Esta culpa de no sentir culpa
romper la placenta de la noche
y abrazar, ilusionado, las trazas de animal
que en mí confluyen, pero castradas,
despojadas de su instinto de mandíbula batiente,
de su ancestral recelo por el hombre en tanto hombre,
y de su afición por desgarrar la carne, roer el hueso sanguinolento del deseo,
abrir la habitación donde se fermenta la memoria,
con la vaga certidumbre de ser otro,
de adentrarse en un espacio que no nos pertenece
y asir la culpa para arrojarla al fuego
saquear a la nostalgia, desordenar los muebles, los papeles,
aplastar acaso accidentalmente un insecto de nostalgia,
salir huyendo a tientas, receloso de la propia sombra
andar de puntillas sobre los restos
putrefactos del amor, arrinconados, acumulados
en un rincón de la cocina como restos de comida, como plato que nadie
se ocupó de enjuagar, de darle brillo, habitáculo de moscas,
arribar a la casa, hundir la nariz en la acritud de su perfume,
hundirse de nueva cuenta en el absurdo calendario, atesorar el polvo, la piel que se descama,
13 oct 2017
vas a quebrar mi corazón
y no yerro el verbo;
no has de romperlo:
como un hueso expuesto
quedará, como madera
ante la lengua helada del hacha;
y no yerro el verbo;
no has de romperlo:
como un hueso expuesto
quedará, como madera
ante la lengua helada del hacha;
vas a quebrar mi más querido
músculo de un manotazo
de desprecio, con la sutil
canallezca de tu voz
posada en otro nombre,
músculo de un manotazo
de desprecio, con la sutil
canallezca de tu voz
posada en otro nombre,
y me he de quedar pasmado,
con la espalda encorvada
a recoger el astillar
de mi madero corazón,
a entablillarle la quebrazón,
arrastrando el esqueleto,
la grasa corporal,
la lengua, para recoger
el salpicadero, la sangre,
los dolientes gimoteos,
con la espalda encorvada
a recoger el astillar
de mi madero corazón,
a entablillarle la quebrazón,
arrastrando el esqueleto,
la grasa corporal,
la lengua, para recoger
el salpicadero, la sangre,
los dolientes gimoteos,
no hay otro modo de decirlo, aunque suene repetido: algo de mí se ha quebrado lejos
y en esa quebradura, en ese insólito agrietamiento
se ha quedado con partes de mí,
piezas mías que aún apreciaba,
y debo confesar que estoy herido,
que caminar, morder una fruta, aspirar el aire
es poner los pies en el potro de tortura
y verse obligado a contener el grito,
a negar la confesión, pero es cansado
y no hay piedad heróica en ello;
no hay más, estoy quebrado, pero yo nací roto,
mellado en los bordes, dislocado en el nervio querencial,
sembrado de gusanos, y es por ello tan extraño
que ahora me duela esta rotura
y me agite los párpados y me anegue las cuencas,
y me orille al silencio tangencial de un condenado,
a mí, que siempre festejé las llegadas de los barcos
y las partidas de los amigos; a mí, que siempre
salí a buscar el abrazo de la noche
y ahora estoy, animalito herido, recluso en mí mismo,
en la madriguera carnal que me fue dada,
como tullido de las piernas del ánimo,
como arrastrándome por las esquinas
de esta casa labrada, de este respirar
y no saber qué significa estar de nueva cuenta vivo
y en esa quebradura, en ese insólito agrietamiento
se ha quedado con partes de mí,
piezas mías que aún apreciaba,
y debo confesar que estoy herido,
que caminar, morder una fruta, aspirar el aire
es poner los pies en el potro de tortura
y verse obligado a contener el grito,
a negar la confesión, pero es cansado
y no hay piedad heróica en ello;
no hay más, estoy quebrado, pero yo nací roto,
