Pienso en tí, en la caída dentro de tus ojos esa noche.
Esta
colisión de nuestros mundos será apenas un parpadeo, destello en la
interminable aurora del universo, pero tendrá un único y glorioso
adjetivo: nuestro.
29 feb 2020
caemos
sordos, atolondrados, sumidos,
ofuscados en esa miel extraña que llamamos, con pompa, pretenciosos, amor;
mi lengua está en tu mano, dispuesta a jugarlo todo, cualquier cosa
en tu nombre; basta el más tierno arrebato, el más incierto gesto para incendiar la estepa de mi deseo;
aquí, en estas líneas, dejo constar que he rendido mis ciudades, que nada hay mío que te sea ajeno,
carne, locura, mi sangre, el furor y cada hueso, cada corazón que en mí palpita, te han sido subyugados
ofuscados en esa miel extraña que llamamos, con pompa, pretenciosos, amor;
mi lengua está en tu mano, dispuesta a jugarlo todo, cualquier cosa
en tu nombre; basta el más tierno arrebato, el más incierto gesto para incendiar la estepa de mi deseo;
aquí, en estas líneas, dejo constar que he rendido mis ciudades, que nada hay mío que te sea ajeno,
carne, locura, mi sangre, el furor y cada hueso, cada corazón que en mí palpita, te han sido subyugados
décimas dobles
Como dijo el trovador
cuando templó su guitarra:
cuando el silencio me agarra
se oye mi canto mejor.
No hay pájaro ni cigarra
que sepa hilar mi canción;
yo sé de estar en la farra,
de ritmos no sé, señor,
sé de cantinas y amarras,
y mucho del mal de amor.
Algo sé de estar dolido,
algo sabré del adiós,
algo de la sal y el vino,
poco del nombre de dios:
yo canto y grito que vivo
cuando me cala el ardor.
Mi lira sabe de olvido,
pero también del color,
del abrazo compartido
y del halago traidor.
cuando templó su guitarra:
cuando el silencio me agarra
se oye mi canto mejor.
No hay pájaro ni cigarra
que sepa hilar mi canción;
yo sé de estar en la farra,
de ritmos no sé, señor,
sé de cantinas y amarras,
y mucho del mal de amor.
Algo sé de estar dolido,
algo sabré del adiós,
algo de la sal y el vino,
poco del nombre de dios:
yo canto y grito que vivo
cuando me cala el ardor.
Mi lira sabe de olvido,
pero también del color,
del abrazo compartido
y del halago traidor.
río de lobos
Eres, agua y bruma en que me encuentro,
cuando sediento rasguño las paredes del miedo,
eres la garra de una rosa que me embruja,
volcán, yo el suelo oscuro y hambriento de tu fuego;
en esta casa que edifiqué a solas, guardo tu rostro,
en este cielo que apedreo cada tarde, te nombro.
cuando sediento rasguño las paredes del miedo,
eres la garra de una rosa que me embruja,
volcán, yo el suelo oscuro y hambriento de tu fuego;
en esta casa que edifiqué a solas, guardo tu rostro,
en este cielo que apedreo cada tarde, te nombro.
Eres trémula carne en el murmullo del amanecer,
lago, arroyo, lengua que aprendo con tímida premura,
eres verbo que hierve en mi boca, en el estruendo molar
de mi embeleso, fruto dulce al mediodía,
eres la sencilla música que rompe el fino cristal
de mi mutismo, el destello que ilumina mis rincones.
Eres inflorescencia fuera de toda primavera:
reflejo en el reflejo del reflejo, me tocas.
Eres, otra vez, los caminos recorridos a ciegas,
el estremecimiento y el vértigo de coger tu mano;
Eres río donde se ahogan los lobos del deseo,
las bestias del desasosiego: cerca de ti soy salvo,
Eres mi vuelta a la inocencia de otros años, el trago
primero en el Leteo, la memoria recuperada y nueva.
Eres la música que adormece mis cerberos, Eurídice,
mi descenso a los infiernos para observar tu sueño.
Eres la manzana y el árbol prohibido, eres Edén
y lanza en mi costado; eres, siempre, la noche
en que me perdí en tus ojos, que me nombres
y se desvanezca todo el horror, el hastío, las llagas
lago, arroyo, lengua que aprendo con tímida premura,
eres verbo que hierve en mi boca, en el estruendo molar
de mi embeleso, fruto dulce al mediodía,
eres la sencilla música que rompe el fino cristal
de mi mutismo, el destello que ilumina mis rincones.
Eres inflorescencia fuera de toda primavera:
reflejo en el reflejo del reflejo, me tocas.
Eres, otra vez, los caminos recorridos a ciegas,
el estremecimiento y el vértigo de coger tu mano;
Eres río donde se ahogan los lobos del deseo,
las bestias del desasosiego: cerca de ti soy salvo,
Eres mi vuelta a la inocencia de otros años, el trago
primero en el Leteo, la memoria recuperada y nueva.
Eres la música que adormece mis cerberos, Eurídice,
mi descenso a los infiernos para observar tu sueño.
Eres la manzana y el árbol prohibido, eres Edén
y lanza en mi costado; eres, siempre, la noche
en que me perdí en tus ojos, que me nombres
y se desvanezca todo el horror, el hastío, las llagas
Atravesar la sierra por tu beso
Otra vez la lluvia llega puntual a humedecer la selva, otra vez escucho el golpeteo del agua sobre la lámina, aprendo a disfrutar la oscuridad de aquellas noches sin energía eléctrica, oyendo la ríada a la distancia, cargada de troncos y peces escurridizos. Salgo a admirar el caos desde un puente de troncos donde seguramente se arrojó un hombre o una mujer por penas de amor sin correspondencia; hay una roca que me llama, pero me preocupa cruzar el abismo sin mover el puente, sin tener que sostenerme en los cables que atraviesan de orilla a orilla el breve abismo.
En la vigilia me vuelvo a ver, mochila al hombro, cámara en mano, y el ojo alerta a las serpientes: busco un paisaje, la mejor perspectiva para la mirada hipermétrope que desde entonces me acompaña, quiero la imagen definitiva que cimbre el corazón de una mujer que ha decidido ya no le pertenezco; blanco, el ojo de la noche me mira cuando me oculto entre los cafetales, pero el rastro de mi sangre me delata. Bajamos, en la oscuridad, por la ladera hasta el río furioso, canasto en mano; nunca como en estas horas en que el agua se estrella demencial y apresurada contra las rocas, tuvo mejor connotación decir que a río revuelto ganancia de pescadores; pese al temor de ser arrastrado por las lenguas rabiosas de la creciente, la pesca llenaba nuestras manos, iluminadas por uno que otro relámpago en la oscuridad.
Uno piensa poco en la madrugada tropical, el sueño posado como un ave oscura en la pequeña hamaca: en el silencio descubre el oído lejanas melodías. Tenía que hallar la madrugada, tenía que deshojar las flores de la noche y la tormenta; entre la cavilación y la sorpresa, un árbol lleno de frutos cae sobre mi habitación, vencido por el viento.
Río arriba, las piedras entonan un himno furioso: arrastran cadáveres, troncos y serpientes en celo que sólo pueden ser muertas por mujeres encinta; no hay machete, no hay bala que les hiera, ni fogón que acepte el cocimiento de su carne. Ondea como una bandera tu cabello en el centro de mi pesadilla: único asidero en que se sostiene durante su caída la cordura. Pero el alba llega, y hay que volver a cargar la mochila, descubrir los ocultos paisajes de esta tierra, arrasar con lo que de tristeza sobrevive en los bolsillos.
Alguien llama a la puerta, una detonación ha quebrado el cristal del mediodía; tú te has marchado, ágil, sonriente y somnolienta: sólo alcanzo a sostener en el aire el encanto de tu aroma, el sutil sabor de tus labios. Releo mis notas, en cada una aparece una traza de tu ser, un esbozo apenas suficiente para reconocerte entre la bruma, pero tú sabes bien que no escribiré tu nombre desde que acordamos no nombrarnos, que la mejor manera de pertenecernos era sin etiquetas, apenas acaso un adjetivo fugaz y anacrónico para llamarnos en el apoteósico jadeo. Recorro otra vez esas veredas, vuelvo a cortar los frutos que apaciguaron mi sed, hurto las cerezas del cafetal; apenas encuentro un arroyo, busco caracoles para acompañar la bebida de maíz fermentado, me acuclillo y bebo, como cada noche frente a ti. Entonces caigo en la trampa, otra vez, cada vez, de describirte sobre papel con las manos atadas al destierro, estas manos que ya sólo recuerdan, y cada vez con menos nitidez, el trayecto de tu rodilla hacia tu muslo bajo la tela cómplice de tu falda; caigo repetidamente, y no hay equipo de salvamento al final de la caída. Incierto, palpo el cuerpo de la noche: no hay otra cosa que el bulto de tu ausencia balanceándose en la oscuridad, golpeándome a ratos, sin que lo vea venir. Suena el viento, es hora de recoger mis cosas, seguir el camino, tirar migas de pan que marquen el camino de vuelta; acto conscientemente suicida, voy al encuentro del minotauro, sin hilo ni Ariadna, y sé que las aves devorarán las migas, pero avanzo: el minotauro es el olvido, es tú olvidándome.
Ahora, el horizonte parece una herida reciente. La noche se acerca otra vez, pantera, en busca de su presa; su ojo blanquecino se abre fugaz para ocultarse tras las nubes.
Rueda la enorme piedra del recuerdo, llevándose todo a su paso; arranca jirones de piel y abre viejas heridas, pero no todo es doloroso: reaparece, febril, la noche que este que ahora escribe pasó en vela tratando de hacer que un trozo tallado de madera danzara sobre el piso de tierra, el primer barco que navegó con su fragilidad las aguas bajo la tormenta de la calle Central de su Íthaca particular. Anclo, barco maltrecho, en la playa desnuda de tu nombre: con un grito ahuyento a los fantasmas, que nos dejen a solas con mi carne y el agua diáfana de tu sonrisa. Sobre la herida, el bálsamo de tu beso, en la desesperada caída interna, el lecho de tu ternura: para respirar en calma, para tolerar los espíritus de la noche, para atravesar la sierra poblada de crótalos en celo, para cruzar a salvo los arroyos desbordados por los huracanes: el mágico toque de tu beso.
Esta mano, por tocarte, ardió; esta lengua, por nombrarte incansablemente en el desvelo o en el delirio de una cama de hospital, guarda sus llagas, trofeos de guerra. Vuelve, como en un sueño, como el agua hacia la orilla, vuelve a incendiar con tu mano los entresijos del insomnio; vuelve mi carne a anhelar tu carne: caerán las ciudades, se anegará cada desierto, pero tu nombre seguirá en pie, bandera con que el olvido señala las demarcaciones de mi patria.
Antes de ti, era la nada; tras de ti, el vacío. Recojo los últimos restos de nuestro naufragio, lo que de astillas y esquirlas dejó la colisión de nuestro enamorado, iluso barco contra los arrecifes de la nada confiable distancia: aparece, ojo de tornado, un par de fotografías, el único, donde el nosotros toma forma; no podría decir si el abrazo nos engulle o nos fusiona, pero de algo estoy seguro: es la prueba fehaciente de que nuestros caminos se cruzaron, de que la colisión, en efecto, fue devastadora y tangible, real. Todo lo devuelvo al polvo, que se diluya o se disperse entre la bruma de los días: conmigo se queda el dulce padecimiento de tu ausencia y el amasijo de recuerdos que a nadie más pertenecen.
Ahora, años después, despierto en medio de la pesadilla o de la inconsciencia: como en esos días, la lluvia no cesa, relinchan todavía las caballerizas bajo la tempestad, mi ojo hipermétrope adivina el trazo de la vereda en el destello del relámpago; exhausto, enlodado, febril, he atravesado por fin la inmensa serranía, pero sé que ya no podré alcanzar tu beso.
Sostengo tu mano, y sé que puedo soñar el infinito,
poner a un lado el sobresalto, la pesadilla
en que te veo descender de nueva cuenta
a los infiernos, y algo como un hueso
se me quiebra en el costillar del alma,
de preocupación y espanto, de horripilante celo;
sé que nada quiero que no sea el arroyo de tu risa,
este columpiarse de un ojo tuyo al otro,
reflejado, desesperado por asir una vez más la inocencia
de la carne, recuperar la candidez perdida,
sacrificarla en tu altar, como primicia y fruto primero
de mi sangre, como oveja eviscerada,
incapaz ya de balido, tierna semilla de carroña;
poner a un lado el sobresalto, la pesadilla
en que te veo descender de nueva cuenta
a los infiernos, y algo como un hueso
se me quiebra en el costillar del alma,
de preocupación y espanto, de horripilante celo;
sé que nada quiero que no sea el arroyo de tu risa,
este columpiarse de un ojo tuyo al otro,
reflejado, desesperado por asir una vez más la inocencia
de la carne, recuperar la candidez perdida,
sacrificarla en tu altar, como primicia y fruto primero
de mi sangre, como oveja eviscerada,
incapaz ya de balido, tierna semilla de carroña;
sólo una cosa quiero: asir tu mano en la vigilia
y en el instante previo a cada aurora
hundir en tu cintura mi barco de caricias,
tocar, con este dedo sucio, la calma, el equilibrio
y en el instante previo a cada aurora
hundir en tu cintura mi barco de caricias,
tocar, con este dedo sucio, la calma, el equilibrio
He soñado que siembro un árbol,
que me arrullo a su sombra cuando crece,
que el filo de un hacha que me pertenece
hiende su tallo, hasta trozarlo;
sueño el agua clara de un arroyo
que apenas tocarlo, se contamina con mi tristeza,
sueño que caigo por un camino
a oscuras, en una montaña que jamás he visto,
y en esa caída alcanzo a recordar
el árbol de otro sueño, el liquen de otro arroyo,
los peces que agonizan en su lecho,
la hora confusa en que un hacha
que me es ajena, hiende mi carne,
reduce a astilla el hueso, hasta trozarme
que me arrullo a su sombra cuando crece,
que el filo de un hacha que me pertenece
hiende su tallo, hasta trozarlo;
sueño el agua clara de un arroyo
que apenas tocarlo, se contamina con mi tristeza,
sueño que caigo por un camino
a oscuras, en una montaña que jamás he visto,
y en esa caída alcanzo a recordar
el árbol de otro sueño, el liquen de otro arroyo,
los peces que agonizan en su lecho,
la hora confusa en que un hacha
que me es ajena, hiende mi carne,
reduce a astilla el hueso, hasta trozarme
vuelvo a caer, entonces, a santificar
con sangre cada roca que halle a mi paso,
a recordar la canción del sueño,
a llenarme de musgo y hierbarajos
con sangre cada roca que halle a mi paso,
a recordar la canción del sueño,
a llenarme de musgo y hierbarajos
28 feb 2020
repetiré que algo se está rompiendo
dentro mío, un muro de cristal
cuyas astillas se empeñan en morderme,
que algo se está rompiendo dentro mío,
que hay un niño que solloza mientras juega
a inundar el mar, que me pesa en el lomo
el peso de un jinete, la tristeza, que me hunde
el costillar con su espuela, y no hago otra cosa
que bufar, a medias aterrado, a medias sudoroso
de excitación, hacia el desfiladero;
que hay un dique dolido en sus maderos
que trata de sostener la rabia de un río
largamente apaciguado, que es menester
sajar un labio, el corazón, para salvarse;
y no escribo por doliente o quejumbroso:
este es mi modo de sangrar cuando parezco
un toro en medio de la plaza pública,
henchido de dolor y miedo del dolor,
y rabia ante el dolor que ya no sé
de dónde llega a destrozar mi carne;
este que soy, para no aullar, muerde su brazo,
incendia el pedestal donde se empolva
la esperanza, el tedio, lo bello y lo terrible,
este que soy, agónico, montaraz y oscuro
tambalea y ruge pero sabe que es todo inútil,
que algo se ha roto dentro mío,
un madero que se astilla y delicado
coloca sus astillas, que me espolea
un imperator mundi, la tristeza, y estoy a punto
dentro mío, un muro de cristal
cuyas astillas se empeñan en morderme,
que algo se está rompiendo dentro mío,
que hay un niño que solloza mientras juega
a inundar el mar, que me pesa en el lomo
el peso de un jinete, la tristeza, que me hunde
el costillar con su espuela, y no hago otra cosa
que bufar, a medias aterrado, a medias sudoroso
de excitación, hacia el desfiladero;
que hay un dique dolido en sus maderos
que trata de sostener la rabia de un río
largamente apaciguado, que es menester
sajar un labio, el corazón, para salvarse;
y no escribo por doliente o quejumbroso:
este es mi modo de sangrar cuando parezco
un toro en medio de la plaza pública,
henchido de dolor y miedo del dolor,
y rabia ante el dolor que ya no sé
de dónde llega a destrozar mi carne;
este que soy, para no aullar, muerde su brazo,
incendia el pedestal donde se empolva
la esperanza, el tedio, lo bello y lo terrible,
este que soy, agónico, montaraz y oscuro
tambalea y ruge pero sabe que es todo inútil,
que algo se ha roto dentro mío,
un madero que se astilla y delicado
coloca sus astillas, que me espolea
un imperator mundi, la tristeza, y estoy a punto
He de cantar una copla
que diga lo que tu fuiste,
verso y cuchillo en ristre,
canto que sabe a derrota,
fuego que ruge y se agota.
Pudiendo decir que fuiste
pintor, cantor y un amigo,
te acuso de ser mi hermano;
ya sabes, no será en vano
alzar la copa: contigo
en el firmamento; ayer caí
en la cuenta que era tu día,
pero ya era tarde. Hoy leía
un libro que perseguí
pa recordarte: es mi elegía.
Tres años se dice fácil,
treinta y cinco poco menos,
pero alzo mi copa al viento
por la amistad, y por el frágil
hilo de la vida, Fuiste ágil,
pendenciero y buen cantor,
que no cantante. Bebamos,
pues, la memoria, volvamos
a cerrar bares, valedor,
que se nos vaya el dolor.
Huyamos de los hospitales,
que nos revuelque el alcohol,
que vuelva ese rockanrol
y los pecados veniales:
yo no tengo de otra flor.
que diga lo que tu fuiste,
verso y cuchillo en ristre,
canto que sabe a derrota,
fuego que ruge y se agota.
Pudiendo decir que fuiste
pintor, cantor y un amigo,
te acuso de ser mi hermano;
ya sabes, no será en vano
alzar la copa: contigo
en el firmamento; ayer caí
en la cuenta que era tu día,
pero ya era tarde. Hoy leía
un libro que perseguí
pa recordarte: es mi elegía.
Tres años se dice fácil,
treinta y cinco poco menos,
pero alzo mi copa al viento
por la amistad, y por el frágil
hilo de la vida, Fuiste ágil,
pendenciero y buen cantor,
que no cantante. Bebamos,
pues, la memoria, volvamos
a cerrar bares, valedor,
que se nos vaya el dolor.
