Supongamos que habitamos un universo similar al nuestro, pero en este las artes no se han desarrollado en muchos sentidos, aunque hay maestros renombrados cuya impronta ha quedado grabada en la memoria colectiva. Que sin embargo, al no haber un registro esquemático de la historia del arte, sólo perduran los nombres, sin más elementos que el vago recuerdo. Que además, cada cierto tiempo, alguno de esos genios tiene la fortuna o la desdicha de reencarnar, conservando su potencial creador, y lo aplican a fines disímiles, que a nosotros nos parecerían absurdos, grotescos.
Supongamos entonces que Magritte ya ha existido, ya ha dado al mundo la imagen imperecedera aquí, pero ya desvanecida en aquella realidad, de Los amantes. Convidemos a la imaginación a asumir que su nombre ahora es Margarito, y fiel a los tiempos que corren, forma parte del hampa. Que es un jefe de plaza despiadado con sus enemigos y con sus deudores. Mucho más con quienes lo traicionan.
Que su sello de autor es la misma imagen que lo ha hecho inmortal en otro siglo, con otro nombre, con otra técnica: el beso antes mencionado, con la salvedad de la actualización. Horrorosa, grotesca, pero no carente de estética. Una estética de la violencia, desde luego.
Margarito, digamos, ha hecho de un país llamado México, o Colombia, o Sierra Leona, una galería de ensangrentados lienzos: en los últimos años han aparecido en calles, parques y museos, las cabezas decapitadas de sus enemigos emulando el gesto de un beso impedido por bolsas de plástico oscuras sobre un espeso fondo escarlata.
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