mellado en los bordes, dislocado en el nervio querencial,
sembrado de gusanos, y es por ello tan extraño
que ahora me duela esta rotura
y me agite los párpados y me anegue las cuencas,
y me orille al silencio tangencial de un condenado,
a mí, que siempre festejé las llegadas de los barcos
y las partidas de los amigos; a mí, que siempre
salí a buscar el abrazo de la noche
y ahora estoy, animalito herido, recluso en mí mismo,
en la madriguera carnal que me fue dada,
como tullido de las piernas del ánimo,
como arrastrándome por las esquinas
de esta casa labrada, de este respirar
y no saber qué significa estar de nueva cuenta vivo
yo te huelo, inconsciente (es inevitable);
pero no hablaré de este rencor profundo,
esta herida que escondo bajo la camisa
como un tumor o un pecado venial
en el corazón del domingo sacro,
con vergüenza, como apesadumbrado
de dolerme y sangrar, chivo en el umbral
del sacrificio a última hora de la tarde;
no diré cómo este malestar se me hunde
en la más oscura entraña, y hace saltar
ácidos gástricos, veneno y más de un remordimiento;
sálvate tú, yo me dejo tirado a mí mismo,
ebrio, amoratado de tanta caída, pálido,
deja que ese que no soy yo se desangre,
que no deje centímetro de suelo sin mancha,
porque yo tengo en la mano este pudor
de buscarte los ojos, de decir que hemos quebrado
cada cristal, que algo se fracturó el hueso
principal de la querencia allá adentro,
y no hay vendaje, ni lámpara que alumbre,
pero no hablaré de este rencor profundo,
esta herida que escondo bajo la camisa
como un tumor o un pecado venial
en el corazón del domingo sacro,
con vergüenza, como apesadumbrado
de dolerme y sangrar, chivo en el umbral
del sacrificio a última hora de la tarde;
no diré cómo este malestar se me hunde
en la más oscura entraña, y hace saltar
ácidos gástricos, veneno y más de un remordimiento;
sálvate tú, yo me dejo tirado a mí mismo,
ebrio, amoratado de tanta caída, pálido,
deja que ese que no soy yo se desangre,
que no deje centímetro de suelo sin mancha,
porque yo tengo en la mano este pudor
de buscarte los ojos, de decir que hemos quebrado
cada cristal, que algo se fracturó el hueso
principal de la querencia allá adentro,
y no hay vendaje, ni lámpara que alumbre,
Camino sobre el siglo a tientas, azorado,
dolido en el tobillo y en la insípida bruma
de los días, que se escapa, lisonjera espuma,
al toque de mi mano; ¿qué carne, qué costado
habré llagado con mi lanza? Todo el horror se suma
y se retuerce en mi cabeza: algo habrá quedado
del que fuí, campesino, ladrón, feroz soldado;
algo habrá que en la ceniza me consuma
y me nombre en cada aurora como a un hijo;
no hay descanso, ni esperanza, quien me maldijo
vagará también por esta tierra, sumido él mismo
en la vorágine del miedo y de la sed, el eufemismo
para nombrar lo que ahora somos, el trasegar
entre la concupiscente carne, saciar el hambre, matar.
dolido en el tobillo y en la insípida bruma
de los días, que se escapa, lisonjera espuma,
al toque de mi mano; ¿qué carne, qué costado
habré llagado con mi lanza? Todo el horror se suma
y se retuerce en mi cabeza: algo habrá quedado
del que fuí, campesino, ladrón, feroz soldado;
algo habrá que en la ceniza me consuma
y me nombre en cada aurora como a un hijo;
no hay descanso, ni esperanza, quien me maldijo
vagará también por esta tierra, sumido él mismo
en la vorágine del miedo y de la sed, el eufemismo
para nombrar lo que ahora somos, el trasegar
entre la concupiscente carne, saciar el hambre, matar.