Huyamos de los hospitales,
que nos revuelque el alcohol,
que vuelva ese rockanrol
y los pecados veniales:
yo no tengo de otra flor.
Hemos llegado tarde. Víctimas de la distracción, hemos llegado al
precipicio donde antes se sostuvo un puente. Fuimos hijos bastardos de
la locura. Hemos comenzado la caída, apesadumbrados pero pacientes
recorremos los insondables pasos que nos lleven a despedazarnos contra
el suelo, sea roca o limo. No es preciso nombrar la música, el ruido, el
silencio. Todo es en vano ahora. Sólo queda esperar al estrépito de los
huesos resquebrajándose. Pero antes debemos dejar sembrada una certeza:
la caída ha comenzado mucho antes. Acaso un instante previo a nuestro
encuentro. Acaso en el momento de estrechar la mano, al destapar la
primer cerveza, comenzamos el largo peregrinaje de esta caída. Lobos que
se desgarran a dentelladas para no morir de hambre.
Apenas mencionar tu nombre, siento la garra
del dolor sobre mi carne, abriéndola
como quien rasga una bolsa de plástico
en un parque a las diez de la mañana.
del dolor sobre mi carne, abriéndola
como quien rasga una bolsa de plástico
en un parque a las diez de la mañana.
He visto la ira en tu ojo, el llanto devenido
angustia, la seria fisonomía del encantador
de serpientes; de tu palabra abrevé el agua
empozada que me hizo hombre.
He atravesado la tiniebla solo empuñando
una frase que me dirigía a tu abrazo,
y para salir, he tomado el camino inverso.
Alguna vez tendí la mano para hallar la tuya,
abrí mi pecho para guarecerte, padre,
y sumido en el fango del espanto,
clamé tu nombre para fingir valor ante la muerte;
pero ya basta de lamer mi herida como ave
que extravió su nido, tu aliento me llevó
a surcar el aire, a lamer el fuego.
Ya basta de sangrar con mi corazón de utilería,
lo he manchado todo alrededor por desafiarte,
pero ya he firmado la paz con tu fantasma,
es la hora de encender hogueras para siempre,
de iluminar esta noche, este silencio
porque me resisto a decir que fui un niño feliz
y porque sería una exageración decir
que mi infancia fue un terrible vaivén de cuitas
y dolores; he vivido y fue tu sombra la que llenó
el verano y la calígine de los primeros días
angustia, la seria fisonomía del encantador
de serpientes; de tu palabra abrevé el agua
empozada que me hizo hombre.
He atravesado la tiniebla solo empuñando
una frase que me dirigía a tu abrazo,
y para salir, he tomado el camino inverso.
Alguna vez tendí la mano para hallar la tuya,
abrí mi pecho para guarecerte, padre,
y sumido en el fango del espanto,
clamé tu nombre para fingir valor ante la muerte;
pero ya basta de lamer mi herida como ave
que extravió su nido, tu aliento me llevó
a surcar el aire, a lamer el fuego.
Ya basta de sangrar con mi corazón de utilería,
lo he manchado todo alrededor por desafiarte,
pero ya he firmado la paz con tu fantasma,
es la hora de encender hogueras para siempre,
de iluminar esta noche, este silencio
porque me resisto a decir que fui un niño feliz
y porque sería una exageración decir
que mi infancia fue un terrible vaivén de cuitas
y dolores; he vivido y fue tu sombra la que llenó
el verano y la calígine de los primeros días
Los viejos escribas, al coger su pluma,
al buscar su tinta y su palabra,
ya sabían, oscura, terriblemente,
sabían que susurraban al futuro,
y no habría emperador o dios
tan poderoso que renegara de ellos;
así, parieron las ciudades por la punta de sus dedos,
redujeron a cenizas los castillos,
orlaron las frentes vencedoras
con odas, himnos y laureles,
embellecieron toda atrocidad:
no los dioses ni los insaciables césares:
fueron los escribas los que conquistaron
a sangre y fuego nuevos reinos,
susurrando con su pluma al oído
del futuro sus delirios
al buscar su tinta y su palabra,
ya sabían, oscura, terriblemente,
sabían que susurraban al futuro,
y no habría emperador o dios
tan poderoso que renegara de ellos;
así, parieron las ciudades por la punta de sus dedos,
redujeron a cenizas los castillos,
orlaron las frentes vencedoras
con odas, himnos y laureles,
embellecieron toda atrocidad:
no los dioses ni los insaciables césares:
fueron los escribas los que conquistaron
a sangre y fuego nuevos reinos,
susurrando con su pluma al oído
del futuro sus delirios
yo, al escribir de ti, susurro al vacío,
a la inexpugnable nada mi elegía;
tal es el cansado alcance de mi oficio,
hijo del silencio, ceniza que volverá al polvo
y al silencio para olvidarme
a la inexpugnable nada mi elegía;
tal es el cansado alcance de mi oficio,
hijo del silencio, ceniza que volverá al polvo
y al silencio para olvidarme
Por qué sangra mi costado
si no hay lanza, ni centurión,
ni cruz que me sostenga?
por qué, si hablo de amor, o de dolor,
presiento que te llamo, y peor aún,
que no vendrás a romper el hielo
de la noche con tu aliento,
que hundo mi barco en un mar
infestado de sirenas, de corsarios,
que aullo en islas taciturnas,
muerdo el fruto de las cosas olvidadas,
y vuelvo a pronunciar tu nombre,
a buscarte en el centro de la herida,
a mascullar en el espanto
que no habrá primavera sin tu otoño
si no hay lanza, ni centurión,
ni cruz que me sostenga?
por qué, si hablo de amor, o de dolor,
presiento que te llamo, y peor aún,
que no vendrás a romper el hielo
de la noche con tu aliento,
que hundo mi barco en un mar
infestado de sirenas, de corsarios,
que aullo en islas taciturnas,
muerdo el fruto de las cosas olvidadas,
y vuelvo a pronunciar tu nombre,
a buscarte en el centro de la herida,
a mascullar en el espanto
que no habrá primavera sin tu otoño
Atado a ochenta estacas de desidia,
de pies y manos, rehén de mí, arrinconado,
amordazado de los ojos que al llamarte
impregnan el aire de tu aroma de sándalo
y comerciales, multiplicentes frutas,
vendado de la lengua, no me queda para mirar
sino el recuerdo, el viaje introspectivo
en que tu sonrisa aparece siempre para iluminar
la esfera simplona del universo,
ese viaje en que descubrí, a solas, la aromática
esencia del linaloe, el palpitar profundo de la tierra;
pero estaba solo, desordenado y feliz porque ignoraba
el timbre de tu voz, que al llamarme, salpicaba
con su aroma de cacao las paredes del deseo,
y ahora, atado con cien lazos de abúlica sonrisa,
me hundo y no me hundo en un agua clara
aunque no límpida, envenenada acaso por mi mismo,
me duelo y no me duelo de no verte, de no tener
dónde llamarte, de estar, ocioso, embrutecido,
afilando la navaja con mi carne o con mi hueso,
y al crujir de mi esqueleto vea como se desvanece
todo olor de tu madera, todo bálsamo de tu labio
huyendo como un gato por los entresijos de la casa,
y no tener, poco a poco, ya ni este viaje de la entraña
o del recuerdo, la bitácora lingual donde grabé con fuego
la noche en que robé tu beso, piedra filosofal de mi tristeza
de pies y manos, rehén de mí, arrinconado,
amordazado de los ojos que al llamarte
impregnan el aire de tu aroma de sándalo
y comerciales, multiplicentes frutas,
vendado de la lengua, no me queda para mirar
sino el recuerdo, el viaje introspectivo
en que tu sonrisa aparece siempre para iluminar
la esfera simplona del universo,
ese viaje en que descubrí, a solas, la aromática
esencia del linaloe, el palpitar profundo de la tierra;
pero estaba solo, desordenado y feliz porque ignoraba
el timbre de tu voz, que al llamarme, salpicaba
con su aroma de cacao las paredes del deseo,
y ahora, atado con cien lazos de abúlica sonrisa,
me hundo y no me hundo en un agua clara
aunque no límpida, envenenada acaso por mi mismo,
me duelo y no me duelo de no verte, de no tener
dónde llamarte, de estar, ocioso, embrutecido,
afilando la navaja con mi carne o con mi hueso,
y al crujir de mi esqueleto vea como se desvanece
todo olor de tu madera, todo bálsamo de tu labio
huyendo como un gato por los entresijos de la casa,
y no tener, poco a poco, ya ni este viaje de la entraña
o del recuerdo, la bitácora lingual donde grabé con fuego
la noche en que robé tu beso, piedra filosofal de mi tristeza
¿Dónde posar la mano, dónde el cuerpo
cuando ha caído todo, derruido, ceniza, polvo?
¿Dónde guarecer el alma, en qué rescoldo,
bajo qué techo? Ya todo páramo es desierto,
cuando ha caído todo, derruido, ceniza, polvo?
¿Dónde guarecer el alma, en qué rescoldo,
bajo qué techo? Ya todo páramo es desierto,
cada manantial, áspera roca; todo lago, hondo
vertedero; ya es naufragio seguro cada puerto.
Se fracturó la luz en su talón, todo es incierto:
el mínimo destello es hoja, es filo, acero romo.
Si toda partida es luto, cada llegada, corte.
Si toda carne y beso, es deseo que se avinagra
oscuro sobre la mesa, todo encuentro es llaga
abierta a la gangrena. si todo es semilla de muerte,
todo fruto sea sinónimo de hambre. Que valga
esta palabra en el silencio, mi simiente.
vertedero; ya es naufragio seguro cada puerto.
Se fracturó la luz en su talón, todo es incierto:
el mínimo destello es hoja, es filo, acero romo.
Si toda partida es luto, cada llegada, corte.
Si toda carne y beso, es deseo que se avinagra
oscuro sobre la mesa, todo encuentro es llaga
abierta a la gangrena. si todo es semilla de muerte,
todo fruto sea sinónimo de hambre. Que valga
esta palabra en el silencio, mi simiente.
luego está ese penoso asunto, envejecer,
hacer la colección propia de canas
arrancadas discretamente, con el afán
de detener el terrible avance de los años,
cosa vana; y peor aún, hacerse viejo pesa más
si a un costado crece robusta, lozana,
la sombra decadente del miedo;
uno debiera llegar a viejo libre de arrepentimientos,
dispuesto a soltar amarras, a destrozar
bajo la tormenta los acantilados con la barcaza
de la propia humanidad, pero me hago ilusiones,
ando a tientas en este umbral de oscuridad
que es hacerse mayor, que no me dieron un manual
para saber qué se hace en estos casos de duda,
cuando se es joven y se teme terriblemente
por nuestro yo futuro, senil, y acobardado,
o peor aún, senil y convencido de ondear la verdad
como bandera incuestionable, si ahora
lo hemos puesto en duda todo, o casi todo,
pero hemos querido arrebatar de nueva cuenta el fuego
a los viejos dioses, para alimentar nuestra locura
hacer la colección propia de canas
arrancadas discretamente, con el afán
de detener el terrible avance de los años,
cosa vana; y peor aún, hacerse viejo pesa más
si a un costado crece robusta, lozana,
la sombra decadente del miedo;
uno debiera llegar a viejo libre de arrepentimientos,
dispuesto a soltar amarras, a destrozar
bajo la tormenta los acantilados con la barcaza
de la propia humanidad, pero me hago ilusiones,
ando a tientas en este umbral de oscuridad
que es hacerse mayor, que no me dieron un manual
para saber qué se hace en estos casos de duda,
cuando se es joven y se teme terriblemente
por nuestro yo futuro, senil, y acobardado,
o peor aún, senil y convencido de ondear la verdad
como bandera incuestionable, si ahora
lo hemos puesto en duda todo, o casi todo,
pero hemos querido arrebatar de nueva cuenta el fuego
a los viejos dioses, para alimentar nuestra locura
perra la suerte me mordió el tendón del sosiego
estaba en el mercado, a la espera de dios o de mi madre,
que para esos años casi era decir lo mismo,
y no lo vi venir, en qué carnicería se le montó el hambre,
porque me clavó el arpón de sus colmillos con fe,
con la devoción que quien se sabe merecedor del paraíso,
o capaz de rajar la carne, esa delgada tela, irrisoria,
que nos cubre bajo la otra tela que confeccionó la moda
o el desgano. No alcanzó mi voz para los ayes de dolor,
ni el suelo para el retorcimiento y la gesticulación,
y así, entre cajas de verdura en pudrimento, ante la vista
divertida del marchantaje me ví herido y lloroso, y rengo;
y digo esto para dar fe que mi perra suerte, que entonces
no era mía, sino de un tal azar, para adoptarme marcó
mi carne infante, y esta herida, este anuncio de cicatriz
que porto cual tímido estandarte, es, sin fratricidio,
mi marca personal, que anuncia dejadle vivo, aunque sin hueso
sano en su haber, aunque la sangre apenas suficiente,
aunque el motor en su pecho sea apenas audible en su traqueteo,
dejadle vivo; por eso late desbocado el anfibio que vive en mi pecho,
que para esos años casi era decir lo mismo,
y no lo vi venir, en qué carnicería se le montó el hambre,
porque me clavó el arpón de sus colmillos con fe,
con la devoción que quien se sabe merecedor del paraíso,
o capaz de rajar la carne, esa delgada tela, irrisoria,
que nos cubre bajo la otra tela que confeccionó la moda
o el desgano. No alcanzó mi voz para los ayes de dolor,
ni el suelo para el retorcimiento y la gesticulación,
y así, entre cajas de verdura en pudrimento, ante la vista
divertida del marchantaje me ví herido y lloroso, y rengo;
y digo esto para dar fe que mi perra suerte, que entonces
no era mía, sino de un tal azar, para adoptarme marcó
mi carne infante, y esta herida, este anuncio de cicatriz
que porto cual tímido estandarte, es, sin fratricidio,
mi marca personal, que anuncia dejadle vivo, aunque sin hueso
sano en su haber, aunque la sangre apenas suficiente,
aunque el motor en su pecho sea apenas audible en su traqueteo,
dejadle vivo; por eso late desbocado el anfibio que vive en mi pecho,
Es hora de volver a hundir la garra en el espasmo,
de abrazar el lodo, de hacerse el loco,
romper amarras y olvidar anclas;
cómo decía, es hora de volver a hundirse
en la noche, en el lodo, en la incertidumbre
de todos tan temida, luminoso faro.
He vuelto a recoger lo que de bestia en mi se guarda,
lo que aulla desconfiado, lo que acecha
tras los arbustos de la calma.
Es hora, como dije, de incendiar el musgo, de hacer que arda
la orgullosa carne de lo inconsumible,
de abrazar el lodo, de hacerse el loco,
romper amarras y olvidar anclas;
cómo decía, es hora de volver a hundirse
en la noche, en el lodo, en la incertidumbre
de todos tan temida, luminoso faro.
He vuelto a recoger lo que de bestia en mi se guarda,
lo que aulla desconfiado, lo que acecha
tras los arbustos de la calma.
Es hora, como dije, de incendiar el musgo, de hacer que arda
la orgullosa carne de lo inconsumible,
Te deseaba incontables noches antes a la colisión de nuestros labios.
Recuerdas? El pretexto de buscar un ciber café a las nueve de la noche,
llegar a una plaza, el mar siempre mirándonos desde la izquierda -su
mirar serio desde la derecha, cuando volvimos, extraviados,a buscar el
hotel donde nos hospedábamos con la jauría. Luego tu mano al tomar mi
mano mientras rodábamos cuesta abajo -rodar es una exageración,
bajábamos- por unas escaleras eléctricas. No hubo palabras, sólo
un par de manos entrelazadas, en un porfiado aunque luminoso silencio.
¿Y el puerto, su marea sin tempestad, las esculturas que daban cuenta de
los hombres y mujeres que deambulaban en torno suyo?
Desesperados, descendimos del microbús que a cada momento se internaba más en la ciudad y se alejaba del puerto que apenas conocíamos. ¿Recuerdas? Un par de tardes antes casi nos inundamos en un salón de usos múltiples. Pasamos buena parte de la noche sacando el agua que insistia en colarse por las inexistentes paredes, apenas escuetos muros que no rebasaban el metro y medio. Cuando volví a buscarte, ya sentía el punzón en el bajo vientre, pero no alcancé a llamarte. Comenzaba la madrugada y todos estábamos exhaustos.
A la mañana siguiente desayunamos. Mi absurda vocación de improvisado fotógrafo me llevó a capturar la carretera que atravesaba la pequeña comunidad cacahuatera y que sin saberlo en ese momento, volvería a cruzar durante mucho tiempo algunos años más tarde. También te fotografié mientras nos columpiábamos en la pequeña hamaca. Luego salimos a caminar, a hacer reportes de un trabajo de campo que nunca supimos qué nos enseñó. Y en un huerto arranqué unas matas de cacahuate de la que tú cogiste un par de semillas para usarlas como aretes. Aún guardo, aunque no sé dónde, la fotografía que te hice en esa playa solitaria. Tu blusa oscura, la arena, el mar, tu mano recogiendo el pelo para hacer notar el detalle del día anterior.
¿Te acuerdas, la misma noche que llegamos al puerto caminé kilómetros para alcanzarte, para huir de una absurda borrachera, sólo para llegar a contarte historias que ahuyentaran tu miedo a la oscuridad, recuerdas? A oscuras toqué por primera vez tu rostro y luego, cuando volvieron tus amigas, salí a la azotea a admirar el amanecer.
Bajamos del microbús, ¿recuerdas? Luego, en el taxi, nos besamos. Amanecimos abrazados, pero nada más pasó entre nosotros. Por la mañana nos asaltaron en una playa cercana al acuario y el autobús estuvo a punto de dejarnos abandonados. Volvimos abrazados. ¿Recuerdas las fotografías tomadas al pie de las esculturas, en las barcazas que parecían olvidadas a merced de las olas, en la playa?
Dos días después del regreso, nos vimos al pie de un puente peatonal, llovía y sólo alcancé a abrazarte mientras me besabas.
Ahí comenzó la belleza, lo terrible
Desesperados, descendimos del microbús que a cada momento se internaba más en la ciudad y se alejaba del puerto que apenas conocíamos. ¿Recuerdas? Un par de tardes antes casi nos inundamos en un salón de usos múltiples. Pasamos buena parte de la noche sacando el agua que insistia en colarse por las inexistentes paredes, apenas escuetos muros que no rebasaban el metro y medio. Cuando volví a buscarte, ya sentía el punzón en el bajo vientre, pero no alcancé a llamarte. Comenzaba la madrugada y todos estábamos exhaustos.
