30 jun 2020

alguna vez te habré contado de la niebla en estas tierras
cómo avanza por las calles envolviéndolo todo a su paso
inadvertida, impredecible:
algunas tardes basta un parpadeo
para que el paisaje alrededor se desvanezca
como si el mundo hubiera desaparecido
bajo tus pies, y no hay ya horizonte
y la oscuridad es más densa que otras noches

así llegó la gripe hoy: sin invitación alguna;
bastó un parpadeo, un descuido
al otear los últimos pliegues del ocaso;
consigo traía una sed terrible, las ganas
de saltar a la boca hambrienta de la embriaguez
de rasgar con el colmillo la carne del silencio
que entre nosotros ha engrosado irremediablemente

me hubiera gustado salir, como un perro,
a perseguir los autos de la melancolía
al atravesar mi noche
pero mis ojos arden sin metáfora:
no hay más incendio que la fiebre,
ni más carne que este fardo donde guardo
impaciente mi cadáver

estoy varado en una habitación que me es ajena
apabullado por la sobria tristeza de estar vivo
por esta lúcida capacidad de hablar de la miseria
mientras la ansiedad me espolea
(debo decir que sus espuelas están bien afiladas)
y deja crecer un páramo desierto en mi garganta

pero ya me quité las botas, corazón:
ya empuño la sed contra las paredes blancas
de este manicomio provisional;
no he de ir descalzo al encuentro
de la nostalgia y de esta herida donde se levanta el espejismo de tu nombre

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