29 jun 2020

para volver es que se parte, para desgarrarse en el aullido es que se calla

porque, ateridos, como sostenidos de una viga robusta
en pudrición, hemos visto a la perra desesperación
lamiéndonos el pecho, infestando cada herida con su viscosa baba,
y en el espanto hemos guardado el mendrugo de voz
que nos sostiene el hilo de la cordura,
ese murmullo apenas perceptible bajo el ruido
de las piedras, del relámpago cuando la tormenta
llega, festiva, enrojecida, y pronuncia nuestros nombres;

porque hay heridas que crecen y se ensanchan,
y secretamente arden como ciudades de madera
o desamparada paja,
y apenas calladamente nos dan tregua

porque en el sueño, en las paredes
repta el polvo del rencor, y se hace viejo
y se fermenta como un vino
que ha de santificar la pérdida

porque la luz se posa en los ojos como una cuchilla,
y hay que salir a la intemperie, enceguecidos,
allá la lluvia cabalga a hombros de antiguos jinetes,
y en todo deja su mordedura, pero no es eso lo que mata,
es la jauría, el miedo, la deplorable situación
del llanto,
es otra cosa la que hiende su carne con afilados cuchillos
cada noche,

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