A la mañana siguiente desayunamos. Mi absurda vocación de improvisado fotógrafo me llevó a capturar la carretera que atravesaba la pequeña comunidad cacahuatera y que sin saberlo en ese momento, volvería a cruzar durante mucho tiempo algunos años más tarde. También te fotografié mientras nos columpiábamos en la pequeña hamaca. Luego salimos a caminar, a hacer reportes de un trabajo de campo que nunca supimos qué nos enseñó. Y en un huerto arranqué unas matas de cacahuate de la que tú cogiste un par de semillas para usarlas como aretes. Aún guardo, aunque no sé dónde, la fotografía que te hice en esa playa solitaria. Tu blusa oscura, la arena, el mar, tu mano recogiendo el pelo para hacer notar el detalle del día anterior.
¿Te acuerdas, la misma noche que llegamos al puerto caminé kilómetros para alcanzarte, para huir de una absurda borrachera, sólo para llegar a contarte historias que ahuyentaran tu miedo a la oscuridad, recuerdas? A oscuras toqué por primera vez tu rostro y luego, cuando volvieron tus amigas, salí a la azotea a admirar el amanecer.
Bajamos del microbús, ¿recuerdas? Luego, en el taxi, nos besamos. Amanecimos abrazados, pero nada más pasó entre nosotros. Por la mañana nos asaltaron en una playa cercana al acuario y el autobús estuvo a punto de dejarnos abandonados. Volvimos abrazados. ¿Recuerdas las fotografías tomadas al pie de las esculturas, en las barcazas que parecían olvidadas a merced de las olas, en la playa?
Dos días después del regreso, nos vimos al pie de un puente peatonal, llovía y sólo alcancé a abrazarte mientras me besabas.
Ahí comenzó la belleza, lo terrible
Guardo las palabras dichas como un tesoro envenenado.
Alcayatas, torres, fosos reales, puentes sumerios,
lejanas ciudades, insalvables mares de arena,
terribles ejércitos, míticas bestias al acecho, la marea
en el delirio, los vertiginosos ríos, su hambre de centurias.
Jamás hubo en la tierra hombre o mujer, o aliento
Alcayatas, torres, fosos reales, puentes sumerios,
lejanas ciudades, insalvables mares de arena,
terribles ejércitos, míticas bestias al acecho, la marea
en el delirio, los vertiginosos ríos, su hambre de centurias.
Jamás hubo en la tierra hombre o mujer, o aliento
Me despierto, pongo la voluntad en la calle,
rompo los espejos, me hago trizas el pañuelo
para bailar chilenas, olvido el naufragio en una esquina,
me arranco tiras de piel, pero resulta, después de todo,
que soy un monstruo, que he escupido mi flema
en el cuenco de lo sagrado, que marqué, bestia,
los intocables árboles de la virtud, con mi orina;
que, no conforme, lamí el coño de una vestal, lúbrico,
montaraz, lobuno, que nada queda para mí, ni las migas
del pan amargo de la duda, ni el ofuscado vino de venganza;
nada queda para nadie, ni esta tierra, ni el torvo canto fúnebre,
ni el más sencillo crepitar del fuego para apaciguar el miedo
rompo los espejos, me hago trizas el pañuelo
para bailar chilenas, olvido el naufragio en una esquina,
me arranco tiras de piel, pero resulta, después de todo,
que soy un monstruo, que he escupido mi flema
en el cuenco de lo sagrado, que marqué, bestia,
los intocables árboles de la virtud, con mi orina;
que, no conforme, lamí el coño de una vestal, lúbrico,
montaraz, lobuno, que nada queda para mí, ni las migas
del pan amargo de la duda, ni el ofuscado vino de venganza;
nada queda para nadie, ni esta tierra, ni el torvo canto fúnebre,
ni el más sencillo crepitar del fuego para apaciguar el miedo
Caín
¿Quién la frente besó del fratricida?
¿Qué voz le deseó los dulces sueños?
¿Qué hacha rajo de su hogar los secos leños,
quién su rebaño cuidó, quién la herida
¿Qué voz le deseó los dulces sueños?
¿Qué hacha rajo de su hogar los secos leños,
quién su rebaño cuidó, quién la herida
abierta en el espíritu, quién los cabellos
le mesó, en el desamparo? ¿Qué aterida
sombra le siguió, fiel, por la oscurecida
ruta del desierto? ¿De qué tierra se alzó dueño,
a qué mujer de qué ciudad tomó por suya,
en qué altar su holocausto fue de nueva
cuenta rechazado? Yo lo imagino solo: aulla,
lastimado aún, pero se cura; ya no ruega
el perdón de su verdugo, aunque huya.
Si hay un dios, no le perdono: dice, alega.
le mesó, en el desamparo? ¿Qué aterida
sombra le siguió, fiel, por la oscurecida
ruta del desierto? ¿De qué tierra se alzó dueño,
a qué mujer de qué ciudad tomó por suya,
en qué altar su holocausto fue de nueva
cuenta rechazado? Yo lo imagino solo: aulla,
lastimado aún, pero se cura; ya no ruega
el perdón de su verdugo, aunque huya.
Si hay un dios, no le perdono: dice, alega.
Me basta tomar tu mano,
pero estoy quebrado en el ánimo,
y me alcanza la voz para el silencio,
se me resquebraja el nervio lingual
de mi más ferviente deseo;
caerán ciudades, se harán polvo,
esta mano sostendrá, aún entonces,
entre las ruinas, bajo la nube de polvo
implacable, la mano de tu beso.
pero estoy quebrado en el ánimo,
y me alcanza la voz para el silencio,
se me resquebraja el nervio lingual
de mi más ferviente deseo;
caerán ciudades, se harán polvo,
esta mano sostendrá, aún entonces,
entre las ruinas, bajo la nube de polvo
implacable, la mano de tu beso.
Me basta la iridiscencia de tu ojo,
hoguera, espejismo, faro
Me basta tomar tu mano, pero estoy dolido
de otras horas, en mi último costado,
y sangro de esperar que vengas, de buscar
tu voz a tientas en la caverna de los días,
y grito y rompo los cristales del manicomio,
y rujo por hallar el rastro de tu aroma,
y me duelo y resquebrajo y te llamo
y no respondes, sólo el arco de tu sonrisa
lanza su dardo, solo, el manantial de tu mirada
sacia mi sed, me arroja al infinito
hoguera, espejismo, faro
Me basta tomar tu mano, pero estoy dolido
de otras horas, en mi último costado,
y sangro de esperar que vengas, de buscar
tu voz a tientas en la caverna de los días,
y grito y rompo los cristales del manicomio,
y rujo por hallar el rastro de tu aroma,
y me duelo y resquebrajo y te llamo
y no respondes, sólo el arco de tu sonrisa
lanza su dardo, solo, el manantial de tu mirada
sacia mi sed, me arroja al infinito
¿Quién del amor armó la trampa,
quién puso a la ternura dulce voz,
quién, cansado del silencio atroz,
mordió su carne, quién escampa
quién puso a la ternura dulce voz,
quién, cansado del silencio atroz,
mordió su carne, quién escampa
la lluvia bajo el relámpago, precoz,
para salvarse? ¿Qué ave en jaula canta
una canción de amor, quién rapta
ya la noche, quién afilará la vieja hoz
para segar el trigo seco del recuerdo?
¿Quién me dirá qué nombre mascullar
en la ardiente arena del desierto?
Mi mano urdió la trampa -he de callar-
y mi pie cayó bajo su embrujo. Muerto,
o casi, yazgo a la vera de su mar.
para salvarse? ¿Qué ave en jaula canta
una canción de amor, quién rapta
ya la noche, quién afilará la vieja hoz
para segar el trigo seco del recuerdo?
¿Quién me dirá qué nombre mascullar
en la ardiente arena del desierto?
Mi mano urdió la trampa -he de callar-
y mi pie cayó bajo su embrujo. Muerto,
o casi, yazgo a la vera de su mar.
que en su trajinar por las ciudades se olvidó de buscar el naufragio
porque debo decir que se me torció la lengua una mañana,
que mi voz llegó incompleta, desgarrada, a su destino,
como una carta que se fue quedando bajo la lluvia,
resquebrajada en sus dobleces al secarse, estrujada
contra el pecho del abandono, deslavada, ya imprecisa;
que mi voz se fue mellando como el filo de un hacha
o un cuchillo de carnicero repetidas veces tropezado
con la piedra vertebral de su cadáver, con el cráneo
empequeñecido en el aceite, y así, romo, estropeado
en la acerada mordedura, fui sacando la lengua
para nombrar el fuego, para ahuyentar al fantasma
en el reflejo; que se me dislocó la lengua en el aullido,
cuando llamé a su sombra y no encontré a mi padre,
y ahora que le busco, no hay piedra, ni rincón, ni templo
que lo asile, pues se ha desvanecido su fantasma,
y estoy aquí, de pie aunque esguinzado en la lira vocal,
que apenas balbuceo se resquebraja este papel humedecido
bajo la lluvia, esta carta donde nadie me nombra su heredero,
y se corre la tinta, y se desgaja en sus dobleces,
y se mella el filo de la palabra que guardo como una fruta
largo tiempo madurada en el maxilar, que ya supura,
y no hay aullido, ni crepitar de los molares, ni suplicio,
ni ofrenda para el hambre del fantasma
Y debo decir que no sé cómo se masca la ternura,
que me hizo falta, entre la polvadera de estar vivo,
apretarle la tuerca a la amargura,
que olvidé aprender los modos
de espolearle las costillas a la tristeza,
y en este relinchar de potros salvajes
del pecho y su huésped el corazón
de pie ante su querencia, me da por trastabillar,
y en el tartamudo soliloquio,
arranco una flor, escribo una carta,
pergeño oraciones que, tímidas, indecisas,
anuncian el arco grotesco por inusual
de una sonrisa, de estar perdido, pendiente de tu voz
que me hizo falta, entre la polvadera de estar vivo,
apretarle la tuerca a la amargura,
que olvidé aprender los modos
de espolearle las costillas a la tristeza,
y en este relinchar de potros salvajes
del pecho y su huésped el corazón
de pie ante su querencia, me da por trastabillar,
y en el tartamudo soliloquio,
arranco una flor, escribo una carta,
pergeño oraciones que, tímidas, indecisas,
anuncian el arco grotesco por inusual
de una sonrisa, de estar perdido, pendiente de tu voz
17 feb 2020
por naufragar gustoso en la saliva
de tu boca, por conocer la llama
de tu vientre, por recorrer tu cama
noche a noche: madera recia y viva,
de tu boca, por conocer la llama
de tu vientre, por recorrer tu cama
noche a noche: madera recia y viva,
en cada ocaso y cada aurora altiva;
por pretender tu nombre en brama,
por aprehender tu voz de tierra llana,
por deshojar la flor de mi cautiva
sangre y su paciencia, por salmodiar
en el desierto, en soledad, el beso
tuyo, por el lago azul de tu mirar,
por la fiebre compartida, el embeleso
al sostener tu mano, el respirar,
por fin al lado tuyo, porque te pienso
por pretender tu nombre en brama,
por aprehender tu voz de tierra llana,
por deshojar la flor de mi cautiva
sangre y su paciencia, por salmodiar
en el desierto, en soledad, el beso
tuyo, por el lago azul de tu mirar,
por la fiebre compartida, el embeleso
al sostener tu mano, el respirar,
por fin al lado tuyo, porque te pienso
me pongo en pie, tropiezo en el caos
de los seis metros cuadrados
que encierran mi jaula o habitación,
tanteo en la oscuridad: alguien se llevó
la luz una mañana, no supe cuándo
porque había sol, y ahora un abrazo
de niebla y de llovizna lo envuelve todo;
soy incapaz de ordenar mi celda:
apenas ordeno los libros, me agobian
las botellas, la ropa sucia, los papelillos
donde anoto sin cansancio un nombre
de mujer, algunos versos, el ácido reclamo
a lo que me dio el hálito de ineluctable vida;
encerrado como fiera mansa me revuelvo,
rasco mis heridas, dejo crecer el moho
en la costura de mis zapatos, en la navaja,
toco pero con inconfesable temor el polvo
que cayó de mi cuerpo por la noche,
con el espanto de quien toca por primera vez
a un muerto, fascinado y al borde de la lágrima;
acaso esta inmovilidad del paisaje, de las horas,
sea un sueño parecido a estar montado
en la cama de la muerte, tal vez me duela
por el ansia irrefrenable de estar tendido
en ese lecho, o porque me excita su mordisco
de tierna amante sobre mi hombro;
y acaso esta inmovilidad de los colores, este
perpetuo gris que todo lo maquilla,
que todo lo congela, para el que no hay puerta,
me esté sirviendo para dormir en tierra,
amar la brasa, el músculo entumido que entre
el lodo palpita, se revuelve, ansioso, resignado casi,
suelto, como si estuviera ebrio, pero resignado
a la supervivencia, a que amanezca
y vuelva el sol, la jauría de uno mismo,
la insalvable hidrofobia, el barro que se quiebra
a sí mismo, enfurecido, rabioso
de los seis metros cuadrados
que encierran mi jaula o habitación,
tanteo en la oscuridad: alguien se llevó
la luz una mañana, no supe cuándo
porque había sol, y ahora un abrazo
de niebla y de llovizna lo envuelve todo;
soy incapaz de ordenar mi celda:
apenas ordeno los libros, me agobian
las botellas, la ropa sucia, los papelillos
donde anoto sin cansancio un nombre
de mujer, algunos versos, el ácido reclamo
a lo que me dio el hálito de ineluctable vida;
encerrado como fiera mansa me revuelvo,
rasco mis heridas, dejo crecer el moho
en la costura de mis zapatos, en la navaja,
toco pero con inconfesable temor el polvo
que cayó de mi cuerpo por la noche,
con el espanto de quien toca por primera vez
a un muerto, fascinado y al borde de la lágrima;
acaso esta inmovilidad del paisaje, de las horas,
sea un sueño parecido a estar montado
en la cama de la muerte, tal vez me duela
por el ansia irrefrenable de estar tendido
en ese lecho, o porque me excita su mordisco
de tierna amante sobre mi hombro;
y acaso esta inmovilidad de los colores, este
perpetuo gris que todo lo maquilla,
que todo lo congela, para el que no hay puerta,
me esté sirviendo para dormir en tierra,
amar la brasa, el músculo entumido que entre
el lodo palpita, se revuelve, ansioso, resignado casi,
suelto, como si estuviera ebrio, pero resignado
a la supervivencia, a que amanezca
y vuelva el sol, la jauría de uno mismo,
la insalvable hidrofobia, el barro que se quiebra
a sí mismo, enfurecido, rabioso
después de todo, uno se acerca a la jaula,
gruñe, rasca el suelo, desenfunda la garra,
se golpea el pecho, rompe la fina tela
del delirio; después de todo, no se es menos animal
por deglutir palabras, por mascador de extraños
adjetivos y concluyentes oraciones, no se es por docto
menos bruto si dentro la sangre rebulle,
se hace rosca, eriza la espalda, ladra y muestra,
sin compromiso, güero, el colmillar, la salivante
fauce, la rencorosa entraña regurgitante,
el entrecomillar de la cortés genuflexión;
después de todo, se es granada de fragmentación,
retorcido fruto en el jardín del dios de las cantinas,
hilo descarriado en el perfecto telamental
de lo correcto, y poco queda en mano que de fé,
constancia de haber tenido el pecho sano, limpio,
de no haber tomado cicatriz o mujer o vino;
después de todo, se es incapaz de sostener la calma
-pese al estoicismo, al temple ferramentado,
a la férrea voluntad del temblor en cada pierna-,
uno se sabe, cada uno comprende que no hay día
que vuelva, que no hay modo de que ocurra
otra vez ese milagro sencillamente despreciado
de mirar el vacío para apreciar la caricia del vendaval
en los entresijos macilentos de la camisa,
la incolora sensación de estar a salvo, inocente,
con apenas cuarteaduras en el estrépito de carcajearse
a lomos de la noche, a fin de cuentas, después de todo
gruñe, rasca el suelo, desenfunda la garra,
se golpea el pecho, rompe la fina tela
del delirio; después de todo, no se es menos animal
por deglutir palabras, por mascador de extraños
adjetivos y concluyentes oraciones, no se es por docto
menos bruto si dentro la sangre rebulle,
se hace rosca, eriza la espalda, ladra y muestra,
sin compromiso, güero, el colmillar, la salivante
fauce, la rencorosa entraña regurgitante,
el entrecomillar de la cortés genuflexión;
después de todo, se es granada de fragmentación,
retorcido fruto en el jardín del dios de las cantinas,
hilo descarriado en el perfecto telamental
de lo correcto, y poco queda en mano que de fé,
constancia de haber tenido el pecho sano, limpio,
de no haber tomado cicatriz o mujer o vino;
después de todo, se es incapaz de sostener la calma
-pese al estoicismo, al temple ferramentado,
a la férrea voluntad del temblor en cada pierna-,
uno se sabe, cada uno comprende que no hay día
que vuelva, que no hay modo de que ocurra
otra vez ese milagro sencillamente despreciado
de mirar el vacío para apreciar la caricia del vendaval
en los entresijos macilentos de la camisa,
la incolora sensación de estar a salvo, inocente,
con apenas cuarteaduras en el estrépito de carcajearse
a lomos de la noche, a fin de cuentas, después de todo
para encender un fósforo que haga arder el día,
para que la lluvia ilumine el horizonte,
para que la música sostenga el esqueleto y la carne,
para que lo terriblemente torpe en mi se enderece,
para sincerar a los ladrones,
para besar el cadalso, la hoja de la guillotina,
para arrojarse a la boca del lobo, jubiloso,
para acariciar la llaga, para resplandecer
basta el arroyo de su voz,
el iridiscente relámpago de su mirar,
su mano tierra firme para mi mano madero extraviado
para que la lluvia ilumine el horizonte,
para que la música sostenga el esqueleto y la carne,
para que lo terriblemente torpe en mi se enderece,
para sincerar a los ladrones,
para besar el cadalso, la hoja de la guillotina,
para arrojarse a la boca del lobo, jubiloso,
para acariciar la llaga, para resplandecer
basta el arroyo de su voz,
el iridiscente relámpago de su mirar,
su mano tierra firme para mi mano madero extraviado
Cómo negar que he amado la noche,
cada oscura reverberación suya
cada insospechada esquina atestada de torvos asesinos,
cómo negar sin dilaciones
la abrupta llaga en el erial del cuerpo
si a cada paso, a cada renquear de su esqueleto
es patente y visible que supura,
que cada gozne óseo ya chirría
al más leve movimiento, que la casa
ha gemido hace siglos sin que nadie,
ni el más nervioso de sus habitantes
parezca darse cuenta, que se hunde
con la pudrición de sus maderos,
absorta en su juego de espejos;
que esta casa que es mi enredijo
de caudalosa vena y brutal arteria
gime hace rato ya como si de un herido
animal se tratara, cual atropellado
ladrido sobre la acera, ¿no los ha visto aún?
cada oscura reverberación suya
cada insospechada esquina atestada de torvos asesinos,
cómo negar sin dilaciones
la abrupta llaga en el erial del cuerpo
si a cada paso, a cada renquear de su esqueleto
es patente y visible que supura,
que cada gozne óseo ya chirría
al más leve movimiento, que la casa
ha gemido hace siglos sin que nadie,
ni el más nervioso de sus habitantes
parezca darse cuenta, que se hunde
con la pudrición de sus maderos,
absorta en su juego de espejos;
que esta casa que es mi enredijo
de caudalosa vena y brutal arteria
gime hace rato ya como si de un herido
animal se tratara, cual atropellado
ladrido sobre la acera, ¿no los ha visto aún?