oquedad para el desvelo, cuenco para el hambre blanca de los canarios,
imposible tregua al pasado, fuego para la mano del que ha tomado el agua por bandera,
trémulo equilibrio para los ojos en la oscuridad, sostén a inercia;
sal de precipicio, umbral en que se muestra la descomposición de lo propio,
alfiler imposibilitado de hendir la carne, de reventar los fastos del onomástico:
hueso que se desbasta bajo el molar, el silencio abriendo la mandíbula, devorando todo
imposible tregua al pasado, fuego para la mano del que ha tomado el agua por bandera,
trémulo equilibrio para los ojos en la oscuridad, sostén a inercia;
sal de precipicio, umbral en que se muestra la descomposición de lo propio,
alfiler imposibilitado de hendir la carne, de reventar los fastos del onomástico:
hueso que se desbasta bajo el molar, el silencio abriendo la mandíbula, devorando todo
supongamos que naufrago en el desierto
que este paladar oscuro se traga
cualquier rescoldo de oscuridad, para espesarse;
que digo: el espejo de la noche abre su ojo
ante el asombro de los perros,
y no hablo del oceáno inhabitable
como excusa para enumerar sus virtudes
y sus profundas amenazas,
sino del antiguo terror que provoca
en el hombre una pupila mordiscada
por el león hambriento del glaucoma;
que digo flor abierta sin hablar de primaveras,
o aspirando el olor fragante del geranio,
que padezco el vicio de tocar la luz, de perseguir
su rayo para oscurecerla
que no hay otro reducto que la osamenta
y su dolor de siglos, sus engranajes dolorosamente
colocados bajo esta carne sin rugidos,
su extraña simetría de rompecabezas sin terminar,
y cada nervio, cada tendón, subyugados a su orden,
cada pulso de dolor conectado intímamente
a su astillaje, a su conformación de hierro,
y este palpitar de la dolencia en el bajo vientre,
este otro corazón que me fue dado, violento,
furibundo, arrebatado;
no hay otro motor, ni ancla para el viaje,
y es hora de emprender la retirada, el camino de vuelta
a la lejana costa del pasado,
a su paisaje de cuerpos incendiados,
de concupiscente lepra, de ojos abiertos,
enceguecidos, como el ojo monstruoso de la noche
que este paladar oscuro se traga
cualquier rescoldo de oscuridad, para espesarse;
que digo: el espejo de la noche abre su ojo
ante el asombro de los perros,
y no hablo del oceáno inhabitable
como excusa para enumerar sus virtudes
y sus profundas amenazas,
sino del antiguo terror que provoca
en el hombre una pupila mordiscada
por el león hambriento del glaucoma;
que digo flor abierta sin hablar de primaveras,
o aspirando el olor fragante del geranio,
que padezco el vicio de tocar la luz, de perseguir
su rayo para oscurecerla
que no hay otro reducto que la osamenta
y su dolor de siglos, sus engranajes dolorosamente
colocados bajo esta carne sin rugidos,
su extraña simetría de rompecabezas sin terminar,
y cada nervio, cada tendón, subyugados a su orden,
cada pulso de dolor conectado intímamente
a su astillaje, a su conformación de hierro,
y este palpitar de la dolencia en el bajo vientre,
este otro corazón que me fue dado, violento,
furibundo, arrebatado;
no hay otro motor, ni ancla para el viaje,
y es hora de emprender la retirada, el camino de vuelta
a la lejana costa del pasado,
a su paisaje de cuerpos incendiados,
de concupiscente lepra, de ojos abiertos,
enceguecidos, como el ojo monstruoso de la noche
Pero no basta hablar de amor, dolerse de ser hombre, salir a los mercados, exponerse
la poesía requiere sangre, cuantiosas ofrendas para ser saciada,
la juventud, los mejores años del hombre o la mujer,
la desbocada rabia o la implacable lucidez,
exige que sus oficiantes estén dispuestos
a saltar al vacío, o en todo caso, caminar sobre el filo
