Mi mano sobre tu mano sobre mi deseo. La vorágine de las horas, que apenas alcanzaban. Las avenidas diluyéndose. Nuestros pasos por el parque central, el recorrido por Santo Domingo. Tu mano sobre mi mano bajo la lluvia.
Evitamos las postales. Las polaroids. La repetitiva fotografía del turista. Bastaba sabernos vivos y al borde del majestuoso incendio.
Evitamos las aglomeraciones, aunque con frecuencia las encontrábamos. Mi mano bajo tu mano iluminada por una sonrisa siamesa entre la niebla. El futuro era una palabra inexacta, casi imposible.
Los andadores, el frío, el deseo creciendo como la hierba en los caminos. Nosotros sin saberlo sin tomar precauciones a lomo de la felicidad. Las horas disolviéndose en nuestros labios, que en el oleaje de su saliva acrecentaban la marejada de las ganas. La urgencia por el otro cuerpo.
Esa noche cerraba los ojos y encontraba el pequeño lunar en el centro de tu espalda. Tu risa llegaba a mis oídos al más leve chasquido del agua.
Sudorosos incendiamos nuestro lecho. Mi cuerpo enlazado a tu cuerpo fuera del mundo fuera del mundo fuera del mundo...
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