16 feb 2020

Me rehuso a lamerle el dorso a la nostalgia
me niego, a envejecer así, sumido
en lasitud, abandonado en cada músculo,
como desvencijado mueble en la ríada,
como roto de las coyunturas, como herido
sin remedio de una bala soporífera;
y es que no hay modo, ni rostro que soporte
la vergüenza de estar vivo, y paralizado
de la mueca a los talones, estúpido
en la sonrisa estúpida del que nada espera,
salvo ser salvo, la cabeza gacha, el corazón
aterido, temeroso de sí mismo,
como una máquina que se horroriza
ante el fervoroso rugido de su motor

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