Voy a abandonarlo todo, cada cosa
que me trastornó la sangre, el parpadeo
de aquellos ojos y el ansia de besarlos
en el más profundo de sus sueños;
que se quede sin terminar la cimentación
de mi sosiego, la muda iglesia donde
venero el terror de permanecer vivo
y discordante, incapaz de hender mi huella
en el lodo de la historia, (esta vergüenza
de sentirme avergonzado me apabulla,
debo decir, sin ambages, que me arde
respirar si no agonizo, si la muerte no tiende
su mano contra mi cráneo para aplastarlo),
mi única certeza es la incertidumbre,
poner pie a tierra y seguir andando,
saberme roto en el costillar del ánimo,
y por eso sé que he de tener las cosas
inconclusas, que he de dejar a media
consumición el plato de hambre,
esta necear la búsqueda de un algo
que no se sabe nombrar aún desde el aullido.
Pero me pregunto si no es así con todos,
si hay novedad en lo que digo, si no soy más
que un hombre preguntando por la calle
que todos han preguntado sin saber que están,
necios, pisando su lengua adoquinada.
Todo me ha de abandonar en el olvido,
todos han de olvidar mi nombre, mi oscura
palabra, este rumiar brutal de duermevela,
el hipar alcohólico, todo se ha de desvanecer,
por inconcluso, por agrietado, por inútil
que me trastornó la sangre, el parpadeo
de aquellos ojos y el ansia de besarlos
en el más profundo de sus sueños;
que se quede sin terminar la cimentación
de mi sosiego, la muda iglesia donde
venero el terror de permanecer vivo
y discordante, incapaz de hender mi huella
en el lodo de la historia, (esta vergüenza
de sentirme avergonzado me apabulla,
debo decir, sin ambages, que me arde
respirar si no agonizo, si la muerte no tiende
su mano contra mi cráneo para aplastarlo),
mi única certeza es la incertidumbre,
poner pie a tierra y seguir andando,
saberme roto en el costillar del ánimo,
y por eso sé que he de tener las cosas
inconclusas, que he de dejar a media
consumición el plato de hambre,
esta necear la búsqueda de un algo
que no se sabe nombrar aún desde el aullido.
Pero me pregunto si no es así con todos,
si hay novedad en lo que digo, si no soy más
que un hombre preguntando por la calle
que todos han preguntado sin saber que están,
necios, pisando su lengua adoquinada.
Todo me ha de abandonar en el olvido,
todos han de olvidar mi nombre, mi oscura
palabra, este rumiar brutal de duermevela,
el hipar alcohólico, todo se ha de desvanecer,
por inconcluso, por agrietado, por inútil
No me pregunten si he llorado: si la herida
en mi costado es rojo manantial, no me pregunten la causa
Hace tiempo ya que estoy dolido, tembloroso,
revuelto en lodo, absurdo en mi quejumbre;
ya hace tiempo que me duele un amor ido, de esos que se quiere
hasta el delirio, que todo cuanto tocan florece.
Por eso el gemido de cachorro hambriento,
porque me duele la oscuridad de su beso, hoy ajeno.
No me pregunten a donde ha ido la jovial sonrisa
de otros días, que no lo sé, no me pregunten
en qué batalla perdí mi gladio, la flor de mi entereza.
Yo sólo sé que ahora estoy solo, que alargo el brazo, y no la hallo
en mi costado es rojo manantial, no me pregunten la causa
Hace tiempo ya que estoy dolido, tembloroso,
revuelto en lodo, absurdo en mi quejumbre;
ya hace tiempo que me duele un amor ido, de esos que se quiere
hasta el delirio, que todo cuanto tocan florece.
Por eso el gemido de cachorro hambriento,
porque me duele la oscuridad de su beso, hoy ajeno.
No me pregunten a donde ha ido la jovial sonrisa
de otros días, que no lo sé, no me pregunten
en qué batalla perdí mi gladio, la flor de mi entereza.
Yo sólo sé que ahora estoy solo, que alargo el brazo, y no la hallo
Él piensa en el poema definitivo. Largas noches e incontables días le ha
robado al sosiego para encontrarlo. A ratos parece hallarlo, pero una
palabra falta, un concepto que sabe es incapaz de plasmar en el papel.
Cansado, exhausto, apenas con un mínimo, agónico entusiasmo, realiza el
descubrimiento.
El poema se titula, o comienza, qué más da: 'el terror comienza cuando, torpe, sueltas su mano y ella cae a la fauce de los lobos'. Uno se pregunta cuál es la siguiente línea, pues ya la curiosidad ha abierto su fauce sobre el ánimo, pero no encuentra nada. No hay más, ni un verso, una coma, que dé fé de la continuidad del poema. Cuando le han preguntado, responde, eso es todo, ¿acaso no basta para intuir el dulce ensueño previo al verso, y el pánico indescriptible que lo secunda?
Nadie responde, teme parecer estúpido ante una aseveración de tal calado, la más dura de las cabezas trata de imaginar la dulzura predecesora, el terror póstumo, que se es el que suelta, y sufre la caída, que ve horrorizado cómo se tiñe de carmín la fauce de los incontables lobos.
El poema se titula, o comienza, qué más da: 'el terror comienza cuando, torpe, sueltas su mano y ella cae a la fauce de los lobos'. Uno se pregunta cuál es la siguiente línea, pues ya la curiosidad ha abierto su fauce sobre el ánimo, pero no encuentra nada. No hay más, ni un verso, una coma, que dé fé de la continuidad del poema. Cuando le han preguntado, responde, eso es todo, ¿acaso no basta para intuir el dulce ensueño previo al verso, y el pánico indescriptible que lo secunda?
Nadie responde, teme parecer estúpido ante una aseveración de tal calado, la más dura de las cabezas trata de imaginar la dulzura predecesora, el terror póstumo, que se es el que suelta, y sufre la caída, que ve horrorizado cómo se tiñe de carmín la fauce de los incontables lobos.
Ceniza en la frente y una caguama en las manos
Nos reímos. Tímidamente, temblorosos, nos reímos. La risa de quien trasgrede por vez primera el tabú. La primera desobediencia al padre. La primera vez que manoseas a tu novia en un rincón de la iglesia después de haber sido un comprometido monaguillo. Muertos de miedo, reímos. Excitados.
Ya ni me acuerdo cómo se llamaba el pinche congal. Sólo que estaba en la segunda planta, que casi todos éramos menores, y que era miércoles de ceniza. Era pensar en ello, que estábamos quebrantando el día de ayuno, y sentirse cabrones. Los más chingones del barrio. Porque ni los más chingones rompían ciertas reglas, y ahí estábamos nosotros, con nuestra desordenada adolescencia, un montón de morritos desmadrosos dispuestos a romperle la madre a un juramento que se antojaba milenario. Y lo íbamos a romper, lo estábamos rompiendo.
Cubetazos de cerveza y felicidad de mirar a las muchachas en poca ropa. Hasta que llegó la tira.
Todos a correr, ¿pero a dónde, carnalito? El gavilán no supo ni cómo se terminó la cerveza que le pareción tan amarga, y el tripas tratando de lanzarse a la calle por la ventana.
A todos los treparon a la patrulla. Órale pinches morros calenturientos, orita se van a enfriar! gritó don Policía más muerto de la risa que encabronado. Seguro le iba a contar a su mujer cuando llegar a casa. O a su querida, pinches polis.
A mi ni me pelaron. Ni al chino. Pinta de rucos, nomás nos cachearon.
y ustedes qué, culeros? Nel, nada, esto se puso aburrido. Cómo los soltaron? Bien curado, wey, ni te imaginas. Nel somos bien pencos pa imaginar como se bajaron por los chescos con el poli. Tu hermana nos vino a rescatar, cual robinjud sin calzones, de los pretorianos mordelones. Gesto hosco, con mi sister no te metas si no quieres estrenar dientes ese. Oh pues, te llevas y ya estás chillando, pues tu compa que sacó su credencial de la universidad, y les echo un rollote; a último nos pidieron cien varos y nos dejaron a media avenida. ¿Qué, las otras pa amanecerla? No mames, nos van a mirar gacho. Pos ya dios que nos perdone. De qué se ríen cabrones? No ves wey? no nos llevó la poli porque traemos nuestra cenicita, nos salvó chuchito. Carcajadota grupal. 'ches vatos, por culpa de ustedes me voy a ir al infierno. Ya vamos por esas guamas, no? A ver si todavia nos abre la doña.
No voy a hablar de la poesía, mis estimados,
ni de la herida que sostiene al hombre en pie,
no hay modo, perder así el tiempo,
dibujando con torpeza los aristas del miedo propio,
y decir esto es la guerra, esto la belleza,
aquello, oh dios, es el terror, lo erróneo
que sobrevuela el mundo, la lengua amarga
que envenenó la vid y el agua.
Hoy he mordido el tallo moribundo de una flor terrible,
y he envenenado mi garganta, y veo
cómo caen mis dientes sin estruendo,
y la garganta se me cierra como la puerta
que daba a la tibia casa del amor en la adolescencia,
y ya no sé si es mi pupila la que se dilata
o estoy imaginando todo. Me ha mordido una serpiente
esta mañana, y yo no sé si hablar de la cordura
o gemir en el espasmo de la fiebre.
En verdad, es irrisorio, mirar los labios de la muerte,
entornándose, sugerentes, y atinar sólo,
tristemente, a acariciar el mastín del arrepentimiento,
sollozar otra vez como un crío que recién fue azotado,
como un lobo que aúlla al comprender la muerte de su manada,
su propia, inexorable soledad en la estepa,
y dejar caer los brazos, derrotados, plenos de rencor,
de miedo, volver a sollozar, no, no he venido a hablar
de la belleza, ¿cómo podría, con estas manos llenas de torpeza,
con este cuero desbaratándose bajo la lluvia,
con esta tristeza insoportable, con este bufido
en el corazón?
ni de la herida que sostiene al hombre en pie,
no hay modo, perder así el tiempo,
dibujando con torpeza los aristas del miedo propio,
y decir esto es la guerra, esto la belleza,
aquello, oh dios, es el terror, lo erróneo
que sobrevuela el mundo, la lengua amarga
que envenenó la vid y el agua.
Hoy he mordido el tallo moribundo de una flor terrible,
y he envenenado mi garganta, y veo
cómo caen mis dientes sin estruendo,
y la garganta se me cierra como la puerta
que daba a la tibia casa del amor en la adolescencia,
y ya no sé si es mi pupila la que se dilata
o estoy imaginando todo. Me ha mordido una serpiente
esta mañana, y yo no sé si hablar de la cordura
o gemir en el espasmo de la fiebre.
En verdad, es irrisorio, mirar los labios de la muerte,
entornándose, sugerentes, y atinar sólo,
tristemente, a acariciar el mastín del arrepentimiento,
sollozar otra vez como un crío que recién fue azotado,
como un lobo que aúlla al comprender la muerte de su manada,
su propia, inexorable soledad en la estepa,
y dejar caer los brazos, derrotados, plenos de rencor,
de miedo, volver a sollozar, no, no he venido a hablar
de la belleza, ¿cómo podría, con estas manos llenas de torpeza,
con este cuero desbaratándose bajo la lluvia,
con esta tristeza insoportable, con este bufido
en el corazón?
El borracho, desolado, abandona a pie su templo
debo decir que anoche
alguien aplastó el silencio,
como una bota llena de lodo,
que camino hecho un ovillo,
a punto del incendio
o de la inundación
debo decir, entonces, que algo
se me rompió entre las costillas,
algo como un hueso,
aunque acaso más etéreo,
un pedazo de ánimo salió astillado
cuando sin querer
mencioné el nombre de mi padre
y un cuervo vino a graznar
sobre mi techo
ayer bebí de más,
extraños licores en una casa extraña,
alguien habló del fin del mundo
y yo pensé en un acantilado
desde el que fuera imposible
sospechar el horizonte;
entonces sirvieron las siguientes,
debo decir que estaba ebrio,
lo suficientemente ebrio
para recordar que venía herido,
que el lobo de mi tristeza
iba a soltar la dentellada
anoche bebí de más,
pero sé perfectamente cómo llegué a casa,
una mujer me esperaba en la cama
para mesar mis cabellos desordenados
-los caballos de mi sangre relinchaban-
es hermosa y terrible,
me dije a mí mismo,
la amé como si ella pudiera amarme
en consecuencia,
ustedes lo saben bien,
ustedes saben
cuán terribles
cuan oscuros
cuan bellos
llegan a ser los espejismos
debo decir
que alguien, algo
le arrancó los ojos al silencio,
que estoy a solas,
mirando el crujir del mediodía
alguien aplastó el silencio,
como una bota llena de lodo,
que camino hecho un ovillo,
a punto del incendio
o de la inundación
debo decir, entonces, que algo
se me rompió entre las costillas,
algo como un hueso,
aunque acaso más etéreo,
un pedazo de ánimo salió astillado
cuando sin querer
mencioné el nombre de mi padre
y un cuervo vino a graznar
sobre mi techo
ayer bebí de más,
extraños licores en una casa extraña,
alguien habló del fin del mundo
y yo pensé en un acantilado
desde el que fuera imposible
sospechar el horizonte;
entonces sirvieron las siguientes,
debo decir que estaba ebrio,
lo suficientemente ebrio
para recordar que venía herido,
que el lobo de mi tristeza
iba a soltar la dentellada
anoche bebí de más,
pero sé perfectamente cómo llegué a casa,
una mujer me esperaba en la cama
para mesar mis cabellos desordenados
-los caballos de mi sangre relinchaban-
es hermosa y terrible,
me dije a mí mismo,
la amé como si ella pudiera amarme
en consecuencia,
ustedes lo saben bien,
ustedes saben
cuán terribles
cuan oscuros
cuan bellos
llegan a ser los espejismos
debo decir
que alguien, algo
le arrancó los ojos al silencio,
que estoy a solas,
mirando el crujir del mediodía
Se puede sollozar, decir, la voz en un hilo,
que por desgracia, dolorosamente,
el sueño ha terminado, que no hay,
en esta o en otra tierra, hombre o mujer capaces
de sostener en su mano el fuego,
vendrá ahora la noche a enfriarlo todo con su lengua,
y poca cosa habrá para salvarse, que se ha roto
un hueso la esperanza, que no hay refugio para ocultarse,
que ahora llueve y el fuego se reduce,
brasa, aditivo para el lodo del amanecer
que por desgracia, dolorosamente,
el sueño ha terminado, que no hay,
en esta o en otra tierra, hombre o mujer capaces
de sostener en su mano el fuego,
vendrá ahora la noche a enfriarlo todo con su lengua,
y poca cosa habrá para salvarse, que se ha roto
un hueso la esperanza, que no hay refugio para ocultarse,
que ahora llueve y el fuego se reduce,
brasa, aditivo para el lodo del amanecer
Hoy no he escrito nada, es como si tuviera
atadas las manos, incapaces de tender la trampa
de una palabra o un balbuceo para invocar
el nombre de la mujer que no sé si amo
pero que en el arco de la sonrisa tiene la flecha
que es capaz de atravesar, sin apagarlo, el fuego
de mi carne; y por eso me revuelvo, incapaz
de vuelo, en viva carne, abierto como la canal
de un animal doméstico, muy cerca de la brasa.
Uno ignora, bestia feral, los protocolos del amor,
esa fórmula para enmielar el beso amargo de la vida,
para amortiguar el duro golpe de descubrir
la innoble vocación de mecánico artefacto,
de preciso mecanismo, artificio de repeticiones,
y desconfía, y mueve el rabo, y aúlla, discreto,
hacia la luna, que no ve, pero que intuye con toda
su hechicería, pero roca al fin, que cae aunque
no lo parezca porque caemos también nosotros,
y, decía, que de pronto algo se remueve en la entraña,
un extraño espasmo levanta pese al óxido la articulación,
y uno ya no se pertenece, barre la casa, sacude el polvo,
se inventa las excusas para salir a la calle, gritar
que no se ha escrito nada, que pareciera que las manos
están atadas, pero se invoca un nombre de mujer,
y hay una hoguera en la noche de la sombra propia
atadas las manos, incapaces de tender la trampa
de una palabra o un balbuceo para invocar
el nombre de la mujer que no sé si amo
pero que en el arco de la sonrisa tiene la flecha
que es capaz de atravesar, sin apagarlo, el fuego
de mi carne; y por eso me revuelvo, incapaz
de vuelo, en viva carne, abierto como la canal
de un animal doméstico, muy cerca de la brasa.
Uno ignora, bestia feral, los protocolos del amor,
esa fórmula para enmielar el beso amargo de la vida,
para amortiguar el duro golpe de descubrir
la innoble vocación de mecánico artefacto,
de preciso mecanismo, artificio de repeticiones,
y desconfía, y mueve el rabo, y aúlla, discreto,
hacia la luna, que no ve, pero que intuye con toda
su hechicería, pero roca al fin, que cae aunque
no lo parezca porque caemos también nosotros,
y, decía, que de pronto algo se remueve en la entraña,
un extraño espasmo levanta pese al óxido la articulación,
y uno ya no se pertenece, barre la casa, sacude el polvo,
se inventa las excusas para salir a la calle, gritar
que no se ha escrito nada, que pareciera que las manos
están atadas, pero se invoca un nombre de mujer,
y hay una hoguera en la noche de la sombra propia
Acepto que envejezco, que muero,
paso a paso, de a poco, en verdad,
inexorable, definitivamente;
pero eso importa poco, apenas
lo necesario para estar al tanto
de lo que susurra en mi oído,
sigiloso, el miedo, que dice,
como quien no quiere la cosa,
como un amigo preocupado,
que las cosas perdidas en el fuego
no han de regresar, que la garra
debe sostener sin soltarlo lo querido,
que no hay otro modo de salvarse,
entonces, suelto las cosas, las personas,
muerdo hasta sangrar mi presa, abro,
furioso, mi ala rota, y emprendo el vuelo,
o la caída, me marcho, rompo cada espejo
que pueda contenerme o recordar mis pasos.
