No de otra cosa, se trata,
sin más, de estar vivo,
sabedor de la propia fatalidad
y pese a ello, sonreir,
dejar arder las naves,
arrojarse, como un dado, al vacío,
ponerse en pie, aunque el torcimiento
del esqueleto, o la chamusquina
de la piel alcance a avergonzarnos;
no se trata de otra cosa:
rumiar en la salvaje madrugada
del corazón, hender la pezuña,
y correr, en solitaria estampida hacia la muerte
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