de los acantilados en que un paso errado
nos separa de caer al vacío o a una vida uniforme y gris;
la escritura requiere cuanto más que una novia posesiva,
no le basta que que a uno lo toque el dedo cercenado de la inspiración,
exige nuestra sangre cayendo a chorros, que se drene la vida por la pluma,
poco le importan suntuosos reconocimientos, fastuosos premios,
ventas colosales, o que consigas ser citado incuantificables ocasiones
en tarjetas postales, o mediocres páginas de literatura
a final de cuentas no serás sino otro que se atrevió
a empuñar una espada que le vino grande;
no, a la poesía le importa poco que mueras de amor
o de desolación por la tragedia del hombre
lo que le interesa, a fin de cuentas, es que cimbres
en unos versos esta tierra baldía,
que despiertes de su letargo a los fantasmas
la poesía requiere sangre, cuantiosas ofrendas para ser saciada,
la juventud, los mejores años del hombre o la mujer,
la desbocada rabia o la implacable lucidez,
exige que sus oficiantes estén dispuestos
a saltar al vacío, o en todo caso, caminar sobre el filo
de los acantilados en que un paso errado
nos separa de caer al vacío o a una vida uniforme y gris;
la escritura requiere cuanto más que una novia posesiva,
no le basta que que a uno lo toque el dedo cercenado de la inspiración,
exige nuestra sangre cayendo a chorros, que se drene la vida por la pluma,
poco le importan suntuosos reconocimientos, fastuosos premios,
ventas colosales, o que consigas ser citado incuantificables ocasiones
en tarjetas postales, o mediocres páginas de literatura
a final de cuentas no serás sino otro que se atrevió
a empuñar una espada que le vino grande;
no, a la poesía le importa poco que mueras de amor
o de desolación por la tragedia del hombre
lo que le interesa, a fin de cuentas, es que cimbres
en unos versos esta tierra baldía,
que despiertes de su letargo a los fantasmas
este agonizar sobre la hojarasca de pasadas horas,
abrevar, extraviado, en los veneros de lo que se ha perdido,
coger una mueca y hallar más que gestos inconexos,
dejar la mesa puesta, con el aire del que abandona
la patria recién avasallada en la hora grisácea
del crepúsculo; coger las armas, la montura,
y congelarse con el ojo puesto en el paisaje anterior,
este rodar, lamer la herida del contrario,
este desangrar el miedo propio, arrear las bestias
de la nostalgia hacia el desfiladero;
este flotar entre el naufragio y la desgana,
hinchado, amoratado, putrefacto al toque del aire,
este hacerse estatua, romperse contra el suelo,
pasar entre las llamas, indiferente, mordiscar el lodo,
acuñar en el vaso del cráneo la bala o el acero,
y permanecer de pie, este ausentarse de todas
las sensaciones, de respirar y no saberse vivo
abrevar, extraviado, en los veneros de lo que se ha perdido,
coger una mueca y hallar más que gestos inconexos,
dejar la mesa puesta, con el aire del que abandona
la patria recién avasallada en la hora grisácea
del crepúsculo; coger las armas, la montura,
y congelarse con el ojo puesto en el paisaje anterior,
este rodar, lamer la herida del contrario,
este desangrar el miedo propio, arrear las bestias
de la nostalgia hacia el desfiladero;
este flotar entre el naufragio y la desgana,
hinchado, amoratado, putrefacto al toque del aire,
este hacerse estatua, romperse contra el suelo,
pasar entre las llamas, indiferente, mordiscar el lodo,
acuñar en el vaso del cráneo la bala o el acero,
y permanecer de pie, este ausentarse de todas
las sensaciones, de respirar y no saberse vivo
no niego la herida que me nombra
yo quería que comprendieses el caos en mí,
el extraño funcionamiento de mis engranajes, esta lucidez
que me clava las espuelas en el costillar,
este abrir los ojos, adivinar en el oscuro lecho