Confieso que me consumo, que me ruge
la impaciencia en el pecho, y así, feral
y hambrienta, desaliñada, la acaricio,
la procuro aunque me muerda,
aunque su garra me dibuje, hábil,
nuevas arrugas o cicatrices, da lo mismo,
en el lienzo de la espalda;
y es hora entonces de edificar la casa,
dejarla al cuidado de los vendavales,
me digo, de enterrar a los muertos,
cargar con el desamparo, de nueva cuenta,
saltar al despeñadero, aunque él, el miedo,
aterrorizado, me llame por mi nombre,
me ofrezca la virtud, ese fruto amargo,
y grite, y prometa el cielo, la cordura,
esas cosas terribles que no entiendo,
que suenan a herida en el costado,
a lanza de Longinos, a espinosa corona,
a luminosa ruina para el hombre
paso a paso, de a poco, en verdad,
inexorable, definitivamente;
pero eso importa poco, apenas
lo necesario para estar al tanto
de lo que susurra en mi oído,
sigiloso, el miedo, que dice,
como quien no quiere la cosa,
como un amigo preocupado,
que las cosas perdidas en el fuego
no han de regresar, que la garra
debe sostener sin soltarlo lo querido,
que no hay otro modo de salvarse,
entonces, suelto las cosas, las personas,
muerdo hasta sangrar mi presa, abro,
furioso, mi ala rota, y emprendo el vuelo,
o la caída, me marcho, rompo cada espejo
que pueda contenerme o recordar mis pasos.
Confieso que me consumo, que me ruge
la impaciencia en el pecho, y así, feral
y hambrienta, desaliñada, la acaricio,
la procuro aunque me muerda,
aunque su garra me dibuje, hábil,
nuevas arrugas o cicatrices, da lo mismo,
en el lienzo de la espalda;
y es hora entonces de edificar la casa,
dejarla al cuidado de los vendavales,
me digo, de enterrar a los muertos,
cargar con el desamparo, de nueva cuenta,
saltar al despeñadero, aunque él, el miedo,
aterrorizado, me llame por mi nombre,
me ofrezca la virtud, ese fruto amargo,
y grite, y prometa el cielo, la cordura,
esas cosas terribles que no entiendo,
que suenan a herida en el costado,
a lanza de Longinos, a espinosa corona,
a luminosa ruina para el hombre
y pese a la indiferencia, al simulado descreimiento,
ciertas cosas siguen, ciertamente, quebrándome
en diez o en cien mil piezas el espíritu,
que tocan, dedo helado, mi corazón, su frágil
mecanismo de relojería, su absurda, intrincada
red de irrigación, y no hay, acaso, palabra
que alcance a entibiar el pecho, poco queda,
es cierto, en el cuenco de la mano
¿què ofrecer a cambio de lo que devoró el incendio?
¿qué hacer ante el desgarro de otra carne,
la consumición de otra sangre, en otra tierra,
que sin embargo, nos cimbra hasta la última
de las certezas? No hay poesía que valga,
no hay belleza que salve, que tienda su mano
como la mano de un dios misericordioso
o miserable, impotente hacia su obra,
pero sabemos, oscuramente sabemos
que no hay dios que valga, ni oración,
salvo la rabia, este retorcerse la indignación,
seguir tirando esta madeja imposible,
llegar a la cima, con esta roca impasible,
ver, colérico, que se despeña, y volver,
esperanzado, a empujar su indolencia, ojalá
ciertas cosas siguen, ciertamente, quebrándome
en diez o en cien mil piezas el espíritu,
que tocan, dedo helado, mi corazón, su frágil
mecanismo de relojería, su absurda, intrincada
red de irrigación, y no hay, acaso, palabra
que alcance a entibiar el pecho, poco queda,
es cierto, en el cuenco de la mano
¿què ofrecer a cambio de lo que devoró el incendio?
¿qué hacer ante el desgarro de otra carne,
la consumición de otra sangre, en otra tierra,
que sin embargo, nos cimbra hasta la última
de las certezas? No hay poesía que valga,
no hay belleza que salve, que tienda su mano
como la mano de un dios misericordioso
o miserable, impotente hacia su obra,
pero sabemos, oscuramente sabemos
que no hay dios que valga, ni oración,
salvo la rabia, este retorcerse la indignación,
seguir tirando esta madeja imposible,
llegar a la cima, con esta roca impasible,
ver, colérico, que se despeña, y volver,
esperanzado, a empujar su indolencia, ojalá
Lo bello, lo luminoso, lo que eleva el espíritu,
lo que nombra el mundo, lo pacífico,
es cosa que ya no busco, que se me oculta,
que, como un canto de amor, reverbera,
absurdo en el eco de la eternidad,
es tierra a la que no acerco la fauce.
Lo mío es lo oscuro, la decadente hora
del ladrón o el asesino, la piedad del villano
o el mutilado
-porque la belleza no es sino el comienzo de lo terrible- RMR
lo que nombra el mundo, lo pacífico,
es cosa que ya no busco, que se me oculta,
que, como un canto de amor, reverbera,
absurdo en el eco de la eternidad,
es tierra a la que no acerco la fauce.
Lo mío es lo oscuro, la decadente hora
del ladrón o el asesino, la piedad del villano
o el mutilado
-porque la belleza no es sino el comienzo de lo terrible- RMR
Las nubes de la ciudad que deshabitamos
Dejamos que la casa se fuera quedando sola, deshabitada.
Algunas tardes, volvíamos a habitar sus rincones, pero ya no para saciar
el desenfrenado deseo a dos cuerpos, entrelazados, sudorosos. Dudábamos
entre volver definitivamente a habitar ese cuartucho al borde del
abismo, o saquearlo de una vez por todas, así nos llevara una eternidad.
Un puente nos separaba del mundo, el mismo que nos separaba al
principio de nosotros mismos, el mismo puente donde abordé el colectivo
que tú no quisiste abordar. Incluso en esos días, conseguía hacerte
sonreír, provocar la hendidura en tus mejillas, ver tus holluelos y
pensar en ellos como un sitio donde guarecerse de las tormentas. Cada
cosa se fue desplazando del sitio que le habíamos asignado, el sillón
que alguien nos obsequió, la trenza de mi pelo después de cortado, mi
tristeza en un frasco, tu inseguridad en una caja de zapatos, tu ropa
interior, mis libros, las cobijas de las que huía cada noche porque me
bastaba con el calor tuyo.
Aquí puedo decir que te esperaba en cada sitio donde comenzaba a escribir: a un costado del teatro, en los cines a los que nunca entramos, antes de comenzar las clases, mirando el incesante chapoteo de las fuentes, en el puente, como quien espera un barco desde el muelle solitario. Lo debes recordar, esa primera vez, no había parado de lloviznar en días, apenas y recordábamos el sitio donde se adormecían los volcanes; entonces cruzaste el puente, quiero decir que apareciste en la parte más alta, sontiente y luminosa, con el gesto de silencio entre los labios, y al llegar frente a mí, me abrazaste después de besarme; la lluvia se detuvo, o dejamos de sentirla, que es lo mismo.
Entonces se acabaron, o casi, mis andanzas nocturnas por los sembradíos de la universidad, por la autopista que llevaba a cruceros donde trasvestis esperaban el amor a la entrada de moteles siempre sórdidos. Debo decir que bastaba compartir contigo el queso de la noche para satisfacer mi anhelo de aventura y descubrimiento del mundo.
Si algo compartimos, si algo pudimos llamar nuestro, enmarcarlo en el perímetro de un 'nosotros', fue esa habitación donde todo comenzó a romperse, a deshojarse despiadadamente, como mis libros, como los restos de mi tranquilidad. En repetidas ocasiones, tu vestido rojo me persigue durante la vigilia: un parpadeo, un cabeceo leve, bastan para llevarme de nueva cuenta a los pasillos humedecidos por la lluvia, todos los sitios donde supimos arder sin incendiar el universo, aunque tal vez eso hubiese sido lo más imperante. Burda, mi memoria evoca las estrechas paredes de ese tercer piso, el horizonte que se asomaba por la pequeña ventana del baño, las azoteas con sus tinacos sedientos, el enrojecido cielo de noviembre, los post-its rebosantes de cursilería y deseo, otra vez, siempre, el deseo. Última imagen del sosiego: estamos tirados sobre el pasto, mi vieja chamarra de mezclilla, deslavada, hace de tapete para tu espalda, ya me has arrebatado los lentes oscuros, ya ensortijas mi pelo; estamos al pie de una torre de agua, las nubes de la ciudad se han alejado para que podamos apreciar el azul incomparable de los últimos días del otoño, pero yo sólo consigo hundir el filo de mi mirada en tus ojos, en los pequeños lunares de tu cuello, tu camiseta roja, tus bluejeans, la sonrisa que se dibuja antes de tu afirmación. Nubes que alivian, momentáneamente el calor del mediodía, nubes que anuncian lluvia, nubes de tormenta, de desa
Aquí puedo decir que te esperaba en cada sitio donde comenzaba a escribir: a un costado del teatro, en los cines a los que nunca entramos, antes de comenzar las clases, mirando el incesante chapoteo de las fuentes, en el puente, como quien espera un barco desde el muelle solitario. Lo debes recordar, esa primera vez, no había parado de lloviznar en días, apenas y recordábamos el sitio donde se adormecían los volcanes; entonces cruzaste el puente, quiero decir que apareciste en la parte más alta, sontiente y luminosa, con el gesto de silencio entre los labios, y al llegar frente a mí, me abrazaste después de besarme; la lluvia se detuvo, o dejamos de sentirla, que es lo mismo.
Entonces se acabaron, o casi, mis andanzas nocturnas por los sembradíos de la universidad, por la autopista que llevaba a cruceros donde trasvestis esperaban el amor a la entrada de moteles siempre sórdidos. Debo decir que bastaba compartir contigo el queso de la noche para satisfacer mi anhelo de aventura y descubrimiento del mundo.
Si algo compartimos, si algo pudimos llamar nuestro, enmarcarlo en el perímetro de un 'nosotros', fue esa habitación donde todo comenzó a romperse, a deshojarse despiadadamente, como mis libros, como los restos de mi tranquilidad. En repetidas ocasiones, tu vestido rojo me persigue durante la vigilia: un parpadeo, un cabeceo leve, bastan para llevarme de nueva cuenta a los pasillos humedecidos por la lluvia, todos los sitios donde supimos arder sin incendiar el universo, aunque tal vez eso hubiese sido lo más imperante. Burda, mi memoria evoca las estrechas paredes de ese tercer piso, el horizonte que se asomaba por la pequeña ventana del baño, las azoteas con sus tinacos sedientos, el enrojecido cielo de noviembre, los post-its rebosantes de cursilería y deseo, otra vez, siempre, el deseo. Última imagen del sosiego: estamos tirados sobre el pasto, mi vieja chamarra de mezclilla, deslavada, hace de tapete para tu espalda, ya me has arrebatado los lentes oscuros, ya ensortijas mi pelo; estamos al pie de una torre de agua, las nubes de la ciudad se han alejado para que podamos apreciar el azul incomparable de los últimos días del otoño, pero yo sólo consigo hundir el filo de mi mirada en tus ojos, en los pequeños lunares de tu cuello, tu camiseta roja, tus bluejeans, la sonrisa que se dibuja antes de tu afirmación. Nubes que alivian, momentáneamente el calor del mediodía, nubes que anuncian lluvia, nubes de tormenta, de desa
Si he de llorar, que sea por el hombre,
por su carne que se pudre, cotidiana
bajo la lluvia y bajo el sol,
acusada de alojar el sueño y la esperanza,
acusada de su juventud y desenfado
al tender la mano a aquel cuya hambre
es mayúscula, cuya misera es tanto
o mas profunda que la propia.
Si he de sangrar, que sea por el hombre
que ha sido pisoteado por el hombre,
en el cobijo de la noche y en el descaro
del día luminoso.
Si he de romperme,
si he de enloquecer,
si se han de quebrar mis huesos,,
si me han de llevar preso,
si han de poner mi nombre a un pedazo de acero, ínfimo, letal,
que sea por el hombre
por su carne que se pudre, cotidiana
bajo la lluvia y bajo el sol,
acusada de alojar el sueño y la esperanza,
acusada de su juventud y desenfado
al tender la mano a aquel cuya hambre
es mayúscula, cuya misera es tanto
o mas profunda que la propia.
Si he de sangrar, que sea por el hombre
que ha sido pisoteado por el hombre,
en el cobijo de la noche y en el descaro
del día luminoso.
Si he de romperme,
si he de enloquecer,
si se han de quebrar mis huesos,,
si me han de llevar preso,
si han de poner mi nombre a un pedazo de acero, ínfimo, letal,
que sea por el hombre
Sostengo en mis manos un ave de colorido plumaje.
Su canto se parece mucho a la tristeza,
a una fiera que se lamenta en el centro
de la estepa, abandonada, hambrienta,
no hay en su piel herida, pero en su interior
crece, larvario, un parásito de miedo.
Hay en mis manos el canto de un ave luminosa.
Su aliento me recuerda mucho la tibieza
de un lecho que he perdido, que la garra
del tiempo destrozó una noche de rojas telas
que caían, telones, a los pies de mi deseo;
tardes que se sonrojaron al cobijar nuestro vaivén,
y que, destrozadas, también, debieron guardar
en sus gargantas el espasmo final que nos salvara.
Entre mis manos gorjea el tímido gorrión de la nostalgia.
Su plumaje húmedo tiene el rocío de los amantes
que están a punto de separarse, y miran, desvalidos;
la línea impasible del horizonte, mientras sus ojos
se derrumban, y en el aire de la tarde, Ícaros,
se acercan, para caer, en los acantilados
de un bar, o de la insoslayable, esquiva muerte.
Ya he dicho demasiado, que sostenía, necio,
el inquieto corazón de un ave de oscuro nombre,
y mientras hablaba, ay, mis manos han acariciado,
hasta romperla, el ala de su vuelo, el agua
de su canto, la luminosa venda de su plumaje!
Su canto se parece mucho a la tristeza,
a una fiera que se lamenta en el centro
de la estepa, abandonada, hambrienta,
no hay en su piel herida, pero en su interior
crece, larvario, un parásito de miedo.
Hay en mis manos el canto de un ave luminosa.
Su aliento me recuerda mucho la tibieza
de un lecho que he perdido, que la garra
del tiempo destrozó una noche de rojas telas
que caían, telones, a los pies de mi deseo;
tardes que se sonrojaron al cobijar nuestro vaivén,
y que, destrozadas, también, debieron guardar
en sus gargantas el espasmo final que nos salvara.
Entre mis manos gorjea el tímido gorrión de la nostalgia.
Su plumaje húmedo tiene el rocío de los amantes
que están a punto de separarse, y miran, desvalidos;
la línea impasible del horizonte, mientras sus ojos
se derrumban, y en el aire de la tarde, Ícaros,
se acercan, para caer, en los acantilados
de un bar, o de la insoslayable, esquiva muerte.
Ya he dicho demasiado, que sostenía, necio,
el inquieto corazón de un ave de oscuro nombre,
y mientras hablaba, ay, mis manos han acariciado,
hasta romperla, el ala de su vuelo, el agua
de su canto, la luminosa venda de su plumaje!
la noche es un cuerpo
desnudo, a la espera
del amante o de la muerte
pero, ¿quién amaría la noche,
con su primigenio terror , su ruido
de indefensos fantasmas, el croar
de anfibios en celo? ¿quién amaría
su carne, el filamento de su horror,
el ojo abierto de su luna, que nos mira
como el ojo de un ahorcado reciente,
de ladrón o hereje recién sacrificado?
Amar la noche, rodar sobre la nada,
andar a tientas, espulgando el misterio
de una ceguera impuesta, la necia
inflamación del espiritu, terreno
de lo prohibido, herida en que la sangre,
más que correr, se hunde
desnudo, a la espera
del amante o de la muerte
pero, ¿quién amaría la noche,
con su primigenio terror , su ruido
de indefensos fantasmas, el croar
de anfibios en celo? ¿quién amaría
su carne, el filamento de su horror,
el ojo abierto de su luna, que nos mira
como el ojo de un ahorcado reciente,
de ladrón o hereje recién sacrificado?
Amar la noche, rodar sobre la nada,
andar a tientas, espulgando el misterio
de una ceguera impuesta, la necia
inflamación del espiritu, terreno
de lo prohibido, herida en que la sangre,
más que correr, se hunde
Siempre recordaré tu rostro,
tu calmada voz de muchacha fuerte,
la tarde que corría como un ladrón
desesperado, por las calles de esa ciudad
donde nos encontramos, tal vez para siempre,
tal vez, como un par de líneas
que se encuentran después de mucho
sólo para tocarse, y luego, irremediablemente,
separarse para siempre, o peor aún,
como dos parábolas que se acercan,
que milimétricamente se acercan,
pero no se tocan, aunque parezca,
a la distancia, que su toque es inevitable,
y entonces, el desconsuelo, de no saber,
del desencuentro dado antes, mucho antes
de encontrarse, colisión planetaria
que jamás sucede, pero seduce.
tu calmada voz de muchacha fuerte,
la tarde que corría como un ladrón
desesperado, por las calles de esa ciudad
donde nos encontramos, tal vez para siempre,
tal vez, como un par de líneas
que se encuentran después de mucho
sólo para tocarse, y luego, irremediablemente,
separarse para siempre, o peor aún,
como dos parábolas que se acercan,
que milimétricamente se acercan,
pero no se tocan, aunque parezca,
a la distancia, que su toque es inevitable,
y entonces, el desconsuelo, de no saber,
del desencuentro dado antes, mucho antes
de encontrarse, colisión planetaria
que jamás sucede, pero seduce.
