre,
esta necedad de abrazar la lucidez, el fuego, la muda palabra
el temblor en el centro de la ciudad, la simple melancolía
de respirar, de abrir los ojos en el centro de otro espejo
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