el madero bajo la carne, volver a sentir en el labio superior
el metal de los denarios; yo quería que tú supieras
cómo apaciguar mis bestias en el escenario,
que les hicieras restallar el látigo para mantener
su instinto a raya: porque van a destrozar cada mueble,
cada primoroso tejado, cada espejo; yo quería
que me entendieras: que nada tengo sino este incendio,
los molares del miedo sobre mi hombro izquierdo,
la angustia atravesada cual aguja en mi garganta,
que soy apenas nada sin esta lobreguez, sin los grises
de esta hora en que te digo adiós, que entre tus palmas
llevas cautivo el estúpido gorrión de mi sonrisa
yo quería que comprendieses el caos en mí,
el extraño funcionamiento de mis engranajes, esta lucidez
que me clava las espuelas en el costillar,
este abrir los ojos, adivinar en el oscuro lecho
el madero bajo la carne, volver a sentir en el labio superior
el metal de los denarios; yo quería que tú supieras
cómo apaciguar mis bestias en el escenario,
que les hicieras restallar el látigo para mantener
su instinto a raya: porque van a destrozar cada mueble,
cada primoroso tejado, cada espejo; yo quería
que me entendieras: que nada tengo sino este incendio,
los molares del miedo sobre mi hombro izquierdo,
la angustia atravesada cual aguja en mi garganta,
que soy apenas nada sin esta lobreguez, sin los grises
de esta hora en que te digo adiós, que entre tus palmas
llevas cautivo el estúpido gorrión de mi sonrisa
este dolor agudo sobre el carcamal de huesos,
esta vorágine, esta hambre por escribirlo todo,
deshacer las formas cotidianas, escupir a toda
hora; esta sed no de beber, de mantenerse lúcido,
de cansar el cuero con la espalda quebrada
como cristal roto por un pelotazo de juventud
que corre desaforada para evitar la reprensión,
los platos rotos, este apalearse uno mismo
sobre el concreto de la desesperación,
de madrugada, a cualquier insoslayable hora,
en la más inesperada esquina, a la sombra
del más anodino de los parques, cual ofrenda
a la bestia atroz, descomunal del desaseado amor;
este azotar, eviscerada carne, habitante fugaz
de los congeladores, este abrirse de pulmones,
hender el aire con la lengua, y sin embargo,
este croar bajo la mesa, este palpitar de hojas
y antiguos pegamentos, este olor a lejanísima
imprenta, a cocuyo reventando sobre la camiseta
oscura de un mocoso, abrir la mueca y que sobrevenga
la carcajada fácil, gratuita, y sin embargo, esta sed
que no se apaga, que lo consterna todo
esta vorágine, esta hambre por escribirlo todo,
deshacer las formas cotidianas, escupir a toda
hora; esta sed no de beber, de mantenerse lúcido,
de cansar el cuero con la espalda quebrada
como cristal roto por un pelotazo de juventud
que corre desaforada para evitar la reprensión,
los platos rotos, este apalearse uno mismo
sobre el concreto de la desesperación,
de madrugada, a cualquier insoslayable hora,
en la más inesperada esquina, a la sombra
del más anodino de los parques, cual ofrenda
a la bestia atroz, descomunal del desaseado amor;
este azotar, eviscerada carne, habitante fugaz
de los congeladores, este abrirse de pulmones,
hender el aire con la lengua, y sin embargo,
este croar bajo la mesa, este palpitar de hojas
y antiguos pegamentos, este olor a lejanísima
imprenta, a cocuyo reventando sobre la camiseta
oscura de un mocoso, abrir la mueca y que sobrevenga
la carcajada fácil, gratuita, y sin embargo, esta sed
que no se apaga, que lo consterna todo
mira, toma mi beso asnal, esta correa con que ato la ternura
que no se vaya, que se quede quieta, paciendo el trigo
de mi tristeza; soba su lomo, anda, mira su crin hirsuta,
torneada por la brisa, escucha el crepitar de fuego
en el cristal oscurecido de sus ojos.
