Huí del asfalto, de los grandes edificios cerniéndose sobre nuestras humanidades como dioses obtusos, ciegos, largamente entorpecidos en el ejercicio de su inamovible eternidad. Después de ti, evité los puertos que daban cara al amanecer y las puestas de sol a bordo del transporte público para evitar la llegada del anhelo.
Aquí, ahora, digo: fue todo inútil. Aquí, ahora, cito a un poeta al que siempre vuelvo cuando se me empaña la paciencia y me arrojo al acantilado indiferente de la nostalgia: no olvida el corazón cuando se ha dado.
Aquí, ahora, vuelvo a dejar la vista al pie de ese paso peatonal mientras el pesero se aleja conmigo dentro, que se ha ido alejando por años y esa imagen de ruptura es todo lo que resta para abordar el autobús del pasado.