Atraviesa el parque hasta alcanzar el extremo donde el paisaje se muestra en toda su solemne nubosidad. Piensa en los días que pasaste en tierras extrañas, tan extrañas que incluso la idea del amor fue posible. Vuelve a otear el horizonte. En la biblioteca, hurga entre las maltratadas páginas de un libro que perdiste hace meses y aquí reencontraste. Lee poesía, tiembla de ansiedad por la falta de sueño y el exceso de café, por el ayuno, pero tiembla. Por la desesperación y por la duda. Termina de transcribir ese soneto que escribiste a una mujer que hace días no ves, imagínala perseguida por los perros de la fiebre, y siéntete miserable. No pongas punto final a esas catorce líneas. ¿Sientes ese aroma indefinible que acaricia tus cosas nasales? Recuerda entonces otra biblioteca, cercana al Grijalva, a dónde nunca volviste, recuerda también el dolor en la espalda que te inmovilizaba largas tardes.
Recorre las descuidadas galerías antes de volver a la calle. Entra a una fonda, y mientras esperas a que llegue tu platillo, pide una cerveza; deja a tu sed beberla con devoción y prisa, siente la embriaguez recorrer tu cuerpo, vuelve a pensar en ella. Escucha la música de percusión y metales rellenando suavemente las paredes de la fondita. Recuerda tus días en la otra provincia, la que alguna vez llamaste hogar.
Recuerda la última conversación a lomos de la madrugada, los noventa minutos de la llamada que estuvo llena de silencios que no sabes si llamar incómodos. A pesar de ello, deja bullir en tu pecho la esperanza y el deseo.
Pide otra cerveza. Pierde tu autobús. Busca una cantina para seguir bebiendo. Pierde los últimos pesos. Pierde la compostura y la conciencia. Piérdelo todo.
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