que nada quede en estas manos, empollando su caducidad,
tómalo todo, este hombro para sostener tu pena,
mi ojo y su relincho para cuando llegabas,
silenciosa y deslumbrante, toma esta voz, que no se quiebre
cuando salgas a la lluvia,
que no te toquen los relámpagos, ni te despeine el huracán,
toma mi libro de notas, vete ya, ve sin cuidado
que no se vaya, que se quede quieta, paciendo el trigo
de mi tristeza; soba su lomo, anda, mira su crin hirsuta,
torneada por la brisa, escucha el crepitar de fuego
en el cristal oscurecido de sus ojos.
que nada quede en estas manos, empollando su caducidad,
tómalo todo, este hombro para sostener tu pena,
mi ojo y su relincho para cuando llegabas,
silenciosa y deslumbrante, toma esta voz, que no se quiebre
cuando salgas a la lluvia,
que no te toquen los relámpagos, ni te despeine el huracán,
toma mi libro de notas, vete ya, ve sin cuidado
Deseo
Oquedad en que se guarda, inquieta, la flor de la nostalgia,
escaño último del peregrino, remanso de fe, agua purificada al toque del sediento,
soga para tender al sol los aspavientos, el enigma de las horas,
eclosión nebular, casa de piedra, augurio de hecatombe,
nube en el ojo, convento lagrimal donde navegan oscuras mitologías
todo este resquebrajamiento de lo propio,
la inconsistencia, el cristal de lo que permanece roto en el umbral de la casa,
el polvo acumulado largos años, esta duda acechando tras la puerta, desvencijada, cubierta de telarañas,
esta indecisión de los nudillos por llamar a una puerta de cristales en astillaje permanente,
donde no habrá luz que permita mirar el rostro de su inquilino,
ni su mano vacilante, ni su andar a trompicones por los pasillos,
no dejará tampoco oír su nombre, Nadie,
permanecerá sobre la tierra, condenado, abisal, solo
la inconsistencia, el cristal de lo que permanece roto en el umbral de la casa,
el polvo acumulado largos años, esta duda acechando tras la puerta, desvencijada, cubierta de telarañas,
esta indecisión de los nudillos por llamar a una puerta de cristales en astillaje permanente,
donde no habrá luz que permita mirar el rostro de su inquilino,
ni su mano vacilante, ni su andar a trompicones por los pasillos,
no dejará tampoco oír su nombre, Nadie,
permanecerá sobre la tierra, condenado, abisal, solo
El abismo me toca las sienes o soy yo el que tiende la mano?
Con qué dedo, en la fractura de qué hueso,
bajo el cuidado de qué sanatorio de oscuras vecindades
me conjuga la lengua de mi sino?
Ahogado en el agua de qué extraña borrachera, en lo profundo de qué selva
me sostengo, pinchado de qué alfileres se mantiene suspendida mi cordura?
Como viento de abril llegó la muerte,
como sagrada carne a mi mesa de pagano,
yo la toqué con el filo mellado de los dientes, con la excretante lengua,
con la denodada ansiedad a flor de piel,
y heme aquí, moribundo, condenado a la supervivencia
Con qué dedo, en la fractura de qué hueso,
bajo el cuidado de qué sanatorio de oscuras vecindades
me conjuga la lengua de mi sino?
Ahogado en el agua de qué extraña borrachera, en lo profundo de qué selva
me sostengo, pinchado de qué alfileres se mantiene suspendida mi cordura?