Por eso digo que siempre guardaré tu rostro
como quien guarda la fotografía
del primer atardecer en la montaña,
o la última imagen del desierto,
con el celo del que guarda un tesoro
nunca abierto, el agua de una eterna
aunque perdida juventud, y sabe
que el espejismo es cosa real, presente,
y aunque se aferre, tu rostro se irá difuminando,
como esta tarde que se instala,
o, para ser más exactos, de esta noche
que se acerca, del amanecer que ya corre
hacia nosotros, para rompernos,
ola que besa la arena que encalla sirenas
como quien guarda la fotografía
del primer atardecer en la montaña,
o la última imagen del desierto,
con el celo del que guarda un tesoro
nunca abierto, el agua de una eterna
aunque perdida juventud, y sabe
que el espejismo es cosa real, presente,
y aunque se aferre, tu rostro se irá difuminando,
como esta tarde que se instala,
o, para ser más exactos, de esta noche
que se acerca, del amanecer que ya corre
hacia nosotros, para rompernos,
ola que besa la arena que encalla sirenas
La palabra
más dulce
del castellano
era su nombre
más dulce
del castellano
era su nombre
que me perdone
el dios
de la gramática
los manuales
del buen decir
los músicos
y sus conservatorios
que me perdone
la sordera
magistral
del buen Beethoven
la oreja mutilada
del necio
Vincent
no hubo dulzura
posible
en esta tierra
antes
de ese nombre
atado
irremediablemente
a ese cuerpo
que amé
mientras
lo nombraba
en la más candente
oscuridad
no tengo nada
para decir
en mi defensa,
señor juez
que me perdonen
todos, o nadie
si es el caso,
pero
no he de cambiar
mi declaración:
no hubo
ni habrá
dulzura
si no es
en el arco
de su nombre
el dios
de la gramática
los manuales
del buen decir
los músicos
y sus conservatorios
que me perdone
la sordera
magistral
del buen Beethoven
la oreja mutilada
del necio
Vincent
no hubo dulzura
posible
en esta tierra
antes
de ese nombre
atado
irremediablemente
a ese cuerpo
que amé
mientras
lo nombraba
en la más candente
oscuridad
no tengo nada
para decir
en mi defensa,
señor juez
que me perdonen
todos, o nadie
si es el caso,
pero
no he de cambiar
mi declaración:
no hubo
ni habrá
dulzura
si no es
en el arco
de su nombre
Para volver al hogar, abres la puerta
-no hay, en esta tierra, puerta cerrada,
candado, o cerradura que se niegue-
esperas hallar la dulce melodía de primavera,
el bullicio familiar, un amigo que se despide,
a punto de iniciar una aventura;
ya has imaginado las correrías de la infancia,
el río y sus márgenes donde arracimados,
maduros, te esperaban sus frutos;
todo ha vuelto a ti, como en comparsa,
la fiesta interminable en la noche de San Juan,
la danza, los fuegos artificiales han vuelto a iluminar
la noche de tu vuelo;
pero te engañas, hombre de sal: al ser tocado
por el espejismo, te desvaneces:
no hay puerta, ni hogar donde la calidez te añore,
toda entrada lleva a la infinita avenida del desamparo
-no hay, en esta tierra, puerta cerrada,
candado, o cerradura que se niegue-
esperas hallar la dulce melodía de primavera,
el bullicio familiar, un amigo que se despide,
a punto de iniciar una aventura;
ya has imaginado las correrías de la infancia,
el río y sus márgenes donde arracimados,
maduros, te esperaban sus frutos;
todo ha vuelto a ti, como en comparsa,
la fiesta interminable en la noche de San Juan,
la danza, los fuegos artificiales han vuelto a iluminar
la noche de tu vuelo;
pero te engañas, hombre de sal: al ser tocado
por el espejismo, te desvaneces:
no hay puerta, ni hogar donde la calidez te añore,
toda entrada lleva a la infinita avenida del desamparo
Dvd's y gorriones heridos.
Pienso en ti. Te llamo. Pienso en ti como si te llamara. Te llamo como si pensara en ti. Como si una flama acariciara el interior de mi pecho.
Me canso de repetir las viejas frases con que nombro tu ausencia, este vagar por la noche sin tu carne. Tomo tu mano. Tu mano me toma. Como un cáliz en cuyo vientre se agita el vino de la resurrección. Tu mano acaricia mi espalda. Mi espalda es un cachorro que se deja acariciar, no sin recelo.
Somos tú y yo, desolados y luminosos en el centro de la multitud, tendiendo las manos como puentes levadizos. Tú y yo, en una casa tan pequeña como el mundo, mirando en la misma dirección: el cambiante paisaje en la mirada del otro, ansiosos de abrevar en el oasis que los ojos del otro prometen sin palabras.
Tu sueño me deja observarte, quieta al fin, mar en calma. Mis ojos vigilan tu sueño pero no entran en él.
Debo decir que pienso en ti. Que en estos días a la orilla del mundo, sueles ser la primera imagen del alba. Que miro al vacío, y al cerrar los ojos, vuelvo a imaginarte: dormida bocabajo, tigresa que descansa, y sé que no puedo sino apreciar el esplendor de tu trasero desnudo en la cama. Que debo besar el nacimiento de tu espalda, volver a nacer entre tus piernas. Entonces levanto mi copa, bebo a tu salud. Vuelvo a aceptar que te echo en falta. Que te llamo como si fuera lo último que quisiera hacer en este preciso instante. Verte, hundirme como un barco en tu saliva.
A fin de cuentas, es simple:
el mundo se cae a pedazos,
y yo escribo sobre la desesperación
y el miedo, y la miseria del hombre,
quiero decir, de la miseria que
me corresponde por ser hombre,
del miedo que me cabalga,
del beso de la desesperación.
Hay una batalla dentro, descarnada.
Afuera queda poco, los restos
de un naufragio, el desierto,
los recuerdos de un mundo que se quiebra.
Afuera hay un hombre que lo mira todo,
que aparenta una calma perdida.
Ese hombre va a saltar, tal vez ya ha saltado.
Tal vez escribe en la caída
el mundo se cae a pedazos,
y yo escribo sobre la desesperación
y el miedo, y la miseria del hombre,
quiero decir, de la miseria que
me corresponde por ser hombre,
del miedo que me cabalga,
del beso de la desesperación.
Hay una batalla dentro, descarnada.
Afuera queda poco, los restos
de un naufragio, el desierto,
los recuerdos de un mundo que se quiebra.
Afuera hay un hombre que lo mira todo,
que aparenta una calma perdida.
Ese hombre va a saltar, tal vez ya ha saltado.
Tal vez escribe en la caída
Se vive a ratos, a intermitencias. Se está vivo a condición de
incendiarse a cada paso, sí y sólo sí se está dispuesto a dejarse
descoyuntar los huesos y la calma a cualquier instante. No hay otro
modo.
Vivir es cosa aparte, asir la mano del agua. Sangrar y hender la mano en esa herida. Cortar las amarras del temor, hacerle un nudo a los pasos de la tristeza, para que tropiece.
Levanto mi cerveza, digo salud. La noche con su turbio beso quedaron lejos. Estoy vivo, sé que he de morir.
Vivir es cosa aparte, asir la mano del agua. Sangrar y hender la mano en esa herida. Cortar las amarras del temor, hacerle un nudo a los pasos de la tristeza, para que tropiece.
Levanto mi cerveza, digo salud. La noche con su turbio beso quedaron lejos. Estoy vivo, sé que he de morir.
Ardía mi corazón cuando en tu boca
tu muela remolía su ciego palpitar;
quiero decir: tu diente lo abría en su mitad
y estaba a gusto, muriendo en esa boca.
tu muela remolía su ciego palpitar;
quiero decir: tu diente lo abría en su mitad
y estaba a gusto, muriendo en esa boca.
Ardía mi corazón cuando tu beso, gota
de humeante rocío, tocaba mi orfandad.
El alba tenía tu nombre, la noche tu humedad.
Todo en mi era fuego: mi pecho la oscura roca.
Tu boca era refugio para mi beso amargo,
tu abrazo el puerto donde se aquieta el mar.
Todo era el incendio, todo bastaba, cualquier gesto:
coger una libreta, verte escribir un largo
beso en tinta azul, tu contenida furia al reclamar
el distraído querer, incendiarse a cualquier gesto.
de humeante rocío, tocaba mi orfandad.
El alba tenía tu nombre, la noche tu humedad.
Todo en mi era fuego: mi pecho la oscura roca.
Tu boca era refugio para mi beso amargo,
tu abrazo el puerto donde se aquieta el mar.
Todo era el incendio, todo bastaba, cualquier gesto:
coger una libreta, verte escribir un largo
beso en tinta azul, tu contenida furia al reclamar
el distraído querer, incendiarse a cualquier gesto.
Hablo de ti, de las calladas cosas
que dan forma a la ausencia que es la muerte,
el murmullo de una conversación ahogada
en el agua límpida de la memoria, como un ruido sordo
de agua en picado que se extingue apenas dado el golpe
sobre el lecho de rocas,
una carta que se incendia, ordenada y feroz, en el aljibe de la tarde,
hoja tardíamente rota en el otoño,
descoyuntada en la armonía de su filamento más puro,
malabar, arquetipo, polvo suspendido en el marco de una fotografía
que renuncia a sus colores, insignificante, despreocupada,
viento en el viento en la tarde, en cualquier tarde
que dan forma a la ausencia que es la muerte,
el murmullo de una conversación ahogada
en el agua límpida de la memoria, como un ruido sordo
de agua en picado que se extingue apenas dado el golpe
sobre el lecho de rocas,
una carta que se incendia, ordenada y feroz, en el aljibe de la tarde,
hoja tardíamente rota en el otoño,
descoyuntada en la armonía de su filamento más puro,
malabar, arquetipo, polvo suspendido en el marco de una fotografía
que renuncia a sus colores, insignificante, despreocupada,
viento en el viento en la tarde, en cualquier tarde
Me duele el corazón de tal manera,
que al más leve suspiro torna sangre.
Mi amor hace equilibrio en el alambre,
mi lengua ya es de piedra o de madera.
que al más leve suspiro torna sangre.
Mi amor hace equilibrio en el alambre,
mi lengua ya es de piedra o de madera.
Mis ojos, al mirarte, sienten hambre
y tú, la indiferente, me miras cual si fuera
un falso cristo trepado a su madera
Al quererte, tiemblo cual si un calambre
mordiera, al verte, mi tristeza. Abro
la casa, el jardín, para que veas
la ofrenda de mi pecho; no creas
por ser poquito, que no adoro
tu voz y tu silueta: mi amor es cachorro
que gime por tu beso y que le creas
y tú, la indiferente, me miras cual si fuera
un falso cristo trepado a su madera
Al quererte, tiemblo cual si un calambre
mordiera, al verte, mi tristeza. Abro
la casa, el jardín, para que veas
la ofrenda de mi pecho; no creas
por ser poquito, que no adoro
tu voz y tu silueta: mi amor es cachorro
que gime por tu beso y que le creas
Y bien, hay cosas que se rompen, que sin remedio señalan la quebratura
del hueso o de la estirpe, que en la grieta de su deseo hacen
presuntuosa danza, festín de cicatrices, en que carne que crece sobre la
carne para cubrir la herida es síntoma de fiereza o desapego, aunque en
el ojo, en su más lejano fondo, un niño, hambriento y despiadado en su
tristeza, tiemble
Esta pesada losa de ignorancia,
de adivinar, entre el silencio del mediodía
y la bruma de estar, a solas, descoyuntando muertos,
apenas unas cosas, lo esencial de su madera,
las puntas maltrechas del recuerdo,
esa cabellera inusitada, brillante,
que ondea sobre la colina de la tarde,
bandera pirata, amenaza de tormenta,
esto de no saberte y estar vivo,
acorralado por la duda y sus lobos,
lapidado, infiel que se inclina en la oración
pero sabe que llegó tarde
de adivinar, entre el silencio del mediodía
y la bruma de estar, a solas, descoyuntando muertos,
apenas unas cosas, lo esencial de su madera,
las puntas maltrechas del recuerdo,
esa cabellera inusitada, brillante,
que ondea sobre la colina de la tarde,
bandera pirata, amenaza de tormenta,
esto de no saberte y estar vivo,
acorralado por la duda y sus lobos,
lapidado, infiel que se inclina en la oración
pero sabe que llegó tarde
Te has de marchar, como la suave primavera,
te has de marchar, y a cada nueva hoguera
habrá de arder mi corazón, porque te espera.
Tu partirás, mi mano agitará, tenaz, su pena,
te has de marchar, y a cada nueva hoguera
habrá de arder mi corazón, porque te espera.
Tu partirás, mi mano agitará, tenaz, su pena,
el viento cantará también, pero será negra
la melodía que nazca en su boca de madera.
Tu ya te vas, he de aceptar que no quisiera
quedarme atrás, y sin embargo, a la vera
de tu ausencia me solazo. No soy la fiera
azul que tu pecho anheló, o la artera
zarpa en la tapia de tus besos. Agua ligera
viniste, y te toqué. Ya nada me condena
salvo el amor, lo herido, lo que tu carne anhela:
tu talle, tu sonrisa, tu regaño: tu miel primera.
la melodía que nazca en su boca de madera.
Tu ya te vas, he de aceptar que no quisiera
quedarme atrás, y sin embargo, a la vera
de tu ausencia me solazo. No soy la fiera
azul que tu pecho anheló, o la artera
zarpa en la tapia de tus besos. Agua ligera
viniste, y te toqué. Ya nada me condena
salvo el amor, lo herido, lo que tu carne anhela:
tu talle, tu sonrisa, tu regaño: tu miel primera.
sueño el pie de un verso,
la sugerencia de un poema,
las calles recién lavadas
de lluvia y sangre ,
que estoy vivo, pese a todo;
la sugerencia de un poema,
las calles recién lavadas
de lluvia y sangre ,
que estoy vivo, pese a todo;
en medio del sueño está
el ocaso lamiendo su entraña,
absorto en su fugacidad;
he soñado el modo de nombrarte
sin lastimar mi lengua,
el cristal para ver tu ausencia
sin riesgo de ceguera,
y en medio del desorden matutino,
mi sistema nervioso
tejiendo un laberinto
al final del sueño está tu nombre
como un vaso
en el que veneno y elíxir de la juventud
están mezclados
en el sueño apuro el trago
en la vigilia algo me dice
que he naufragado en el Leteo
que mi garganta se llenó de sus aguas
el ocaso lamiendo su entraña,
absorto en su fugacidad;
he soñado el modo de nombrarte
sin lastimar mi lengua,
el cristal para ver tu ausencia
sin riesgo de ceguera,
y en medio del desorden matutino,
mi sistema nervioso
tejiendo un laberinto
al final del sueño está tu nombre
como un vaso
en el que veneno y elíxir de la juventud
están mezclados
en el sueño apuro el trago
en la vigilia algo me dice
que he naufragado en el Leteo
que mi garganta se llenó de sus aguas
16 feb 2020
Porque se me agrieta el mundo,
por la copa en vilo, a la espera del camarada
perdido en los eriales del olvido,
o en el intrincado camino de envejecer
con la locura a cuestas, cuesta arriba, siempre cuesta arriba,
aún cuando los pies tocaran los pliegues del aire,
seguir subiendo, a lomos de la paciente bestia
que anida en el corazón,
dispuestos a morir, el pecho ardiendo en la noche más helada,
la mano dispuesta a tenderse puente
en la boca cariada del precipicio;
por el estertor antes de la caída,
por el polvo besado en cada derrota,
por el hombro dispuesto a cargar la viga y la desolación,
por cada ave que distraída entonó su canto
a nuestro paso, por el ojo lacerado de horizontes,
por la rabia en las falanges, por la lluvia
que supo humedecer la espalda,
abro la puerta de esta casa que nombro mía,
dejo el paso franco a los demonios, al fantasma,
que me dejen a solas con el ruido
de la madera resquebrajándose de miedo,
con los blátidos ovopositando su milenario batir de alas por los rincones,
que nadie quede en las habitaciones,
con su garra hendida sobre mi brazo,
el cuervo de mi deseo grazna, insatisfecho:
hambriento besa mis ojos, hunde su pico en mi dormida entraña
por la copa en vilo, a la espera del camarada
perdido en los eriales del olvido,
o en el intrincado camino de envejecer
con la locura a cuestas, cuesta arriba, siempre cuesta arriba,
aún cuando los pies tocaran los pliegues del aire,
seguir subiendo, a lomos de la paciente bestia
que anida en el corazón,
dispuestos a morir, el pecho ardiendo en la noche más helada,
la mano dispuesta a tenderse puente
en la boca cariada del precipicio;
por el estertor antes de la caída,
por el polvo besado en cada derrota,
por el hombro dispuesto a cargar la viga y la desolación,
por cada ave que distraída entonó su canto
a nuestro paso, por el ojo lacerado de horizontes,
por la rabia en las falanges, por la lluvia
que supo humedecer la espalda,
abro la puerta de esta casa que nombro mía,
dejo el paso franco a los demonios, al fantasma,
que me dejen a solas con el ruido
de la madera resquebrajándose de miedo,
con los blátidos ovopositando su milenario batir de alas por los rincones,
que nadie quede en las habitaciones,
con su garra hendida sobre mi brazo,
el cuervo de mi deseo grazna, insatisfecho:
hambriento besa mis ojos, hunde su pico en mi dormida entraña
Cuando abrí los ojos, estaba en su centro
pero ignoraba lo que era una tormenta.
Todo en mí se ensortijaba, todo ardía:
para mí la novedad es el incendio, la derrota,
todo lo oscuro y lo grisáceo que se oculta
en la carne del crepúsculo, lo torvo
y melancólico, lo que se guarda en el decadente
maxilar del día, en el anegado subterfugio
de estar vivo, en cada uno de los hilos
que llevan a la locura; allí encontré
la belleza, la ensordecida paz, el terrible
aliento de la perfección soplando a mi oído,
como un lobo hambriento, como si fuera
a hender mi lengua con su rabia,
y desde entonces, desde siempre,
me arrulla la tormenta, y todo en mí
se mesa los cabellos, todo arde
y besa el candor de la ceniza
pero ignoraba lo que era una tormenta.
Todo en mí se ensortijaba, todo ardía:
para mí la novedad es el incendio, la derrota,
todo lo oscuro y lo grisáceo que se oculta
en la carne del crepúsculo, lo torvo
y melancólico, lo que se guarda en el decadente
maxilar del día, en el anegado subterfugio
de estar vivo, en cada uno de los hilos
que llevan a la locura; allí encontré
la belleza, la ensordecida paz, el terrible
aliento de la perfección soplando a mi oído,
como un lobo hambriento, como si fuera
a hender mi lengua con su rabia,
y desde entonces, desde siempre,
me arrulla la tormenta, y todo en mí
se mesa los cabellos, todo arde
y besa el candor de la ceniza
Bailaba mi corazón en el suplicio
Era mi oscuro lecho la mesa de tortura,
la interminable primavera el sutil fuete
que mi carne hendía; yo no era fuerte
ni coraje había en mi alma aún pura;
probé del amor los clavos, la fuente
abrevé del dolor más turbio, la dura
roca del desamparo quebró, dulzura
y tierno anhelo. Mordióme el ardiente
miedo en los tobillos, aullé en la rabia,
como animal en agonía, cual condenado
ante el cadalso. Ladré a la luna sabia,
y respondió el silencio, mordí mi rabo
hasta sangrarlo. Era mi juventud, enfermo
estaba, de amor y soledad, de ser eterno.
abrevé del dolor más turbio, la dura
roca del desamparo quebró, dulzura
y tierno anhelo. Mordióme el ardiente
miedo en los tobillos, aullé en la rabia,
como animal en agonía, cual condenado
ante el cadalso. Ladré a la luna sabia,
y respondió el silencio, mordí mi rabo
hasta sangrarlo. Era mi juventud, enfermo
estaba, de amor y soledad, de ser eterno.
Vamos siendo sinceros: yo sólo creo en la magia de lo cotidiano. Es la
única tabla de salvación en el naufragio de cada día. Debo aclarar, tal
vez sin necesidad, que hay días en que nada me salva. Anoche, por
ejemplo.
Mi cuerpo exigía a gritos una borrachera, la necesidad me hacía revolverme en la cama, ahuyentaba el sueño como quien ahuyenta a escobazos a un perro de la calle que insiste en participar de nuestra cena.
