supongamos que naufrago en el desierto
que este paladar oscuro se traga
cualquier rescoldo de oscuridad, para espesarse;
que digo: el espejo de la noche abre su ojo
ante el asombro de los perros,
y no hablo del oceáno inhabitable
como excusa para enumerar sus virtudes
y sus profundas amenazas,
sino del antiguo terror que provoca
en el hombre una pupila mordiscada
por el león hambriento del glaucoma;
que digo flor abierta sin hablar de primaveras,
o aspirando el olor fragante del geranio,
que padezco el vicio de tocar la luz, de perseguir
su rayo para oscurecerla
que no hay otro reducto que la osamenta
y su dolor de siglos, sus engranajes dolorosamente
colocados bajo esta carne sin rugidos,
su extraña simetría de rompecabezas sin terminar,
y cada nervio, cada tendón, subyugados a su orden,
cada pulso de dolor conectado intímamente
a su astillaje, a su conformación de hierro,
y este palpitar de la dolencia en el bajo vientre,
este otro corazón que me fue dado, violento,
furibundo, arrebatado;
no hay otro motor, ni ancla para el viaje,
y es hora de emprender la retirada, el camino de vuelta
a la lejana costa del pasado,
a su paisaje de cuerpos incendiados,
de concupiscente lepra, de ojos abiertos,
enceguecidos, como el ojo monstruoso de la noche
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