30 jun 2020

Puertos que daban cara al amanecer

Huí del asfalto, de los grandes edificios cerniéndose sobre nuestras humanidades como dioses obtusos, ciegos, largamente entorpecidos en el ejercicio de su inamovible eternidad. Después de ti, evité los puertos que daban cara al amanecer y las puestas de sol a bordo del transporte público para evitar la llegada del anhelo.
Aquí, ahora, digo: fue todo inútil. Aquí, ahora, cito a un poeta al que siempre vuelvo cuando se me empaña la paciencia y me arrojo al acantilado indiferente de la nostalgia: no olvida el corazón cuando se ha dado.
Aquí, ahora, vuelvo a dejar la vista al pie de ese paso peatonal mientras el pesero se aleja conmigo dentro, que se ha ido alejando por años y esa imagen de ruptura es todo lo que resta para abordar el autobús del pasado.
yo arrojé una roca al foso de la noche
para despertar las bestias del olvido
que vinieran a desgarrar la herida
esperaba que hicieran guarida de mis huesos

y en este grito demencial que me carcome
labré la flor enrojecida del silencio

para incendiar las cuatro esquinas de la aurora
llené de rocas el buche de la gaviota noche
me estrellé contra acantilados de ebria cólera

no hubo torturador: la mordaza me la ajustó
el miedo y la nostalgia, y cada cuerda que me retuvo, cada golpe dado
por el látigo y el delirio, tuvo en mi mano un ayudante

para romper los cristales del insomnio
arrojé una roca, húmeda tras el diluvio,
a los balcones empolvados de la noche

luego llegó el silicio, la impertinente llaga
la lúcida dolencia a todas horas
la enroquecida arritmia de mi corazón
al destrozar los ventanales podridos de la noche
eres la trampa, el foso ciego
donde se ahogan mis ganas

cómo llamarte, amor, si los corceles
del deseo se han marchado en estampida,
con qué llama iluminar la oscuridad
donde te pierdo, enfebrecido

aquí tienes la herida primordial,
mi pecho sofocado ante tu sombra
Se encendió por fin
la veta del deseo

fue mirarte y arder
dejar a la imaginación
hervir como un agua
donde infusionar el sueño

fue arder y deslumbrarse
con la lúbrica imagen
de tu cuerpo dispuesto
como una playa antes
del desembarco de los bárbaros

fue deslumbrarse y asumir
la oscuridad para adivinarte,
darle a la lengua tiempo
de tornear el perfil de mi lascivia

arrójame a la superficie afilada
de tu labio, dame la dentellada
déjame agonizar a la orilla de este río

El carterista ciego

Borges, nacido en los eriales de lo que después sería Ciudad Neza, vaga sin rumbo entre el polvo y el disperso caserío. La resaca le muerde las sienes, lo persigue bajo el inclemente sol del verano. Hace dos noches ha terminado de redactar la Fundación mística de Ciudad Neza, que cierra con dos versos que nadie publicará (A mí se me hace cuento que existe Ciudad Neza: / La juzgo imaginaria como el sueño y como la virgen).
Con la boca reseca, antes de caer por enésima vez, se santigua y pronuncia una frase inmortal, que nadie recordará:
"La cerveza es la única venganza y el único perdón".

Edipo en las costas mexicanas del siglo 21

Edipo, después de darle en la madre al rey del barrio, conoce a su madre y sin saberlo le invita unas fichas en un bar de muy mala nota en Coatzacoalcos.
No bailan, porque Edipo cojea, aunque ello no le impide tirar mota por los barrios bien de la ciudad. Ustedes no lo saben, pero tiene pacto con la esfinge del crimen organizado desde aquella tarde de sol plomizo en que supo responder al enigma por ella planteado: ¿cuál es la última letra del alfabeto, que es sinónimo de plomo y muerte?