Salí a la calle, extrañamente sentía el frío mordiéndome la carne, pero no temblaba, era tal mi ofuscación que no me dí cuenta que había salido sin abrigo. Nada, salvo la playera oscura con el nombre de una banda de metal impresa en el frente que compré en las pacas del tianguis. Son las más baratas, sirven para toda ocasión, incluso en momentos como éste: un tipo que camina a las once de la noche por una avenida mal iluminada, entre la niebla y el frío.
Entré a la vinatería, recorrí los estantes, uno a uno, buscando. Como un lebrel o un coyote en busca de su presa. Nada parecía llamar mi atención. Te estás haciendo viejo, me dije cuando estaba por terminar la tercera vuelta y el dependiente ya me miraba con desconfianza. Como si a mi edad, con mi pésima condición física pudiera atreverme a hurtar una botella o dos. No me falta valor. El caso es que no alcanzaría a correr más de quince metros fuera de la tienda sin tener que detenerme a tomar un respiro de diez minutos. Nada me convencía. Y es que en asuntos de alcohol uno no puede ser tan dado a la desidia. Se inventan ritos para salvarse de la vorágine que lleva a otros a pasar sus fines de semana en salones improvisados, de pie ante una tribuna y un montón de ojos ávidos por escuchar, con fruición, la desgracia de uno, el terror de abrir una botella y zambullirse sin remedio en sus aguas. No sé qué es peor, el que confiesa públicamente su falta de valor para enfrentarse a sus demonios, o la impúdica y morbosa atención con que el auditorio da cuenta del relato.
Decía que nada terminaba de convencerme. Que no puedo comprar algo que simple y sencillamente no se me antoja oler siquiera. Vaya dilema: quería embriagarme pero nada se me antojaba. Y no estaba dispuesto a abandonar el establecimiento con las manos vacías.
Mientras buscaba por cuarta ocasión en cada anaquel, entre los rones y los tequilas, me ví a mi mismo, más joven, tirado en el patio de mi casa, después de varios días de borrachera. Las miradas inquisitivas de mis padres. En esos días me quedaba la música para aislarme, para disfrutar la resaca. Algún libro. Compartir la cama con alguna chica de la que no me enteraba ni el nombre, o lo olvidaba, que es lo mismo. Las mismas historias que les contaría cualquier otro indigno adorador de Dionisos. No somos tan distintos, la verdad. Todos los borrachos estamos hechos de despojos. Lo mismo que los abstemios. Pero al borracho le importa un carajo lo que de él se diga en las calles o en los lavaderos públicos. Un alcohólico se dedica a lo que mejor sabe hacer: retorcerse de miedo ante el abismo de la sobriedad, destapar la siguiente botella, servir otra copa, irrigar el cuerpo con el calor de un buen trago. O de uno malo, a veces eso sale sobrando.
Recordé que en casa guardo una botella de ron para las emergencias. Así que salí a la calle. Se podría decir que derrotado. Se podría decir que indemne. Arrastré los pasos de vuelta a casa. Mientras atravesaba la avenida -no es recomendable usar puentes peatonales en este estado de indefensión-, un coche arrolló un perro. La pobre bestia se quedó gimiendo por unos segundos antes de dejar de respirar. Sus entrañas quedaron regadas sobre el asfalto. Entonces caí en la cuenta de que el atropellado pude ser yo, y dí gracias a la casualidad por ese perro. Me despedí de él, y le deseé, que si existiera, alcanzara sitio en el cielo de los canes.
Al llegar a casa me dí cuenta que había olvidado las llaves. Hay días en que el naufragio es total, como les decía. Así que volví a hacer el camino hasta la tienda, compré algunas cervezas y me fui a beber al parque. Cuando los policías llegaron, apenas había destapado la segunda lata. Como buenos vecinos, compartimos las que quedaban, y luego me llevaron a prisión por escandalizar en la vía pública.
Mi cuerpo exigía a gritos una borrachera, la necesidad me hacía revolverme en la cama, ahuyentaba el sueño como quien ahuyenta a escobazos a un perro de la calle que insiste en participar de nuestra cena.
Salí a la calle, extrañamente sentía el frío mordiéndome la carne, pero no temblaba, era tal mi ofuscación que no me dí cuenta que había salido sin abrigo. Nada, salvo la playera oscura con el nombre de una banda de metal impresa en el frente que compré en las pacas del tianguis. Son las más baratas, sirven para toda ocasión, incluso en momentos como éste: un tipo que camina a las once de la noche por una avenida mal iluminada, entre la niebla y el frío.
Entré a la vinatería, recorrí los estantes, uno a uno, buscando. Como un lebrel o un coyote en busca de su presa. Nada parecía llamar mi atención. Te estás haciendo viejo, me dije cuando estaba por terminar la tercera vuelta y el dependiente ya me miraba con desconfianza. Como si a mi edad, con mi pésima condición física pudiera atreverme a hurtar una botella o dos. No me falta valor. El caso es que no alcanzaría a correr más de quince metros fuera de la tienda sin tener que detenerme a tomar un respiro de diez minutos. Nada me convencía. Y es que en asuntos de alcohol uno no puede ser tan dado a la desidia. Se inventan ritos para salvarse de la vorágine que lleva a otros a pasar sus fines de semana en salones improvisados, de pie ante una tribuna y un montón de ojos ávidos por escuchar, con fruición, la desgracia de uno, el terror de abrir una botella y zambullirse sin remedio en sus aguas. No sé qué es peor, el que confiesa públicamente su falta de valor para enfrentarse a sus demonios, o la impúdica y morbosa atención con que el auditorio da cuenta del relato.
Decía que nada terminaba de convencerme. Que no puedo comprar algo que simple y sencillamente no se me antoja oler siquiera. Vaya dilema: quería embriagarme pero nada se me antojaba. Y no estaba dispuesto a abandonar el establecimiento con las manos vacías.
Mientras buscaba por cuarta ocasión en cada anaquel, entre los rones y los tequilas, me ví a mi mismo, más joven, tirado en el patio de mi casa, después de varios días de borrachera. Las miradas inquisitivas de mis padres. En esos días me quedaba la música para aislarme, para disfrutar la resaca. Algún libro. Compartir la cama con alguna chica de la que no me enteraba ni el nombre, o lo olvidaba, que es lo mismo. Las mismas historias que les contaría cualquier otro indigno adorador de Dionisos. No somos tan distintos, la verdad. Todos los borrachos estamos hechos de despojos. Lo mismo que los abstemios. Pero al borracho le importa un carajo lo que de él se diga en las calles o en los lavaderos públicos. Un alcohólico se dedica a lo que mejor sabe hacer: retorcerse de miedo ante el abismo de la sobriedad, destapar la siguiente botella, servir otra copa, irrigar el cuerpo con el calor de un buen trago. O de uno malo, a veces eso sale sobrando.
Recordé que en casa guardo una botella de ron para las emergencias. Así que salí a la calle. Se podría decir que derrotado. Se podría decir que indemne. Arrastré los pasos de vuelta a casa. Mientras atravesaba la avenida -no es recomendable usar puentes peatonales en este estado de indefensión-, un coche arrolló un perro. La pobre bestia se quedó gimiendo por unos segundos antes de dejar de respirar. Sus entrañas quedaron regadas sobre el asfalto. Entonces caí en la cuenta de que el atropellado pude ser yo, y dí gracias a la casualidad por ese perro. Me despedí de él, y le deseé, que si existiera, alcanzara sitio en el cielo de los canes.
Al llegar a casa me dí cuenta que había olvidado las llaves. Hay días en que el naufragio es total, como les decía. Así que volví a hacer el camino hasta la tienda, compré algunas cervezas y me fui a beber al parque. Cuando los policías llegaron, apenas había destapado la segunda lata. Como buenos vecinos, compartimos las que quedaban, y luego me llevaron a prisión por escandalizar en la vía pública.
Me rehuso a lamerle el dorso a la nostalgia
me niego, a envejecer así, sumido
en lasitud, abandonado en cada músculo,
como desvencijado mueble en la ríada,
como roto de las coyunturas, como herido
sin remedio de una bala soporífera;
y es que no hay modo, ni rostro que soporte
la vergüenza de estar vivo, y paralizado
de la mueca a los talones, estúpido
en la sonrisa estúpida del que nada espera,
salvo ser salvo, la cabeza gacha, el corazón
aterido, temeroso de sí mismo,
como una máquina que se horroriza
ante el fervoroso rugido de su motor
me niego, a envejecer así, sumido
en lasitud, abandonado en cada músculo,
como desvencijado mueble en la ríada,
como roto de las coyunturas, como herido
sin remedio de una bala soporífera;
y es que no hay modo, ni rostro que soporte
la vergüenza de estar vivo, y paralizado
de la mueca a los talones, estúpido
en la sonrisa estúpida del que nada espera,
salvo ser salvo, la cabeza gacha, el corazón
aterido, temeroso de sí mismo,
como una máquina que se horroriza
ante el fervoroso rugido de su motor
miraba el paisaje desde una ventana minúscula, como preso, como enamorado
no hay modo posible de presumir engaño.
porque uno sabe, aunque lo niegue,
que delante suyo hay un insondable foso,
y que el siguiente paso es la caída.
pero se ama la oscura violencia del desamor,
como si fuera ésta la meta buscada,
como si de la rajadura dependiera
estar vivo, así sea en añicos.
uno lo sabe, pero abraza con necia serenidad
el afilado mango del amor, se pone, solícito,
a trazar castillos improbables,
un laberinto de encomiables gestos,
pero sabe, en el fondo, que no hay otra cosa,
que busca, angustiado, el dolor,
caer en el foso insondable de la desesperación:
el aullido al caer, el horror de haber amado,
la sutura y el desangre, la rotura de cada hueso,
ah, necio, tozudo, pobre diablo!
el afilado mango del amor, se pone, solícito,
a trazar castillos improbables,
un laberinto de encomiables gestos,
pero sabe, en el fondo, que no hay otra cosa,
que busca, angustiado, el dolor,
caer en el foso insondable de la desesperación:
el aullido al caer, el horror de haber amado,
la sutura y el desangre, la rotura de cada hueso,
ah, necio, tozudo, pobre diablo!
Te sueño en una casa que desconozco. Llena de frío, tu mano se tiende
hacia mi mano, tu cabellera encuentra refugio en mi regazo. Esta es la
configuración del deseo. Temblar en el sueño, que es otro modo del
delirio, antes de abrazarte. Mis ojos te buscan, y aunque te nombro, la
voz huye adentro mío.
Acurrucada a mi costado, me miras, y yo apenas alcanzo a pergeñar en el balbuceo un monosílabo. Petrificado, pareciera que soy indiferente, y sin embargo yo entero soy la sonrisa que te abarca.
Luego te pones en pie, sales de la habitación, descalza. Queda tu aroma para ceñirme a él como el suicida a la soga de su horca.
Al abrir los ojos, lleno de deseo, busco el hueco de tu ausencia, la imposible huella de tu paso.
Acurrucada a mi costado, me miras, y yo apenas alcanzo a pergeñar en el balbuceo un monosílabo. Petrificado, pareciera que soy indiferente, y sin embargo yo entero soy la sonrisa que te abarca.
Luego te pones en pie, sales de la habitación, descalza. Queda tu aroma para ceñirme a él como el suicida a la soga de su horca.
Al abrir los ojos, lleno de deseo, busco el hueco de tu ausencia, la imposible huella de tu paso.
Nostalgia del fuego
Ondeas en el espasmo último del día,
garra que se iza sobre la carne,
esplendorosa, oscura y voraz:
una cuchilla que surca el aire,
flama, agudo cristal, vago espejismo:
la lengua que me cerca
es la lengua que te adorna.
garra que se iza sobre la carne,
esplendorosa, oscura y voraz:
una cuchilla que surca el aire,
flama, agudo cristal, vago espejismo:
la lengua que me cerca
es la lengua que te adorna.
Debimos guardar la calma como una joya,
atesorarla, celosos cancerberos. Debimos
inventar la paz, amar el crepúsculo y su callada
grieta, el pausado latir de su caída;
largo, el invierno posó su brazo en nuestros labios.
Antes del olvido, fue el destello:
tu sonrisa, arco en tensión, arma en distensión.
Solo, sólo alcanzo a escuchar el galope:
ondeas, bandera en llamas, sobre la cabeza del jinete:
naces en la embestida, febril, sudorosa en la batalla.
atesorarla, celosos cancerberos. Debimos
inventar la paz, amar el crepúsculo y su callada
grieta, el pausado latir de su caída;
largo, el invierno posó su brazo en nuestros labios.
Antes del olvido, fue el destello:
tu sonrisa, arco en tensión, arma en distensión.
Solo, sólo alcanzo a escuchar el galope:
ondeas, bandera en llamas, sobre la cabeza del jinete:
naces en la embestida, febril, sudorosa en la batalla.
Tu carne olía ricamente a otoño,
a húmedas hojas muertas, a resinas,
a cítricos aceites y a glisinas
y a la etérea fragancia del madroño.
Hábil como una boca era tu coño.
Siempre había, después de tus felinas
agonías de gozo, en las divinas
frondas de tu deseo, otro retoño.
Te aflojabas de pronto, exagüe y yerta,
suicidada del éxtasis, baldía,
y casta y virginal como una muerta.
Y poco a poco, dulcemente, luego,
absuelto por la muerte renacía
tu amor salvaje y puro como el fuego
a húmedas hojas muertas, a resinas,
a cítricos aceites y a glisinas
y a la etérea fragancia del madroño.
Hábil como una boca era tu coño.
Siempre había, después de tus felinas
agonías de gozo, en las divinas
frondas de tu deseo, otro retoño.
Te aflojabas de pronto, exagüe y yerta,
suicidada del éxtasis, baldía,
y casta y virginal como una muerta.
Y poco a poco, dulcemente, luego,
absuelto por la muerte renacía
tu amor salvaje y puro como el fuego
No de otra cosa, se trata,
sin más, de estar vivo,
sabedor de la propia fatalidad
y pese a ello, sonreir,
dejar arder las naves,
arrojarse, como un dado, al vacío,
ponerse en pie, aunque el torcimiento
del esqueleto, o la chamusquina
de la piel alcance a avergonzarnos;
no se trata de otra cosa:
rumiar en la salvaje madrugada
del corazón, hender la pezuña,
y correr, en solitaria estampida hacia la muerte
sin más, de estar vivo,
sabedor de la propia fatalidad
y pese a ello, sonreir,
dejar arder las naves,
arrojarse, como un dado, al vacío,
ponerse en pie, aunque el torcimiento
del esqueleto, o la chamusquina
de la piel alcance a avergonzarnos;
no se trata de otra cosa:
rumiar en la salvaje madrugada
del corazón, hender la pezuña,
y correr, en solitaria estampida hacia la muerte
Uno abraza la madrugada con la desesperanza
de quien abraza el cadáver de su padre,
con la cruda certeza de estar frente a frente
con el último día del resto de su vida,
sabedor de que a partir de ese instante,
interminable, irrepetible, todo habrá de trastocarse;
que no habrá, bajo el cenit del día,
tabla de salvación, ni cayado que separe las aguas
de un mar de oprobio; uno abraza la quemadura
en la piel con la ternura de quien sostiene
en la camisa de fuerza del abrazo al niño que se fue,
que tuvo a bien caer de bruces en el parque,
en el húmedo empedrado de una calle:
uno arrulla el desasosiego y piensa en cada cosa
que lo espera tras la puerta, pero, y esto es importante,
ignora si la puerta da a la calle, o al oscuro
interior de una casa que está a dos pasos, a la espera
del más pequeño temblor para venirse abajo
de quien abraza el cadáver de su padre,
con la cruda certeza de estar frente a frente
con el último día del resto de su vida,
sabedor de que a partir de ese instante,
interminable, irrepetible, todo habrá de trastocarse;
que no habrá, bajo el cenit del día,
tabla de salvación, ni cayado que separe las aguas
de un mar de oprobio; uno abraza la quemadura
en la piel con la ternura de quien sostiene
en la camisa de fuerza del abrazo al niño que se fue,
que tuvo a bien caer de bruces en el parque,
en el húmedo empedrado de una calle:
uno arrulla el desasosiego y piensa en cada cosa
que lo espera tras la puerta, pero, y esto es importante,
ignora si la puerta da a la calle, o al oscuro
interior de una casa que está a dos pasos, a la espera
del más pequeño temblor para venirse abajo
Debo decirte que estoy de pie,
que el día llega con su ofrenda
de ciruelos y naranjos en flor,
que el invierno muerde, pero con delicadeza,
mi carne por la calle, que me faltan
las horas para aspirar el aire del delirio.
que el día llega con su ofrenda
de ciruelos y naranjos en flor,
que el invierno muerde, pero con delicadeza,
mi carne por la calle, que me faltan
las horas para aspirar el aire del delirio.
Debo decir, en pocas palabras,
que me busco la herida, y no la hallo,
y siento como si me faltara un hijo
en el desvelo, como si mi mano estuviera
inexplicablemente jovial y vacía,
que rebusco en el trasterío del alma,
si es que esa intangible cosa existe,
si acaso es siquiera posible imaginar
una cosa ambigua, inasible, pura;
Y entonces me encuentro diciendo
que de nuevo encontré el invierno,
y me alegro, y me sorprendo a mí mismo,
y me recrimino por esta calma,
este sonreír a todas horas,
alelado, soso, de estar, descoyuntado, vivo
que me busco la herida, y no la hallo,
y siento como si me faltara un hijo
en el desvelo, como si mi mano estuviera
inexplicablemente jovial y vacía,
que rebusco en el trasterío del alma,
si es que esa intangible cosa existe,
si acaso es siquiera posible imaginar
una cosa ambigua, inasible, pura;
Y entonces me encuentro diciendo
que de nuevo encontré el invierno,
y me alegro, y me sorprendo a mí mismo,
y me recrimino por esta calma,
este sonreír a todas horas,
alelado, soso, de estar, descoyuntado, vivo
Las estaciones del olvido II / Max Rojas
Grabo en la noche
tu perfil de sombras,
mientras entierro flechas
mordidas por tus dientes.
Un signo entre la noche,
una señal de tu regreso:
la huella de tus pasos,
el eco de tu voz,
tu personal cementerio
de pájaros heridos.
Mientras entierro flechas
mordidas por tus dientes,
masco en la noche
la sombra que dejaste
tu perfil de sombras,
mientras entierro flechas
mordidas por tus dientes.
Un signo entre la noche,
una señal de tu regreso:
la huella de tus pasos,
el eco de tu voz,
tu personal cementerio
de pájaros heridos.
