no me salves, poesía: apresura mi caída,
muerde mi carne, desgarra con tu tímida furia
cada jirón, cada músculo expuesto; rómpeme
los huesos; poesía: arrójame por el desfiladero,
que nada mío quede sobre las piedras,
que no haya humedad malsana fermentando
el oscuro cuchicheo del recuerdo.
muerde mi carne, desgarra con tu tímida furia
cada jirón, cada músculo expuesto; rómpeme
los huesos; poesía: arrójame por el desfiladero,
que nada mío quede sobre las piedras,
que no haya humedad malsana fermentando
el oscuro cuchicheo del recuerdo.
Que nada te lleve a colocarme un nombre
y una fecha, poesía, que todo lo que ahora
me nombra vuelva a abrazar su condición
de perpetua ceniza, de polvo destinado al polvo
y una fecha, poesía, que todo lo que ahora
me nombra vuelva a abrazar su condición
de perpetua ceniza, de polvo destinado al polvo
Aquì estoy, poesía, atizando la lumbre de tus ojos,
con la piedra en la mano apunto a tu ventana,
ya he rayado tus paredes de antigua catedral,
bebí del vino que usaste para santificar la noche
y sus escombros, el agua que usaste, poesía,
para salvar al hombre de su cordura, el agua
con que hiciste brotar el insomnio de la humanidad
para que viera su caída: pero yo la he derramado.
Aquí me tienes, cerrado de palabras, ciego, desnudo
desde el talón hasta la lengua, rogándote
que me desgarres, que no me sueltes
aunque el alba se llene de quejidos
con la piedra en la mano apunto a tu ventana,
ya he rayado tus paredes de antigua catedral,
bebí del vino que usaste para santificar la noche
y sus escombros, el agua que usaste, poesía,
para salvar al hombre de su cordura, el agua
con que hiciste brotar el insomnio de la humanidad
para que viera su caída: pero yo la he derramado.
Aquí me tienes, cerrado de palabras, ciego, desnudo
desde el talón hasta la lengua, rogándote
que me desgarres, que no me sueltes
aunque el alba se llene de quejidos
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