Urvans y tamales de chipilin en Sancris


Mi mano sobre tu mano sobre mi deseo. La vorágine de las horas, que apenas alcanzaban. Las avenidas diluyéndose. Nuestros pasos por el parque central, el recorrido por Santo Domingo. Tu mano sobre mi mano bajo la lluvia.
Evitamos las postales. Las polaroids. La repetitiva fotografía del turista. Bastaba sabernos vivos y al borde del majestuoso incendio.
Evitamos las aglomeraciones, aunque con frecuencia las encontrábamos. Mi mano bajo tu mano iluminada por una sonrisa siamesa entre la niebla. El futuro era una palabra inexacta, casi imposible.
Los andadores, el frío, el deseo creciendo como la hierba en los caminos. Nosotros sin saberlo sin tomar precauciones a lomo de la felicidad. Las horas disolviéndose en nuestros labios, que en el oleaje de su saliva acrecentaban la marejada de las ganas. La urgencia por el otro cuerpo.
Esa noche cerraba los ojos y encontraba el pequeño lunar en el centro de tu espalda. Tu risa llegaba a mis oídos al más leve chasquido del agua.
Sudorosos incendiamos nuestro lecho. Mi cuerpo enlazado a tu cuerpo fuera del mundo fuera del mundo fuera del mundo...
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Xalapa, cerveza victoria y tlayudas


Atraviesa el parque hasta alcanzar el extremo donde el paisaje se muestra en toda su solemne nubosidad. Piensa en los días que pasaste en tierras extrañas, tan extrañas que incluso la idea del amor fue posible. Vuelve a otear el horizonte. En la biblioteca, hurga entre las maltratadas páginas de un libro que perdiste hace meses y aquí reencontraste. Lee poesía, tiembla de ansiedad por la falta de sueño y el exceso de café, por el ayuno, pero tiembla. Por la desesperación y por la duda. Termina de transcribir ese soneto que escribiste a una mujer que hace días no ves, imagínala perseguida por los perros de la fiebre, y siéntete miserable. No pongas punto final a esas catorce líneas. ¿Sientes ese aroma indefinible que acaricia tus cosas nasales? Recuerda entonces otra biblioteca, cercana al Grijalva, a dónde nunca volviste, recuerda también el dolor en la espalda que te inmovilizaba largas tardes.
Recorre las descuidadas galerías antes de volver a la calle. Entra a una fonda, y mientras esperas a que llegue tu platillo, pide una cerveza; deja a tu sed beberla con devoción y prisa, siente la embriaguez recorrer tu cuerpo, vuelve a pensar en ella. Escucha la música de percusión y metales rellenando suavemente las paredes de la fondita. Recuerda tus días en la otra provincia, la que alguna vez llamaste hogar.
Recuerda la última conversación a lomos de la madrugada, los noventa minutos de la llamada que estuvo llena de silencios que no sabes si llamar incómodos. A pesar de ello, deja bullir en tu pecho la esperanza y el deseo.
Pide otra cerveza. Pierde tu autobús. Busca una cantina para seguir bebiendo. Pierde los últimos pesos. Pierde la compostura y la conciencia. Piérdelo todo.
en esta abismal cercanía
el caos abre su fauce pero no me traga
yo pongo a macerar en una botella
los restos de la ternura
como si de un fruto se tratara

un fruto cuya pulpa manchó la barrera
de mis labios, el cristal helado del pecho
¡ah, otro deshielo así no habrá!

la noche se sienta como un viejo parroquiano
en una esquina del calendario
y pide un trago que no le será servido
pero qué importa: sólo le interesan los naufragios
Supongamos que habitamos un universo similar al nuestro, pero en este las artes no se han desarrollado en muchos sentidos, aunque hay maestros renombrados cuya impronta ha quedado grabada en la memoria colectiva. Que sin embargo, al no haber un registro esquemático de la historia del arte, sólo perduran los nombres, sin más elementos que el vago recuerdo. Que además, cada cierto tiempo, alguno de esos genios tiene la fortuna o la desdicha de reencarnar, conservando su potencial creador, y lo aplican a fines disímiles, que a nosotros nos parecerían absurdos, grotescos.
Supongamos entonces que Magritte ya ha existido, ya ha dado al mundo la imagen imperecedera aquí, pero ya desvanecida en aquella realidad, de Los amantes. Convidemos a la imaginación a asumir que su nombre ahora es Margarito, y fiel a los tiempos que corren, forma parte del hampa. Que es un jefe de plaza despiadado con sus enemigos y con sus deudores. Mucho más con quienes lo traicionan.
Que su sello de autor es la misma imagen que lo ha hecho inmortal en otro siglo, con otro nombre, con otra técnica: el beso antes mencionado, con la salvedad de la actualización. Horrorosa, grotesca, pero no carente de estética. Una estética de la violencia, desde luego.
Margarito, digamos, ha hecho de un país llamado México, o Colombia, o Sierra Leona, una galería de ensangrentados lienzos: en los últimos años han aparecido en calles, parques y museos, las cabezas decapitadas de sus enemigos emulando el gesto de un beso impedido por bolsas de plástico oscuras sobre un espeso fondo escarlata.