Mientras entierro flechas
mordidas por tus dientes,
masco en la noche
la sombra que dejaste
También esta dolencia cansa,
este andar, paso a paso, por la casa
con el ansia del lengüetazo en la llaga del lomo,
salivar inútilmente, hacer del gimoteo
la única palabra, la primera oración del día, cansa
este andar, paso a paso, por la casa
con el ansia del lengüetazo en la llaga del lomo,
salivar inútilmente, hacer del gimoteo
la única palabra, la primera oración del día, cansa
y he de decir que estoy humeante de congoja,
atribulado, casi roto el maxilar de mi esperanza,
pero en pie aunque tambaleante y receloso
He de decir que estoy, que pongo el ojo en la otra mano,
que me aulla este fantasma, que esta casa
desde sus grietas, desde la cuarteadura de su sueño, grita y se abre
atribulado, casi roto el maxilar de mi esperanza,
pero en pie aunque tambaleante y receloso
He de decir que estoy, que pongo el ojo en la otra mano,
que me aulla este fantasma, que esta casa
desde sus grietas, desde la cuarteadura de su sueño, grita y se abre
Anoche he vuelto a beber. La noche era fría, de un frío que abraza como
una madre que no sabe arrullar a sus hijos pero aún así hace el intento
de arroparlos, aunque en el abrazo los ahogue. Las calles estaban
solitarias, los treinta y cinco kilómetros que recorrí hasta la ciudad
más cercana también estaban solitarios. Durante el trayecto iba pensando
en que necesitaba cargar gasolina, en los recientes levantones, en la
absurda polución de fuerzas armadas, en su inútil despliegue
de torretas, en la niebla, en como hace más oscura la oscuridad, al
tragarse toda luz, en la densa oscuridad bajo la niebla. Pensé en los
ojos de esa mujer de la que he estado enamorado los últimos dos años. En
cómo ninguno se decide a dar el siguiente paso. Pensé en una balacera
desatada, en las talacheras que sirven de cobijo a los secuestradores,
en las fondas a la orilla de la carretera donde llegan a ocultarse
algunos narcotraficantes de poca monta, apenas gatilleros, apenas
empleados menores del crimen organizado. Pensé en los baches de la
carretera y en la posibilidad de caer en uno de ellos, tan profundo como
la muerte, y salir disparado contra un tráiler o a la boca abierta de
una barranca. En los coyotes que otrora aullaron en estas planicies, en
los bosques perdidos. El frío tendió su mano y atenazó mi corazón. Volví
a mirar las solitarias luces de la pequeña ciudad. Bebí un trago más,
entré en la madrugada como un ladrón a una casa que desconoce. Pensé en
el tierno amor de una mujer de la que me separé hace unos años, en lo
hermoso que fue descubrir el lunar en el medio de su espalda, como un
sol, o una piedra de sacrificio en el corazón de una estepa solitaria.
Pensé en cerrar los ojos, en sumergirme en el pozo del sueño. Pensé en
las calles de Texcoco hace nueve años. En el chaval que en ese entonces
sostenía sobre su mano el corazón: rudo, bravo, ojeroso, inocente, en
los plantíos de cierta universidad. Pensé en los frenos, en el
acelerador, en el sabor del tabaco en la boca, en la infelicidad, en la
aventura.
Un minuto
Otra vez, la calle abierta del pasado. Terrible. Una y otra vez
caigo, borrachín poco menos que alegre, pero que sabe soltar la
carcajada en el estertor.
No es esta mano el pedestal que te sostiene. Ingente lengua de hoguera, trago para el frío.
Me he hecho viejo, y sin embargo, habito el mismo sitio común de la derrota.
No es esta mano el pedestal que te sostiene. Ingente lengua de hoguera, trago para el frío.
Me he hecho viejo, y sin embargo, habito el mismo sitio común de la derrota.
Nadie dirá esta ruina con su trinos anuncia la primavera. Umbral de
otoño, caigo, borrachito poco menos que enlodado, brinqueteando bajo la
lluvia.
En esencia decir el humo se estrella en tus ojos como aves borrachas
de insomnio contra el parabrisas empañado del destino es decir palabras
más, palabras menos, que me tienes embrujado y pendejo de amor o de
nostalgia irresistible
Decir que se camina
bajo la lluvia
sin paraguas
ni lámpara
que muerda el talón
de la ciega oscuridad
para alcanzar el beso
sincopado de tu ojo
es tanto como explicar
el fuego en la entraña
del concreto,
el torvo incendio de la infancia,
el aleteo quebrado, hosco, de la adolescente carne,
la aguerrida, descarnada, desarmada, ilusa
ferocidad volátil, kamikaze, de la juventud,
el amargo, irrisorio pan de madurar en el delirio,
de sentirse cristal, ya no la piedra, el cristal,
el muro fragilísimo que amenaza sin embargo con el hórrrido bramido de su beso
y pese a todo es atravesado, roto, hecho astillas,
órale pues
Decir que se camina
bajo la lluvia
sin paraguas
ni lámpara
que muerda el talón
de la ciega oscuridad
para alcanzar el beso
sincopado de tu ojo
es tanto como explicar
el fuego en la entraña
del concreto,
el torvo incendio de la infancia,
el aleteo quebrado, hosco, de la adolescente carne,
la aguerrida, descarnada, desarmada, ilusa
ferocidad volátil, kamikaze, de la juventud,
el amargo, irrisorio pan de madurar en el delirio,
de sentirse cristal, ya no la piedra, el cristal,
el muro fragilísimo que amenaza sin embargo con el hórrrido bramido de su beso
y pese a todo es atravesado, roto, hecho astillas,
órale pues
Hablo con la lengua de fuera: perro, hablo.
Se me eriza en la nuca el beso del invierno,
aletea mi pena izquierda, paloma negra, sobre el tejado,
y yo aquí, tirado sobre el cuerpo de mi cuerpo,
en la grotesca placidez de este bulto que otrora me
perteneció,
en este atento rapiñar del beso,
en este renquear de hambre, en el despeñadero matutino,
en este muro que se rompe, que deja caer sus bloques de granito
sobre el lomo anhelante del sosiego
Se me eriza en la nuca el beso del invierno,
aletea mi pena izquierda, paloma negra, sobre el tejado,
y yo aquí, tirado sobre el cuerpo de mi cuerpo,
en la grotesca placidez de este bulto que otrora me
perteneció,
en este atento rapiñar del beso,
en este renquear de hambre, en el despeñadero matutino,
en este muro que se rompe, que deja caer sus bloques de granito
sobre el lomo anhelante del sosiego
Tristeza, perra flaca, andrajosa vieja amiga:
en la sangre que cuelga de tu labio leporino
se va tejiendo la cuerda de mi grito.
En tu mordida labro la cicatriz de mi palabra,
encorvado, ebrio, inexplicablemente vivo,
hago en la luz de tu cuchilla el nido de mi canto;
en la parábola gris de tu doble garra,
ofrezco el pecho, ofrendo el cuerpo
a dos palmos de suelo, dispuesto a manchar
la última pared del manicomio. Otra vez,
en tu pupila desmesurada, refulge el caos,
tristeza, vieja amiga. Tiendes la uña de tu mano
para alcanzar a perforarme los pulmones,
quieres que me falte el aire para el alarido,
que este hilo de voz, que apenas brota,
se haga gemido apenas, resoplido de animal
lastimado en su desbocada fragilidad,
pero enloquezco, mi corazón, aunque gotea,
es piedra en tu hocico babeante, la sangre
que pende, roja, de tu labio hendido,
es combustible tuyo y mío, y ya ennegrece
en la sangre que cuelga de tu labio leporino
se va tejiendo la cuerda de mi grito.
En tu mordida labro la cicatriz de mi palabra,
encorvado, ebrio, inexplicablemente vivo,
hago en la luz de tu cuchilla el nido de mi canto;
en la parábola gris de tu doble garra,
ofrezco el pecho, ofrendo el cuerpo
a dos palmos de suelo, dispuesto a manchar
la última pared del manicomio. Otra vez,
en tu pupila desmesurada, refulge el caos,
tristeza, vieja amiga. Tiendes la uña de tu mano
para alcanzar a perforarme los pulmones,
quieres que me falte el aire para el alarido,
que este hilo de voz, que apenas brota,
se haga gemido apenas, resoplido de animal
lastimado en su desbocada fragilidad,
pero enloquezco, mi corazón, aunque gotea,
es piedra en tu hocico babeante, la sangre
que pende, roja, de tu labio hendido,
es combustible tuyo y mío, y ya ennegrece
En el tenso arco del día,
a punto casi de romper
el negro cascarón de la noche,
nace el faro de tu dedo, señala
el infinito hilo cansado
del horizonte, las tolvaneras,
el graznido de las aves
en su incesante cacería sobre la superficie del agua y de la sal.
Tu ojo brilla en ese instante,
perla, desde el fondo azul
arroja su haz de luz para iluminar
el día que agoniza. Es tan simple,
presenciar la belleza, y sin embargo,
comprenderla, condensar en unas cuantas líneas
la maravilla de su aparición,
tan complicado, tan inasible su materia de intangible sueño,
su espejismo tan real, indescriptible.
Sin oración, sin palabra que ahora alcance, vuelvo a casa, maravillosamente desconsolado, sonriente, insatisfecho
a punto casi de romper
el negro cascarón de la noche,
nace el faro de tu dedo, señala
el infinito hilo cansado
del horizonte, las tolvaneras,
el graznido de las aves
en su incesante cacería sobre la superficie del agua y de la sal.
Tu ojo brilla en ese instante,
perla, desde el fondo azul
arroja su haz de luz para iluminar
el día que agoniza. Es tan simple,
presenciar la belleza, y sin embargo,
comprenderla, condensar en unas cuantas líneas
la maravilla de su aparición,
tan complicado, tan inasible su materia de intangible sueño,
su espejismo tan real, indescriptible.
Sin oración, sin palabra que ahora alcance, vuelvo a casa, maravillosamente desconsolado, sonriente, insatisfecho
Soliloquio de Jesús ante su padre, en el desierto.
¿Tanto es mi cariño hacia tí, mi ciega devoción o el imponente miedo que en mi despierta tu presencia, padre? Las generaciones venideras me tomaran como ejemplo del buen hijo que se sacrifica ante su padre para beneficio de sus hermanos, menores e ingratos.
¡Si tan sólo supieran! ¡Si pudieran, en un atisbo de pobre imaginación, hacerse la imagen de lo desgraciado que soy al observar, y en un arrebato de estúpida obediencia, abrazar tus planes!
Nadie sabrá, acaso tú, el implacable voyeurista, el tormento que es cada una de las noches en este páramo reseco; ¿quién podría saber que mis noches están pobladas con los gemidos que de Magdalena mantiene encendidos mi memoria, quién diría que mis oraciones más íntimas y fervorosas se me van en evocar cada palmo de su piel al entregárseme, viva, palpitante, en el helado desierto? ¿Habrás adivinado, tú, padre, en tu infinita y obscena sabiduría, cómo se me revuelve la entraña al imaginarla, a ella, en brazos de otro, de otros desconocidos amantes, encendida en el centro de su carne, esa carne que hasta hace algunas noches me era imposible imaginar, absorto en escuchar tu perorata?
Mezcal & una carta que dice adiós, la noche cae, hada alcohólica, le parte la madre a la última botella.
Mezcal & este barruntar de hueso sobre hueso, el coro de lamentaciones para la misa de domingo.
Mezcal & hacerse viejo, la placidez de estar muriendo a cada paso, que todo ha de pasar, fugaz.
Mezcal & abrir los ojos antes de la estocada, primer anuncio de la caída, festín de galgos el jirón de la nostalgia.
Mezcal & sangre en el estupor de estar vivo, resucitado, en esta fecha tan fregona que es noviembre.
Mezcal & playas con tormenta, cervecerías desoladas, promesa para la embriaguez, carta abierta al desenfreno. Mezcal & ventarrones. Mezcal & tu recuerdo salado, tú que jamás viste el mar. Mezcal & la artritis, los cuervos, el graznido de las gaviotas al guardarse un arponazo en el costado. Mezcal & autos viejos sobre la carretera, panza arriba, humeantes como este corazón humeante de vivir. Mezcal & habichuelas mágicas para encontrar la mordida de la serpiente de las escamas de oro. Mezcal & piedras de estaño. Mezcal & la flor que se roba a los muertos para inventar la sonrisa de una mujer. Mezcal & la lengua entumecida. Mezcal & la fiebre tifoidea. Mezcal & los compadritos muertos. Mezcal & el viejo barrio calle en polvo, puño en ristre.
Mezcal & este barruntar de hueso sobre hueso, el coro de lamentaciones para la misa de domingo.
Mezcal & hacerse viejo, la placidez de estar muriendo a cada paso, que todo ha de pasar, fugaz.
Mezcal & abrir los ojos antes de la estocada, primer anuncio de la caída, festín de galgos el jirón de la nostalgia.
Mezcal & sangre en el estupor de estar vivo, resucitado, en esta fecha tan fregona que es noviembre.
Mezcal & playas con tormenta, cervecerías desoladas, promesa para la embriaguez, carta abierta al desenfreno. Mezcal & ventarrones. Mezcal & tu recuerdo salado, tú que jamás viste el mar. Mezcal & la artritis, los cuervos, el graznido de las gaviotas al guardarse un arponazo en el costado. Mezcal & autos viejos sobre la carretera, panza arriba, humeantes como este corazón humeante de vivir. Mezcal & habichuelas mágicas para encontrar la mordida de la serpiente de las escamas de oro. Mezcal & piedras de estaño. Mezcal & la flor que se roba a los muertos para inventar la sonrisa de una mujer. Mezcal & la lengua entumecida. Mezcal & la fiebre tifoidea. Mezcal & los compadritos muertos. Mezcal & el viejo barrio calle en polvo, puño en ristre.
Pese a su brevedad, adiós es una palabra difícil de escribir.
No. Me quedará tu nombre
para iluminar la madrugada,
me quedará este ojo sano,
el oído abierto como herida
reciente, a la espera de tu
taconeo propiciatorio.
para iluminar la madrugada,
me quedará este ojo sano,
el oído abierto como herida
reciente, a la espera de tu
taconeo propiciatorio.
No te perdí: gano un recuerdo.
Puesto que nada he poseído,
porque compartir es distinta
cosa, no te pierdo al soltar
tu mano. Me quedará, para
invocar el beso de la fortuna,
moneda en el fondo del bolsillo,
el timbre de tu voz, tu sonrojo,
el interminable río de tu cabello,
y entre todas las cosas que guardo
ahora, el arco sensual de tu sonrisa.
No te pierdo, aunque me sangre
la mano izquierda de pensarte,
y ahora tenga que silenciar
ciertas canciones, algún libro
que me susurre, en el descuido,
una palabra que me lleve
al lado tuyo, sorprendido, amante,
enamorado. No sé si algo gané,
si alguna vez tendré otro fuego
para alumbrar el vientre de la noche,
si morderé otra fruta dulce
como la fruta tierna de tu labio.
Ahora, sostengo, feliz, la certeza
ingenua, inocente, de haber amado
cada cosa que tocó tu risa,
cada poro de tu piel, el temor de un día
perderte, y hoy saber que estoy ganando
un recuerdo en el que vuelvo
a tocar tu mano por vez primera,
y sonríes, de nueva cuenta, extrañada,
desconocida, hermosa, de alas abiertas.
Puesto que nada he poseído,
porque compartir es distinta
cosa, no te pierdo al soltar
tu mano. Me quedará, para
invocar el beso de la fortuna,
moneda en el fondo del bolsillo,
el timbre de tu voz, tu sonrojo,
el interminable río de tu cabello,
y entre todas las cosas que guardo
ahora, el arco sensual de tu sonrisa.
No te pierdo, aunque me sangre
la mano izquierda de pensarte,
y ahora tenga que silenciar
ciertas canciones, algún libro
que me susurre, en el descuido,
una palabra que me lleve
al lado tuyo, sorprendido, amante,
enamorado. No sé si algo gané,
si alguna vez tendré otro fuego
para alumbrar el vientre de la noche,
si morderé otra fruta dulce
como la fruta tierna de tu labio.
Ahora, sostengo, feliz, la certeza
ingenua, inocente, de haber amado
cada cosa que tocó tu risa,
cada poro de tu piel, el temor de un día
perderte, y hoy saber que estoy ganando
un recuerdo en el que vuelvo
a tocar tu mano por vez primera,
y sonríes, de nueva cuenta, extrañada,
desconocida, hermosa, de alas abiertas.
25 10 2017
Clásico, vas a Chilpancingo (no es tu reino, pero queda cerca), y la
aplicas: barbacoa de chivo en el mercado, con su respectiva vicky bien
fría a ritmo de algún dueto que se raje la garganta con La mula bronca.
Las empanadas rellenas de camote que de morrillo jamás habrías aceptado
en tu reducido catálogo de manjares, los panecillos llamados borrachitos
que siempre llegaban en domingo, acompañados de nieve de leche; el
queso añejo con guajillo en la corteza por el que te hiciste
afecto a los mercados, acudías a ellos buscando la sección de
abarrotes, ansioso de inhalar su olor característico, llenarte las
narices de ello, aunque la mandíbula no se abriera para cerrarse sobre
sus texturas. Las pepitas de calabaza asadas en comal, sempiternas
compañeras de la sobremesa en casa de los abuelos, en todas las casas de
la tierra, de lo que en aquel tiempo significó 'la tierra'. El polvo
para preparar chilate, esa bebida espumosa, fría, que también llegaba
los domingos, día de festiva mercadería. Esas breves cosas llenan la
mochila, y es casi como llevar el mundo a cuestas. Un mundo que, por
otro lado, poco pesa.
En un puestecito de discos piratas, un cedé con sones calentanos se queda en tus manos. Buscabas los requintos de Agustín Ramírez, de Dueto Caleta, pero es todo lo que hay, en los demás te han ofertado, en el mejor de los casos, a Los Donnys, a Las Jilguerillas, que no son malos pero tampoco son lo que buscas ahora mismo; los otros, a lo sumo, encogen los hombros, como si les hablaras en un idioma ajeno para ellos, te ofertan los más variopintos narcocorridos.
Entonces, mientras atraviesas la avenida, te ríes. De tí, por haberte reído antes de los amigos siempre inmersos en la nostalgia por el terruño, por los nimios detalles que le dan forma. Porque, ahora, en este mismo instante, tú, el señor frío, el desarraigado, el nómada sin ataduras, acaba de tensar, de ejercitar casi sin darse cuenta, el músculo de la nostalgia.
En un puestecito de discos piratas, un cedé con sones calentanos se queda en tus manos. Buscabas los requintos de Agustín Ramírez, de Dueto Caleta, pero es todo lo que hay, en los demás te han ofertado, en el mejor de los casos, a Los Donnys, a Las Jilguerillas, que no son malos pero tampoco son lo que buscas ahora mismo; los otros, a lo sumo, encogen los hombros, como si les hablaras en un idioma ajeno para ellos, te ofertan los más variopintos narcocorridos.
Entonces, mientras atraviesas la avenida, te ríes. De tí, por haberte reído antes de los amigos siempre inmersos en la nostalgia por el terruño, por los nimios detalles que le dan forma. Porque, ahora, en este mismo instante, tú, el señor frío, el desarraigado, el nómada sin ataduras, acaba de tensar, de ejercitar casi sin darse cuenta, el músculo de la nostalgia.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)