Esta culpa de no sentir culpa
romper la placenta de la noche
y abrazar, ilusionado, las trazas de animal
que en mí confluyen, pero castradas,
despojadas de su instinto de mandíbula batiente,
de su ancestral recelo por el hombre en tanto hombre,
y de su afición por desgarrar la carne, roer el hueso sanguinolento del deseo,
abrir la habitación donde se fermenta la memoria,
con la vaga certidumbre de ser otro,
de adentrarse en un espacio que no nos pertenece
y asir la culpa para arrojarla al fuego
saquear a la nostalgia, desordenar los muebles, los papeles,
aplastar acaso accidentalmente un insecto de nostalgia,
salir huyendo a tientas, receloso de la propia sombra
andar de puntillas sobre los restos
putrefactos del amor, arrinconados, acumulados
en un rincón de la cocina como restos de comida, como plato que nadie
se ocupó de enjuagar, de darle brillo, habitáculo de moscas,
arribar a la casa, hundir la nariz en la acritud de su perfume,
hundirse de nueva cuenta en el absurdo calendario, atesorar el polvo, la piel que se descama,
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