La última abuela del universo.


(Ana Alonso Flores, In Memoriam)

Me pregunto si se acabaron con usted los Delicados
encendidos a hurtadillas en el patio, la feria, el regateo,
los manjares para el viaje, el dominical paseo,
las pocas frases robadas al 'castilla', los intrincados

silencios, y la risa coronada en sus holluelos; veo
la calle de su casa, y la avenida, los intrincados
laberintos que forjó su soledad, los complicados
pasillos y andamiajes de su noche; yo la creo

descomunal y perpetua, aunque otra cosa me digan
los llamados telefónicos, yo la veo atareada, seria,
cuidando su pequeño jardín, sus extraviadas palomas,

envolviendo, pesando velas en la sala. Ya no la signan
la juventud y sus denarios, pero no hay pizca de histeria
en su semblante. Así la miro, en la oscuridad, su voz es flama.

la trama del deseo

ojeroso, precipitado hacia ti va mi cuerpo
en su núcleo palpitan gavilanes:
son los bisontes de Atilas sanguinarios;
en la periferia de una ciudad imaginaria
derriban puentes, almenas y columnas vertebrales

largo ha sido su invierno, pero no habrá solsticio
en esta carne que me habita, hambrienta
dislocada en sus más frágiles tareas

a trompicones, embrutecido, salta la cuerda floja
manotea mi anhelo, escribe al aire
acaso tal vez un nombre pero no el tuyo
recuerda la tercera caída las fieras del asedio
tiembla el nudo en el corazón de mi corazón

arde en mí esta playa de fieros horizontes,
la abismal distancia entre uno y otro latido

La velocidad del deseo


heme aquí, absolutamente a solas, arrobado en el precipicio
otra vez puesta la correa, de nueva cuenta pertenencia tuya, perro
ya he ladrado a las puertas de la noche, ya he lamido
la mano que me envenena, ya he reclamado para ti cada fantasma
ya he cobrado cada pieza de cacería para tu espejo

pero déjame, ahora, abrirle las pestañas al vacío, que cada vendaval
sepa de tu orgasmo, que tiemble todo cataclismo ante la sospecha
más leve de tu sonrisa, que no haya el más mínimo oleaje
donde toda tú no te veas reflejada; ya he grabado con fuego
tus últimas palabras, ya ofrendé mi mejor verbo a tu pubis:
que arda pues, y desde ahora, el muslo mundo y me aprisione,

entonces, abrir las persianas, ahuyentar el invierno:
el viejo ritual para curar las llagas, nombrarte
y no querer que vengas, bufando dificultosamente
con el cadáver del pasado a cuestas, deshecho nudo
y después, reclamar toda azotea, aullar el desespero
otra vez encender una vela, invocar el fantasma de tu aroma
los cristales que rompió la piedra descuidada del deseo
sabes que vuelvo a oír tu taconeo en la lejanía, brotando
de la maraña del silencio como una raíz hacia la superficie
que navego a la deriva, como quien busca el naufragio
volver a poner mi apellido entre tus piernas
y remo a la velocidad del deseo mi lengua sedienta
chapotea en tu íntima agua ay el espejismo
digo que estoy tranquilo ante el incendio
que he robado los frutos del invierno
para endulzar la ausencia

que mi sangre hierve sosegada en la dolencia
que hay una fiesta en los eriales del olvido

y no he sido llamado, y estoy doliente
enfierecido
en el hombro de la noche escribo
nado a contracorriente del silencio
escondo mi palabra del ocaso, en la ceniza:
la herida de mi pecho se ha dormido,
recelosa, y en el sueño, mira a su presa, como un gato

aquí, en el fondo de este acantilado, vivo
me arrojan basura y algunas sobras tus fantasmas

He de repetirlo, por necesario, por urgente:

siento compasión por vosotros
que no probaréis este elixir
el sacro paladeo de este mezcal

estoy en el centro de la noche
y os compadezco

ojalá los tocare el privilegio que hoy,
en los meandros del azar, viene a mi encuentro

