3 mar 2017

la noche llega y sirve el primer trago

de amargo insomnio, de calles que se escurren bajo mi pie,
de autos fantasma estacionados en la esquina de los manicomios,
de faros apagados, de obscenos neumáticos henchidos;

llega la noche con sus faldones de domingo
a posarse como un ave oscura sobre mis ojos,
a desordenar mi pelo y mis papeles, a uncirme con el lodo
de su beso, hijo mío, me insiste, tuya es la tierra,
tuya será cuando, inmóvil, la dejes abrazarte,
se te llenen los ojos de mansa podredumbre, de recuerdos
que sean humo, de hambrientas larvas (preludio del insecto)

tomo mi copa, bebo el amargo licor del desamparo
miro a los ojos amarillentos de la noche, algo brilla en mi ojo
izquierdo, como luz que precede al desvanecimiento,
como tormenta que se posterga indefinidamente,
como hombre que se acoge a los designios de la borrachera,
que naufraga en un par de caderas turgentes, en un vientre
cálido y pasajero para simular el antiguo ritual de perpetuación
para la carne y el espiritu; y no hay hombre a salvo de tales
execraciones, ni cueva en la que dejarse morir de hambre y sed

la noche vuelve a servir un trago de pastoso licor que huele
a cuartos recubiertos por el polvo y por el moho,
a habitaciones de hombre solo, a caos, a fauce recién abierta,
a nombres emborronados, a carne que se confiesa
sola, necesitada de otra mano, de otra voz para arrear
los caballos salvajes de la desesperación

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