Como viento de abril llegó la muerte,
como sagrada carne a mi mesa de pagano,
yo la toqué con el filo mellado de los dientes, con la excretante lengua,
con la denodada ansiedad a flor de piel,
y heme aquí, moribundo, condenado a la supervivencia
Antes del tesoro, antes, mucho antes de la sangre
relucirá el acero, fúrico, sediento, su afilada lengua;
buscarás entonces la paz de las banderas, el oleaje
manso del mediodía, las velas apenas tocadas por el viento,
otearás el horizonte, a la espera de arcabuces y piratas,
esperarás seguramente el horror marino de otro siglo,
de un siglo pródigo en tierras violentas y desconocidas,
óbolo será el pasado ante las aguas del caronte,
imán para fantasmas, azogue sobre el cristal, reflejo.
Cortarás con el hierro lo que forjó la carne, abrirás la puerta,
impaciente, pero no habrá otra vastedad que el mar,
cuerpos de salobre manufactura, seres amorfos que tenderán la mano
raquítica sobre la esperanza, sobre el pecho henchido del amor,
el descuidado amor del musgo; su mano tocará la piedra hasta tornarla polvo,
juego de sombras sobre la sombra, agua empozada para el hombre y sus caballos,
este largo trasegar por la ceniza, recoger los abalorios del olvido con la lengua
relucirá el acero, fúrico, sediento, su afilada lengua;
buscarás entonces la paz de las banderas, el oleaje
manso del mediodía, las velas apenas tocadas por el viento,
otearás el horizonte, a la espera de arcabuces y piratas,
esperarás seguramente el horror marino de otro siglo,
de un siglo pródigo en tierras violentas y desconocidas,
óbolo será el pasado ante las aguas del caronte,
imán para fantasmas, azogue sobre el cristal, reflejo.
Cortarás con el hierro lo que forjó la carne, abrirás la puerta,
impaciente, pero no habrá otra vastedad que el mar,
cuerpos de salobre manufactura, seres amorfos que tenderán la mano
raquítica sobre la esperanza, sobre el pecho henchido del amor,
el descuidado amor del musgo; su mano tocará la piedra hasta tornarla polvo,
juego de sombras sobre la sombra, agua empozada para el hombre y sus caballos,
este largo trasegar por la ceniza, recoger los abalorios del olvido con la lengua
pero el hombre no escribe sino para sí,
carcelero de sí mismo, perro, jauría,
espanto;
no escribe fuera de la línea del estorboso amor,
le da más peso, como una báscula atrofiada
adrede en sus mecanismos internos,
al escribir nos deja el lastre más pesado
luego de prometer la ligereza
profunda, su lengua conjura el odio
y lo ensalza con la mano
qué poco hay detrás de la palabra,
el hueco horizonte del silencio,
la promesa futil,
la soga en el cuello del que será ahorcado
y uno hace poco, abrir de nueva cuenta la torpe boca,
injuriar al indefenso amor, perorar en contra
de los valores más humanos, atacarlo todo
como bestia hidrofóbica, toro de lidia
destrozado desde la oscura boca de su cueva,
energúmeno, ciego, urgido de sangre ajena
terco, insiste, dice que es inútil la paz,
sembrarse en el pecho la exigua, la timorata,
la inocente, la desnuda esperanza,
la imberbe paz del hombre y sus demonios
carcelero de sí mismo, perro, jauría,
espanto;
no escribe fuera de la línea del estorboso amor,
le da más peso, como una báscula atrofiada
adrede en sus mecanismos internos,
al escribir nos deja el lastre más pesado
luego de prometer la ligereza
profunda, su lengua conjura el odio
y lo ensalza con la mano
qué poco hay detrás de la palabra,
el hueco horizonte del silencio,
la promesa futil,
la soga en el cuello del que será ahorcado
y uno hace poco, abrir de nueva cuenta la torpe boca,
injuriar al indefenso amor, perorar en contra
de los valores más humanos, atacarlo todo
como bestia hidrofóbica, toro de lidia
destrozado desde la oscura boca de su cueva,
energúmeno, ciego, urgido de sangre ajena
terco, insiste, dice que es inútil la paz,
sembrarse en el pecho la exigua, la timorata,
la inocente, la desnuda esperanza,
la imberbe paz del hombre y sus demonios
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