El soundtrack de las avenidas

Bailas, a solas, convencida del amor y sus fantasmas. Por callejones desolados pasas, rumbo al corazón de una ciudad que no supo amarte.
Los parques donde quedó tu adolescencia guardan el eco de tu primera carcajada, las aves trinan y al trinar invocan, en su minúsculo canto, aún en el invierno más crudo, a la primavera.
Yo sé que bailas. Que pasan los días, atávicos, brumosos, y no hay nada que detenga el vaivén de tus caderas, que se mueven mientras escuchan el soundtrack de las avenidas.
alguna vez te habré contado de la niebla en estas tierras
cómo avanza por las calles envolviéndolo todo a su paso
inadvertida, impredecible:
algunas tardes basta un parpadeo
para que el paisaje alrededor se desvanezca
como si el mundo hubiera desaparecido
bajo tus pies, y no hay ya horizonte
y la oscuridad es más densa que otras noches

así llegó la gripe hoy: sin invitación alguna;
bastó un parpadeo, un descuido
al otear los últimos pliegues del ocaso;
consigo traía una sed terrible, las ganas
de saltar a la boca hambrienta de la embriaguez
de rasgar con el colmillo la carne del silencio
que entre nosotros ha engrosado irremediablemente

me hubiera gustado salir, como un perro,
a perseguir los autos de la melancolía
al atravesar mi noche
pero mis ojos arden sin metáfora:
no hay más incendio que la fiebre,
ni más carne que este fardo donde guardo
impaciente mi cadáver

estoy varado en una habitación que me es ajena
apabullado por la sobria tristeza de estar vivo
por esta lúcida capacidad de hablar de la miseria
mientras la ansiedad me espolea
(debo decir que sus espuelas están bien afiladas)
y deja crecer un páramo desierto en mi garganta

pero ya me quité las botas, corazón:
ya empuño la sed contra las paredes blancas
de este manicomio provisional;
no he de ir descalzo al encuentro
de la nostalgia y de esta herida donde se levanta el espejismo de tu nombre

29 jun 2020

he corrido con suerte, he tocado el pelo ensortijado
de la noche, y en un espasmo,
enfebrecido, he alcanzado a adivinar el vuelo
en la falda del crepúsculo, como quien adivina
en el vuelo errático de las aves el porvenir;
si escalando cumbres donde la sangre se apacigua mortalmente,
he dejado relinchar a los potros del deseo,
si, perdido en atávicos laberintos, me he topado de frente
con el hambre de su último habitante,
si la más breve brizna ha sido, un día, afilado pedernal
sobre mi osario, entonces, ahora, pongo sobre la mesa
mi palabra, deslustrada, taciturna, mellada en su filo,
inútilmente ofrecida al óxido, acero inerte, enceguecida cosa

para volver es que se parte, para desgarrarse en el aullido es que se calla

porque, ateridos, como sostenidos de una viga robusta
en pudrición, hemos visto a la perra desesperación
lamiéndonos el pecho, infestando cada herida con su viscosa baba,
y en el espanto hemos guardado el mendrugo de voz
que nos sostiene el hilo de la cordura,
ese murmullo apenas perceptible bajo el ruido
de las piedras, del relámpago cuando la tormenta
llega, festiva, enrojecida, y pronuncia nuestros nombres;

porque hay heridas que crecen y se ensanchan,
y secretamente arden como ciudades de madera
o desamparada paja,
y apenas calladamente nos dan tregua

porque en el sueño, en las paredes
repta el polvo del rencor, y se hace viejo
y se fermenta como un vino
que ha de santificar la pérdida

porque la luz se posa en los ojos como una cuchilla,
y hay que salir a la intemperie, enceguecidos,
allá la lluvia cabalga a hombros de antiguos jinetes,
y en todo deja su mordedura, pero no es eso lo que mata,
es la jauría, el miedo, la deplorable situación
del llanto,
es otra cosa la que hiende su carne con afilados cuchillos
cada noche,

