30 jun 2020

La velocidad del deseo


heme aquí, absolutamente a solas, arrobado en el precipicio
otra vez puesta la correa, de nueva cuenta pertenencia tuya, perro
ya he ladrado a las puertas de la noche, ya he lamido
la mano que me envenena, ya he reclamado para ti cada fantasma
ya he cobrado cada pieza de cacería para tu espejo

pero déjame, ahora, abrirle las pestañas al vacío, que cada vendaval
sepa de tu orgasmo, que tiemble todo cataclismo ante la sospecha
más leve de tu sonrisa, que no haya el más mínimo oleaje
donde toda tú no te veas reflejada; ya he grabado con fuego
tus últimas palabras, ya ofrendé mi mejor verbo a tu pubis:
que arda pues, y desde ahora, el muslo mundo y me aprisione,

entonces, abrir las persianas, ahuyentar el invierno:
el viejo ritual para curar las llagas, nombrarte
y no querer que vengas, bufando dificultosamente
con el cadáver del pasado a cuestas, deshecho nudo
y después, reclamar toda azotea, aullar el desespero
otra vez encender una vela, invocar el fantasma de tu aroma
los cristales que rompió la piedra descuidada del deseo
sabes que vuelvo a oír tu taconeo en la lejanía, brotando
de la maraña del silencio como una raíz hacia la superficie
que navego a la deriva, como quien busca el naufragio
volver a poner mi apellido entre tus piernas
y remo a la velocidad del deseo mi lengua sedienta
chapotea en tu íntima agua ay el espejismo

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