Primera derrota, 1991


A solas, angustiado, me adentro en la multitud. Alguna baratija atrapó mis pupilas un instante, pero ha bastado para soltar la mano de mi madre, para vislumbrar el insospechado tamaño de este laberinto dominical de gritos, y coloridas formas.
Judas Iscariote, inconmensurablemente solo, termina el nudo, pero duda, y suspira: padre, ¿por qué me has abandonado?
hablo de ti, raspadura en el antebrazo
de otras horas, hueso roto en el salto suicida
a ti, que eres, en mi boca efervescente fuego
indomeñado potro en las llanuras del deseo,
te nombro cuando, antes de arrojarme al vacío
del sueño, murmuro la oración del desamparo
y pido, a cada inexistente dios un respiro
a esta danza de tropiezos entre las rocas;

a ti te nombro cuando al abrir las puertas
de mi celda busco el resplandor del alba
en ti dejé la flor de mi inocencia, floreciente,
en tus ojos me ahogué, y no hay ruido
en la noche que se asemeje a tu voz

en ti nació mi herida mayor, mi cruda lengua:
no hay verbo que describa la devastación
y el germen del dolor al abrigo de tu cadera
esta sed vertiginosa
de tu voz
al caer,
sonoro manantial
sobre mi erizada
piel

tú no sabes
este ayuno feroz
de tu risa
desnuda

tú, síndrome
de abstinencia carnal

incendio forestal
en mi pecho
bíblica inundación
de mi ojo diestro
parábola del deseo

tú que llenaste
mi sangre
de corsarios

aquí tienes mi cuerpo,
botín de guerra,
desvalido espantapájaros,
mi ofrenda floral
mi sangre hirviente

este beso gorrión
donde haga falta
aquí lo tienes

también la afilada obsidiana
hemos de honrar
a los dioses
por su fuego
siempre ha estado ahí
la sombra
esa silueta que a todos persigue

ya no recuerdas el día
que la viste por primera vez
es decir la ocasión angustiosa
en que tomaste conciencia
de su inamovible compañía

lo has olvidado
un día cerraste los ojos
aterrado
la fuiste olvidando

ahí sigue, sin embargo:
fiel y abnegada

si pudiera hablar,
¿qué diría de ti, al morir,
tu sombra?
se me ha hecho nudo la dolencia
y cómo ladra en su oscuridad
de trastos viejos, resquebrajada
en su osamenta, apenas sostenida
sobre el pie llagado de la rabia

pues bien que todo me fue robado,
el filo de la ternura, el cristalino verbo
y sus mascotas fieras, horda feral
este traquetear de motor o corazón alguno

porque me fueron arrebatados el tañido
de la flauta y la quietud del bosque,
y no hay sino cascabeles en el bolsillo
de mi angustia, y fui vencido, y angustiosamente
sigo vivo, y está la herida, como un pulmón
ofensivo, trepidante, hecho nudo
como el nudo de mi dolencia
en el patio de mi vértebra lumbar
a mi cuello encaminado, tenaz, preciso,
reloj sincronizado al beso, el único, el primero último

EL AUTOR


Yermos los brazos, arrugado el párpado,
el luengo cordón del alma mira lejos.
En otro sitio y otra hora los aparejos
dejó olvidados. Implacable su pecado

lo persigue en el sueño y los espejos,
ajadas copias en que mira al obcecado
producto de la ruta que ha trazado
su linaje, podre, estirpe, sus perplejos

y nunca bien trazados gestos. El proyecto
mayor que lo desvela, el viento mismo
que lo empuja lo envenena, un abyecto,

turbio esquema lo atormenta: cataclismo.
Asombrado autor, arrepentido, el recto
esqueleto dobla, se mira repetido él mismo.
angustia, dame tu largo beso
dame, en tu prosa salival
el nudo que invoque la ceguera
rompe la clara superficie del deshielo

arde, angustia, sobre el basural de mi deseo
muerde mi talón desnudo, serpiente
unce bajo esta piel la yunta del veneno
hiende el primer colmillo de tu ocaso
estoy
a lomos de la perra en brama de la confusión
hecho nudo en la garganta del deseo,
y espoleo despiadado su salto hacia la embriaguez

qué ocaso, qué aurora vendrán a ofrecerse en sacrificio,
qué lengua acariciará el rugido feral del pecho

estoy
así, múltiplemente asaeteado por la noche
aquí, desconsolado ante la roca ciega de la carne
cabalmente distendido sobre nada, como un pez al sol

nada quiero que no sea la arteria viva de su voz,
nada que no sea la implacable primavera de su regazo

estoy, insisto,
anudándome, demudándome, pero a solas
esta hendidura en las vértebras, esta sangre
este aullido de celoso amante, todo apunta en dirección suya